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IV DOMINGO DE CUARESMA

2 Crónicas 36, 14-16.19-23; Efesios 2, 4-10;
Juan 3, 14-21

En el Evangelio de este Domingo encontramos, en absoluto, una de las frases más bellas y consoladoras de la Biblia:
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Este tema del amor de Dios para con nosotros se vuelve a repetir en la segunda lectura:
“Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo”.

Aprovechemos, por lo tanto, esta ocasión para reflexionar algo sobre este tema, que constituye el núcleo de toda la Biblia. “No importa –ha escrito el filósofo Kierkegaard– saber si Dios existe; importa saber si hay amor”. Y la Escritura nos asegura precisamente esto: Dios es amor. Si toda la Biblia, como un libro escrito, mudo, se transformase, por algún milagro, en un libro que habla, en palabra pronunciada, se levantaría de ella un grito más fuerte que el mismo rumor del mar: “¡Dios os ama!”
Para hablarnos de su amor, Dios se ha servido de las experiencias de amor, que vive el hombre en el ámbito natural. Dante dice que en Dios existe, encuadernado en un único volumen, “lo que se desencuaderna por el mundo”. Todos los amores humanos –conyugal, paterno, materno, de amistad– son páginas de un cuaderno o son rescoldo de un incendio, que tiene en Dios su fuente y su plenitud.
De este modo, la Biblia llega a ser indirectamente una escuela de amor. En efecto, si el amor humano sirve como símbolo al amor de Dios, el amor de Dios sirve como modelo al amor humano. Mirando cómo ama Dios, aprendemos cómo debiera amar una madre, cómo debiera amar un padre; cómo debieran amarse entre sí los esposos, los amigos. Han sido escritos tratados y poemas titulados El arte de amar (Ars amandi); pero, la Escritura divina es la única capaz de enseñarnos verdaderamente este arte, si por amor entendemos algo más que el solo amor erótico.
Vayamos, pues, a la escuela del amor de la Biblia. Ante todo, Dios en la Biblia nos habla de su amor a través de la imagen del amor paterno. En el profeta Oseas, por ejemplo, se compara a un padre, que enseña a su hijo a caminar, que lo acerca a su rostro y se inclina para darle de comer (cfr. Oseas 11, 1-4). El amor paterno está pensado como estímulo, como empuje. El padre quiere hacer crecer al hijo, empujándole a dar lo mejor de sí. Por esto, difícilmente un padre alabará en su presencia al hijo incondicionalmente. Tiene miedo de que lo considere ya conseguido y no se esfuerce más. Un rasgo del amor paterno es igualmente la corrección. “El Señor corrige a quien ama, como un padre al hijo predilecto” (Proverbios 3, 12). Pero, un verdadero padre no se pasa todo el tiempo corrigiendo y haciendo observaciones al hijo. Terminaría por desanimarle. Es del mismo modo quien le da libertad y seguridad al hijo, que le hace sentirse protegido en la vida. He aquí por qué Dios se presenta al hombre, a través de toda la revelación, como su “roca y su baluarte”, “su fortaleza cercana siempre en las angustias”.
Otras veces, Dios nos habla con la imagen del amor materno. Dice:
“¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Isaías 49, 15).
El amor de una madre está hecho para proteger, para la compasión y la ternura; es un amor “visceral”. Parte de las fibras más profundas de su ser, allí donde su criatura se ha formado, e invade a toda la persona, haciéndola “estremecerse de compasión”. Cualquier cosa, por cuanto terrible, que haya hecho un hijo, se cambia; la primera reacción de la madre es siempre la de abrirle los brazos y acogerle. Las madres son siempre un poco cómplices de los hijos y frecuentemente deben defenderles e interceder por ellos ante el padre.
Esto es lo que Dios siente por nosotros. “Mi corazón –dice– se conmueve dentro de mí, mi interior se estremece de compasión” (Oseas 11, 8). Y todavía más: “Como una madre consuela a su hijo, así yo te consolaré” (Isaías 66, 13). Se habla siempre de la potencia de Dios, de su fuerza; pero, la Biblia nos habla también de la debilidad de Dios, de una impotencia suya. Es la “debilidad” materna. Él debía castigar y destruir a su pueblo, que es infiel, pero no puede; sus vísceras maternales se lo impiden; él “se conmueve y cede a la compasión” (cfr. Jeremías 31, 20).
El hombre conoce por experiencia otro tipo de amor, el amor esponsal, del que se dice que es “fuerte como la muerte” y cuyos bríos “son ardores de fuego” (cfr. Cantar de los Cantares 8, 6). Y también a este tipo de amor Dios ha hecho recurso para convencernos de su apasionado amor para con nosotros. Todos los términos típicos del amor entre hombre y mujer, comprendido el término “seducción”, se encuentran usados en la Biblia para describir el amor de Dios para con el hombre.
El amor esponsal es fundamentalmente un amor de deseo y de elección. No se elige al propio padre o a la propia madre; pero, cada uno escoge (o al menos debiera poder ser libre para escoger) al propio esposo o a la propia esposa. Un rasgo típico de este amor es la celosía; y en efecto la Escritura afirma frecuentemente que nuestro Dios “es un Dios celoso”. En los esposos terrenos la celosía es índice de debilidad y de inseguridad. El hombre celoso o la mujer celosa teme por sí mismo o por sí misma; tiene miedo de que otra persona más fuerte o más hermosa pueda robarle el corazón de la persona amada. Dios teme; pero, por el hombre, no por sí mismo. Sabe que el hombre fácilmente se arroja a los brazos de los ídolos, de los falsos amores, que son su ruina.
Jesús viniendo a este mundo ha llevado a cumplimiento todas estas formas de amor, paterno, materno, esponsal (¡cuántas veces se ha comparado a un esposo!); pero, ha añadido otra forma: el amor de amistad. Decía a sus discípulos:
“Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15).

¿Qué es la amistad? Aquí me dirijo sobre todo a los jóvenes, para los que la amistad es una cosa importante, y frecuentemente también problemática. Los antiguos decían: “La amistad es como tener un alma sola en dos cuerpos”. Puede constituir un vínculo más fuerte que la misma parentela. El parentesco consiste en tener la misma sangre; la amistad en tener los mismos gustos, ideales, intereses. Ésta nace de la confianza, esto es, del hecho de que yo le confío a otro lo que hay de más íntimo y personal en mis pensamientos y experiencias. ¿Queréis descubrir cuáles son vuestros verdaderos amigos y hacer una graduación entre ellos? Intentad recordar cuáles son las experiencias más secretas de vuestra vida, positivas y negativas; observad a quién se las habéis confiado: aquéllos son vuestros verdaderos amigos. Y si hay una cosa en vuestra vida, tan íntima, que la habéis revelado a una persona sola, aquélla es vuestro mayor amigo o amiga; ¡intentad no perderlo o no perderla!
Ahora, Jesús explica que nos llama amigos, porque todo lo que él sabía del Padre suyo celestial nos lo ha dado a conocer, nos lo ha confiado. ¡Nos ha participado los secretos de familia de la Trinidad! Por ejemplo, del hecho de que Dios privilegie a los pequeños y a los pobres, que nos ama como un padre, que nos tiene preparado un lugar. Jesús da a la palabra “amigos” su sentido más pleno.
El amor de Dios es un océano sin orillas y sin fondo. Lo que hemos dicho hasta aquí no es más que una gota. Pero, nos basta. ¿Qué debemos hacer después de haber recordado este amor? Una cosa sencillísima: creer en el amor de Dios, acogerlo; repetir conmovidos con san Juan:
“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Juan 4, 16).

Debemos, sobre todo en esto, imitar a los niños. Ellos no tienen miedo de dejarse amar; cuanto más amor se les da a ellos, más amor se toman, como si fuese la cosa más natural del mundo. Se chapotean dentro felices, como hacen, a veces, cuando su madre les baña en el agua. Jesús ha dicho que es necesario acoger el reino de Dios igual como hacen los niños (cfr. Marcos 10, 15). ¿Y qué es el “reino de Dios” sino su amor?
He dicho que si el amor humano sirve de símbolo al amor de Dios, el amor de Dios sirve de modelo al amor humano. En otras palabras, de Dios aprendemos cómo también nosotros debemos amar. Me limito a señalar dos puntos, en los que deberemos imitar a Dios. Primero, Dios no ha tenido miedo de pecar de debilidad, repitiéndole frecuentemente en la Biblia al hombre: “Yo te amo”, “tú eres precioso a mis ojos”. ¿Por qué hay padres y (menos) madres que no lo dicen nunca a sus hijos? ¿Maridos que no lo dicen nunca a sus mujeres? Muchos jóvenes sufren durante toda la vida por no haber oído dirigírseles nunca, claras y lisas, palabras como estas de quien más las esperaban.
El otro punto tiene algo que ver con la libertad: educar a los hijos en la libertad. Una madre objetaba: “Pero, ¿qué libertad: la de ofender a Dios? ¿Los ejemplos tristísimos en torno a nosotros no nos dicen bastante qué produce la excesiva libertad concedida hoy en día a los jóvenes? Los hijos tienen derecho a tener en nosotros, los padres, ante todo, a maestros de la vida”. El ejemplo de Dios nos puede ayudar también a esclarecer esta duda. Aún amándonos tanto Dios, lo hemos visto, nos deja libres; es más, expresa la cualidad “paterna” de su amor, precisamente dándonos libertad. Y no se puede dudar de que Dios sea igualmente un buen educador.
No se trata simplemente de dar libertad a los hijos, sino de educarles en la libertad. Dar libertad puede llegar a ser permisivismo y entonces se tendría efectivamente razón para permanecer perplejos. Educar en la libertad puede ser, por el contrario, precisamente el modo mejor para reaccionar contra el permisivismo. Significa, en efecto, ayudar a los muchachos a no tener pesadillas sobre las modas, la publicidad, de lo que hacen los demás; a no tener miedo de ser distintos, de ir, según el caso, también contra corriente. A tener en suma la valentía de las propias convicciones y decisiones. Muchas cosas erradas, los jóvenes las hacen porque no son bastante libres, no porque lo son demasiado. Están convencidos que el servicio más bello que se pueda hacer a los jóvenes hoy, por parte de los padres y de los educadores, es precisamente esto: ayudarles a llegar a ser interiormente libres. Libres en este sentido no se nace, sino que se llega a ser.
Que nuestras reflexiones no nos hagan olvidar la afirmación más importante que hemos escuchado hoy: “Dios ha amado tanto al mundo hasta entregar a su propio Hijo unigénito”.