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Los diez mandamientos - III DOMINGO DE CUARESMA

Éxodo 20, 1-17; 1 Corintios 1, 22-25; Marcos 2, 13-25

El Evangelio de hoy, tercer Domingo de Cuaresma, tiene como tema el templo. Jesús purifica el viejo templo, arrojando fuera con un látigo de cuerdas a mercaderes y mercancías; en consecuencia, se presenta a sí mismo como el nuevo templo de Dios, que destruirán los hombres, pero que Dios hará resurgir en tres días.
Esta vez, sin embargo, iniciamos nuestra reflexión por la primera lectura, porque ella contiene un texto importante: el decálogo, los diez mandamientos de Dios. Volvamos a escucharla para refrescar la memoria tal como nos la presenta la versión castellana en este Domingo:

“Yo soy el Señor, tu Dios…
No tendrás otros dioses frente a mí…
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso.
Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.
Fíjate en el sábado para santificarlo…
Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás testimonio falso contra tu prójimo.
No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él”.
El hombre moderno frecuentemente no comprende los mandamientos. Los cambia por prohibiciones arbitrarias de Dios, por límites intolerables puestos en contra de su libertad. Pero, en realidad los mandamientos de Dios son una manifestación de su amor y de su solicitud paternal para con el hombre. “Escucha, Israel; esmérate en practicarlos para que seas feliz” (cfr. Deuteronomio 6, 3; 30, 15 s.): esto, no otra cosa, es la finalidad de los mandamientos.
Estuve una vez en peregrinación en el Monte Sinaí, en donde fueron entregados los diez mandamientos por Dios a Moisés, y pude hacer una observación. En algunos pasos peligrosos de la senda, que lleva a la cumbre, para evitar que alguien distraído o inexperto cayera fuera del camino y se precipitase en el vacío, hay puestas unas señales de peligro, colocadas unas barandillas o puestas unas barreras. La finalidad de los mandamientos no es diferente de esto.
Los mandamientos se pueden comparar asimismo a malecones o a un dique. Todos recuerdan o han oído hablar de lo que sucedió en los años cincuenta del inmediato siglo pasado cuando el Po rompió los malecones en el Polesino, o lo que sucedió en 1963 cuando se rompió el dique del Vajont y poblaciones enteras fueron sumergidas por la avalancha de agua y barro. La comparación no parece exagerada. Nosotros mismos vemos lo que sucede en la sociedad, cuando se quebrantan sistemáticamente ciertos mandamientos, como el de no matar o de no robar…
En la base de los diez mandamientos, Dios estableció su alianza con Israel e hizo de ello un “reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo 19, 6). Después que Moisés hubo referido al pueblo las diez palabras, está escrito que todos respondieron a una sola voz: “Nosotros haremos cuanto ha dicho el Señor” (Éxodo 19, 8). La decisión de querer pertenecer al pueblo de Dios y de entrar en alianza con él, está inscrita por sí misma en el bautismo; pero, hoy nos ofrece la ocasión para decidir personalmente y como adultos de cual de las partes queremos estar.
Jesús ha resumido todos los mandamientos, es más, toda la Biblia, en un único mandamiento, el del amor a Dios y al prójimo. “De estos dos mandamientos –ha dicho– dependen toda la Ley y los Profetas” (Mateo 22, 40). Si yo amo a Dios, no querré tener a otro Dios fuera de él, no nombraré su nombre en vano, esto es, no blasfemaré, y santificaré sus fiestas. Si amo al prójimo, honraré al padre y a la madre, que son mi prójimo más cercano, no robaré, no diré falsos testimonios. Tenía razón san Agustín al decir: “Ama y haz lo que quieras”. Porque si uno ama de verdad, todo lo que hará será para bien. También si echa en cara y corrige será por amor, por el bien del otro.
Desde esta luz se entiende igualmente el Evangelio de hoy. ¿Cómo se explica la escena de Jesús que con palos echa fuera a los mercaderes del templo, que tira por el suelo las mesas de los cambistas y grita: “¡Fuera, fuera de aquí!”, él, por costumbre tan manso y pacífico? Se explica precisamente por el amor, vuelve a entrar en aquel “ama y haz lo que quieras”. Él se mueve por amor para con el Padre celestial, cuyo celo, dice el Evangelio, lo devoraba; pero, asimismo por el amor para con los hombres. Sería necesario saber quiénes eran y qué hacían aquellos cambistas y aquellos vendedores de palomas. La Pascua estaba cercana. Para esta fiesta era costumbre congregarse en Jerusalén judíos y creyentes de todas las partes del mundo en un número a veces de más de dos millones de personas. Cada uno debía pagar la tasa del templo (correspondiente al salario de dos jornadas); pero, se debía pagar solamente en moneda local. Llegando con toda clase de moneda extranjera, había que cambiarla en los pórticos del templo y, por el cambio, los cambistas conseguían sonsacar a aquella pobre gente el equivalente a otra jornada laboral. Lo mismo sucede con los vendedores de palomas. Casi todos los peregrinos querían ofrecer un pequeño o un grande animal como sacrificio para el templo. Las víctimas, sin embargo, debían ser declaradas idóneas por expertos del templo. Si venían adquiridas fuera del templo estas víctimas se declaraban casi con seguridad no idóneas, por lo que era necesario adquirirlas dentro del recinto del templo, pagando hasta tres veces más de su precio normal.
Jesús reacciona, por lo tanto, ante la injusticia cometida contra las gentes sencillas y, más en general, reacciona contra la idea de que era necesario presentarse a Dios con víctimas y ofrendas como si fuera casi necesario pagar su favor. Dios es amor y todo lo que quiere del hombre es que reconozca éste su amor gratuito y le corresponda con la observancia de los mandamientos. Jesús hace suyo el grito de los profetas: “Misericordia quiero, que no sacrificios” (Mateo 9, 13). “La obediencia (a mis mandamientos) vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (cfr. 1 Samuel 15, 22).
Volvamos, ahora, al tema de los mandamientos. Los diez mandamientos vienen observados conjuntamente; no se pueden observar cinco y violar los otros cinco o incluso uno sólo de ellos. He comparado los diez mandamientos a las señales indicadoras a lo largo de la subida al Monte Sinaí, a los malecones de un río y a un dique. Basta remover una de estas señales para precipitarse en el vacío, basta que el río rompa los malecones en un punto determinado para inundarlo todo.
Hay personas que al respecto se han hecho extrañas convicciones. Ciertos hombres de la mafia honran escrupulosamente al padre y a la madre, nunca se permitirían “desear la mujer de otro” y si un hijo blasfema lo reprochan ásperamente; pero, en cuanto a no matar, no decir palabras en falso, no desear los bienes de otro, todo ello es otra cuenta. Deberíamos examinar nuestra vida para ver si también nosotros hacemos algo semejante, esto es, si observamos escrupulosamente algunos mandamientos y alegremente violamos los otros, incluso si no son hasta los mismos que los mafiosos. Nosotros no matamos y no robamos; pero, quizás hablamos en falso, no honramos al padre y a la madre, especialmente si son ancianos y están solos, deseamos la mujer (o el hombre) de otros; o hasta odiamos a alguno, cosa que, para la Escritura, es como matarlo (cfr. 1 Juan 3, 15).
Quisiera llamar la atención en particular sobre uno de los mandamientos, que en algunos ambientes es más frecuentemente transgredido: “No tomar el nombre de Dios en vano”. “En vano” significa sin respeto o, peor, con desprecio, con ira, en suma, blasfemando. En ciertas regiones hay gente que usa la blasfemia como una especie de interposición a las propias palabras, sin tener en cuenta ningún sentimiento de los que escuchan. Muchos jóvenes, después, especialmente si están en compañía, blasfeman repetidamente con la evidente convicción de que así impresionarán más a las muchachas presentes. Pero, un joven, que no tiene más que este medio para impresionar a las muchachas, quiere decir que está sometido al propio mal.
Basta un sencillísimo razonamiento para entender cuánto la blasfemia sea absurda y, digámoslo también, estúpida. O no se cree en Dios y entonces ¿qué significa la blasfemia? ¿Contra quién se dirige? O, si se cree que Dios existe, como ocurre en la mayoría de los casos, entonces la cosa, pensándolo bien, es terrible. Quien blasfema, ¡lo desafía, lo insulta! Cuando una persona blasfema se asemeja a uno que ha sido agarrado por la mano sobre un precipicio y hace de todo para golpear y arañar en los ojos a quien lo agarra, sin pensar que si éste dejase por un instante su presa, él se precipitaría en el vacío.
A veces, se dice: “Es una costumbre, no pensaba; se me ha escapado de la boca, no quería ofender a Dios”. Pero, yo digo: ¿si una persona, cada vez que se encuentra con nosotros, nos insultase en público, excusándose de ello con decir que no lo hace por malicia, sino sólo por costumbre, aceptaríamos aquella excusa? En un tiempo, cuando yo oía blasfemar en torno a mí, me sentía temblar de indignación. Ahora, me viene espontáneo mirar a aquel pobrecillo, especialmente si es un muchacho o un joven, con inmensa piedad y tristeza, y decir dentro de mí: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. O sencillamente digo a quien ha blasfemado, si me lo permiten las circunstancias: “¡Por qué blasfemas! Dios es quizás la única persona en el mundo que te quiere verdaderamente”.
No podemos, sin embargo, pararnos aquí, en la sola amarga denuncia de la realidad de la blasfemia. ¡Es necesario cambiar! Este deber no afecta sólo a los blasfemadores, sino también a la mujer, la novia, el hermano, el padre. Es un deber de caridad el ayudar con dulzura y firmeza al propio cónyuge a corregirse de esta costumbre tan poco honorable, como se hace para cualquier otra mala costumbre. Se emplea tanto celo para convencer a una persona querida a dejar de fumar, diciendo que el humo daña la salud… ¿por qué no hacer otro tanto para convencerla de dejar de blasfemar?
Allí donde tú eres responsable –en casa, en tu oficina, en tu bar, en tu taxi– nadie debe continuar blasfemando impunemente. Si puedes hacer algo y lo toleras por respeto humano es un poco como si blasfemaras asimismo tú. Eres cómplice. Pero, si lo haces con calma y respeto, verás que te estarán agradecidos y, más que perder amigos, los ganarás. He visto escrito en distintos negocios y locales públicos: “En este local no se blasfema”. Es una iniciativa laudable.
Pero, no basta ni siquiera el dejar de blasfemar. El mandamiento de Dios no tiene sólo un contenido negativo sino también positivo. Es necesario, en otras palabras, bendecir, alabar, adorar el nombre de Dios. Jesús, en el Padre Nuestro, nos ha enseñado a decir: “Santificado sea tu nombre”. Esto es: sea respetado, honrado y proclamado santo.
He aquí una sugerencia, que podría ayudar a quienes han crecido con la triste costumbre de la blasfemia y tienen sinceramente la intención de corregirse: repetir, por cada una de las blasfemias que debiese salir inadvertidamente de la boca: “Sea santificado tu nombre” o “Bendito sea Dios”, “Bendito su santo nombre”. O sencillamente: “¡Señor, perdóname y ayúdame a no hacerlo más!”
Recordemos, para concluir, la palabra de Juan que hace de la observancia de todos los mandamientos una cuestión de amor: “En esto consiste el amor, en observar sus mandamientos; y sus mandamientos no son pesados” (1 Juan 5, 3).