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Quo vadis, Domine? ¿A dónde vas, Señor? - DOMINGO DE RAMOS

Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15.47

Conocemos la leyenda del Quo vadis. En Roma se está perfilando la gran persecución de Nerón. Pedro, presionado por los hermanos, hace por alejarse de la ciudad. Mientras huye hacia el sur, a lo largo de la vía Appia, encuentra a Jesús, que va en dirección opuesta. Le pregunta: Quo vadis, Domine? “¿A dónde vas, Señor?” Y Jesús responde: “Voy a Roma a morir de nuevo”. Pedro entiende; vuelve sobre sus pasos y se somete al martirio por Cristo, muriendo crucificado con la cabeza hacia abajo, según la tradición.
La historia del Quo vadis se repite todavía hoy. Jesús va a sufrir y morir de nuevo en cada ciudad y lugar en donde está activa la persecución, el peligro, la muerte. Gracias a Dios, hoy no faltan asimismo discípulos y discípulas valientes, que no huyen de estos lugares, sino que permanecen o vuelven allí, también ellos, a veces, para sufrir con Cristo el mismo martirio.
Pero, la historia del Quo vadis tiene igualmente un significado para nosotros, que no nos encontramos en estas situaciones dramáticas. Cuando Jesús inició su último viaje hacia Jerusalén, que concluiría con la muerte, uno de los apóstoles dijo a los demás, que vacilaban: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Juan 11, 16). Es con este sentimiento en el corazón con el que todo verdadero creyente debiera iniciar la Semana Santa.
El Domingo de Ramos es la única ocasión durante todo el año en la que se escucha por entero el relato evangélico de la Pasión. El dato, que llama más la atención leyendo la Pasión según Marcos (el Evangelio de este año litúrgico), es la importancia dada a la traición de Pedro. Ésta ya había sido anunciada antes por Jesús en la última cena (“Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces”: Mateo 26, 34), y, después, importancia dada a la traición de Pedro. Ésta ya había sido descrita en todo su humillante desarrollo: “No sé ni entiendo qué dices” (Marcos 14, 68); “No sé qué dices” (Mateo 26, 70). “¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!” (Marcos 14, 71; Mateo 26, 72).
Esta insistencia es significativa, porque Marcos era una especie de secretario de Pedro y escribió su Evangelio poniendo juntos los recuerdos e las informaciones, que precisamente le venían de él. Por lo tanto, Pedro mismo ha sido el que ha divulgado la historia de su traición. Ha hecho una especie de confesión pública. Con la alegría del perdón encontrado, a Pedro ya no le ha importado nada su buen nombre y su reputación como cabeza de los apóstoles. Ha querido que nadie de los que, a continuación, hubieren caído como él mismo desesperase del perdón.
Para entender hasta el fondo la historia de la negación de Pedro es necesario leerla en paralelo con la de la traición de Judas. También, ésta fue preanunciada antes por Cristo en el cenáculo y, después, consumada en el huerto de los olivos. De Pedro, se lee que Jesús pasando “lo miró” (Lucas 22, 61); con Judas hizo más aún: le besó (cfr. Lucas 22, 47-48). Pero, el éxito fue bien distinto. Pedro, “saliendo fuera, lloró amargamente” (Mateo 26, 75); Judas, saliendo fuera, “fue y se ahorcó” (Mateo 27, 5).
No es necesario mucho esfuerzo para darse cuenta que estas dos historias no están cerradas o concluidas; continúan, nos afectan de cerca. ¡Cuántas veces nosotros debemos decir también que hemos actuado como Pedro! Nos hemos encontrado en la situación de tener que dar testimonio de nuestras convicciones cristianas y hemos preferido mimetizarnos con los demás para no correr peligros, para no exponernos a nada. Hemos dicho con hechos y con nuestro silencio: “¡Yo no conozco a ese hombre!” (Mateo 26, 72), esto es, a Jesús, del que habláis.
Del mismo modo, pensándolo bien, la historia de Judas no nos es todo lo contrario que extraña. Don Primo Mazzolari tuvo una predicación famosa un Viernes santo sobre “nuestro hermano Judas”, haciendo ver cómo cada uno de nosotros hubiera podido estar ocupando su puesto. Judas vendió a Jesús por treinta denarios: ¿y quién puede decir no haberle traicionado, a veces, incluso por mucho menos? Traiciones, es cierto, menos trágicas que la suya; pero, ellas, siendo verdaderas, además, agravadas por el hecho de que nosotros sabemos quién era Jesús mejor que Judas.
Precisamente, porque las dos historias nos afectan a nosotros de cerca, debemos ver cuál es la diferencia entre una y otra; porque las dos historias, la de Pedro y la de Judas, terminan de una manera muy distinta. Pedro tuvo remordimiento, de lo que había hecho; mas, incluso Judas también tuvo remordimiento, tanto que exclamó: “Pequé entregando sangre inocente” (Mateo 27, 4) y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, pues, la diferencia? En una sola cosa: ¡Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo y Judas no!
La Biblia nos presenta toda una colección de historias paralelas de pecado, que se concluyen de un modo diametralmente distinto. Lo hace para estimularnos a hacer la elección justa. Caín ha matado a Abel (cfr. Génesis 4); pero, también, David ha matado a Urías, el marido de la mujer, que él quería para sí (cfr. 2 Samuel 11). Y, justamente, Caín es maldecido y David honrado. El motivo es siempre el mismo. Caín se ha desesperado; ha pensado que su pecado era demasiado grande para ser perdonado (cfr. Génesis 4, 13). David ha tenido confianza en la misericordia de Dios; ha exclamado: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito limpia mi pecado” (Salmo 51, 3).
De nuevo, sobre el Calvario el mismo tema. Allí hay dos ladrones. Ambos han pecado igualmente y se han manchado de crímenes. Uno, sin embargo, maldice, insulta y muere desesperado; el otro grita: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (Lucas 23, 42) y, de inmediato, oye que él le responde:
“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23, 43).
Posiblemente, no haya modo más seguro de penetrar en el fondo de la Pasión que éste: verla como la suprema manifestación de la misericordia de Dios. Hacer Pascua significa, pues, hacer una experiencia personal de la misericordia de Dios en Cristo. Recuerdo que, una vez, meditando sobre la Pasión, casi sin saberlo, se me formó en la mente un pensamiento con una gran claridad: “¡Los que crucificaron a Cristo se han salvado!” Me puse a recapacitar sobre qué pudiese significar un pensamiento tan extraño y llegué a la conclusión de que ello era verdad. Los que crucificaron a Cristo se han salvado, porque Jesús ha orado por ellos. Precisamente, él dijo mientras le clavaban en la cruz:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

¿Podemos pensar que el Padre, que en su vida había escuchado “siempre” las plegarias de Jesús, haya dejado caer en el vacío exactamente esta suprema plegaria, hecha con tanta valentía? Es cierto que en este caso permanece no obstante la libertad del hombre de acoger o no la misericordia. De nadie, sin embargo, podemos estar ciertos que haya ido a la perdición o a la condenación, ni siquiera de Judas. Sí; los que crucificaron a Cristo estarán en el paraíso; allí proclaman para siempre hasta dónde ha llegado la misericordia de Dios para con los hombres.
Si nosotros lo intentamos, hay un modo muy sencillo para descubrir la experiencia de la misericordia de Cristo. Una vez, un niño, a quien se le había contado la historia de Judas, dijo con el candor y la sabiduría de los niños: “Judas ha equivocado el árbol al que debía colgarse: ha escogido una higuera”. “¿Y qué debía haber escogido?”, le preguntó extrañada la catequista. “¡Debía haberse colgado al cuello de Jesús!” Tenía razón: si se hubiese colgado al cuello de Jesús para pedirle perdón hoy sería honrado no menos que san Pedro. Nosotros podemos en esta Pascua “colgarnos al cuello de Jesús”. Conocemos el antiguo “precepto” de la Iglesia: “Confesarse al menos una vez al año y comulgar por Pascua florida” (Catecismo de la Iglesia Católica 2042). No es tanto una obligación cuanto un regalo, un ofrecimiento. Muchas personas, que no se confesaban desde hacía años y algunos incluso durante toda la vida, después de la confesión, levantándose, han dicho que había sido la experiencia más bella de su vida. Había caído de su corazón como una gran losa.
Lo sé; no todos están dispuestos en esta Pascua a ir a la iglesia y mucho menos a confesarse. A éstos yo les pediría una cosa mucho más sencilla: la de procurarse un Evangelio y leer por cuenta suya con calma y por entero el relato de la pasión. Para ello, es suficiente menos de media hora. He conocido a una mujer, una intelectual, que se profesaba atea. Un día se le vino encima una de aquellas noticias, que siempre dejan medio muertos: su hija de dieciséis años tenía un tumor en los huesos. La operan. La muchacha vuelve de la sala de operaciones mortificada con tubos, sondas, débil por todas partes. Sufre terriblemente, gime y no quiere oír ninguna palabra de consuelo. La madre, sabiendo que la muchacha era piadosa y religiosa, pensando hacerle una complacencia, le dice: “¿Quieres que te lea alguna cosa del Evangelio?” “Sí, mamá”. “¿Qué quieres?” “Léeme la pasión”. Ella, que nunca había leído un Evangelio, corre a comprar uno; se sienta junto al lecho y comienza a leer. Después de poco tiempo, la hija se duerme; pero, ella en la penumbra continúa leyendo en silencio hasta el final. “¡La hija se dormía, dirá más tarde ella misma, y la madre se despertaba!” Se despertaba de su ateísmo. La lectura de la pasión de Cristo le había cambiado la vida para siempre.
Jesús, os decía yo al comienzo, va a morir místicamente de nuevo por nosotros en esta semana. Digamos, asimismo nosotros, como aquel día dijo el apóstol Tomás: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Juan 11, 16). A morir al pecado para resucitar a una vida nueva en la Pascua.