Slide 15 Slide 2 Foto di Filippo Maria Gianfelice

El primer día después del sábado - II DOMINGO DE PASCUA

Hechos 4, 32-35; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

El fragmento evangélico de este segundo Domingo después de Pascua es el mismo en todos los tres ciclos litúrgicos y en su centro tiene el episodio de Tomás, que no cree si no ve. Habiendo comentado este episodio el año anterior, esta vez, podemos explicar otro tema. La página evangélica nos habla de dos apariciones del Resucitado a los apóstoles en el cenáculo; ambas tenidas “el primer día de la semana”, esto es, inmediatamente después del sábado.
“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”… A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”.

Es reveladora la insistencia sobre el dato cronológico de estas dos apariciones; manifiesta la intención del evangelista de presentar el encuentro de Jesús con los suyos en el cenáculo como el modelo de la asamblea dominical de la Iglesia.
El Domingo nace con la resurrección de Cristo. Jesús resucita “pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana” (Mateo 28, 1). Aquel mismo día, hacia la tarde, se aparece a los discípulos, reunidos en el cenáculo, y les procura su Espíritu y su paz. Este día para los cristianos tomó el nombre del “día del Señor” y, dado que en latín “Señor” se dice Dominus, el día del Señor (dies Dominica) se llamó Domingo. El primer testimonio de este nuevo nombre se halla en el Apocalipsis, en donde Juan dice haber sido “raptado en éxtasis en el día del Señor”, esto es el Domingo (cfr. Apocalipsis 1, 9). Los creyentes se reúnen en este día; Jesús viene en medio de ellos “con las puertas cerradas”, esto es, no fuera, sino dentro, en la Eucaristía; ofrece a sus discípulos la paz y el Espíritu Santo; en la comunión, los discípulos le tocan, más bien reciben, su cuerpo llagado y resucitado y proclaman su fe en él.
Cuando el cristianismo después de Constantino llega a ser la religión dominante, el Domingo tomó el lugar del Sábado judaico, como día de fiesta también civil, y le da el nombre al primer día de la semana, que hasta entonces se llamaba “día del sol”. (Este nombre se ha conservado en los países anglosajones: en inglés Sunday y en alemán Sonntag significan, en efecto, “día del sol”).
Para los cristianos es en el Domingo cuando ya se aplica el tercer mandamiento de Dios, “santificar las fiestas” (Catecismo de la Iglesia Católica 2168ss.), como:
“Día de descanso completo consagrado al Señor” (Éxodo 31, 15; cfr. Salmo 118, 24).

Santificar el Domingo significa tres cosas: hacer de él un día para Dios, un día para sí mismos y un día para el prójimo.
El Domingo ha de ser, ante todo, un día para el Señor. Imaginemos en alta mar a unos pescadores sobre una barca o a unos navegantes sobre una nave. Durante horas y horas han estado atentos a las redes y a la pesca o a la navegación sin prestar atención a ninguna otra cosa. Llega el momento en que es necesario volver a tomar en mano el timón de la barca, consultar la carta náutica, ver si se está o no en la ruta justa. De lo contrario, existiría el riesgo de terminar contra cualquier otra nave o sobre los escollos o rocas. Así es en la vida. Después de seis días de trabajo, de negocios, de preocupaciones, es necesario detenerse, ver si estamos o no sobre el camino justo, si estamos cumpliendo la finalidad de nuestra vida. El medio ordinario, el más completo y, asimismo, para los creyentes lo más justo para cumplir todo esto es participar en la asamblea dominical, en la Misa. Allí escuchamos la palabra de Jesús, recordamos su muerte y resurrección; comulgando, lo tocamos como Tomás. Damos como una bocanada de oxígeno a nuestra fe. La Misa dominical puede ser, y suele serlo, el momento de la incorporación por excelencia al pueblo o al barrio, el momento en que nos reencontramos, se saluda en un clima de fiesta, en suma, se rompe el anonimato, que tanto deshumaniza la vida de hoy.
El Domingo es, además, como os decía, un día para sí mismos. En su sabiduría el Creador ha establecido que haya un día, en el que el hombre se reencuentre consigo mismo y con su libertad. Que tome conciencia que tiene un cuerpo que reparar, una mente que cultivar, una familia y unos amigos con los que estar. El Domingo no es una especie de norma sobre el tiempo, que Dios impone a los hombres (“Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso en honor de Yahvé, tu Dios: Éxodo 20, 9); es un don concedido al hombre para defender lo que es más precioso en él. Es necesario descubrir la belleza y la necesidad del reposo festivo. La organización del trabajo y las necesidades impelentes de la familia, a veces, pueden justificar que se trabaje en Domingo; pero, esto no debiera llegar a ser la norma y ocupar todos los Domingos y todo el Domingo.
En esta disertación vuelven a entrar, además, el juego y la distracción. El hombre, igualmente, tiene necesidad de esto para romper la fatiga y el estrés. Yo digo que Dios, como todo padre, goza al ver jugar a sus hijos. En el juego hay una sabiduría secreta. Y, en esto, tenemos muchas cosas que aprender de los niños. El juego nos ayuda a no tomarnos demasiado en serio. Encauza nuestro instinto de competir y de sobresalir a través de formas constructivas. Nosotros, hombres de hoy, en verdad ya no estamos en disposición de interrumpir el trabajo con el juego, porque hemos hecho del trabajo nuestro juego. Un juego peligroso, terrible. Hasta la guerra puede llegar a ser como un juego para muchos. Frecuentemente, hemos visto a niños obligados, también ellos, a hacer la auténtica guerra con tantos fusiles ametralladores sobre sus espaldas o entre sus manos. ¡Cuán mejor sería que los mayores aprendiésemos de los pequeños a jugar, más que a enseñar a los pequeños a hacer la guerra!
También, ir al estadio o al campo de fútbol o a las carreras no es malo. Es una forma de distracción colectiva, una forma de socialización. El mal comienza cuando todo esto toma una importancia tal que si un Domingo no hay fútbol muchos se sienten como perdidos y dicen: “¿Qué hago yo ahora!” De este modo, se echa a perder el mismo deporte, porque se le ponen encima esperanzas desproporcionadas, que no se pueden satisfacer. De ahí nace la violencia en los estadios. A veces se ha hecho de aquel momento el vértice, el todo de la semana, y si desilusiona, llega a ser una catástrofe. “No sólo de pan vive el hombre” (Mateo 4, 4), decía Jesús. Hoy diríamos más bien: “No sólo de fútbol vive el hombre”.
¿Y qué decir de la discoteca? Lo que es malo no es el hecho en sí de la discoteca (los jóvenes tienen derecho a escogerse sus pasatiempos, como hacen los mayores); son las formas, que ha tomado: los horarios no naturales y malsanos desde todos los puntos de vista; el consumo de estupefacientes; en suma, la instrumentalización interesada de la diversión de los jóvenes. Quisiera, ahora, dirigir una pregunta a los jóvenes, haciendo una llamada a su corazón: ¿te parece humano y digno de un hijo hacer pagar a tus padres, bajo la forma de noches de insomnio, de angustias y palpitaciones del corazón y (Dios no lo quiera) de lágrimas amargas para toda la vida, por tu diversión a cualquier hora? Piénsalo alguna vez al salir de casa el sábado por la tarde. Un día de mañana, no lejano, te encontrarás tú en la actitud en que se encuentran hoy tus padres: ¿con qué coraje dirás entonces a tus hijos que no vayan a la discoteca y que no permanezcan hasta aquella hora? La expresión “el día después del sábado” de nuestro lenguaje ya no nos recuerda más la idea de la resurrección, de la fiesta y de la alegría, sino la de los muertos en la carretera… La frase de Jesús parece dirigida a los jóvenes de hoy:
“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Marcos 2, 27).

El sábado es para los jóvenes, para su sana diversión; no, los jóvenes para el sábado; esto es, para ser inmolados por la moda y por los intereses de los “señores del sábado”.
En fin, el Domingo es un día para los demás. Se puede pasar un Domingo aliviando un sufrimiento y llegar a la tarde plenamente satisfechos, enriquecidos. En suma, haber pasado lo que se llama un “hermoso Domingo”. En efecto, no hay mayor alegría que la de sentirse útiles para alguien, la de hacer florecer una sonrisa sobre el rostro de quien por costumbre suele conocer sólo la tristeza. Cada uno de nosotros tiene junto a sí necesidades y sufrimientos, que aliviar. Están los ancianos, las personas solas y las disminuidas. De igual forma, esto es un modo de santificar la fiesta. De cada uno de estos gestos, dice Jesús: “A mí me lo habéis hecho” (cfr. Mateo 25, 35ss.).
Me gusta recordar, a este respecto, un episodio de I promessi sposi. Cuando Lucía viene liberada por el Ignominado, fue llevada a casa del sastre del pueblo. Era Domingo y en un cierto punto de la comida, como acordándose imprevistamente de algo, el sastre se interrumpe. Puso juntos en un plato las viandas, que estaban sobre la mesa, añadió un pan, puso el plato en una servilleta, y habiendo cogido todo esto por las cuatro puntas, dijo a su hijita mayor: “Toma esto”. Le dio en la otra mano un vasito de vino, y añadió: “Ve a casa de María, la viuda; déjale todo esto y dile que es para estar un poco más alegre con sus niños. Pero, de buenas maneras; anda; que no parezca que tú le haces una limosna” (cap. 24). ¡Cuánta humanidad y cuánto sentido cristiano en este gesto, que, ojalá, de formas distintas todos podemos hacer! Eso me hace pensar en un hermoso texto de la Escritura, que antes de marcharnos querríamos leer juntos porque resume un poco todo lo que hemos dicho sobre el Domingo:
“Este día está consagrado a Yahvé vuestro Dios; no estéis tristes ni lloréis”… Díjoles también: “Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría de Yahvé es vuestra fortaleza” (Nehemías 8, 9s.).

¡Que en verdad la alegría del Señor sea vuestra fuerza! y ¡buen Domingo para todos!