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«LES OÍMOS PROCLAMAR EN NUESTRAS LENGUAS LAS GRANDES OBRAS DE DIOS» - Vigilia ecuménica de Pentecostés con el papa Francisco Roma, Circo Máximo, 3 de junio de 2017

De los Hechos de los apóstoles, capítulo segundo:
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?». (Hch 2,5-13).
Esta escena se renueva hoy entre nosotros. Hemos venido también nosotros «de todos los pueblos que hay bajo el cielo» y estamos aquí para proclamar juntos «las grandes obras de Dios». Pero hay algo más por descubrir en esta parte del relato de Pentecostés. Desde la antigüedad se entendió que el autor de los Hechos —es decir, ¡en primer lugar, el Espíritu Santo!— con esta insistencia sobre el fenómeno de las lenguas quiso hacernos comprender que en Pentecostés ocurre algo que da la vuelta a lo que sucedió en Babel. El Espíritu transforma el caos lingüístico de Babel en la nueva armonía de las voces. Esto explica porqué el relato de Babel de Génesis 11 se inserta tradicionalmente entre las lecturas bíblicas de la víspera de Pentecostés.
Los constructores de Babel no eran, como se pensaba en un tiempo, los impíos que trataban de desafiar a Dios, una especie de parecido a los titanes de la mitología griega. No, eran hombres piadosos y religiosos. La torre que querían construir era un templo a la divinidad, uno de esos templos en terrazas superpuestas, llamadas ziggurat, de los que quedan ruinas todavía en Mesopotamia.
¿Dónde estaba entonces su pecado? Escuchemos lo que dicen entre ellos al ponerse a la obra: «Dijeron: “Venid, construyamos una ciudad y una torre, cuya cima toque el cielo, y hagámonos un nombre, para no desperdigarnos sobre toda la tierra”» (Gén 11,4). Martín Lutero hace una observación iluminadora a propósito de estas palabras:
«”Construyamos una ciudad y una torre”: construyamos para nosotros —no para Dios […]. “Hagámonos un nombre”: hagámoslo para nosotros. No se dan prisa en que sea glorificado el nombre de Dios, ellos están preocupados de hacer grande su propio nombre» .
En otras palabras, Dios es instrumentalizado; debe servir a su voluntad de potencia. Pensaban, según la mentalidad del tiempo, que ofreciendo sacrificios desde una altura mayor podían arrancar a la divinidad victorias sobre los pueblos vecinos. He aquí porqué Dios está obligado a confundir sus lenguas y desbaratar su proyecto.
Esto lleva de golpe el acontecimiento de Babel y de sus constructores muy cerca de nosotros. ¡Cuánta parte de las divisiones entre los cristianos era debida al secreto deseo de hacernos un nombre, de elevarnos por encima de los otros, de tratar con Dios desde una posición de superioridad con respecto a los demás! ¡Cuánta parte era debida al deseo de hacerse un nombre, o de hacerlo a su propia Iglesia, más que a Dios! ¡De ahí nuestra Babel!
Pasamos ahora a Pentecostés. También aquí vemos un grupo de hombres, los Apóstoles, que se disponen a construir una torre que va desde la tierra al cielo, la Iglesia. En Babel se hablaba todavía una sola lengua y en un cierto momento ya nadie comprende al otro; aquí todos hablan lenguas diferentes pero todos entienden a los apóstoles. ¿Por qué?
El Espíritu Santo obró en ellos una revolución copernicana. Antes de este momento también los apóstoles estaban preocupados de hacerse un nombre y por eso discutían con frecuencia «quién de entre ellos era el más grande». Ahora el Espíritu Santo los ha descentrado de sí mismos y centrados en Cristo. El corazón de piedra se ha hecho pedazos y en su lugar palpita el «corazón de carne» (Ez 36, 26). Han sido «bautizados en el Espíritu Santo», como había prometido Jesús antes de dejarlos (Hch 1,8), es decir, totalmente inmersos en el océano del amor de Dios derramado sobre ellos (cf. Rom 5,5).
Resplandecen con la gloria de Dios. Su hablar en lenguas diversas se explica también con el hecho de que hablaban con los ojos, con el rostro, con las manos, con el asombro de quién ha visto cosas que no se pueden volver a decir. «Los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandes maravillas de Dios». He aquí porque todos les comprenden: ¡ya no hablan de sí mismos, sino de Dios!
Dios nos llama a realizar en nuestra vida la misma conversión: de nosotros mismos a Dios, desde la pequeña unidad que es nuestra parroquia, nuestro movimiento, nuestra propia Iglesia, a la gran unidad que es la de todo el cuerpo de Cristo, más aún, de toda la humanidad. Es el paso audaz que el papa Francisco está empujando a que hagamos nosotros los católicos y que los representantes de otras Iglesias aquí reunidos muestran que quieren compartir.
Ya san Agustín había puesto en claro que la comunión eclesial se realiza por grados y puede tener diferentes niveles: desde el grado más alto que es la unidad en los sacramentos y en la gracia interior del Espíritu Santo, hasta el grado menos completo que es la unidad solamente interior del Espíritu Santo. San Pablo abrazaba en su comunión «a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor nuestro y de ellos» (1 Cor 1,2). Una fórmula que quizá debemos redescubrir y volver a valorar. Ella se extiende hoy también a nuestros hermanos judíos mesiánicos.
El fenómeno pentecostal y carismático tiene una vocación y una responsabilidad particulares, respecto de la unidad de los cristianos. Su vocación ecuménica resulta aún más evidente, si recordamos lo que sucedió al comienzo de la Iglesia. ¿Cómo hizo el Resucitado para empujar a los Apóstoles a acoger a los paganos en la Iglesia? Dios envió el Espíritu Santo sobre Cornelio y su casa del mismo modo y con las mismas manifestaciones con las que lo había enviado al principio sobre los apóstoles. De modo que a Pedro no le quedó otra que sacar la conclusión: «Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner impedimento a Dios?» (Hch 11,17). El concilio de Jerusalén, Pedro repitió este mismo argumento: «Dios no ha hecho discriminación entre nosotros y ellos» (Hch 15,9).
Ahora hemos visto que se repite ante nuestros ojos este mismo prodigio, a escala, esta vez, mundial. Dios ha derramado su Espíritu Santo sobre millones de creyentes, pertenecientes a casi todas las denominaciones cristianas y, para que no hubiera dudas sobre sus intenciones, lo ha derramado con las mismas manifestaciones, incluida la más singular que es el hablar en lenguas. También a nosotros nos queda sacar la misma conclusión de Pedro: «Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, ¿quiénes somos nosotros para continuar diciendo de otros creyentes cristianos: no pertenecen al cuerpo de Cristo, no son verdaderos discípulos de Cristo?»
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Debemos, sin embargo, ver en qué consiste la vía carismática a la unidad. San Pablo ha trazado a la Iglesia este programa: «Realizar la verdad con la caridad» (Ef 4,15). Lo que debemos hacer no es eludir el problema de la fe y las doctrinas, para encontrarnos unidos en el frente de la acción común de la evangelización y de la caridad. El ecumenismo ha experimentado, en sus inicios, esta vía y ha comprobado su fracaso. Las divisiones surgen muy pronto, inevitablemente, también en el frente de la acción. No debemos sustituir la caridad con la verdad, sino tender a la verdad con la caridad; empezar a amarnos para comprendernos mejor.
Lo extraordinario, sobre esta vía ecuménica basada en el amor, es que ella es posible enseguida, está totalmente abierta delante de nosotros. No podemos «quemar etapas» sobre la doctrina, porque hay diferencias y deben resolverse con paciencia, en los foros apropiados. Sin embargo, podemos quemar las etapas en la caridad, y estar unidos, desde ahora.
Es la única «deuda» que tenemos los unos hacia los otros (Rom 13,8). Las diferencias no pueden ser una razón para no hacerlo. Cristo no nos ha mandado amar sólo a aquellos que piensan como nosotros, que comparten totalmente nuestro credo. Si amáis sólo a esos, nos ha advertido, ¿qué hacéis de especial que no hagan también los paganos? (cf. Mt 5,46).
Nosotros podemos amarnos porque lo que ya nos une es infinitamente más importante que lo que todavía nos divide. Nos une la misma fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; Jesús Señor, verdadero Dios y verdadero hombre; la esperanza común de la vida eterna, el compromiso común por la evangelización, el amor común por el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Nos une también otra cosa importante: el sufrimiento común y el martirio común por Cristo. En muchas partes del mundo, los creyentes de las diferentes Iglesias están compartiendo los mismos sufrimientos, soportando el mismo martirio por Cristo. Ellos no son perseguidos y asesinados porque sean católicos, anglicanos, pentecostales u otra cosa, sino porque son «cristianos». A los ojos del mundo somos ya una sola cosa, y es una vergüenza si no lo somos también en la realidad.
¿Cómo hacer, en concreto, para poner en práctica este mensaje de unidad y de amor? Recordemos el himno a la caridad de san Pablo (1 Cor 13,4ss). Cada frase adquiere un significado actual y nuevo, si se aplica al amor entre miembros de las diversas Iglesias cristianas, en las relaciones ecuménicas:
«El amor es paciente…
el amor no se engríe…
El amor no es indecoroso…
No busca solamente su interés [se sobreentiende: sino que busca el interés también de las otras Iglesias].
No lleva cuentas del mal [se sobreentiende: del mal recibido de otros cristianos, sino más bien del mal hecho a otros cristianos ».
«Dichoso aquel siervo —decía san Francisco de Asís en una de sus Admoniciones— que se alegra del bien que Dios hace por medio de los demás, como si lo hiciera por medio suyo». Nosotros podemos decir: Dichoso aquel cristiano que es capaz de alegrarse del bien que Dios hace por medio de otras Iglesias, así como por el bien que hace por medio de la propia Iglesia.
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El profeta Ageo tiene un oráculo que parece escrito para nosotros en este momento de la historia. El pueblo de Israel acaba de regresar del exilio, pero en lugar de reconstruir juntos la casa de Dios, cada uno se pone a reconstruir y embellecer la propia casa. Dios envía entonces su profeta con un mensaje de reproche:
«¿Y es momento de vivir en casas lujosas mientras que el Templo es una ruina?
Ahora pues, esto dice el Señor del universo:
Pensad bien en vuestra situación. Sembrasteis mucho y recogisteis poco. [....]
Pensad bien en vuestra situación. Subid al monte, traed madera, construid el templo. Me complaceré en él y seré glorificado, dice el Señor» (Ag 1,4-8).

Tenemos que escuchar este reproche como dirigido también a nosotros y arrepentirnos. Los que escucharon el discurso de Pedro el día de Pentecostés “dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos… y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,37s.). Una renovada efusión del Espíritu no será posible sin un movimiento comunitario de arrepentimiento entre los cristianos. Esto será una de las intenciones principales de la oración que haremos a continuación de este momento de anuncio.
Después que el pueblo de Israel se puso juntamente a reconstruir la casa de Dios, el profeta Ageo fue enviado de nuevo, esta vez con un mensaje de aliento y de consuelo:
«Ánimo, pues, Zorobabel –oráculo del Señor–; ánimo también tú, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote. ¡Ánimo gentes todas! –oráculo del Señor–. ¡Adelante, que estoy con vosotros! [...] mi espíritu está en medio de vosotros. ¡No temáis! (Ag 2, 4-5).
La misma palabra de consuelo y aliento está dirigida ahora a nosotros y yo me atrevo a hacerla resonar de nuevo en este lugar, no como una simple cita bíblica, sino como palabra de Dios viva y eficaz que opera ahora y aquí lo que significa: «¡Ánimo, papa Francisco! ¡Valentía jefes y representantes de otras confesiones cristianas! ¡Coraje pueblo todo de Dios, y al trabajo porque yo estoy con vosotros, dice el Señor! Mi Espíritu estará con vosotros».

© de la traducción del original italiano realizada por Pablo Cervera Barranco