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II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 Samuel 3, 3b-10.19; 1 Corintios 6, 13c-15a-20;
Juan 1, 35-42

El fragmento evangélico nos hace asistir a la formación del primer núcleo de discípulos, del que se desarrollará, primero, el colegio de los apóstoles y, enseguida, la entera comunidad cristiana. Es la Iglesia en su “estado naciente”, momento irrepetible, rico de maravillas, de novedades, de promesas. El estado naciente es el momento en que desemboca lo que, a continuación, llegará a ser el “estado de vida”, si se trata de una persona (tal es el enamoramiento respecto al matrimonio, que seguirá) o la “institución”, si se trata de una nueva formación social.
Juan está aún junto con dos discípulos en las orillas del Jordán, cuando ve pasar a Jesús y no se entretiene en gritar de nuevo: “He ahí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos lo entienden y, dejando para siempre al Bautista, se ponen a seguir a Jesús. Viéndose seguido, Jesús se vuelve y les pregunta: “¿Qué buscáis?” Justo, para romper el hielo, le responden: “Rabbí, que quiere decir “Maestro”, ¿dónde vives?” Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, vieron y desde aquel día se quedaron con él. Aquel momento llegó a ser tan decisivo en su vida, que recordarán hasta la hora en que sucedió: “Serían las cuatro de la tarde”.
Jesús viendo a Simón le dice unas palabras misteriosas, de las que, sin embargo, nosotros hoy ya sabemos el significado. Le cambió el nombre; le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (que quiere decir, “Piedra”)”. Así, vemos organizado no sólo el proceso de incorporación, que llevará a la formación de la Iglesia, sino también un primer anuncio de su organización y de su ordenamiento. A Pedro, en efecto, se le dirá más tarde: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16, 16).
San Pablo, en la segunda lectura, nos traslada al clima de la comunidad cristiana, ya formada, con sus problemas, ideales y tensiones. Una de estas tensiones se refiere al correcto ejercicio de la sexualidad. La venida a la fe y el bautismo no han anulado en este campo las tendencias naturales, los instintos y la eterna lucha entre la carne y el espíritu. En Corinto, ciudad pagana y puerto de mar, desde este punto de vista, los problemas parece que fueron particularmente agudos. La necesidad de reprimir los abusos da ocasión al Apóstol para hacer una magnífica catequesis sobre la pureza. Comienza diciendo:
“El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?”

Tomamos el diseño para hacer igualmente nosotros una pequeña catequesis sobre este aspecto delicado de la vida cristiana. En el mundo de hoy, hablar de la pureza ya de partida puede parecer una batalla perdida. Pero, precisamente frente a esta mentalidad cesante y resignada ante el mal, es por lo que el Evangelio nos empuja a reaccionar. Quizás, Jesús nos conoce mejor que nosotros y sabe lo que, especialmente en los jóvenes, hay en el fondo del corazón humano: un secreto anhelo, una nostalgia de pureza, que ningún barro puede recubrir del todo. “La castidad, decía el poeta Tagore, es una riqueza, que proviene de la abundancia del amor, no de la falta de él”.
Quizás quienes están en mejor disposición de entender el discurso sobre la pureza son precisamente los verdaderos enamorados. El sexo llega a ser “impuro” cuando reduce al otro (o al propio cuerpo) a un objeto, a una cosa; pero, esto es asimismo lo que un verdadero amor rechazará hacer. Muchos de los excesos en este campo tienen en la actualidad algo de artificial, son debidos a imposición externa, dictada por razones comerciales y de consumo. No son del todo, como se quiere hacer creer, una “evolución espontánea de las costumbres”.
Una de las excusas, que en la mentalidad común más contribuyen a favorecer el pecado de impureza y a descargarlo de toda responsabilidad, es señalar que ello no hace mal a nadie, que no viola los derechos y la libertad de los demás, a no ser, se dice, que se trate de un estupro o de una violencia. Pero, no es verdad que el pecado de impureza termine con quien lo comete. Cada abuso, de dónde y por quién venga cometido, contamina el ambiente moral del hombre, produce una erosión de los valores y crea lo que Pablo define la “ley del pecado” y de la que ilustra el terrible poder de arrastrar a los hombres a la ruina (cfr. Romanos 7, 14ss.). La primera víctima de todo esto es la familia.
En el Talmud hebreo se lee una fábula, que ilustra bien la solidaridad que hay en el mal y el daño que todo pecado, también el personal, introduce en la sociedad: “Algunas personas se encontraban a bordo de una barca. Una de ellas tomó un taladro y comenzó a hacer un agujero por debajo de donde estaba él. Los otros pasajeros, viéndolo, le dijeron aterrorizados: ¿Qué haces? Él respondió: ¿Qué os importa a vosotros? Estoy haciendo un agujero debajo de mi asiento, ¡no sobre el vuestro! Sí, replicaron los demás, pero el agua entrará en la barca y nos hundiremos todos!”
Fenómenos tan solicitados, como la explotación de menores, el estupro y la pedofilia, no nacen de la nada. Son, al menos en parte, el resultado del clima de desesperada excitación en que viven y en el que sucumben los más frágiles. No era fácil, una vez que se puso en movimiento, parar la avalancha de barro, que tiempo atrás se abatió, destruyéndolos, sobre algunos pueblos de la Campania (Italia). Era necesario poder evitar el desbordamiento y otros deterioros ambientales, que han hecho inevitable el desplome. Lo mismo vale para ciertas tragedias con trasfondo sexual. Destruidas las defensas naturales, llegan a ser inevitables. Yo permanezco siempre desconcertado al ver rasgarse las vestiduras en ciertos medios de comunicación social cuando acontecen estos hechos, sin darse cuenta de la parte de responsabilidad, que tienen también ellos por lo que dicen o muestran en otras partes del mismo periódico o telenoticias.
Pero, no quiero dilatar demasiado tiempo en describir la situación en la actualidad en torno a nosotros, que, por lo demás, todos conocemos bien. Veamos en términos positivos qué dice el Apóstol sobre la pureza en el fragmento de hoy:
“¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!”

La motivación pagana de la pureza, en cierto sentido, está como vuelta al revés. Para los filósofos del tiempo, Estoicos y Epicúreos, era necesario evitar el vicio impuro para no perder el control y el dominio de sí y sucumbir como esclavos de las pasiones; aquí es necesario respetar el cuerpo, porque no se tiene “el dominio” de sí, porque el cuerpo no nos pertenece, sino que es del Señor, que lo ha vuelto a comprar a precio costoso. La finalidad de la pureza es mucho más noble y está ligada a la dignidad del cuerpo mismo; éste se nos ha dado para glorificar a Dios de uno o de otro modo posible: o con el matrimonio y el amor fecundo o con la consagración a Dios en la virginidad.
Veamos qué valor pueden obtener de esto los creyentes y todas las personas honestas, preocupadas por la suerte de la familia y de la sociedad. Hoy ya no basta más una pureza hecha con miedos, tabúes, prohibiciones, de fuga recíproca entre el hombre y la mujer, como si cada uno de los dos fuese siempre y necesariamente una zancadilla para el otro y un potencial enemigo, más que, como dice la Biblia, “una ayuda” (Génesis 2, 18). La misma organización moderna de la vida social con la promiscuidad, que comporta cada sector de la vida, hace superficiales estas defensas. Es necesario hacer palanca sobre las defensas no ya más externas sino internas, basadas sobre convicciones personales. Se debe cultivar la pureza por sí misma, por el valor positivo que representa para la persona y no sólo por los infortunios de salud o de honra, a la que se expone su violación.
Y veamos qué puede procurar de hermoso y positivo la pureza al hombre y a la mujer en los varios estados de la vida. El esfuerzo por mantenerse puro permite al adolescente aplicarse más seriamente a los estudios, sin desechar sus energías en costumbres, que lo recluyen en sí mismo, o en aventuras, que terminan por hacerlo cínico e incapaz de ideales y de amor verdadero. Permite vivir y gozar en cualquier edad de la vida, sin quemar ninguna. Crea el espacio oportuno para descubrir la experiencia de otros tipos de amor, como el de la amistad, tan importante en la vida de la persona.
Ha sido dirigida a un grupo de adolescentes la pregunta de si ellos creían posible e importante a su edad una amistad entre chicos y chicas, que no se transformase de inmediato en cualquier otra cosa. Uno de ellos ha respondido: “Sí, creo en una tal amistad, porque la estoy viviendo. ¿Por qué no la transformamos de inmediato en el “gran amor”? No nos parece que valga la pena poner término a una amistad tan hermosa y profunda por el clásico nivel entre adolescentes; y, después, no creo que a los dieciséis años se tenga el derecho de dejar la adolescencia definitivamente a las espaldas”. Tenía razón. Una amistad entre jovencísimos, vivida a la luz del sol, ayuda a descubrir los lados más bellos y más secretos de la psicología del otro, cura del miedo y de la desconfianza hacia el otro sexo, acostumbra al diálogo, mucho más que un circuito corto a dos, que supone ya resueltos muchos de estos problemas. Cuando llegue el gran amor, con la misma u otra persona, permitirá vivirlo con más intensidad y madurez.
En cuanto a los novios, el esfuerzo común por la pureza, permite crecer en aquel amor, hecho de respeto recíproco y de capacidad de espera, que un día podrá él solo garantizar el éxito de su matrimonio. Permite apreciar gestos sencillos como un estrecharse la mano, una mirada, un beso; gestos que para los demás pueden parecer banales, pero que adquieren, por el contrario, un valor grandísimo en este caso.
Para los casados, la pureza, que ahora se llama fidelidad, permite mirarse a los ojos cada tarde, sin tener que mentir; mirar a los propios hijos sin remordimientos; permite tener el corazón en la familia y no en otra parte. Evita terminar con la doble vida llena de falsedades, a la que casi siempre condenan el adulterio y la traición.
A las personas consagradas, sacerdotes y monjas, la pureza permite ser hermanos y hermanas de todos sin querer poseer en exclusiva para nosotros mismos a nadie. Permite estar aparte de todo secreto y de acercarse a cada miseria sin permanecer personalmente enviscados; permite, como decía el gran Lacordaire, tener “un corazón de acero para la castidad y un corazón de carne para la caridad”.
A todos, en fin, jóvenes, casados y consagrados, la pureza asegura lo más precioso que hay en el mundo: la posibilidad de acercarse a Dios. “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8). No lo verán sólo un día, después de la muerte, sino ya desde ahora. Lo verán en la belleza de lo creado, de un rostro, de una obra de arte; lo verán en su mismo corazón.