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Hacer Pascua - DOMINGO DE PASCUA

Hechos 10, 34.37-43; 1 Corintios 5, 6b-8; Juan 20, 1-9

Es Pascua. Hoy todo habla de la Resurrección de Cristo; hasta el mismo sonido festivo de las campanas. Por lo tanto, nuestra explicación del Evangelio puede ser muy breve. En la segunda lectura hemos escuchado estas solemnes palabras de san Pablo:
“Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva… Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad”.

Pero, ¿qué significa “celebrar la fiesta” o como se dice comúnmente “hacer Pascua”? Pascua significa paso. En verdad para hacer Pascua es necesario, por ello, hacer o dar también nosotros un paso. San Ambrosio dice que Pascua significa pasar “de la culpa al perdón”. En ello hay encerrado un gran mensaje de liberación, que nosotros queremos intentar recoger.
La psicología moderna ha distinguido diciendo que no existe sólo la culpa, entendida como pecado; existen, también, los sentimientos o el complejo de culpa. Éstos son una de las causas más difundidas, que hay en el mundo, de las neurosis, de los estados de ansiedad, de la tristeza y de la violencia. Determinan lo que se llama la “mala conciencia”.
Para muchas personas hacer Pascua podría querer decir precisamente hacer surgir un bonito cambio a este estado, sentirse finalmente libres, nuevas, reconciliadas consigo mismas y con la vida. Los sentimientos de culpa no hacen mal sólo a quien los sufre sino también a los que viven en torno a él. El que no está en paz consigo mismo, que tiene una mala imagen de sí, tiende a proyectar, después, en los demás esta misma imagen; se siente acusado durante todo el tiempo (mientras que él mismo es quien acusa) y llega a ser hasta agresivo. El sentimiento de culpa, contrariamente a cuanto se podría pensar, nunca ha hecho más humilde, pacífico y amable a nadie.
Los sentimientos de culpa pueden ser de dos tipos o géneros bastante distintos. Existen los falsos sentimientos de culpa, esto es, los sentimientos de culpa provocados desde el exterior por la sociedad y por una falsa educación o los causados por una conciencia escrupulosa; y hay verdaderos sentimientos de culpa, esto es, los que han tenido origen por objetivos errados y por pecados cometidos, y se llaman comúnmente remordimientos de conciencia. Frecuentemente, la psicología no tiene en cuenta esta distinción fundamental y pretende combatir los sentimientos de culpa negándolos en bloque. Busca eliminar, junto con el complejo de culpa, asimismo el sentido de pecado.
Es sabido que algunos errores dejan en el alma una señal más profunda que otros y se establecen como verdaderos y propios traumas espirituales. Ello acontece cuando otros nos han procurado un daño grave, económico o moral, a nuestro proceder o cuando la culpa (por ejemplo, un adulterio) ha permanecido secreta y, por lo tanto, nos sentimos falsos e hipócritas. Para algunas mujeres, frecuentemente es un verdadero trauma el recuerdo de un aborto consentido. Una de ellas confesaba al director de una revista católica: “Desde cuando sucedió, no hago más que llorar. Quisiera encontrar la fuerza de acercarme a un confesonario; pero, ¿cómo hago para pedirle perdón a Dios de un pecado, que yo no consigo perdonarme a mí misma?”
Éstos son sentimientos de culpa, que no se quitan, si no es quitando su causa, que es, precisamente, la culpa. Por lo tanto, no sepultándolos en el inconsciente o no pensando en ello, sino sólo mediante un sincero reconocimiento, acompañado por el arrepentimiento y por la confianza en la misericordia de Dios.
La grandeza del mensaje pascual consiste en que no hay sentimiento de culpa, verdadero o falso que sea, o justificado o injustificado, del que no se pueda salir. En nuestro siglo ha sido escrita una novela, titulada El Proceso, por Franz Kafka. En ella se habla de un hombre, un modesto empleado, que un día, sin que nadie sepa por qué, se le arresta, aun cuando puede continuar yendo a su trabajo. Comienza, entonces, una extenuante investigación para llegar a conocer los motivos, las imputaciones, los procedimientos, el jurado. Mas, nadie sabe decirle nada sino que está en curso verdaderamente un proceso contra su cargo. Hasta que un día, arrojados al vacío todos los intentos, vienen a relevarle del trabajo y le conducen a la ejecución. Es la historia simbólica de la humanidad, que lucha hasta la muerte con el sentimiento de una oscura culpa, de la que no consigue liberarse.
En el transcurso de la cuestión se viene a saber que habría tres posibilidades para este hombre: la absolución verdadera, la absolución aparente y el reenvío para más adelante. La absolución aparente y el reenvío para más adelante, sin embargo, no solucionarían nada; servirían sólo para tener en una incertidumbre mortal durante toda la vida al imputado. En la absolución verdadera, por el contrario, “las actas procesales deberían ser totalmente eliminadas, desaparecerían totalmente del procedimiento; no sólo la acusación sino también el proceso y hasta la sentencia vendrían destruidos, todo sería destruido”. Pero, de estas absoluciones verdaderas, tan deseadas, no se sabe siquiera si alguna vez ha existido una. Son sólo voces al respecto y nada más que “bellísimas leyendas”. La obra termina como todas las de este autor: con algo que ya se vislumbra desde lejos; pero, que no hay posibilidad alguna de lograr. Como en ciertos sueños de incubación.
En Pascua, la Iglesia anuncia a los millones de hombres, que se ven representados en aquel imputado, que la absolución verdadera existe, que no es sólo una leyenda, una cosa bellísima, aunque inalcanzable. Jesús ha destruido el documento escrito, “canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la quitó de en medio clavándola en la cruz” (Colosenses 2, 14). Lo ha destruido todo.
“Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8, 1).

¡Ninguna condenación! De ningún género, ni interna ni externa, ¡para los que están o creen en Cristo Jesús! No hay culpa, por grande que sea, que resista a esta “absolución”. Si vuestro corazón os reprende, sabed que Dios es más grande y generoso que vuestro mismo corazón (cfr. 1 Juan 3, 20). “¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros?” (Romanos 8, 33-34).
¡Son palabras una más sublime que la otra las que se escuchan en Pascua! “Dios justifica” significa: que a su respecto hace de nuevo justos y santos, que rehabilita, que reintegra, que proclama una amnistía. Amnistía proviene del griego y significa “ya no recordar más” (tiene el mismo origen que amnesia). Pero, las amnesias humanas son siempre parciales, a mitad. De igual forma, cuando la justicia humana otorga la gracia no olvida; todavía se permanece etiquetado, el certificado de antecedentes penales siempre permanece sucio. No así con respecto a Dios. Cuando él perdona, olvida, cancela, “¡destruirá nuestras culpas y arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados!” (Miqueas 7, 19).
San Pablo decía que el fruto de la Pascua es hacer de nosotros “una masa nueva” (1 Corintios 5, 6), hacernos ázimos de sinceridad y de verdad, esto es, sencillos y sin malicia (ázimo es el pan no fermentado). De esta novedad pascual forma parte, lo sabemos ahora, el don de una conciencia en paz, sin tener ya más remordimientos.
“La sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo” (Hebreos 9, 14).
Por esto, él está en disposición ahora de liberarnos de la “conciencia mala” y darnos la “buena conciencia” (Hebreos 10, 22; 13, 18). Es éste quizás el don más hermoso, que la antigua y venerable fiesta de Pascua tiene para ofrecer al hombre moderno, atormentado (y, como lo hemos visto, no siempre sin motivo) de tantos sentimientos de culpa.