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La Eucaristía, misterio de comunión con Cristo y con los demás

Juan (6,51-58)

En aquel tiempo, dijo Jesús a la multitud de los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede esté darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vidas en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día».

El Cáliz y el Pan de Vida

La fiesta del «Corpus Domini» asume un significado del todo especial en el año de la Eucaristía. Uno de los frutos que el Papa Juan Pablo II (aún nos cuesta convencernos de que ya no está entre nosotros) esperaba de este año era «reavivar en los cristianos el estupor eucarístico», esto es, la maravilla de frente a la «enormidad divina» (Paul Claudel) que es la Eucaristía.

En la segunda lectura de la fiesta del día, San Pablo escribe: «La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?». La Eucaristía es por lo tanto fundamentalmente un misterio de comunión. Conocemos distintos tipos de comunión. Una, muy íntima, es aquella entre nosotros y el alimento que comemos, porque éste se convierte en carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a las madres decir a sus criaturas, mientras las estrechan contra su pecho y las besan: «¡Te quiero tanto que te comería!». Es verdad que el alimento no es una persona viva e inteligente con la que podamos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que el alimento fuera él mismo vivo e inteligente, ¿no parece que entonces se tendría finalmente la perfecta comunión?

Esto es precisamente lo que ocurre en la comunión eucarística. Jesús, en el pasaje evangélico, dice: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo… Mi carne es verdadera comida… Quien come mi carne tiene vida eterna». Aquí el alimento no es una cosa, sino que es una persona viva. Se tiene la más íntima, si bien también la más misteriosa, de las comuniones.

Veamos lo que ocurre en la naturaleza en el ámbito de la alimentación. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila el mineral; es el animal el que asimila el vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila a él; nosotros nos transformamos en él, no él en nosotros. Un famoso materialista ateo dijo: «El hombre es lo que come». Sin saberlo dio una definición óptima de la Eucaristía. Gracias a ésta, el hombre se convierte verdaderamente en lo que come, ¡o sea, cuerpo de Cristo!

Leemos a continuación del texto inicial de San Pablo: «Porque aún siendo muchos, un sólo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan». Está claro que en este segundo caso la palabra «cuerpo» ya no indica el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que indica «todos nosotros», indica ese cuerpo de Cristo mayor que es la Iglesia. Esto quiere decir que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.

¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos hacer verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos. «Si has ofendido a un hermano», decía San Agustín, «si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada, tal vez lleno de fervor, te pareces a uno que ve llegar a un amigo a quien no ve desde hace tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se eleva sobre la punta de sus pies para besarle en la frente… Pero, al hacer esto, no se da cuenta de que le está pisando los pies con zapatos de clavos. Los hermanos, de hecho, especialmente los más pobres y desamparados, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra».

Al darnos la hostia, el sacerdote dice: «El cuerpo de Cristo», y nosotros respondemos: «¡Amén!». Ahora sabemos a quién decimos «Amén», esto es: «Sí, te acojo»: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también a quien tenemos al lado.

[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]