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	<title>Padre Raniero Cantalamessa</title>
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		<title>“YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA”  - Quinto Sermón, Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Mar 2024 15:29:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sermones de la Casa Pontificia]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En nuestro itinerario, a través del Cuarto Evangelio, para descubrir quién es Jesús para nosotros, hemos llegado a la última etapa. Entramos en lo que se suele llamar &#8220;los discursos de despedida&#8221; de Jesús a sus apóstoles. Esta vez ni siquiera intento resumir el contexto y resaltar sus diferentes unidades y subdivisiones. Sería como intentar dibujar cajas y distinguir sectores en una colada de lava que desciende del cráter. Vayamos entonces directamente a la palabra que queremos recoger en esta meditación:<br />
Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. (Jn 14, 3-6)<br />
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”: palabras que sólo una persona en el mundo podía pronunciar y de hecho pronunció. Cristo es el camino y la meta del viaje. Como Palabra eterna del Padre, él es la verdad y la vida; como Verbo hecho carne, él es el camino.<br />
Tuvimos la oportunidad de contemplar a Cristo como Vida, comentando su palabra &#8220;Yo soy el pan de vida&#8221;, y como Verdad comentando su otra palabra &#8220;Yo soy la luz del mundo&#8221;. Por tanto, centrémonos en Cristo el Camino. Después de haber contemplado a Cristo como don, tenemos la oportunidad de contemplarlo como modelo. “Dado que – escribe Kierkegaard – la Edad Media se había extraviado cada vez más al acentuar el lado de Cristo como modelo, Lutero acentuó el otro lado, afirmando que Él es un don y que este don depende de la fe para aceptarlo”. Pero ahora &#8211; añade el mismo autor &#8211; también debemos insistir en Cristo como modelo, si no queremos que la doctrina sobre la fe se convierta en una hoja de parra que cubra las omisiones más anticristianas.<br />
Jesús continúa diciendo a quienes encuentra, es decir, a nosotros, en este momento, lo que dijo a los apóstoles y a quienes encontró durante su vida terrena: &#8220;Venid en pos de mí&#8221;, o en singular &#8220;¡Sígueme!&#8221;. El seguimiento (en griego, akolouthia) de Cristo es un tema sin límites. Sobre él estaba escrito el libro más querido y más leído de la Iglesia, después de la Biblia: La Imitación de Cristo. Nos limitamos a decir lo necesario para pasar a algunas aplicaciones prácticas, siempre de carácter espiritual y personal, tal como nos hemos planteado en estas meditaciones.<br />
El tema del seguimiento de Cristo ocupa un lugar importante en el Cuarto Evangelio. Seguir a Jesús es casi sinónimo de creer en él. Creer, sin embargo, es una actitud de la mente y la voluntad; la imagen del &#8220;camino&#8221; y del &#8220;caminar&#8221; pone de relieve un aspecto importante del creer, que es el &#8220;avanzar&#8221;, es decir, el dinamismo que debe caracterizar la vida del cristiano y la repercusión que la fe debe tener en la conducta de la vida. El seguimiento &#8211; a diferencia de la fe y del amor &#8211; no indica sólo una actitud particular de la mente y del corazón, sino que traza para el discípulo un programa de vida que implica una participación total: del modo de vida, del destino y de la misión del Señor. No olvidemos que en Israel el discípulo iba muchas veces a vivir a casa del maestro y compartía su vida en todo.<br />
*    *    *<br />
Con el énfasis dado al episodio del lavatorio de los pies, Juan quiso subrayar un ámbito particular y prioritario del seguimiento de Cristo, el del servicio (Jn 13, 12-15). Pero no hablaré del servicio. A este tema dediqué el último sermón de la Cuaresma pasada y no hace falta repetirlo. También porque creo que soy el menos idóneo para hablar de servicio, habiendo ejercido en mi vida casi sólo &#8220;el servicio de la Palabra&#8221; que, por importante que sea, es también relativamente fácil y más gratificante que muchos otros servicios en la Iglesia.<br />
Me gustaría más bien hablar de lo que caracteriza el seguimiento de Cristo y lo distingue de cualquier otro tipo de seguimiento. Se dice de un artista, de un filósofo, de un literato que se formó en la escuela de tal o cual maestro de renombre. Incluso de nosotros religiosos se dice que fuimos formados en la escuela, algunos de Benito, algunos de Domingo, algunos de Francisco, algunos de Ignacio de Loyola y algunos de otros hombres o mujeres. Pero hay una diferencia esencial entre este seguimiento y el de Cristo. Lo expresan, como no se podría hacer mejor, las palabras del propio Juan, al final del Prólogo de su Evangelio: &#8220;La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.&#8221; (Jn 1,17).<br />
Para nosotros, los religiosos, esto significa: la regla nos fue dada a través de nuestro Fundador, pero la gracia y la fuerza para ponerla en práctica nos viene sólo de Jesucristo. Para nosotros y para todos los cristianos, esa palabra también significa otra cosa, aún más radical: el Evangelio nos fue dado por el Jesús terrenal, pero la capacidad de observarlo y ponerlo en práctica nos viene sólo de Cristo resucitado, por su Espíritu!<br />
Santo Tomás de Aquino escribió, al respecto, palabras que de labios de un doctor de la Iglesia menos acreditado que él nos dejarían perplejos. Comentando el dicho paulino &#8220;la letra mata, el Espíritu vivifica&#8221; (2 Cor 3,6), escribe: &#8220;Por letra entendemos toda ley escrita que queda fuera del hombre, incluso los preceptos morales contenidos en el Evangelio; por eso también la letra del Evangelio mataría, si no se añadiera a ella la gracia de la fe que sana&#8221; . Y poco antes decía explícitamente que &#8220;la gracia que nos sana&#8221; no es otra cosa que &#8220;la misma gracia del Espíritu Santo&#8221; que es dada a los creyentes.&#8221;  San Agustín lo entendió por experiencia personal y por eso inventó su extraordinaria oración: “Señor, tú me mandas ser casto. Bueno, dame lo que me ordenes y luego ordéname lo que quieras”.<br />
Por eso muchos de los discursos de Jesús en la Última Cena tienen como objeto el Espíritu Paráclito que él enviaría sobre los apóstoles. Recordemos algunas de sus promesas al respecto:<br />
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.(Jn 16,12-14)<br />
Si Jesús es &#8220;el Camino&#8221; (en griego, odòs), el Espíritu Santo es &#8220;el Guía&#8221; (en griego, odegòs u odegìa). Así lo definió ya San Gregorio de Nisa , y así lo invoca la Iglesia latina en el Veni Creator. Los dos versos “Ductore sic te praevio – vitemus omne noxium”, significan en realidad, “contigo como guía (ductor) evitaremos todo mal”.<br />
*   *    *<br />
Entre las diversas funciones que Jesús atribuye al Paráclito, en su obra a favor nuestro, en la que queremos centrarnos es la de Apuntador: &#8220;El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho&#8221; (14,26). “Él os hará recordar”: la Vulgata latina traducida con ipse suggeret vobis: él os sugerirá.<br />
El apuntador, en el teatro, está escondido dentro de una cavidad y es invisible para el público: como el Espíritu Santo que ilumina todo pero permanece invisible y, por así decirlo, detrás de escena. El apuntador pronuncia las palabras en voz baja para no ser escuchado por el público, y el Espíritu también habla &#8220;en voz baja&#8221;. Sin embargo, a diferencia de los apuntadores humanos, él no habla a los oídos, sino al corazón; no sugiere mecánicamente las palabras del Evangelio, como si fueran un guión, sino que las explica, las adapta, las aplica a las situaciones.<br />
Estamos hablando, por supuesto, de las &#8220;inspiraciones del Espíritu&#8221;, las llamadas &#8220;buenas inspiraciones&#8221;. La fidelidad a las inspiraciones es el camino más corto y seguro hacia la santidad. Nosotros no sabemos desde el inicio cuál es la santidad concreta que Dios quiere de cada uno de nosotros; Sólo Dios lo sabe y nos lo revela a medida que se avanza en el camino. Por tanto, no basta con tener un programa claro de perfección y luego implementarlo gradualmente. No existe un modelo idéntico de perfección para todos. Dios no hace santos en serie, no le gusta la clonación. Cada santo es una invención sin precedentes del Espíritu. Dios puede pedir a uno lo contrario de lo que le pide a otro. De ello se deduce que para alcanzar la santidad el hombre no puede limitarse a seguir reglas generales que se aplican a todos. También debe comprender lo que Dios le pide a él, y sólo a él.<br />
Ahora bien, lo que Dios quiere que es diferente y particular de cada uno se puede descubrir a través de los acontecimientos de la vida, la palabra de la Escritura, la guía del director espiritual; pero el medio principal y ordinario son las inspiraciones de la gracia. Son solicitaciones internas del Espíritu en lo más profundo del corazón, a través de las cuales Dios no sólo hace saber lo que desea de nosotros, sino que da la fuerza necesaria, y muchas veces también la alegría, para realizarlo, si la persona consiente.<br />
Pensemos en lo que habría sucedido si Madre Teresa de Calcuta hubiera persistido en observar las normas canónicas vigentes en los institutos religiosos de la época. Hasta los 36 años ella fue consagrada en una congregación religiosa; era ciertamente fiel a su vocación y entregada a su trabajo, pero nada que sugiriera algo extraordinario en ella. Fue durante un viaje en tren de Calcuta a Darjeeling para su retiro espiritual anual que ocurrió el evento que cambió su vida. El Espíritu Santo &#8220;susurró&#8221; una clara invitación al oído de su corazón: Deja tu orden, tu vida anterior, y ponte a mi disposición para una obra que te indicaré. Entre las hijas de la Madre Teresa, este día, el 10 de septiembre de 1946, es recordado con el nombre de &#8220;Día de la Inspiración&#8221;.<br />
Cuando se trata de decisiones importantes para uno mismo o para los demás, la inspiración debe ser sometida y confirmada por la autoridad o por el propio padre espiritual. De hecho, esto es lo que hizo la Madre Teresa. Te expones al peligro si confías únicamente en tu inspiración personal.<br />
Las buenas inspiraciones tienen algo en común con la inspiración bíblica, aparte, por supuesto, de la autoridad y el alcance, que son esencialmente diferentes. “Dios dijo a Abraham…”, “El Señor habló a Moisés”: este hablar del Señor no era, desde el punto de vista de la fenomenología, algo diferente de lo que sucede en las inspiraciones de la gracia. La voz de Dios, incluso en el Sinaí, no resonó fuera, sino dentro del corazón, en forma de claridad, de impulsos, provenientes del Espíritu Santo. Los diez mandamientos no fueron grabados por el dedo de Dios en tablas de piedra (¡es difícil para nosotros siquiera imaginarlo!), sino en el corazón de Moisés, quien luego los grabó en tablas de piedra. “Movidos por el Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios.” (2 P 1,21); ellos eran los que hablaban, pero movidos por el Espíritu Santo; repetían con la boca lo que oían en el corazón. Dios, dice el profeta Jeremías, escribe su ley en los corazones (Jer 31,33).<br />
Toda fidelidad a una inspiración se ve recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y más fuertes. Es como si el alma se estuviera entrenando para lograr una percepción cada vez más clara de la voluntad de Dios y una mayor facilidad para realizarla.<br />
*    *   *<br />
El problema más delicado en cuanto a las inspiraciones ha sido siempre el de discernir las que provienen del Espíritu de Dios de las que provienen del espíritu del mundo, de las propias pasiones o del espíritu maligno. El tema del discernimiento de los espíritus ha tenido una notable evolución a lo largo de los siglos. Originalmente fue concebido como el carisma que servía para distinguir &#8211; entre las palabras, oraciones y profecías pronunciadas en la asamblea &#8211; cuáles procedían del Espíritu de Dios y cuáles no. En su ejercicio comunitario, el carisma de la profecía debe ir acompañado, para el Apóstol, del discernimiento de los espíritus: “[A uno] se da el don de profecía; a otro el don de discernimiento de espíritus” (cf.1 Cor 12,10).<br />
El significado original de carisma, entendido por Pablo, parece muy preciso y limitado. Se trata de la recepción de la profecía misma, de su evaluación, por parte de uno o más miembros de la asamblea, que también están dotados de espíritu profético. Pero ni siquiera esto discernimiento se basa en un análisis racional, sino más bien en la inspiración del Espíritu mismo. El sentido de discernir (diakrisis) oscila entonces entre distinguir e interpretar: distinguir si fue el Espíritu de Dios quien habló o un espíritu diferente, interpretar lo que el Espíritu quiso decir en una situación concreta. A este mismo don de discernimiento se refiere la conocida recomendación del Apóstol: “No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecía. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal&#8221; (1 Tes 5, 19-22).<br />
Si hay que tener en cuenta la experiencia actual de los movimientos pentecostales y carismáticos, hay que pensar que este carisma consistía en la capacidad de la asamblea, o de algunos de ellos, de reaccionar activamente ante una palabra profética, una cita bíblica o una oración, expresando &#8211; con la exclamación &#8220;¡Confirmo!&#8221;, o con otros pequeños signos de la cabeza y la voz &#8211; aprobación de la palabra escuchada, o mostrando, por el contrario &#8211; con el silencio y pasando a otra cosa &#8211; un juicio negativo. De este modo, la profecía verdadera y falsa pasa a ser juzgada &#8220;por los frutos&#8221; que produce o no, como recomendaba Jesús (cf. Mt 7,16). (Este significado original del discernimiento de los espíritus podría ser muy relevante incluso hoy en debates y encuentros, como los que empezamos a vivir en el diálogo sinodal).<br />
En tiempos posteriores, tanto en la espiritualidad oriental como en la occidental, el carisma del discernimiento de los espíritus sirvió sobre todo para discernir las inspiraciones del discípulo por parte de un anciano (como en la vita monástica), y más en general para discernir las propias inspiraciones. La evolución no es arbitraria; de hecho, es el mismo don, aunque se aplique a sujetos y en contextos diferentes: comunitario en el primer caso, personal en el segundo.<br />
Hay criterios de discernimiento que podríamos llamar objetivos. En el campo doctrinal se resumen para Pablo en el reconocimiento de Cristo como Señor: &#8221; Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo.” (1 Cor 12, 3); para Juan se resumen en la fe en Cristo y su encarnación:<br />
Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. 2En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dio (1 Jn 4,1-3)<br />
En el campo moral un criterio fundamental lo da la coherencia del Espíritu de Dios consigo mismo. No puede pedir algo que sea contrario a la voluntad divina, tal como se expresa en las Escrituras, en la enseñanza de la Iglesia y en los deberes de su estado. Una inspiración divina nunca nos pedirá que realicemos actos que la Iglesia considera inmorales, por muchos argumentos engañosos que la carne sea capace de sugerir en estos casos; por ejemplo, que Dios es amor y por tanto todo lo que se hace por amor es de Dios.<br />
A veces, sin embargo, estos criterios objetivos no son suficientes porque la elección no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien, y se trata de ver qué es lo que Dios quiere, en una circunstancia concreta. Fue sobre todo para responder a esta necesidad que San Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento.<br />
Casi me avergüenza ser yo quien habla aquí de este asunto pero se tiene que decir algo. El santo nos invita a observar las intenciones – él las llama &#8220;espíritus&#8221; &#8211; que se esconden detrás de una elección y de las reacciones que provoca. Sabemos que lo que viene del Espíritu de Dios trae consigo alegría, paz, tranquilidad, dulzura, sencillez, luz. Lo que viene del espíritu del mal, en cambio, trae consigo perturbación, agitación, inquietud, confusión, oscuridad. El Apóstol destaca esto, contrastando los frutos de la carne (enemistades, discordias, celos, disensiones, divisiones, envidias) y los frutos del Espíritu que son en cambio “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, 23modestia, dominio de sí”. Gál 5, 22).<br />
En la práctica, las cosas, es cierto, son más complejas. Una inspiración puede venir de Dios y aun así causar gran perturbación. Pero esto no se debe a la inspiración que es dulce y pacífica como todo lo que viene de Dios; más bien surge de la resistencia a la inspiración, o del hecho de que nos pide algo que no estamos dispuestos a hacer. Si se acoge la inspiración, el corazón pronto se encuentra en una paz profunda. Dios premia cada pequeña victoria en este campo, haciendo sentir al alma su aprobación, que es la alegría más pura que existe en el mundo.<br />
Un campo donde es importante practicar el discernimiento &#8211; además del de las intenciones y decisiones- es el campo de los sentimientos. Nada es más insidioso que el amor. La naturaleza es muy hábil en hacer pasar como proveniente del espíritu lo que en realidad procede de la carne. En este campo es más necesario que nunca tener en cuenta el consejo que dio el poeta latino Ovidio sobre los males del amor: “Principiis obsta”: Opònete a los comienzos”. “Sero medicina paratur”: “Tarde se toma la medicina cuando el mal, por los muchos retrasos, ha cobrado fuerza.&#8221;<br />
*     *     *<br />
El fruto concreto de esta meditación debe ser una decisión renovada de confiarnos completamente a la guía interior del Espíritu Santo, como si se tratara de una especie de invisible &#8220;dirección espiritual&#8221;. Todos debemos abandonarnos al Maestro interior que nos habla sin el clamor de las palabras. Como buenos actores, debemos mantener los oídos abiertos, en las grandes y pequeñas ocasiones, a la voz de este &#8220;incitador&#8221; oculto, para representar fielmente nuestro papel en la escena de la vida. Esto es lo que se entiende por la expresión &#8220;docilidad al Espíritu&#8221;.<br />
Es más fácil de lo que piensas, porque él nos habla, nos enseña todo, nos instruye sobre todo. A veces basta una simple mirada interior, un movimiento del corazón, un momento de reflexión y oración. Juan escribe en su Primera Carta:<br />
Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según os enseñó, permaneced en él.(1Jn 2,27)<br />
Sobre estas palabras, San Agustín entabla con el Apóstol un insólito y animado debate. En su comentario a la Primera Carta de Juan escribe:<br />
Le pregunto a Juan: “Aquellos a quienes dirigiste estas palabras ya tenían la unción&#8230; ¿Por qué entonces les escribiste esta carta? ¿Por qué instruirles?”&#8230; Hay aquí un gran misterio sobre el cual debemos reflexionar, oh hermanos. El sonido de nuestras palabras golpea los oídos, pero el verdadero maestro está dentro&#8230; Podemos exhortar con el sonido de la voz, pero si no hay nadie enseñando dentro, es un ruido inútil.<br />
Si acoger las inspiraciones es importante para todo cristiano, es vital para quienes tienen funciones de gobierno en la Iglesia. Sólo así se permite al Espíritu de Cristo guiar a su Iglesia a través de sus representantes humanos. No es necesario que todos los pasajeros de un barco estén pegados con los oídos a la radio de a bordo, para recibir señales sobre la ruta, sobre los icebergs y sobre las condiciones meteorológicas, pero sí es fundamental que los responsables a bordo lo estén. De una &#8220;inspiración divina&#8221;, valientemente aceptada por el Papa San Juan XXIII, nació el Concilio Vaticano II. De la misma manera, después de él, nacieron otros gestos proféticos, que los que vendrán después de nosotros notarán.<br />
Que el Señor resucitado haga resonar él mismo en nuestros corazones en esta Pascua algún de sus divinos &#8220;Yo Soy&#8221; que hemos meditado en esta Cuaresma y de manera especial aquel que proclama su victoria pascual: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 23-26).<br />
Santo Padre, hermanos y hermanas: ¡Felices Pascuas!</p>
<p>  1.Diario, X 1 A 154.<br />
  2.Tomas de Aquino, Summa theologiae, I-IIae, q. 106, a. 2.<br />
  3.Ibid., q. 106, a. 1; cf Agustin, De Spiritu et littera, 21, 36.<br />
  4.Agustin, Confessiones ,  X, 29.<br />
  5.Gregorio Nisa,  De fide  (PG, 45, 141C).<br />
  6.Cf. Ignacio de Loyola, Exercicios Espirituales, IV Semana (ed. BAC, Madrid 1963, pp. 262 ss).<br />
  7.Ovidio, Remedia amoris, V,91.<br />
  8.Agustin, Sobre la Primera Carta de Juan, 3, 13.</p>
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		<title>&quot;YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA&quot; -  Cuarto Sermón Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2024 12:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En nuestro comentario sobre los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; de Cristo en el Evangelio de Juan, hemos llegado al capítulo 11 que está enteramente ocupado por el episodio de la resurrección de Lázaro. La enseñanza que Juan quiso transmitir a la Iglesia con la sabia composición del capítulo se puede resumir en tres puntos:<br />
Primer punto: Jesús resucita a su amigo Lázaro (Jn 11, 1-44).<br />
Segundo punto: La resurrección de Lázaro provoca que Jesús sea condenado a muerte (11, 47-50):<br />
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».<br />
Tercer punto: La muerte de Jesús provocará la resurrección de todos los que creen en él (11, 51-53). De hecho, el evangelista comenta:<br />
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.<br />
En resumen, la resurrección de Lázaro provoca la muerte de Jesús; ¡La muerte de Jesús provoca la resurrección de todos los que creen en él!<br />
*     *    *<br />
Ahora podemos centrarnos en la palabra de autorrevelación contenida en el contexto:<br />
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 23-25).<br />
“¡Yo soy la resurrección!” Nos preguntamos: ¿de qué resurrección habla Jesús aquí? Marta piensa en la resurrección final. Jesús no niega esta resurrección &#8220;en el último día&#8221;, que él mismo promete en otro lugar (Jn 6,54), pero aquí anuncia algo nuevo: que la resurrección comienza ahora para quienes creen en él. San Agustín comenta: “El Señor nos ha indicado una resurrección de los muertos que precede a la resurrección final. Y no es una resurrección como la de Lázaro o el hijo de la viuda de Naín&#8230; que fueron resucitados para morir una vez más, sino en el sentido que aquí dice: &#8220;&#8230; tiene vida eterna&#8221;.<br />
Como podemos ver, la idea de una resurrección &#8220;espiritual&#8221; y existencial, que ya se produce en esta vida gracias a la fe, no era desconocida en la tradición cristiana. La novedad se produjo cuando quisieron convertirlo en el único significado de la palabra de Jesús. La posición de Bultmann es bien conocida, hoy en gran medida obsoleta, pero que hacía furor cuando yo estudiaba teología. Según él, la resurrección de la que habla Jesús es una resurrección existencial, un despertar de la conciencia, basado en la fe. Estamos en la línea de la vaga &#8220;llamada a la decisión&#8221; y del &#8220;decidirse por Dios&#8221;, a la que se reduce casi todo el mensaje del Evangelio.<br />
Pero Juan dedica dos capítulos enteros de su Evangelio a la resurrección corporal y real de Jesús, proporcionando algunas de las informaciones más detalladas al respecto. Para él, por tanto, no es sólo &#8220;la causa de Jesús&#8221;, es decir, su mensaje, que ha resucitado de entre los muertos -como alguien ha escrito- , ¡sino su misma persona!<br />
La resurrección actual no reemplaza la resurrección final del cuerpo, sino que es su garantía. No anula ni inutiliza la resurrección de Cristo del sepulcro, sino que se basa precisamente en ella. Jesús puede decir “Yo soy la resurrección”, porque él es el Resucitado. La dimensión existencial depende de la real, no la reemplaza.<br />
Antes de Juan, fue el apóstol Pablo quien afirmó el vínculo inseparable entre la fe cristiana y la resurrección real de Cristo. Siempre es útil y saludable recordar sus vehementes palabras a los Corintios:<br />
Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados (1Co 15, 14-17).<br />
El mismo Jesús había señalado su resurrección como el signo por excelencia de la autenticidad de su misión. A sus adversarios que le pedían una señal, les dio una respuesta que difícilmente puede atribuirse a nadie más que al mismo Jesús:<br />
Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. (Mt 12, 39-40).<br />
Sus oponentes sabían bien que Jonás no había permanecido para siempre en el vientre de la ballena, sino que después de tres días había salido de él.<br />
Hablé, en una meditación anterior, del prejuicio presente en los no creyentes hacia la fe, que es nada menos que lo que reprochan a los creyentes. De hecho, reprochan a los creyentes no poder ser objetivos, ya que la fe les impone, desde el principio, la conclusión a la que deben llegar, sin darse cuenta de que entre ellos sucede lo mismo. Si se parte del supuesto de que Dios no existe, que lo sobrenatural no existe y que los milagros no son posibles, la conclusión a la que se llega también está dada desde el principio y es, por tanto, literalmente, un pre-juicio.<br />
La resurrección de Cristo constituye el caso más ejemplar de esto. Ningún acontecimiento de la antigüedad está avalado por tantos testimonios de primera mano como éste. Algunos de ellos se remontan a personalidades del calibre intelectual de Saulo de Tarso, que anteriormente habían luchado ferozmente contra esta creencia. El proporciona una lista detallada de testigos, algunos de los cuales aún estaban vivos, que fácilmente podrían haberlo desmentido (1Cor 15, 6-9).<br />
Se explotan las discrepancias respecto a los lugares y tiempos de las apariciones, sin darse cuenta de que esta coincidencia no planificada sobre el hecho central es una prueba de la verdad histórica del mismo, más que una objeción. ¡En este caso no hubo ninguna “armonía preestablecida”! Antes de ser escritos, los acontecimientos de la vida de Jesús se transmitieron oralmente durante décadas, y las variaciones y adaptaciones marginales son típicas de cada relato que una comunidad viva y en expansión hace de sus orígenes, según los lugares y las circunstancias. Ésta es la conclusión a la que llegan las investigaciones críticas más recientes y acreditadas sobre los Evangelios.<br />
De otro lado, no hay sólo las apariciones. San Juan Crisóstomo tiene, a este respecto, una página famosa, de la que toda investigación crítica moderna no ha quitado nada de su fuerza de convicción. Dijo, por tanto, en una homilía al pueblo:<br />
¿Cómo se les ocurrió a doce hombres pobres, y además ignorantes, que habían pasado su vida en lagos y ríos, emprender semejante trabajo? Ellos, que tal vez nunca habían puesto un pie en una ciudad o en una plaza, ¿cómo podrían pensar en enfrentarse a toda la tierra? […] Más bien, no deberían haber dicho: ¿Y ahora qué? El no pudo salvarse a sí mismo, ¿cómo podrá defendernos? ¿En vida no logró conquistar una sola nación y nosotros, solo con su nombre, deberíamos conquistar el mundo entero? ¿No sería una locura emprender tal empresa, o incluso simplemente pensar en ello? Es, pues, evidente que si no lo hubieran visto resucitado y no hubieran tenido pruebas irrefutables de su poder, nunca se habrían expuesto a tal riesgo.<br />
A todas estas pruebas el no creyente sólo puede oponer la creencia de que la resurrección de entre los muertos es algo sobrenatural y lo sobrenatural no existe. ¿Y qué es esto sino, precisamente, un prejuicio y un &#8220;a priori&#8221;?<br />
Fides christianorum resurrectio Christi est, san Agustín escribió: “La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo. Todos creen que Jesús murió, incluso los réprobos lo creen, pero no todos creen que resucitó y uno no es cristiano quien no cree esto.&#8221;  Este es el verdadero artículo según el cual “la Iglesia permanece o cae”. En los Hechos de los Apóstoles, estos son definidos simplemente como &#8220;testigos de su resurrección&#8221; (Hechos, 1,22; 2,32). Por esto merecía la pena refrescar nuestra fe en ella, antes de celebrarla litúrgicamente dentro de algunas semanas.<br />
*     *    *<br />
Sólo ahora, después de haber asegurado el hecho histórico de la Resurrección de Cristo, podemos dedicar nuestra atención al significado existencial de las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrection y la vida”.<br />
Al comentar el episodio de los muertos resucitados y aparecidos en Jerusalén en el momento de la muerte de Cristo (Mt 27, 52-53), San León Magno escribe: &#8220;Que los signos de la futura resurrección aparezcan ya ahora en la Ciudad Santa [es decir, en la Iglesia] y lo que un día debe realizarse en los cuerpos, se realice ahora en los corazones&#8221;.  En otras palabras, hay dos tipos de resurrección: ¡hay una resurrección del cuerpo que ocurrirá el último día y hay una resurrección del corazón que debe ocurrir cada día!<br />
La mejor manera de descubrir qué se entiende por resurrección del corazón es observar lo que la resurrección física de Jesús produjo espiritualmente en la vida de los Apóstoles. Pedro comienza su Primera Carta con estas elevadas palabras: «Por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1 Pe 1,3-4).<br />
La resurrección del corazón es, por tanto, el renacimiento de la esperanza. La palabra ‘esperanza’ —cosa sorprendente— está ausente de la predicación de Jesús. Los Evangelios refieren muchos de sus dichos sobre la fe y sobre la caridad, pero ninguno sobre la esperanza, aunque toda su predicación anuncia que existe una resurrección de la muerte y una vida eterna. Por otro lado, después de la Pascua, vemos explotar literalmente en la predicación de los apóstoles la idea y el sentimiento de la esperanza. La explicación de la ausencia de dichos sobre la esperanza en el Evangelio es sencilla: Jesús tenía primero que morir y resucitar. Al resucitar, ha abierto la fuente misma de la esperanza; ha inaugurado el objeto de la esperanza que es una vida con Dios más allá de la muerte.<br />
Intentemos ver qué podría producir un renacimiento de la esperanza en nuestra vida espiritual. Los Hechos de los Apóstoles cuentan lo que sucedió un día frente a la puerta del templo de Jerusalén llamada &#8220;la Puerta Hermosa&#8221;. Cerca de ella yacía un lisiado pidiendo limosna. Un día pasaron Pedro y Juan y sabemos lo que pasó. El lisiado, sanado, saltó y finalmente, después de quién sabe cuántos años yacía allí abandonado, él también cruzó esa puerta y entró en el templo &#8220;saltando y alabando a Dios&#8221; (Hechos 3:1-9).<br />
Algo parecido nos podría pasar también a nosotros gracias a la esperanza. También nosotros nos encontramos con frecuencia, espiritualmente, en la posición del lisiado en el umbral del templo: inertes, tibios, paralizados ante las dificultades. Pero he aquí que la divina esperanza pasa junto a nosotros, traída por la palabra de Dios, y nos dice también a nosotros, como Pedro dijo al lisiado y como Jesús dijo al paralizado: «¡Levántate y anda!» (Mc 2,11), y nosotros nos ponemos en pie de un salto y entramos por fin dentro, en el corazón de la Iglesia, dispuestos a asumir, de nuevo gozosamente, tareas y responsabilidades. Son los milagros cotidianos de la esperanza. Ella es realmente una gran taumaturga, una gran realizadora de milagros; vuelve a poner en pie a miles de lisiados, miles de veces.<br />
Lo más extraordinario con respecto a la esperanza es que su presencia lo cambia todo, incluso cuando exteriormente… no cambia nada. En mi vida tengo un pequeño ejemplo de ello. Soy una persona que sufre el frío mucho más que el calor. En Italia, en el mes de marzo, al principio de la primavera, la temperatura es más o menos la misma que a finales de octubre o comienzos de noviembre. Y sin embargo notaba que el frío de marzo me producía menos problema que el frío de noviembre. Me preguntaba por qué y descubrí la respuesta: el frío de noviembre es un frío sin esperanza, porque nos  encaminamos hacia el invierno; el frío de marzo es un frío con esperanza porque vamos hacia el verano.<br />
*    *    *<br />
La Carta a los Hebreos compara la esperanza con “un ancla segura y firme» (Heb 6,19). Segura y firme porque ha sido arrojada no en la tierra sino en el cielo, no en el tiempo sino en la eternidad, «más allá de la cortina del santuario». Esta imagen de la esperanza se ha vuelto clásica. Pero tenemos también otra imagen de la esperanza, en cierto sentido opuesta a la anterior: la vela. Si el ancla es lo que da seguridad a la barca y la mantiene firme en medio del oleaje del mar, la vela es en cambio lo que la hace caminar y avanzar ligera sobre las olas.<br />
La esperanza hace ambas cosas con la barca de la Iglesia. Ella es realmente como una vela que recoge el viento y, sin ruido de motores, lo transforma en fuerza motriz que lleva a la barca mar adentro. Igual que la vela en las manos de un buen marinero consigue utilizar cualquier viento, independientemente de la dirección en la que sople, para hacer avanzar la barca en la dirección deseada, lo mismo hace la esperanza.<br />
Ante todo, la esperanza viene en nuestra ayuda en nuestro camino personal de santificación. En quien la ejercita, ella se convierte en el principio mismo del progreso espiritual. De hecho está en guardia para descubrir siempre nuevas «posibilidades de bien», siempre algo que se puede hacer. No permite por ello acomodarse en la tibieza ni en la acedia. La esperanza es todo lo contrario de lo que a veces se cree, es decir, una bella y poética disposición interior que ayuda a soñar, a construirse mundos imaginarios. Por el contrario, ella es extremadamente concreta y práctica; pasa el tiempo poniéndote delante de los ojos tareas que realizar.<br />
Cuando no hubiese absolutamente nada que hacer en una situación – escribe el filosofo Kierkegaard, in uno de sus discursos cristianos  -, entonces sí que sería la parálisis y la desesperación. Pero la esperanza que mira a lo eterno encuentra que siempre hay algo que se puede hacer para mejorar la situación: trabajar más, ser más obedientes, más humildes, más mortificados…<br />
Cuando te ves tentado de decirte a ti mismo: «Ya no hay nada que hacer» (es todavía Kierkegaard que nos habla), la esperanza da un paso adelante y te dice: «¡Reza!». Tú respondes: «¡Pero ya he rezado!», y ella: «¡Reza otra vez!». E incluso cuando la situación se volviese extremadamente dura y pareciera que ya no hay realmente nada que hacer, la esperanza te indica todavía una tarea: soportar hasta el final y no perder la paciencia.<br />
Estos objetivos enfatizados por el filósofo creyente son exigentes, incluso heroicos. Está claro que no son posibles gracias a nuestros esfuerzos, sino sólo por la gracia de Dios que viene en nuestro auxilio y nunca nos deja solos.<br />
La esperanza tiene una relación privilegiada con la paciencia. Es lo contrario de la impaciencia, de la precipitación, del «todo, ya». Es el antídoto al desánimo. Mantiene vivo el deseo. Es también una gran pedagoga, en el sentido de que no indica de una vez lo que hay que hacer, o lo que se puede hacer, sino que cada vez pone delante una posibilidad, da solo el pan de cada día. Distribuye la fatiga y así hace posible llevarla a término.<br />
La Escritura saca continuamente a la luz esta verdad: que la tribulación no elimina la esperanza, sino que la acrecienta: «La tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza» (Rom 5,3-4). La esperanza necesita de la tribulación, como la llama necesita del viento para fortalecerse. Hace falta que mueran las razones humanas para esperar, una detrás de la otra, para que emerja el verdadero motivo inquebrantable que es Dios. Sucede como en la botadura de un barco: hace falta quitar todo el armazón que mantenía a la nave en pie artificialmente, mientras estaba en construcción; es necesario que sean apartados uno tras otro todos los puntales para que pueda hacerse a la mar y flotar por sí misma sobre el agua.<br />
La tribulación le quita al hombre cualquier «punto de apoyo» y lo induce a esperar solo en Dios. La tribulación lleva a ese estado de perfección de la esperanza que consiste en esperar «contra toda esperanza» (Rom 4,18), apoyándose únicamente en la Palabra pronunciada una vez por Dios, incluso cuando ya han desaparecido todos los motivos humanos para esperar. Esta fue la esperanza de María a los pies de la cruz.    La piedad popular no se equivoca cuando invoca a María con el título de Mater spei, madre de la esperanza.<br />
 *   *   *<br />
El poder transformador de la esperanza se describe maravillosamente en un hermoso pasaje de Isaías:<br />
Se cansan los muchachos, se fatigan,<br />
los jóvenes tropiezan y vacilan;<br />
pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,<br />
echan alas como las águilas,<br />
corren y no se fatigan,<br />
caminan y no se cansan (Is 40,30-31).<br />
El oráculo es la respuesta a la queja del pueblo que dice: «Al Señor no le importa mi destino». Dios no promete eliminar los motivos de cansancio y de fatiga, pero da esperanza. La situación sigue siendo la que era, pero la esperanza da la fuerza para elevarse por encima de ella. Es realmente como tener alas.<br />
En el Apocalipsis se lee que «cuando vio el dragón que había sido precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Y le fueron dadas a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volara al desierto» (Ap 12,13-14). Si la imagen de las alas del águila se inspira, como parece claro, en el texto de Isaías, se está queriendo decir que a la Iglesia entera se le han dado las grandes alas de la esperanza para que con ellas pueda, cada vez, huir de los ataques del mal y superar con fuerza las dificultades. Hoy como entonces!<br />
Terminamos escuchando, como si fuera hecha para nosotros, la invocación que el apóstol Pablo hace en favor de los fieles de Roma al final de su Carta dirigida ellos: «Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rom 15,13).</p>
<p> 1.Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, 19,9.<br />
 2.W. Marxsen, La risurrezione di Gesú di Nazareth, Bologna 1970 (ed. Ingl. The Resurrection of Jesus of Nazareth, London 1970).<br />
 3.Cf. J.D.G. Dunn, Gli albori del Cristianesimo, 3 voll, Paideia, Brescia 2006, resumido en su Cambiare prospettiva su Gesú, Paideia, Brescia 2011<br />
 4.Juan Crisostomo, Homilías sobre la Primera Carta a los corintios, 4, 4 (PG 61, 35 s.).<br />
 5.Agustín, Enarr. in Psaslmos, 120,6.<br />
 6.León Magno, Sermo 66, 3 (PL 54, 366).<br />
 7.Søren Kierkegaard, Los actos del amor, Parte II, nr. 3.</p>
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		<title>&quot;YO SOY EL BUEN PASTOR&quot; - Tercer Sermón de Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Mar 2024 13:46:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Continuamos nuestra reflexión sobre los grandes “Yo Soy” de Cristo en el Evangelio de Juan. Esta vez Jesús no se presenta ante nosotros con símbolos de realidades físicas inanimadas -el pan, la luz-, sino con un carácter humano, el del pastor: &#8220;¡Yo &#8211; dice &#8211; soy el buen pastor!&#8221;. Escuchemos la parte del discurso en la que está contenida la autoproclamación de Cristo:<br />
Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. (Jn 10, 11-15)<br />
La imagen de Cristo &#8220;buen pastor&#8221; ocupa un lugar privilegiado en el arte y las inscripciones paleocristianas. El buen pastor se presenta, según la forma clásica, en el esplendor de la juventud. Lleva la oveja sobre sus hombros y la retiene firmemente por las patas. La imagen joánica del buen pastor se fusiona ahora para siempre con la sinóptica del pastor que va en busca de la oveja descarriada (Lc 15, 4-7)<br />
El contexto del pasaje sobre el buen pastor es el mismo que el de los dos capítulos anteriores, es decir, la discusión con &#8220;los judíos&#8221; que tiene lugar en Jerusalén, con motivo de la fiesta de los Tabernáculos. Pero en Juan sabemos que el contexto importa relativamente, porque, a diferencia de los sinópticos, él no se preocupa por darnos un relato histórico y coherente de la vida de Jesús (que parece dar por conocido), sino un conjunto de &#8220;signos&#8221;  y enseñanzas del Maestro. Éstos, sin embargo, nunca aparecen fuera del tiempo y del espacio, como ocurre en los libros de teología, sino que también están situados en lugares y tiempos precisos (a veces más precisos que en los sinópticos) que les confieren un valor &#8220;histórico&#8221; en lo más profundo sentido del término.<br />
*    *     *<br />
Tenemos que decirlo: la imagen del buen pastor y las imágenes relacionadas de ovejas y rebaño no están realmente de moda hoy en día. ¿No tiene Jesús miedo de herir nuestra sensibilidad y ofender nuestra dignidad de hombres libres al llamarnos sus ovejas? El hombre de hoy rechaza con desdén el titulo de oveja y la idea de rebaño. Sin embargo, no se da cuenta de cómo vive en realidad la situación que condena en teoría. Uno de los fenómenos más evidentes de nuestra sociedad es la masificación. La prensa, la televisión, Internet, se llaman &#8220;medios de comunicación de masas&#8221;, mass media, no sólo porque informan a las masas, sino también porque las forman.<br />
Sin darnos cuenta, nos dejamos guiar supinamente por todo tipo de manipulación y persuasión oculta. Otros crean modelos de bienestar y comportamiento, ideales y metas de progreso, y la gente los adopta. Los seguimos, temerosos de perder el ritmo, condicionados y plagiados por la publicidad. Comemos lo que nos dicen, nos vestimos como dicta la moda, hablamos como oímos hablar. Nos divertimos cuando vemos una película avanzando a un ritmo acelerado, con personas moviéndose a tirones, rápidamente, como marionetas; pero es la imagen que tendríamos de nosotros mismos si nos miráramos con ojos menos superficiales.<br />
Para entender en qué sentido Jesús se proclama buen pastor y nos llama ovejas suyas, debemos remontarnos a la historia bíblica. Israel fue, en el principio, un pueblo de pastores nómadas. Los beduinos del desierto nos dan hoy una idea de cómo era entonces la vida de las tribus de Israel. En esta sociedad, la relación entre pastor y rebaño no es sólo económica, basada en el interés. Se desarrolla una relación casi personal entre el pastor y el rebaño. Días y días pasados juntos en lugares solitarios, sin un alma viva alrededor. El pastor acaba sabiendo todo sobre cada oveja; las ovejas reconocen la voz del pastor que muchas veces les habla en voz alta, como si fueran personas. Esto explica por qué, para expresar su relación con la humanidad, Dios utilizó esta imagen, que ahora se ha vuelto ambigua. “Tú, pastor de Israel”, escucha, tú que guías a José como a un rebaño”, dice un salmo (Sal 80, 2).<br />
Con el paso de la situación de tribus nómadas a la de pueblo sedentario, el título de pastor se da, por extensión, también a quienes actúan en nombre de Dios en la tierra: reyes, sacerdotes, líderes en general. Pero en este caso el símbolo se divide: ya no evoca sólo imágenes de protección y seguridad, sino también de explotación y opresión. Junto a la imagen del buen pastor, aparece la del mal pastor.<br />
En el profeta Ezequiel encontramos una terrible acusación contra los malos pastores que se alimentan sólo a sí mismos; se alimentan de leche, se visten de lana, pero no se preocupan en lo más mínimo por las ovejas, a las que tratan &#8220;con crueldad y violencia&#8221; (cf. Ez 34, 1 ss.). A esta acusación contra los malos pastores le sigue una promesa: Dios mismo algún día cuidará amorosamente de su rebaño: “Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia” (Ez 34,16).<br />
Jesús, en el Evangelio, retoma este esquema del buen y del mal pastor, pero con una novedad: “¡Yo – dice – soy el buen pastor!”. La promesa de Dios se ha hecho realidad, superando todas las expectativas.<br />
*     *     *<br />
Llegados a este punto, debemos recordar la intención que nos hemos marcado con estas meditaciones: una intención personal, más que &#8220;pastoral&#8221;, hacer que el Evangelio penetre en nuestras vidas, para luego poder anunciarlo al mundo con más credibilidad.<br />
El discurso de Jesús tiene dos actores: el pastor y el rebaño, es decir, en singular cada oveja. ¿Con cuál de los dos nos identificaremos? San Agustín, en el aniversario de su ordenación episcopal, dijo al pueblo: &#8220;¡Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano!&#8221;: &#8220;Vobis sum episcopus, vobiscum sum christianus&#8221;.  Y en otra ocasión: &#8220;Para con vosotros somos como pastores, pero para con el Príncipe de los Pastores somos ovejas como vosotros&#8221; . Olvidemos, por tanto, nuestro papel &#8211; ustedes como pastores y yo como predicador &#8211; y sintamos por una vez única y exclusivamente ovejas del rebaño. Recordemos la pregunta de Jesús en el diálogo de Cesarea: &#8220;Para vosotros, ¿quién soy yo?&#8221;. Como si dijera: “Olvidaos por un momento de quién yo soy para la gente y concentraos en vosotros mismos”.<br />
El gran psicólogo Carlo Gustavo Jung define al psiquiatra: &#8220;Un sanador herido&#8221;, “A wounded healer”. El significado de su teoría es que uno debe conocer las propias heridas psicológicas para sanar las de los demás y que conocer las heridas de los demás ayuda a sanar las propias. La intuición del psicoanalista se aplica también a las heridas espirituales. El pastor de la Iglesia es también un “sanador herido”, un enfermo que debe ayudar a otros a sanar.<br />
Intentemos ver cuál es la principal enfermedad de la que necesitamos curarnos, para curar a los demás. ¿Qué es lo que, desde un extremo de la Biblia, se inculca a las ovejas respecto a Dios Pastor? ¡Es de no tener miedo! Las palabras se agolpan en la memoria, en este punto, empezando por las de Jesús: &#8220;No temas, pequeño rebaño&#8221; (Lc 12, 32). &#8220;Porque tenéis miedo, hombres de poca fe&#8221;, dijo a los apóstoles. , después de haber calmado la tormenta&#8221; (Mt 8,26). Recordemos también algunas palabras familiares de los salmos, no como meras citas bíblicas, sino haciéndolas nuestras ahora que las escuchamos:<br />
El Señor es mi pastor, nada me falta&#8230;<br />
Aunque camine por cañadas oscuras,<br />
 nada temo, porque tú vas conmigo:<br />
 tu vara y tu cayado me sosiegan. (Sal 23,1.4)</p>
<p>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?<br />
El Señor es la defensa de mi vida,<br />
¿quién me hará temblar? (Sal 27,1).<br />
Así que hablemos de este &#8220;mal oscuro&#8221; que es el miedo que tiene tanto poder para robar a hombres y mujeres la alegría de vivir. El miedo es nuestra condición existencial; nos acompaña desde la niñez hasta la muerte. El niño tiene miedo de muchas cosas; los llamamos terrores infantiles; el adolescente tiene a veces miedo del sexo opuesto y se enreda en timidez y complejos de inferioridad. Jesús dio un nombre a nuestros principales miedos como adultos: miedo al mañana &#8211;&#8221;¿qué comeremos?- (Mt 6, 31)&#8221;)), miedo al mundo y a los poderosos, -&#8221;a los que matan el cuerpo&#8221; ( Mt 10, 28), y sobre cada uno de estos temores pronunció el suyo propio: ¡Nolite timere! No tengas miedo! Esta no es una palabra vacía e impotente; es una palabra eficaz, casi sacramental. Como todas las palabras de Jesús, obra lo que significa; no es como el simple: “¡Ánimo!” que los seres humanos nos decimos unos a otros.<br />
*     *     *<br />
Pero ¿qué es el miedo? Dejemos de lado la angustia existencial de la que los filósofos vienen discutiendo desde hace un siglo y medio. Hablemos de miedos comunes y familiares. Podemos decir que el miedo es la reacción ante una amenaza a nuestro ser, la respuesta a un peligro real o presunto: desde el mayor peligro de todos que es el de la muerte, hasta peligros particulares que amenazan ya sea la tranquilidad o la seguridad física, o nuestra mundo emocional. El miedo es una manifestación de nuestro instinto básico de auto-conservación. Según se trate de peligros objetivos y reales, o imaginarios, hablamos de miedos justificados e injustificados, o incluso de neurosis: claustrofobia, agorafobia, miedo a enfermedades imaginarias, etc.<br />
La psicología y el psicoanálisis intentan curar los miedos y las neurosis analizándolos y llevándolos del inconsciente al consciente. El Evangelio no distrae de estos medios humanos,  pero añade algo que ninguna ciencia puede dar. San Pablo escribe:<br />
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quizás la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?&#8230; Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom 8, 35.37).<br />
¡La liberación aquí no está en una idea o una técnica, sino en una persona! El &#8220;solvente&#8221; de todo temor es Cristo que dijo a sus discípulos: &#8220;No temáis, yo he vencido al mundo&#8221; (Jn 16,33). Desde el ámbito personal, el Apóstol amplía luego su mirada hacia el gran escenario del espacio y del tiempo, desde los pequeños temores individuales pasa a los grandes y universales. El escribe:<br />
Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8, 38-39).<br />
“¡Ni muerte, ni vida!”. Cristo ha vencido lo que más nos asusta en el mundo: la muerte. La Carta a los Hebreos dice de él que murió &#8220;para reducir a la impotencia por la muerte a quien tiene el poder de la muerte, es decir, el diablo, y así liberar a los que, por miedo a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida&#8221;. ” (Heb 2, 14-15).<br />
“Ni altura ni profundidad”, es decir: ni lo infinitamente grande que es el universo con sus proporciones en constante expansión, ni lo infinitamente pequeño -el átomo- cuyo terrible poder hemos descubierto, bajo nuestro peligro y responsabilidad. Hoy estamos más expuestos que nunca a este tipo de miedos cósmicos. El hombre moderno siente agudamente su vulnerabilidad en un mundo violento y loco. ¿Qué será del futuro de nuestro planeta si, a pesar de los gritos de alarma del Papa y de las personas más responsables de la sociedad, seguimos, con toda rienda, consumiendo y contaminando?<br />
Al final de sus reflexiones filosóficas sobre el peligro de la tecnología para el hombre moderno, Martin Heidegger, casi tirando la toalla, exclamó: &#8220;¡Sólo un dios puede salvarnos!&#8221; . “Un dios” (¡letra minúscula!) es la forma mítica habitual de hablar de algo que está por encima de nosotros. Eliminamos el artículo indefinido y decimos &#8220;¡sólo Dios&#8221; (¡y sabemos cuál Dios!) puede salvarnos!&#8221;<br />
No se trata de transferir nuestras responsabilidades a Dios, sino de creer que, al final, “todo  obra para el bien de quien ama a Dios&#8221; [¡y de quien Dios ama!] (cf. Rm 8,28). Cuando se trata de Dios, la medida es la eternidad. Puedes sentirte decepcionado en el tiempo, pero no por la eternidad. Los cristianos tenemos una razón mucho más fuerte que el salmista para repetir, ante los trastornos físicos y morales del mundo:<br />
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,<br />
poderoso defensor en el peligro.<br />
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,<br />
 y los montes se desplomen en el mar. (Sal 46, 2-3).<br />
*     *     *<br />
¡Pero todavía no hemos tomado en consideración lo más consolador que el Evangelio tiene para decirnos sobre nuestros miedos y ansiedades! Después de haber exhortado de mil maneras a sus discípulos a no temer, él hizo algo más. Nunca se había dicho en la Biblia que el buen pastor da su vida por sus ovejas. Que él las conoce, las guía, las cuida, las defiende: eso sí; pero no que dé su vida por ellas. ¡Jesús prometió hacerlo y lo hizo!<br />
Él tomó sobre sí nuestros miedos. El autor de la Carta a los Hebreos dice: &#8221; Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte.&#8221; (Heb 5, 7). El autor alude a lo que le sucedió a Jesús la noche de Getsemaní. El evangelista Marcos dice que en el Huerto de los Olivos Jesús “empezó a sentir espanto y angustia” y dijo a sus Apóstoles: “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad” (Mc 14, 33-34). Jesús se siente solo, aislado de la sociedad humana; pide a los apóstoles que permanezcan cerca de él. La propia Carta a los Hebreos resalta el mensaje consolador que contiene para nosotros esta misteriosa página del Evangelio:<br />
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. (He 4,15-16).<br />
Al asumirlos, Jesús también redimió nuestros miedos y ansiedades. “Por sus llagas fuimos curados”, dice de él la Escritura (Is 53,5-6; 1 P 2, 24). Jesús es el verdadero &#8220;sanador herido&#8221;, del que hablaba el psicólogo, el herido que cura las heridas. Hizo de los miedos y de la angustia oportunidades de crecimiento en la humanidad y en la compasión para los demás.<br />
Pero ni siquiera esto agota lo que el Evangelio tiene que decirnos sobre nuestros miedos. Si todo terminara aquí, nuestro consuelo sería aún incompleto. Tendríamos ante nuestros ojos un ejemplo heroico y conmovedor a seguir, pero no una mano que nos sostenga. Pero he aquí el segundo gran anuncio del Evangelio: el sanador traspasado resucitó de entre los muertos y dijo: &#8220;Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo&#8221; (Mt 28,20). No sólo nos dio el ejemplo de cómo superar la angustia; nos dio los medios para superarlo: su presencia y su gracia. A Pablo, entristecido por su &#8220;aguijón en la carne&#8221;, el Resucitado responde: &#8220;¡Te basta mi gracia!&#8221; (2 Cor 12,9).<br />
Los mártires han hecho de esto (¡y todavía lo hacen!) una experiencia tangible. En las Actas de los mártires cartagineses, asesinados bajo el emperador Septimio Severo en los primeros años del siglo III (¡entre las más confiables históricamente de todas las Actas de los mártires!), leemos que una de ellas, llamada Felicita, estaba embarazada al octavo mes y en los dolores del parto, en la cárcel, gemía de los dolores. Uno de los guardianes le dijo: “Si te quejas ahora, ¿qué harás cuando te arrojen a las fieras en la arena?” Y ella respondió: &#8220;¡Ahora soy yo la que sufre, luego otro sufrirá por mí!&#8221;<br />
Tenemos un ejemplo más cerca de nosotros. En prisión y en vísperas de ser ahorcado, tras el fallido golpe de estado contra Hitler, el pastor Dietrich Bonhoeffer escribió estos versos que se utilizan a menudo como himno litúrgico:<br />
	De fuerzas amigas maravillosamente protegidos<br />
	esperamos confiados lo que pueda venir.<br />
Dios está con nosotros por la tarde y de mañana<br />
	y con toda certeza en cada nuevo día . </p>
<p>*     *     *<br />
Nos hemos obligado a no hablar, en estas meditaciones, de lo que debemos hacer por los demás, sino sólo de lo que Jesús es y hace por nosotros: identificarnos con las ovejas, no con el pastor. Pero en esta ocasión debemos hacer una pequeña excepción. A pesar de todas las exhortaciones del Evangelio, no siempre está en nuestras manos liberarnos del miedo y de la angustia. Sin embardo, está en nuestra mano liberar a alguien más (o ayudarlo a liberarse) de ellos.</p>
<p>Pascal escribió en su Memorial: “Jesús está en agonía hasta el fin del mundo y no debemos dormir durante este tiempo”. Continúa agonizando porque, en la dimensión de la eternidad en la que ha entrado, ya no hay un pasado, sino que todo está misteriosamente presente, incluso su noche en Getsemaní. Pero también agoniza de otra manera menos misteriosa. Es así en su cuerpo místico: en aquellos que están oprimidos por la angustia y el miedo por la soledad, la enfermedad, la persecución, el exilio, la guerra. Ahora somos los ojos, la boca y las manos de Cristo. Tratemos de consolar a algunos de ellos y escucharemos a Jesús que nos repite en el corazón: &#8220;¡ Conmigo lo hiciste!&#8221; (Mt 25, 40). También nosotros, pastores o simples creyentes, debemos ser sanadores heridos, pobres enfermos que curen a otros.</p>
<p>Termino con una anécdota que creo muchos conocen, pero que nos ayuda a grabar en nosotros la imagen de Jesús que nos lleva sobre sus hombros en los momentos difíciles de nuestra vida. Se trata de un hombre que ve toda su vida en un sueño. Doy un breve resumen de la historia:</p>
<p>Camino sobre la arena junto al mar, dejando tras de mí no uno sino dos pares de huellas. Entiendo que el segundo par son las huellas de Jesús quien camina a mi lado y soy feliz. Pero luego, en cierto momento, ese segundo par desaparece y sólo se pueden ver las huellas de dos pies en la arena. Entiendo que esto sucede precisamente en correspondencia con los momentos más oscuros y difíciles de mi vida. Me quejo con él y digo: “¡Señor, me dejaste solo, justo cuando más te necesitaba!” “Hijo – me responde Jesús – ese único par de huellas eran mías. ¡Tú estabas sobre mis hombros!</p>
<p>  1.Augustin, Sermo 340, 1 (PL 38,1483).<br />
  2.Id. Espos. sui Salmi, 126, 3.<br />
  3.Martin Heidegger, Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, Gesamtausgabe, vol. 16, Frankfurt 1975.<br />
  4.Von guten Mächten wunderbar geborgen /erwarten wir getrost, was kommen mag.<br />
Gott ist mit uns am Abend und am Morgen / und ganz gewiss an jedem neue</p>
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		<title>&quot;YO SOY LA LUZ DEL MUNDO&quot;  - Segundo Sermón, Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Mar 2024 12:45:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En estos sermones de Cuaresma nos hemos propuesto meditar sobre los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; (Ego eimi) pronunciados por Jesús en el Evangelio de Juan. Sin embargo, surge una pregunta al respecto: ¿Fueron realmente pronunciados por Jesús, o se deben a la reflexión posterior del evangelista, como muchas partes del Cuarto Evangelio? La respuesta que hoy darían prácticamente todos los exégetas a esta pregunta es la segunda. Estoy convencido, sin embargo, de que estas afirmaciones son &#8220;de Jesús&#8221; y trato de explicar por qué.<br />
Hay una verdad histórica y una verdad que podemos llamar real u ontológica. Tomemos uno de esos &#8220;Yo Soy&#8221; de Jesús, por ejemplo el que dice: &#8220;Yo soy el camino, la verdad y la vida&#8221; (Jn 14,6). Si a través de algún nuevo descubrimiento improbable se supiera que la frase fue, de hecho e históricamente, pronunciada por el Jesús histórico, esto no es lo que la haría &#8220;verdadera&#8221;. De hecho, siempre se puede pensar que quien lo pronuncia se engaña a sí mismo. (¡Muchos han creído que eran la luz del mundo, antes y después de él!). Lo que hace la afirmación &#8220;verdadera&#8221; es el hecho de que &#8211; en realidad y por encima de cualquier contingencia histórica &#8211; él es el camino, la verdad y la vida.<br />
En este sentido más profundo y más importante, todas y cada una de las afirmaciones que Jesús hace en el Evangelio de Juan son &#8220;verdaderas&#8221;, incluso aquella en la que dice: &#8220;Antes que Abraham existiera, yo soy&#8221; (Jn 8,58). La definición clásica de verdad es &#8220;correspondencia entre la cosa y la idea que uno tiene de ella&#8221; (adaequatio rei et intellectus); la verdad revelada es una correspondencia entre la realidad y la palabra inspirada que la proclama. Las grandes palabras que meditaremos son, por tanto, de Jesús: no del Jesús de la historia, sino de Jesús que &#8211; como prometió a los discípulos (Jn 16,12-15) &#8211; nos habla con la autoridad del Resucitado, a través de su Espíritu.<br />
*    *    *<br />
De la sinagoga de Cafarnaún en Galilea, pasamos hoy al templo de Jerusalén, en Judea, donde Jesús acudió con motivo de la Fiesta de los Tabernáculos. Aquí tiene lugar el debate con &#8220;los judíos&#8221;, en el que se inserta la autoproclamación de Jesús que, en esta meditación, queremos recoger:<br />
Yo soy la luz del mundo;<br />
el que me sigue no camina en tinieblas,<br />
sino que tendrá la luz de la vida. (Jn 8,12).</p>
<p>Esta palabra es tan cargada y tan hermosa que los cristianos la eligieron inmediatamente como una de las designaciones favoritas de Cristo. En muchas basílicas antiguas, como en las catedrales de Cefalú y Monreale en Sicilia, en el mosaico del ábside se representa a Jesús como el Pantocrátor, o Señor del universo. Sostiene un libro abierto frente a él y muestra la página donde están escritas esas mismas palabras, en griego y latín: “Egô eimi to phôs tou cosmou &#8211; Ego sum lux mundi”.<br />
Para nosotros hoy, Jesús “luz del mundo” se ha convertido en una verdad creída y proclamada, pero hubo un tiempo en el que no era sólo esto; era mas bien una experiencia vivida, como nos pasa a veces, cuando, después de un apagón, vuelve de repente la luz, o cuando, por la mañana, al abrir la ventana, te inunda la luz del día. La Primera Carta de Pedro lo define como un paso &#8220;de las tinieblas a la luz admirable&#8221; (1 P 2, 9; Col 1, 12 ss.). Al recordar el momento de su conversión y bautismo, Tertuliano lo describe con la imagen del niño que emerge del oscuro vientre de su madre y se asusta ante el contacto con el aire y la luz. “Saliendo – escribe – del seno común de la misma ignorancia, temblamos a la luz de la verdad”: ad lucem expavescentes véritatis”<br />
*    *    *<br />
Inmediatamente nos hacemos la pregunta: ¿Qué significa para nosotros, ahora y aquí, esa palabra de Jesús: &#8220;Yo soy la luz del mundo&#8221;? La expresión “luz del mundo” tiene dos significados fundamentales. El primer significado es que Jesús es la luz del mundo porque él es la revelación suprema y definitiva de Dios a la humanidad. El incipit de la Carta a los Hebreos lo afirma de la manera más clara y solemne:<br />
En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos (Heb 1, 1-2).<br />
La novedad consiste en el hecho único e irrepetible de que el revelador es él mismo la revelación “Yo soy la luz”, no traigo luz al mundo. Los profetas hablaron en tercera persona: &#8220;¡Así dice el Señor!&#8221;, Jesús habla en primera persona: &#8220;¡Yo os digo!&#8221;. En 1964 Marshall McLuhan lanzó el famoso eslogan: “El medio es el mensaje”, queriendo decir con ello que el medio por el que se difunde un mensaje condiciona el mensaje mismo. Este dicho se aplica de manera única y trascendente a Cristo. En él el medio de transmisión es verdaderamente el mensaje; ¡El mensajero es él mismo el mensaje!<br />
Éste, decía, es el primer significado de la expresión &#8220;luz del mundo&#8221;. El segundo significado es que Jesús es la luz del mundo en el sentido de que ilumina al mundo, es decir, revela el mundo a sí mismo; muestra cada cosa en su verdad, tal como es ante Dios. Reflexionemos sobre cada uno de los dos significados, partiendo del primero, es decir, de Jesús como suprema revelación de la verdad de Dios.<br />
Desde este punto de vista, la luz que es Cristo siempre ha tenido un feroz competidor: la razón humana. Hablamos del asunto no con intención polémica o apologética, es decir, para saber qué responder a los adversarios de la fe (fallaría en mi propósito inicial), sino para confirmarnos en la fe.<br />
Los debates sobre la fe y la razón –sería más exacto decir sobre la razón y la revelación– están afectados, en mi opinión, por una disimetría radical. El creyente comparte la razón con el ateo; el ateo no comparte la fe en la revelación con el creyente. El creyente habla el idioma del interlocutor ateo; este no habla el idioma de su homólogo creyente.<br />
Precisamente por eso, el debate más convincente sobre el tema &#8220;fe y razón&#8221; es el que se produce dentro de una misma persona, entre su fe y su razón. Tenemos ejemplos famosos de esto en la historia del pensamiento humano, en hombres en los que no se puede dudar de una pasión idéntica por la fe y por la razón: Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Blaise Pascal, Søren Kierkegaard, John Newman, a los que podríamos añadir , con toda razón, Juan Pablo II, Benedicto XVI&#8230; La conclusión a la que llegó cada uno de ellos es que el acto supremo de la razón es reconocer que hay algo que la supera. Este es también el acto que más honra a la razón porque indica su capacidad de trascenderse a sí misma. La fe no se opone a la razón, sino que la presupone, exactamente como &#8220;la gracia presupone la naturaleza&#8221; .<br />
Hay también otro malentendido que aclarar respecto del diálogo entre fe y razón. La crítica básica dirigida al creyente es que no puede ser objetivo, ya que su fe le impone, desde el principio, la conclusión a alcanzar y, por tanto, constituye una pre-comprensión y un prejuicio. No se tiene en cuenta que el mismo &#8220;prejuicio&#8221; actúa, en sentido contrario, también en el científico o filósofo no creyente, y de forma mucho más radical. Si se da por pacífico que Dios no existe, que lo sobrenatural no existe y que los milagros no son posibles, su conclusión sólo puede ser una, y ya dada desde el principio.<br />
He aquí un ejemplo entre muchos. Basándose en su visión de la realidad, ¿podría Freud admitir que el &#8220;amor universal&#8221; de Francisco de Asís tenía un componente sobrenatural, llamado gracia? Ciertamente no, y de hecho él lo convierte en una “derivación del amor genital”. Francisco de Asís, escribe, &#8220;es quien más ha llegado a utilizar el amor en beneficio de su sentimiento interior de felicidad&#8221; . Es decir, amaba a Dios, a los hombres, a toda la creación y de manera muy especial a Jesús Crucificado, porque esto le gratificaba, ¡le hacía sentir bien!<br />
El hombre moderno, en lugar de la verdad, pone la búsqueda de la verdad como valor supremo. Lessing escribió: “Si Dios tuviera en su mano derecha toda la verdad y en su mano izquierda sólo la aspiración siempre viva a la verdad, incluso bajo la condición de estar eternamente en el error, y me dijera: &#8216;¡Elige!&#8217;, yo me inclinaría humildemente hacia la izquierda diciendo: &#8216;¡Esto, Padre! La verdad pura te pertenece sólo a ti.&#8221;<br />
La razón de esto es simple. Mientras estamos en la fase de investigación, es él, el hombre, quien dirige el juego, el protagonista, mientras que en presencia de la Verdad reconocida como tal, ya no tiene ninguna posibilidad y debe brindar &#8220;la obediencia&#8221; de la fe&#8221;. La fe plantea lo Absoluto, mientras que la razón quisiera continuar la discusión indefinidamente. Como la bella Sherazade de Las mil y una noches, la razón humana siempre tiene una nueva historia que contar para retrasar su rendición.<br />
Sólo hay dos posibles soluciones a la tensión entre fe y razón: o reducir la fe &#8220;dentro de los límites de la razón pura&#8221;, como propuso el filósofo Kant, o romper los límites de la razón pura para espaciar en un horizonte ilimitado. Un poco como el Ulises de Dante que, habiendo llegado a las columnas de Hércules, luego considerado entonces el límite de la tierra, decide no detenerse, sino hacer, “de los remos, alas para un loco vuelo&#8221; .<br />
*    *    *<br />
Debo, sin embargo, ser coherente con la premisa expuesta al principio. La discusión sobre fe y razón, antes de ser un debate entre &#8220;nosotros y ellos&#8221;, entre creyentes y no creyentes, debe ser un debate &#8220;entre nosotros y nosotros&#8221;, es decir, entre los propios creyentes. De hecho, el peor tipo de racionalismo no es el externo, sino el interno. San Pablo escribió a los Corintios:<br />
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1Cor 2,4-5).<br />
Y en otro lugar:<br />
Las armas de nuestro combate no son carnales; es Dios quien les da la capacidad para derribar torreones; deshacemos sofismas y cualquier baluarte que se alce contra el conocimiento de Dios y reducimos los entendimientos a cautiverio para que se sometan a la obediencia de Cristo (2Cor 10, 4-5).<br />
Desafortunadamente, lo que el Apóstol temía ha sucedido muchas veces. La teología, especialmente en Occidente, se ha alejado cada vez más del poder del Espíritu para aprovechar la sabiduría humana. El racionalismo moderno exigía que el cristianismo presentara su mensaje de manera dialéctica, es decir, sometiéndolo completamente a la investigación y a la discusión, para que pudiera encajar en el marco general -también filosóficamente aceptable- de un esfuerzo común y siempre provisional de auto-comprensión del hombre y del universo. Sin embargo, al hacerlo, el anuncio de la salvación sobre Cristo muerto y resucitado quedó subordinado a una instancia diferente y supuestamente superior. Ya no era un kerigma, sino sólo una hipótesis.<br />
El peligro inherente a esta forma de hacer teología es que Dios sea objetivado. Se convierte en un objeto del que hablamos, no en un sujeto con quien (o en cuya presencia) hablamos. Un “él” –o, peor aún, un eso-, nunca un “tú”. Es el contragolpe de haber hecho de la teología una &#8220;ciencia&#8221;. El primer deber de quien hace ciencia es ser neutral frente al objeto de su investigación; pero ¿se puede ser neutral cuando se trata de Dios? Este fue el motivo principal que me llevó, en cierto momento de mi vida, a abandonar la enseñanza académica de la teología, para dedicarme de tiempo completo a la predicación. La consecuencia de esa manera de hacer teología, de hecho, es que se convierte cada vez más en un diálogo con la élite académica del momento, y cada vez menos en un alimento para la fe del pueblo de Dios.<br />
De esta situación sólo se puede salir acompañando el estudio con la oración, hablando con Dios, no hablando siempre y sólo de Dios. San Agustín alcanzó su teología más duradera, hablando con Dios en las Confesiones. “Si eres teólogo, orarás de verdad y si oras de verdad, serás teólogo”, dijo un antiguo Padre del Desierto . También ayuda la contemplación y la imitación de la Madre de Dios, quien en su vida terrena no tuvo nada que ver con ideas abstractas sobre Dios y su hijo Jesús, mas solo con su viviente realdad.<br />
*    *    *<br />
He mencionado anteriormente un segundo significado de la expresión &#8220;luz del mundo&#8221;, y es a él al que quisiera dedicar la última parte de mi reflexión, también porque es el que nos concierne más de cerca. Se trata, decía, del sentido instrumental, por así decirlo, en el que Jesús es la luz del mundo: es decir, en cuanto ilumina todas las cosas; hace, para con el mundo, lo que el sol hace para con la tierra. El sol no ilumina a sí mismo, sino que ilumina todas las cosas de la tierra y hace que todo se vea distintamente.<br />
También en este segundo sentido, Jesús y su Evangelio tienen un competidor que es el más peligroso de todos, siendo un competidor interno, un enemigo en casa. La expresión “luz del mundo” cambia completamente de significado dependiendo de si la expresión “del mundo” se toma como genitivo objetivo, o como genitivo subjetivo; dependiendo, es decir, de si el mundo es el objeto iluminado, o más bien el sujeto que ilumina. En este segundo caso, no es el Evangelio, sino el mundo el que nos hace ver todas las cosas con su propia luz. El evangelista Juan exhortaba a sus discípulos con estas palabras:<br />
No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo (1Jn 2, 15-16).<br />
El peligro de conformarse a este mundo –la mundanidad– es el equivalente, en el ámbito religioso y espiritual, de lo que, en el ámbito social, llamamos secularización. Nadie (y menos de todos yo) puede decir que este peligro no se cierne también sobre él o ella. Un dicho atribuido a Jesús en un antiguo escrito no canónico dice: &#8220;Si no ayunáis del mundo, no descubriréis el reino de Dios&#8221; . He aquí el ayuno más necesario de todos hoy: ¡el ayuno del mundo, nesteuein tô kosmô, según el dicho mencionado!<br />
El mundo del que hablamos y al que no debemos conformarnos no es el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del mundo con quienes, de hecho, debemos encontrarnos siempre, especialmente los pobres, los últimos, los que sufren. “Mezclarse” con este mundo de sufrimiento y marginación es, paradójicamente, la mejor manera de “separarse” del mundo, porque significa ir allí, donde el mundo huye con todas sus fuerzas. Significa separarse del principio mismo que gobierna el mundo, que es el egoísmo.<br />
Antes de las obras, el cambio debe producirse en la forma de pensar. San Pablo exhortaba a los cristianos de Roma con las palabras:<br />
No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,2).<br />
Hay muchas causas en el origen de la mundanidad, pero la principal es la crisis de fe. La fe es el principal campo de batalla entre el cristiano y el mundo. Es por la fe que el cristiano ya no es &#8220;del&#8221; mundo. Entendido en sentido moral, “mundo” es todo lo que se opone a la fe. “Ésta es la victoria que ha vencido al mundo”, escribe Juan en la Primera Carta, “nuestra fe” (1 Juan 5,4). En la Carta a los Efesios hay, a este respecto, una palabra en la que vale la pena detenerse un poco. Él dice:<br />
También vosotros un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dio (Eph 2, 1-2).<br />
El exégeta Heinrich Schlier hizo un penetrante análisis de este &#8220;espíritu del mundo&#8221; considerado por Pablo como antagonista directo del &#8220;Espíritu de Dios&#8221; (1 Cor 2, 12). La opinión pública juega en ello un papel decisivo. Hoy podemos llamarlo, en sentido literal, &#8220;el espíritu que está en el aire&#8221;, porque se propaga sobre todo por el aire, a través de medios de comunicación virtuales.<br />
Se determina – escribe Schlier – un espíritu de gran intensidad histórica, del que el individuo difícilmente puede escapar. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos obvio. Actuar o pensar o decir algo en contra se considera un sinsentido o incluso una injusticia o un delito. Entonces ya no nos atrevemos a afrontar las cosas y las situaciones, y sobre todo la vida, de una forma diferente a como ese espíritu nos las presenta&#8230; Su característica es interpretar el mundo y la existencia humana a su manera .<br />
Esto es lo que llamamos “adaptación al espíritu de los tiempos”. La moraleja del &#8220;Così fan tutte&#8221; de Mozart. Hoy tenemos una nueva imagen para describir la acción corrosiva del espíritu del mundo, el virus informático. Por lo poco que sé, el virus es un programa de diseño malicioso que penetra en el ordenador por las vías más insospechadas (intercambio de correos electrónicos, páginas web&#8230;), y una vez dentro confunde o bloquea el funcionamiento normal, alterando el llamado &#8220;sistema operativo&#8221;.<br />
El espíritu del mundo actúa de manera similar. Nos penetra por mil canales, como el aire que respiramos, y una vez dentro, cambia nuestros modelos de funcionamiento: sustituye el modelo &#8220;Cristo&#8221; por el modelo &#8220;mundo&#8221;. El mundo también tiene su &#8220;trinidad&#8221;, sus tres dioses o ídolos a los que adorar: el placer, el poder y el dinero. Todos deploramos los desastres que crean en la sociedad, pero ¿estamos seguros de que, a nuestra pequeña escala, somos completamente inmunes a ellos?<br />
Nuestro mayor consuelo, en esta lucha con el mundo que está fuera de nosotros y el que está dentro de nosotros, es saber que Cristo, una vez resucitado, continúa orando al Padre por nosotros con las palabras con las que se despidió de sus Apóstoles:<br />
No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo…. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo… No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos (Jn 17, 15-20).<br />
Y nosotros decimos de todo corazón: ¡Amén!</p>
<p>  1.Tertuliano, Apologeticum, 39, 9.<br />
  2.Tomás de Aquino, S.Th. I, q.2, a.2, ad 1.<br />
  3.Sigmund Freud, El malestar en la cultura, IV.<br />
  4.Gotthold Lessing, Eine Duplik, I, in Werke 3, Zürich 1974, p.149.<br />
  5.Dante Alighieri, Inferno, XXVI, 125<br />
  6.Evagrio Pontico, De oratione, 60 (PG 79, 1180).<br />
  7.Cf. Clemente Al., Stromati, 111, 15; A. Resch, Agrapha, 48 (TU, 30, 1906, p. 68).<br />
  8.H. Schlier, in “Geist und Leben 31 (1958), pp. 173-183.</p>
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		<title>“YO SOY EL PAN DE VIDA”  - Primer Sermón Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Feb 2024 12:32:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Al comienzo de estos sermones de Cuaresma, volvemos a partir del diálogo entre Jesús y los apóstoles en Cesarea de Filipo: Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías,[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al comienzo de estos sermones de Cuaresma, volvemos a partir del diálogo entre Jesús y los apóstoles en Cesarea de Filipo:<br />
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 13-16).<br />
De todo el diálogo nos interesa, en este momento, única y exclusivamente la segunda pregunta de Jesús: &#8220;¿Quién decís que soy yo?&#8221; Sin embargo, no lo tomamos en el sentido en que habitualmente se entiende esa pregunta; es decir, si a Jesús le interesaba saber qué piensa la Iglesia de él, o qué nos dicen de él nuestros estudios teológicos. ¡No! Tomemos esa pregunta cómo debe ser tomada cada palabra que sale de la boca de Jesús, es decir, como dirigida, hic et nunc, a quien la escucha, de forma individual y personal.<br />
Para realizar este examen pediremos ayuda al evangelista Juan. En su Evangelio encontramos toda una serie de declaraciones de Jesús, los famosos Ego eimi, &#8220;Yo Soy&#8221;, con las que revela lo que piensa él de sí mismo, quién dice ser: &#8220;Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, etc. Repasaremos cinco de estas autorrevelaciones y nos preguntaremos cada vez si él es realmente para nosotros lo que dice ser, y cómo hacer para que lo sea cada vez más.<br />
Será un momento para vivir de una manera especial. Es decir, no con la mirada dirigida hacia afuera, hacia los problemas del mundo y de la Iglesia, como estamos obligados a hacerlo en otros contextos, sino con una mirada introspectiva. ¿Un momento, entonces, íntimo y desapegado y, por lo tanto, considerando todo, egoísta? ¡Lejos de ahí! Es un evangelizarnos para evangelizar, llenándonos de Jesús para después hablar de ello &#8220;por redundancia de amor&#8221;, como recomendaban a los predicadores las primitivas Constituciones de mi Orden Capuchina; es decir, por convicción íntima, no sólo para cumplir un mandato.<br />
*     *     *<br />
Empecemos por el primero de estos &#8220;Yo Soy&#8221; de Jesús que encontramos en el Cuarto Evangelio, en el capítulo sexto: &#8220;Yo soy el pan de vida&#8221;. Escuchemos primero la parte del relato que más directamente nos interesa:<br />
Le replicaron: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”». Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás (Jn 6, 30-35).<br />
Unas palabras sobre el contexto. Jesús previamente multiplicó cinco panes de cebada y los dos peces para alimentar a cinco mil hombres. Luego desapareció para escapar del entusiasmo del pueblo que quiere proclamarlo rey. La multitud lo busca y lo encuentra al otro lado del lago.<br />
En este punto comienza el largo discurso con el que Jesús intenta explicar &#8220;el signo del pan&#8221;. Quiere dejar claro que hay que buscar otro pan, del cual el material es, de hecho, un &#8220;signo&#8221;. Es el mismo procedimiento utilizado con la mujer samaritana en el capítulo IV del Evangelio. Allí Jesús quiere llevar a la mujer a descubrir otra agua, más allá de la física que sólo calma la sed por poco tiempo; aquí quiere llevar a la multitud a buscar otro pan, diferente al material que sacia sólo para un día. A la mujer samaritana que pide esa agua misteriosa y espera la venida del Mesías para obtenerla, Jesús responde: &#8220;Soy yo quien te hablo&#8221; (Jn 4,26). A la multitud que ahora le hace la misma pregunta sobre el pan, él responde: &#8220;¡Yo soy el pan de vida!&#8221;<br />
Nos preguntamos: ¿cómo y dónde comemos este pan de vida? La respuesta de los Padres de la Iglesia fue: en dos &#8220;lugares&#8221;, o de dos maneras: en el sacramento y en la Palabra, es decir, en la Eucaristía y en la Escritura. Es cierto que hubo diferentes énfasis. Algunos, como Orígenes y entre los latinos Ambrosio, insisten más en la Palabra de Dios: “Este pan que Jesús parte &#8211; escribe san Ambrosio comentando la multiplicación de los panes &#8211; significa místicamente la palabra de Dios que aumenta cuando se distribuye. Nos ha dado sus palabras como panes que se multiplican en nuestra boca cuando los saboreamos.&#8221;  Otros, como Cirilo de Alejandría, enfatizan la interpretación eucarística. Ninguno de ellos, sin embargo, tenía la intención de hablar de una forma excluyendo la otra. Se habla de la Palabra y de la Eucaristía como de las &#8220;dos mesas&#8221; dispuestas por Cristo. En La Imitación de Cristo leemos:<br />
Pues conozco que tengo grandísima necesidad de dos cosas, sin las cuales no podría soportar esta vida miserable. Detenido en la cárcel de este cuerpo, confieso serme necesarias dos cosas que son, mantenimiento y luz. Dísteme, pues, como a enfermo tu sagrado Cuerpo para alimento del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra para que sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien; porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento el pan que le da la vida. Estas se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y a otro lado en el tesoro de la Santa Iglesia.<br />
La afirmación unilateral de una de estas dos formas de comer el pan de vida con exclusión de la otra es el resultado de la división dañina que se produjo en el cristianismo occidental. Del lado católico, la interpretación eucarística había llegado a ser tan preponderante que hizo del capítulo sexto de Juan casi el equivalente del relato de la institución de la Eucaristía. Lutero, en reacción, afirmó que el pan de vida es la palabra de Dios que se distribuye mediante la predicación y se come mediante la fe.<br />
El clima ecuménico que se ha establecido entre los creyentes en Cristo nos permite recomponer la síntesis tradicional presente en los Padres. No hay duda de que el pan de vida nos llega a través de la palabra de Dios y en particular de las palabras de Jesús en el Evangelio. Nos lo recuerda también su respuesta al tentador: &#8220;No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios&#8221; (Mt 4,4). Pero ¿cómo no ver en el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm también una referencia a la Eucaristía? Todo el contexto evoca un banquete: se habla de comida y bebida, de comer y beber, del cuerpo y de la sangre. Las palabras: “Quien no come mi carne ni bebe mi sangre…” recuerdan demasiado las palabras de la institución (“Tomad y bebed, esto es mi cuerpo” y “Tomad y bebed: esta es mi sangre”) para poder negar cualquier relación entre ellas.<br />
Si en la exégesis y en la teología asistimos a una polarización y a veces &#8211; decía &#8211; a un contraste entre el pan de la palabra y el pan eucarístico, en la liturgia su síntesis se ha vivido siempre pacíficamente. Desde los tiempos más antiguos, por ejemplo en San Justino Mártir, la Misa incluía dos momentos: la liturgia de la Palabra, con lecturas extraídas del Antiguo Testamento y de las &#8220;memorias de los Apóstoles&#8221;, y la liturgia eucarística con consagración y comunión.<br />
Hoy podemos volver, decía, a la síntesis original entre Palabra y Sacramento. De hecho, debemos, incluso, dar un paso adelante en esta dirección. Este consiste en no limitar el comer la carne y beber la sangre de Cristo únicamente a la Palabra y al sacramento de la Eucaristía, sino en verlo implementado en cada momento y aspecto de nuestra vida de gracia.<br />
Cuando san Pablo escribe: &#8220;Para mí vivir es Cristo&#8221; (Flp 1,21), no piensa en un momento particular. Para él, Cristo es verdaderamente, en todos los modos de su presencia, el pan de vida; se &#8220;come&#8221; con la fe, la esperanza y la caridad, en la oración y en todo. El ser humano está creado para la alegría y no puede vivir sin alegría, o sin la esperanza de ella. La alegría es el pan del corazón. Y el Apóstol busca también la verdadera alegría -y exhorta a sus seguidores a buscarla- en el Señor Jesus Cristo: &#8220;Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete&#8221;: &#8220;Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos&#8221; (Flp 4,4).<br />
Jesús es el pan de vida eterna no sólo por lo que da, sino también -y ante todo- por lo que es. La Palabra y el Sacramento son los medios; vivir por él y en él es el fin: &#8221; Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí&#8221; (Jn 6,57). En el himno Adoro te devote que ha alimentado la piedad y la adoración eucarística de los católicos durante siglos, hay un verso que es una paráfrasis de estas palabras de Jesús. En el original que muchos de nosotros seguramente recordamos, suena así:<br />
O memoriále mortis Dómini,<br />
Panis vivus vitam praestans hómini,<br />
praesta meae menti de te vívere,<br />
et te illi semper dulce sápere.<br />
Y en Español<br />
¡Memorial de la muerte del Señor!<br />
Pan vivo que das vida al hombre:<br />
Concede a mi alma que de Ti viva<br />
Y que siempre saboree tu dulzura.<br />
*     *     *<br />
Todo el discurso de Jesús tiende, por tanto, a aclarar qué vida él da: no vida de la carne, sino vida del Espíritu, vida eterna. Sin embargo, no es en esta línea que quisiera continuar mi reflexión en los pocos minutos que me quedan. Respecto al Evangelio siempre hay dos operaciones que hacer, respetando estrictamente su orden: primero la apropiación, luego la imitación. Hasta ahora nos hemos apropiado del pan de vida por la fe, y lo hacemos cada vez que comulgamos. Ahora necesitamos ver cómo ponerlos en práctica en nuestras vidas.<br />
A este fin, nos hacemos una pregunta sencilla: ¿Cómo llegó él, Jesús, a ser pan de vida para nosotros? Él mismo nos dio la respuesta y precisamente en el Evangelio de Juan: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto&#8221; (Jn 12,24). Sabemos bien a qué aluden las imágenes de caer al suelo y pudrirse. En ellas está contenida toda la historia de la Pasión. Debemos intentar ver qué significan esas imágenes para nosotros. De hecho, con la imagen del grano de trigo, Jesús no sólo indica su destino personal, sino él de cada uno de sus verdaderos discípulos.<br />
No se puede escuchar las palabras dirigidas por el obispo Ignacio de Antioquía a la Iglesia de Roma sin conmoverse y sin asombrarse al ver lo que la gracia de Cristo es capaz de hacer en una criatura humana:<br />
Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro de Cristo&#8230; Rogad al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos pueda ser hallado un sacrificio para Dios. No os mando nada, cosa que hicieron Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un reo; ellos eran libres, pero yo soy un esclavo.<br />
Ante los dientes de las fieras, el obispo Ignacio experimentó otros dientes que le aplastaban, no dientes de las fieras, sino de los hombres: &#8220;Desde Siria hasta Roma &#8211; escribe &#8211; he venido luchando con las fieras, por tierra y por mar, de día y de noche, viniendo atado entre diez leopardos, o sea, una compañía de soldados, los cuales, cuanto más amablemente se les trata, peor se comportan&#8221; . Esto tiene algo que decirnos también a nosotros. Cada uno de nosotros tiene, en su entorno, estos dientes de fieras que trituran. Agustín decía que los seres humanos somos &#8220;vasos de barro, que nos dañamos unos a otros&#8221;: lutea vasa quae faciunt invicem angustias.  ¡Debemos aprender a hacer de esta situación un medio de santificación y no de endurecimiento del corazón, de odio y de queja!<br />
Una máxima frecuentemente repetida en nuestras comunidades religiosas dice Vita communis mortificatio maxima: &#8220;vivir en comunidad es la mayor de todas las mortificaciones&#8221;. No sólo la mayor, sino también más útil y meritoria que muchas otras mortificaciones auto elegidas. Esta máxima no se aplica sólo a quienes viven en comunidades religiosas, sino en toda convivencia humana. Donde se logra de manera más exigente es, en mi opinión, el matrimonio, y debemos sentirnos llenos de admiración ante un matrimonio llevado adelante fielmente hasta la muerte. Pasar toda la vida, día y noche, soportando la voluntad, el carácter, la sensibilidad y la idiosincrasia de otra persona, especialmente en una sociedad como la nuestra, es algo grandioso y, si se hace con espíritu de fe y de amor, ya debería calificarse de “virtud heroica&#8221;.<br />
Sin embargo, nos encontramos aquí en el contexto de la Curia, que no es una comunidad religiosa o matrimonial, sino de servicio y trabajo eclesial. Hay muchas oportunidades que no debemos desperdiciar si también nosotros queremos ser molidos para convertirnos en harina de Dios, y cada uno debe identificar y santificar las ocasiones que se le ofrecen en su lugar de servicio. Mencionaré sólo una o dos de ellas que creo que son válidas para todos.<br />
Una oportunidad es aceptar que nos contradigan, renunciar a justificarse y querer tener siempre la razón, cuando la importancia del asunto no lo exige. Otra es aguantar a alguien cuyo carácter, forma de hablar o de actuar nos pone de los nervios, y hacerlo sin irritarnos interiormente, pensando, más bien, que quizás nosotros también somos esa persona para alguien. El Apóstol exhortó a los fieles de Colosas con estas palabras: “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro” (Col 3, 12-13). Lo más difícil de “desmenuzar” en nosotros no es la carne, sino el espíritu, es decir, el amor propio y el orgullo, y estos pequeños ejercicios sirven magníficamente para ese propósito.<br />
Lamentablemente hoy existe en la sociedad una especie de dientes que rechinan sin piedad, más cruelmente que los dientes de leopardo de los que hablaba el mártir San Ignacio. Son los dientes de los medios de comunicación y de las llamadas redes sociales. No cuando señalan las distorsiones de la sociedad o de la Iglesia (¡en esto merecen todo el respeto y estima!), sino cuando atacan a alguien por parcialidad, simplemente porque no pertenece a su bando. Con malicia, con intención destructiva, no constructiva. ¡Pobre quien hoy acabe en esta picadora de carne, sea laico o clérigo!<br />
En este caso, es legítimo y necesario hacer valer las razones en los foros apropiados. Si esto no es posible, o se ve que no sirve de nada, sólo le queda al creyente unirse a Cristo azotado, coronado de espinas y a quienes han escupido. En la Carta a los Hebreos leemos esta exhortación a los primeros cristianos que puede ayudar en ocasiones similares: &#8220;Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo&#8221; (Heb 12,3).<br />
Es algo difícil y doloroso, especialmente si está involucrada la propia familia natural o religiosa, pero la gracia de Dios puede hacer &#8211; y muchas veces ha hecho &#8211; de todo esto una oportunidad de purificación y santificación. Se trata de tener fe en que, al final, como pasó con Jesús, la verdad triunfará sobre la mentira. Y triunfará mejor, quizás, con el silencio que con la autodefensa más agresiva.<br />
*     *     *<br />
El objetivo final de dejarse moler, sin embargo, no es de carácter ascético, sino místico; no sirve tanto para mortificarse, sino para crear comunión. Esta es una verdad que ha acompañado a la catequesis eucarística desde los primeros días de la Iglesia. Está ya presente en la Didaché (IX, 4), un escrito de la época apostólica. San Agustín desarrolla de manera maravillosa este tema en uno de sus discursos al pueblo. Él compara el proceso que conduce a la formación del pan que es el cuerpo eucarístico de Cristo, y el proceso que conduce a la formación de su cuerpo místico que es la Iglesia. Decía:<br />
Recuerda por un momento lo que fue esta criatura que es el trigo, cuando aún estaba en el campo: la tierra la hizo brotar, la lluvia la alimentó; luego estaba el trabajo del hombre que la llevaba a la era, la trillaba, la aventaba y la colocaba en los graneros; de aquí lo sacó para molerlo y cocerlo y así, finalmente, se convirtió en pan. Ahora pensad en vosotros: no fuisteis y fuisteis creados, fuisteis llevados a la era del Señor, fuisteis trillados&#8230; Cuando disteis vuestros nombres para el bautismo, empezasteis a ser molidos con ayunos y exorcismos; luego finalmente llegasteis al agua, fuisteis amasados y os convertisteis en uno; cuando vino el fuego del Espíritu Santo, fuisteis cocidos y os convertisteis en el pan del Señor. Esto es lo que habéis recibido. Por tanto, así como veis que el pan preparado es uno, así también vosotros sed uno, amándonos unos a otros, manteniendo la misma fe, la misma esperanza y la misma caridad.&#8221;<br />
Entre los dos cuerpos -el eucarístico y el místico de la Iglesia- no sólo hay semejanza, sino también dependencia. Es gracias al misterio pascual de Cristo operando en la Eucaristía que podemos encontrar la fuerza para dejarnos arraigar, día a día, en las pequeñas (¡y a veces grandes!) circunstancias de la vida.<br />
*     *     *<br />
Termino con un episodio que realmente sucedió, narrado en un libro titulado &#8220;El precio a pagar&#8221;, escrito en francés y traducido en muchas lenguas. Sirve, mejor que largos discursos, para darnos cuenta de la fuerza contenida en los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; de Jesús en el Evangelio y, en particular, de lo que he comentado en esta primera meditación.<br />
Hace unas décadas, en una nación del Medio Oriente, dos soldados, uno cristiano y el otro no, actuaban juntos como centinelas en un depósito de armas. El cristiano sacaba a menudo, a veces incluso de noche, un librito y lo leía, atrayendo la curiosidad y la ironía de su compañero de armas. Una noche, este último tiene un sueño. Se encuentra frente a un arroyo que sin embargo no puede cruzar. Ve una figura envuelta en luz que le dice: “Para cruzarlo necesitas el pan de vida”. Fuertemente impresionado por el sueño, por la mañana, sin saber por qué, pide, o más bien obliga, a su compañero a que le entregue su misterioso libro. (Se trataba, por supuesto, de los Evangelios). Lo abre y cae sobre el evangelio de Juan. Su amigo cristiano le aconseja empezar con el de Mateo, que es más fácil de entender. Pero él, sin saber por qué, insiste. Lee todo de una vez, hasta llegar al sexto capítulo. Pero llegados a este punto es bueno escuchar su historia directamente:<br />
Al llegar al capítulo 6 de repente dejo de leer, atónito, en mitad de una frase. Por un segundo, creo que soy víctima de una alucinación, y miro hacia atrás en este libro, en el lugar preciso donde me detuve&#8230; Acabo de leer estas palabras exactas, &#8220;el pan de vida&#8221;, las mismas que escuché hace unas horas en mi sueño&#8230; Releo lentamente este pasaje, en el que este Jesús se dirige a sus discípulos después de haber multiplicado los panes para la multitud, diciéndoles: &#8221; Yo soy el pan de vida, quien a mí viene nunca más tendré hambre.&#8221;&#8230; Algo extraordinario sucede en seguida en mí, como una violenta explosión que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, acompañada de una sensación de bienestar y calidez&#8230; Tengo la impresión de estar borracho, mientras surge en mi corazón un sentimiento de fuerza increíble, una pasión casi violenta y amorosa por este Jesucristo de quien hablan los Evangelios.<br />
Lo que esta persona tuvo que sufrir más tarde por su fe confirma la autenticidad de su experiencia. La palabra de Dios no siempre actúa de manera tan explosiva, pero el ejemplo escuchado, repito, nos muestra qué fuerza divina está contenida en los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; de Cristo que con la gracia de Dios vamos a comentar en esta Cuaresma. </p>
<p>  1.Ambrosio de Milán, In Lucam, VI, 86.<br />
  2.Imitación de Cristo, IV,11.<br />
  3.Lutero, Sobre el Evang. de Juan, 231.<br />
  4.Ignacio de Antiochia, Carta a los Romanos, IV,1.<br />
  5.Ib. V,1.<br />
  6.Augustin, Sermones, 69,1 (PL 38, 440).<br />
  7.Augustin, Sermones, 229 (Denis 6) (PL 38, 1103).<br />
  8.Joseph Fadelle, Le prix à payer. Les Editions de l’Oeuvre, Paris 2010.</p>
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		<title>“¡BIENAVENTURADA  LA QUE HA CREÍDO!”  - Segundo Sermón de Adviento 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Dec 2023 12:22:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Después del precursor Juan Bautista, hoy nos dejamos llevar de la mano por la Madre de Jesús para &#8220;entrar&#8221; en el misterio de la Navidad. En el evangelio del domingo pasado, cuarto de Adviento, escuchamos la historia de la Anunciación. Nos recuerda cómo María concibió y dio a luz a Cristo y cómo nosotros también podemos concebirlo y darle a luz: ¡por la fe! Refiriéndose a este momento, Isabel exclamará en breve: &#8220;Bienaventurada la que ha creído&#8221; (Lc 1, 45).<br />
Lamentablemente, en lo que se refiere a la fe de María, se repitió lo que había sucedido con la persona de Jesús. Como los herejes arrianos buscaban todos los pretextos para cuestionar la plena divinidad de Cristo, para quitarles todo apoyo, los Padres dieron a veces una explicación &#8220;pedagógica&#8221; de todos aquellos textos evangélicos que parecían admitir el progreso de Jesús en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la obediencia a ella. Uno de estos textos fue el de la Carta a los Hebreos, según la cual Jesús &#8220;por lo que padeció aprendió la obediencia&#8221; (Heb 5,8), otro, la oración de Jesús en Getsemaní. En Jesús todo tenía que ser dado y perfecto desde el principio. Como los filósofos griegos, pensaban que el devenir no puede afectar al ser de las cosas.<br />
Algo parecido, decía, se repitió, tácitamente, para la fe de María. Se daba por sentado que ella había hecho su acto de fe en el momento de la Anunciación y había permanecido estable en él durante toda su vida, como quien, con su voz, ha alcanzado de repente la nota más alta y luego la mantiene por todo el resto de la canción. Se dio una explicación tranquilizadora para todas las palabras que parecían decir lo contrario.<br />
El don que el Espíritu Santo hizo a la Iglesia, con la renovación de la mariología, fue el descubrimiento de una nueva dimensión de la fe de María. La Madre de Dios &#8211; afirmó el Concilio Vaticano II &#8211; &#8220;avanzó en la peregrinación de la fe&#8221; (LG, 58). No creyó de una vez por todas, sino que caminó en la fe y progresó en ella. La afirmación fue retomada y desarrollada por San Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Mater (nr.14):<br />
Las palabras de Isabel « Feliz la que ha creído » no se aplican únicamente a aquel momento concreto de la anunciación. Ciertamente la anunciación representa el momento culminante de la fe de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su « camino hacia Dios », todo su camino de fe.<br />
En este camino, escribía el Papa, María ha llegado a la &#8220;noche de la fe&#8221; (nr. 18). Son bien conocidas y repetidas las palabras de san Agustín sobre la fe de María:<br />
La Virgen María dio a luz al creer lo que había concebido al creer (&#8220;quem credendo peperit, credendo concepit&#8221;). Después de que el ángel hubo hablado, llena de fe, ella, concibiendo a Cristo primero en su corazón que en su vientre, respondió: “Heme aquí, soy la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra” .<br />
Hay que completar la lista con lo que sucedió después de la Anunciación y de la Navidad: por la fe María presentó al Niño al templo, por la fe lo siguió, manteniendo un perfil bajo, en su vida pública, por la fe estuvo bajo la cruz, por la fe esperó la su resurrección.<br />
Reflexionemos sobre algunos momentos del camino de fe de la Madre de Dios: hay hechos aparentemente contradictorios que María confronta dentro de sí, sin comprenderlo todo. ¡Él es “el Hijo de Dios” y está acostado en un pesebre! Guarda todo en su corazón y lo deja fermentar con anticipación. Escuchará la profecía de Simeón y pronto se dará cuenta de lo verdadero que era. Todos los avatares de la vida de su Hijo, toda la hostilidad y las progresivas deserciones a su alrededor, tuvieron una profunda repercusión en su corazón de Madre. Comienza a vivirlo dolorosamente en la pérdida de Jesús en el templo: “¿Por qué me buscabais?&#8230; Pero ellos no entendieron&#8221; (Lc 2,49).<br />
Finalmente llegamos a la cruz. Ella está allí, impotente ante el martirio de su Hijo, pero consiente con amor. Es una réplica del drama de Abraham, pero ¡cuánto más exigente! Con Abraham, Dios se detiene en el último momento, pero no con ella. Acepta que su Hijo sea sacrificado, lo entrega al Padre, con el corazón quebrantado, pero firme, fuerte en su fe. Aquí es donde la voz de María alcanza su nota más alta. Lo que el Apóstol dice de Abraham debe decirse de María con mucha mayor razón: María creyó, esperando contra toda esperanza, y así llegó a ser madre de muchos pueblos (cf. Rom 4,18).<br />
Hubo un tiempo en el que la grandeza de María se expresaba sobre todo en los privilegios que se le atribuía, con el resultado de alejarla, más que de &#8220;asociarla&#8221; a Cristo, que se había hecho &#8220;semejante a nosotros en todo&#8221;, nada excluido, ni siquiera la tentación, sino sólo el pecado. El Concilio nos indicó que veamos su grandeza sobre todo en su fe, esperanza y caridad. Lumen gentium dice:<br />
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia (LG, 61).<br />
La renovación de la mariología provocada por el Vaticano II debe mucho (quizás, la parte esencial) a san Agustín. Fue su autoridad la que empujó primero a algunos teólogos y luego a la asamblea conciliar a insertar la discusión sobre María en la constitución de la Iglesia, la Lumen gentium, en lugar de hacer una discusión separada sobre ella. Partiendo del principio de que &#8220;el todo es superior a la parte&#8221;, Agustín escribió:<br />
Santa es María, bendita es María, pero la Iglesia es más importante que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es parte de la Iglesia, miembro santo, excelente, superior a todos los demás, pero sin embargo miembro de todo el cuerpo. Si es miembro de todo el cuerpo, sin duda más importante que un miembro es el cuerpo.<br />
Bien, ahora es el mismo San Agustín quien nos sugiere la resolución a tomar después de haber recorrido brevemente el camino de fe de la Madre de Dios. Al final de su discurso sobre la fe de María, él dirige a sus oyentes una exhortación vibrante, válida también para nosotros: “María creyó, y en ella se cumplió lo que había creído. ¡Creemos también nosotros, para que lo que en ella se hizo realidad pueda beneficiarnos también a nosotros!”.<br />
El cuarto centenario del nacimiento de Blaise Pascal &#8211; que el Santo Padre quiso recordar a la Iglesia con su carta apostólica del 19 de junio &#8211; nos ayuda a dar un contenido actual a la exhortación: &#8220;¡Creemos también nosotros!&#8221; Entre los &#8220;Pensamientos&#8221; más famosos de Pascal se encuentra el siguiente:<br />
Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point : El corazón tiene sus razones que la razón no conoce. […] C’est le cœur qui sent Dieu et non la raison : El corazón, y no la razón, siente a Dios. Esto es la fe: Dios sentido por el corazón y no por la razón.<br />
Esta declaración es audaz, pero tiene el fundamento más autorizado posible: ¡el de las Sagradas Escrituras! El apóstol Pablo conoce y utiliza con frecuencia la palabra nous, que corresponde al concepto moderno de mente, inteligencia o razón; pero, hablando de fe, no dice &#8220;mente creditur&#8221;, es con la mente que se cree; dice corde creditur (kardia gar pistaùetai), se cree con el corazón (Rom 10, 19).<br />
Dios &#8220;se siente con el corazón y no con la razón&#8221;, como dice Pascal, por la sencilla razón de que &#8220;Dios es amor&#8221; y el amor no se percibe con el intelecto, sino con el corazón. Es cierto que Dios es también verdad (“Dios es luz”, escribe Juan en su Primera Carta) y la verdad se percibe con el intelecto; pero si bien el amor presupone conocimiento, el conocimiento no presupone necesariamente el amor. ¡No se puede amar sin conocer, pero sí se puede conocer sin amar! Lo sabe bien una civilización como la nuestra, orgullosa de haber inventado la inteligencia artificial, pero tan pobre en amor y compasión.<br />
Desgraciadamente, no son las &#8220;razones del corazón&#8221; de Pascal las que han dado forma al pensamiento secular y teológico de los últimos tres siglos, sino más bien el &#8220;Pienso, luego existo&#8221; (cogito ergo sum) de su compatriota Descartes, incluso contra la intención de este último, que fue hasta el final un cristiano piadoso y creyente. (Recuerdo haber leído su nombre en la lista de los peregrinos famosos al santuario de la Virgen de Loreto).<br />
La consecuencia fue que el racionalismo dominó y dictó la ley, antes de llegar al nihilismo actual. Todos los discursos y debates que tienen lugar, incluso hoy, se centran en &#8220;Fe y Razón&#8221;, nunca, que yo sepa, en &#8220;Fe y corazón&#8221;, ni en &#8220;Fe y voluntad&#8221;. El propio Pascal, sin embargo, en otro de sus pensamientos, dice que la fe es bastante clara para quien quiere creer, y bastante oscura para quien no quiere creer . En otras palabras, es una cuestión de voluntad, más que de razón e intelecto.<br />
En este punto, quisiera recordar una segunda lección que nos dejó Pascal y que el Santo Padre destaca fuertemente en su Carta Apostólica: la centralidad de Cristo para la fe cristiana: &#8220;Conocemos a Dios &#8211; escribe el filósofo &#8211; sólo a través de Jesús Cristo. Sin este mediador queda excluida cualquier comunicación con Dios&#8221;  Y en el llamado Memorial, eco de una memorable noche de luz, exclama: &#8220;Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no de los filósofos y eruditos&#8230; Sólo se encuentra en los caminos que enseña el Evangelio&#8221;.<br />
A menudo se cita a Pascal en relación con el “riesgo calculado” o la apuesta rentable. En la incertidumbre, escribe, apuesta por la existencia de Dios, porque &#8220;si ganas lo has ganado todo, si pierdes no has perdido nada&#8221; . Pero el verdadero riesgo de la fe – él mismo lo sabe también- es otro: es el de poner a Jesucristo entre paréntesis. ¡Un riesgo de larga data! Pensemos en lo que ocurrió en Atenas, con ocasión del memorable discurso pronunciado por el apóstol Pablo en el Areópago (Hechos 17,16-33).<br />
El Apóstol comienza hablando del Dios único que creó el universo y del que &#8220;nosotros somos su estirpe&#8221;. Los presentes captan la alusión al verso de uno de sus poetas y lo siguen con atención. Pero aquí Paolo va al grano. Habla de un hombre a quien Dios designó como juez universal, probándolo al levantarlo de entre los muertos. ¡El hechizo está roto! “Cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos, algunos se burlaban de él, otros decían: &#8216;Otra vez nos enteraremos de esto&#8217;” (Hechos 17, 32).<br />
¿Qué les molestó tanto? Por supuesto, la idea de la resurrección de entre los muertos, tan contraria a lo que, en el mismo lugar, había enseñado Platón. El cuerpo es &#8220;la tumba del alma&#8221;, por lo tanto, no vale la pena llevarlo consigo incluso después de la muerte. Pero tal vez estaban aún más desconcertados por el hecho de que el destino de la humanidad dependiera de un único acontecimiento histórico y de un hombre concreto. Un siglo después, el filósofo platónico Celso arrojó en cara de los cristianos los motivos del escándalo de los griegos: “¿Hijo de Dios, un hombre que vivió hace unos años? ¿Uno de ayer? ¿Un hombre nacido en una aldea de Judea, hijo de una pobre hilandera?”<br />
El verdadero riesgo de la fe es él de escandalizarse por la humanidad y la humildad de Cristo. Fue el mayor obstáculo que tuvo que superar Agustín para adherirse a la fe: &#8220;Al no ser humilde, no podía aceptar al humilde Jesús como mi Dios&#8221;, escribe en las Confesiones . Jesús había hablado de la posibilidad de ser &#8220;escandalizado&#8221; por él, debido a su distanciamiento de la idea que los hombres tenían del Mesías, y había concluido diciendo: &#8220;Bienaventurado el que no encuentra en mí motivo de escándalo&#8221; (Mt 11 ,2-6).<br />
El escándalo es hoy menos ostentoso que el de los Areopagitas, pero no menos presente entre los intelectuales. El efecto &#8211; más dañino que el rechazo &#8211; es el silencio sobre él. He seguido muchos debates de alto nivel en Internet sobre la existencia o no de Dios: casi nunca en ellos se mencionó el nombre de Jesucristo. ¡Como si él no fuera parte del discurso sobre Dios!<br />
Éste debe ser nuestro principal compromiso en el esfuerzo por la evangelización. El mundo y sus medios de comunicación &#8211; lo dije en otra ocasión en este mismo lugar &#8211; hacen todo lo posible (¡y desgraciadamente lo consiguen!) para mantener separado, o silenciado, el nombre de Cristo en todas sus discusiones sobre la Iglesia. Nosotros debemos hacer todo lo posible para tenerlo presente. No para escondernos detrás de él y callar nuestros fracasos, sino porque es &#8220;la luz del mundo&#8221;, el &#8220;nombre que está por encima de cualquier otro nombre&#8221;, &#8220;la piedra angular&#8221; del mundo y de la historia.</p>
<p><strong>¡Vuelve a tú corazón!</strong></p>
<p>Volvamos ahora a las palabras de Pascal sobre Dios que &#8220;se siente con el corazón&#8221;. Ya no para hacerlo objeto de consideraciones históricas y teológicas, sino para tomar nuestra decisión personal y práctica. Pascal fue un ferviente discípulo de San Agustín, hasta el punto, desgraciadamente, de compartir algunos de sus excesos y errores, como aquel de la doble predestinación divina &#8211; a la gloria o a la condenación &#8211; relanzado por los jansenistas. También la apelación de Pascal al corazón está influenciada por el doctor de Hipona. Comentando el versículo de Isaías: &#8220;Volved, oh prevaricadores, al corazón (redite, praevaricatores ad cor)&#8221; (Is 46, 8, Vulgata), en un discurso al pueblo San Agustín decía:<br />
¡Vuelve a tu corazón!&#8230; Vuelve de tus andanzas que te han extraviado; vuelve al Señor. El está listo. Vuelve primero a tu corazón, tú que te has vuelto extraño a fuerza de vagar afuera: ¡no te conoces a ti mismo y buscas a quien te creó! Regresa, regresa al corazón, despégate del cuerpo&#8230; Regresa al corazón: allí examina lo que tal vez percibes de Dios, porque allí se encuentra la imagen de Dios; Cristo habita en la interioridad del hombre.<br />
El hombre envía sus sondas a las afueras del sistema solar y más allá, pero ignora lo que sucede a unos miles de metros bajo la corteza terrestre, de ahí la dificultad para prevenir los terremotos. Es una imagen de lo que sucede también en el ámbito del espíritu, en nuestra propia vida. Todos vivimos proyectados hacia afuera, a lo que sucede a nuestro alrededor, desatentos a lo que sucede dentro de nosotros. El silencio da miedo.</p>
<p><strong>Greccio 1223</strong></p>
<p>La Navidad de este año marca el octavo centenario de la primera creación del belén en Greccio. Es el primero de tres centenarios franciscanos: A él seguirá, en 2024, el centenario los estigmas del santo y, en 2026, él de su muerte. Esta circunstancia también puede ayudarnos a volver al corazón. Su primer biógrafo, Tommaso de Celano, relata las palabras con las que el Poverello explicó su iniciativa: &#8220;Me gustaría, dijo, representar al Niño nacido en Belén, y de alguna manera ver con los ojos de mi cuerpo las dificultades en las que se encontró por la falta de las cosas necesarias para un recién nacido, cómo lo colocaron en una cuna y cómo yació entre el buey y el asno” .<br />
Lamentablemente, con el paso del tiempo, el belén se ha alejado de lo que representaba para Francisco. A menudo se ha convertido en una forma de arte o espectáculo cuyo entorno externo se admira más que su significado místico. Aun así, sin embargo, cumple su función de signo y sería una tontería renunciar a él. En Occidente se multiplican las iniciativas para eliminar toda referencia evangélica y religiosa de las solemnidades navideñas, reduciéndolas a una pura y simple celebración humana y familiar, con muchos cuentos de hadas y personajes inventados en lugar de los personajes reales de la Navidad. A algunos incluso les gustaría cambiar el nombre de la fiesta.<br />
Uno de los pretextos es fomentar, de este modo, la convivencia pacífica con creyentes de otras religiones, en la práctica con musulmanes. En realidad, este es el pretexto de cierto mundo laicista que no quiere estos símbolos, no un deseo de los musulmanes. En el Corán hay una Sura dedicada al nacimiento de Jesús que vale la pena conocer. Dice:<br />
Dijeron los ángeles: ¡Maryam! Allah te anuncia una palabra procedente de Él cuyo nombre será el Ungido, Isa hijo de Maryam; tendrá un alto rango en esta vida y en la Última; y será de los que tengan proximidad. En la cuna y siendo un hombre maduro, hablará a la gente y será de los justos. Dijo: ¡Señor mío! ¿Cómo voy a tener un hijo si ningún hombre me ha tocado? Dijo: Así será, Allah crea lo que quiere; cuando decide un asunto le basta decir: ¡Sé! Y es.<br />
Una vez, cuando los sábados por la tarde explicaba el evangelio dominical en la televisión italiana, hice leer esta Sura a un hombre islámico, quien dijo que estaba feliz de contribuir de esta manera a disipar un malentendido que los perjudica, con el pretexto de favorecerlos. La veneración con la que el Corán recuerda el nacimiento de Jesús y el lugar que en él ocupa la Virgen María recibió, hace unos años, un reconocimiento inesperado. El emir de Abu Dhabi decidió dedicar a Mariam, Umm Eisa (María Madre de Jesús) la hermosa mezquita del emirato que anteriormente llevaba el nombre de su fundador, el jeque Mohammad Bin Zayed.<br />
El belén es, por tanto, una tradición útil y hermosa, pero no podemos conformarnos con los tradicionales belenes exteriores. Debemos montar un belén diferente para Jesús, un belén del corazón. Corde creditur: con el corazón se cree. Christum habitare per fidem in cordibus vestris: “que Cristo, por la fe, venga a habitar en vuestros corazones”, escribe el Apóstol a los Ephesios (Ef 3,17). María y su Esposo continúan, místicamente, llamando a las puertas, como lo hicieron aquella noche en Belén. En el Apocalipsis es el mismo Resucitado quien dice: &#8220;Yo estoy a la puerta y llamo&#8221; (Ap 3,20). Abrámosle la puerta de nuestro corazón. Hagamos de ello una cuna para el Niño Jesús. ¡Que sienta, en el hielo del mundo, el calor de nuestro amor y nuestra infinita gratitud de redimidos!<br />
Esta no es una hermosa ficción poética; es la empresa más difícil de la vida. En nuestro corazón hay lugar para muchos invitados, pero para un solo dueño. Hacer nacer a Jesús significa dejar morir nuestro &#8220;yo&#8221;, o al menos renovar la decisión de no vivir ya para nosotros mismos, sino para Aquel que nació, murió y resucitó por nosotros&#8221; (cf. Rom 14, 7-9). “Donde nace Dios, el hombre muere”, fue el slogan de un cierto existencialismo ateo. ¡Es verdad! Sin embargo, el que muere es “el hombre viejo”, corrompido y destinado, en cualquier caso, a terminar en la muerte, y el que nace es el hombre nuevo, “creado en la justicia y la verdadera santidad&#8221; (Eph 4,24), destinado a vivir por la eternidad. Es una empresa que no terminará con la Navidad, pero sí que puede comenzar con ella. Que la Madre de Dios, que &#8220;concibió a Cristo en su corazón antes que en su cuerpo&#8221;, nos ayude a realizar este propósito.<br />
Feliz cumpleaños a Jesús; y a todos vosotros: Santo -y amado- Padre Papa Francisco, venerados Padres, hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!</p>
<p>  1.Agustín, Sermones, 215, 4.<br />
  2.Agustín, Sermo 72,7 (Miscellanea Agostiniana, I, Roma 1930,  p.163).<br />
  3.Agustín, Sermo, 215,4.<br />
  4.Pensamientos, 277-278, ed. Brunschvicg.<br />
  5.Ib., 430, ed. Br.<br />
  6.Ib., n. 221, Br.<br />
  7.Ib., 233, Br.<br />
  8.In Origene, Contra Celsum, I, 26.28; VI, 10.<br />
  9.Agustín, Confesiones, VII, 18,24.<br />
  10.Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, 18,10.<br />
  11.Tomás de Celano, Vita Prima, 84-86.<br />
  12.Corán. 3:45-46.</p>
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		<title>&quot; VOZ DEL QUE GRITA EN EL DESIERTO&quot; Juan Bautista, el moralista y el profeta -  Primer Sermón de Adviento 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Dec 2023 15:03:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Sermones de la Casa Pontificia]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay una progresión en la liturgia del Adviento. En la primera semana, el personaje destacado es el profeta Isaías, quien anuncia desde lejos la venida del Salvador; el segundo y tercer domingo el guía es Juan Bautista, el precursor; en la cuarta semana, toda la atención se concentra en María. Teniendo solo dos meditaciones disponibles este año, pensé en dedicarlas a ellos dos: el Precursor y la Madre. En el iconostasio de los hermanos ortodoxos, los dos están uno a la derecha y el otro a la izquierda de Cristo y a menudo se representan como dos &#8220;ujieres&#8221; a cada lado de la puerta que conduce al recinto sagrado.</p>
<p><strong>Juan Bautista, predicador de conversión</strong></p>
<p>En los Evangelios, el Precursor se nos aparece en dos roles diferentes: el de predicador de conversión y el de profeta. Dedico la primera parte de la reflexión a Juan el moralista, la segunda a Juan el profeta.<br />
Algunos versículos del Evangelio de Lucas son suficientes para darnos una idea de la predicación del Bautista:<br />
A los que venían para ser bautizados les decía: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión… La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». (Lc 3, 7-14).<br />
El Evangelio nos permite ver lo que distingue, a este respecto, la predicación del Bautista de la de Jesús. El salto de calidad lo expresa del modo más claro el mismo Jesús: “La Ley y los Profetas llegan hasta Juan; desde entonces se anuncia la buena noticia del reino de Dios y todos se esfuerzan por entrar en él” (Lc 16,16). Debemos guardarnos de los contrastes simplistas entre Ley y Evangelio. Inmediatamente después de la afirmación que acabamos de citar, Jesús (o, más probablemente, el propio evangelista) añade: &#8220;Es más fácil que pasen el cielo y la tierra que no que caiga un ápice de la ley&#8221; (Lc 16, 17). El Evangelio no anula la ley, es decir, concretamente, los mandamientos de Dios; pero inaugura una relación nueva y diferente con ellos, una nueva forma de observarlos.<br />
Lo nuevo es el orden entre el mandamiento y el don, es decir, entre la ley y la gracia. En la base de la predicación del Bautista está la afirmación: &#8220;¡Arrepentíos y así llegará a vosotros el reino de Dios!&#8221;. En la base de la predicación de Jesús está la afirmación: &#8220;¡Arrepentíos porque el reino de Dios ha llegado a vosotros!&#8221; (Recordemos la afirmación de Jesús recién citada: “La Ley y los Profetas hasta Juan: desde entonces el reino de Dios es anunciado y todos se esfuerzan por entrar en él”).<br />
No se trata sólo de una diferencia cronológica, como entre un antes y un después; es también una diferencia de calidad, es decir, una diferencia de valor. Quiere decir que no es la observancia de los mandamientos lo que permite que venga el reino de Dios; pero es la venida del reino de Dios lo que permite la observancia de los mandamientos. Los hombres no cambiaron repentinamente y se volvieron mejores para que el Reino pudiera venir a la tierra. No, son los mismos de siempre, pero es Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, dándoles así la posibilidad de cambiar y vivir una vida nueva.<br />
“La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1,17). Amar a Dios con todo el corazón es “el primer y mayor mandamiento”; pero el orden de los mandamientos no es el primer orden, ni el primer nivel: por encima está el orden del don: &#8220;Nosotros amamos porque él nos amó primero&#8221; (1 Juan 4,19).<br />
Es interesante ver cómo esta novedad de Cristo se refleja en la diferente actitud del Bautista y de Jesús hacia los &#8220;pecadores&#8221;. Juan, hemos oído, ataca a los pecadores que acuden a él con palabras de fuego. Es el mismo Jesús quien señala la diferencia, a este respecto, entre él y el Precursor: &#8220;Vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’&#8221; (Mt 11, 18-19, cf. Lucas 7, 34). “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”, decían los fariseos a sus discípulos (Mt 9,11).<br />
Jesús no espera a que los pecadores cambien de vida para poder acogerlos; pero él los acoge y esto lleva a los pecadores a cambiar de vida. Los cuatro evangelios –los Sinópticos y Juan– son unánimes al respecto. Jesús no espera a que la samaritana ponga orden en su vida privada para pasar tiempo con ella e incluso pedirle que le dé de beber. Pero al hacerlo cambió el corazón de aquella mujer que se convirtió en evangelizadora entre su pueblo. Lo mismo ocurre con Zaqueo, con Mateo el publicano, con la mujer anónima que besa sus pies en casa de Simón y con la adúltera.<br />
No podemos extraer una norma absoluta de estos ejemplos. (Jesús era Jesús y leía los corazones; ¡nosotros no somos Jesús!). Sin embargo, la Iglesia no puede ignorar su estilo sin encontrarse más al lado de Juan Bautista que de Cristo. Jesús desaprueba el pecado infinitamente más que los moralistas más rígidos, pero propone en el Evangelio un nuevo remedio: no el distanciamiento, sino la aceptación. Cambiar de vida no es la condición para acercarse a Jesús en los Evangelios; sin embargo, debe ser el resultado (o al menos el propósito) después de acercarnos a él. La misericordia de Dios, de hecho, es sin condiciones, ¡pero no sin consecuencias!<br />
En este punto, la Santa Madre Iglesia tiene mucho que aprender de las madres y los padres de hoy. Todos conocemos las tragedias que desgarran hoy a muchos padres: hijos que, a pesar de su buen ejemplo de vida cristiana y de sus buenos consejos, toman un camino diferente al suyo, destruyéndose con drogas, abusos sexuales, elecciones de vida tempranas que resultan equivocadas y muchas veces trágicas&#8230;<br />
¿Por eso les cierran tal vez la puerta en la cara y los echan de la casa? No pueden hacer otra cosa que respetar su elección, como Dios la respeta, y seguir amándolos. Esta dramática situación de la sociedad se refleja en la de la Iglesia. Estamos llamados a elegir entre el modelo de Juan Bautista y el modelo de Jesús, entre dar preeminencia a la ley o entregársela a la gracia y la misericordia.<br />
Hay un punto en el qué no hay elección, porque Juan y Jesús están en perfecto acuerdo. También nosotros deberíamos alzar nuestra voz al respecto. Esto es lo que expresa Juan con las palabras: &#8220;El que tiene dos túnicas, que dé unas al que no tiene, y el que tiene qué comer, que haga lo mismo&#8221; (Lc 3,11) y que Jesús inculca con la parábola del rico Epulón y con la descripción del juicio final en Mateo 25.</p>
<p><strong>Juan Bautista, &#8220;más que un profeta&#8221;</strong></p>
<p>Pasemos ahora al segundo papel, o título, de Juan el Bautista. Él &#8211; decía antes &#8211; no es sólo un moralista y un predicador de penitencia; es también y sobre todo profeta: &#8220;Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo&#8221; (Lc 1,75). Jesús incluso lo define como &#8220;más que un profeta&#8221; (Lc 7,26).<br />
¿En qué sentido, podríamos preguntarnos, Juan el Bautista es un profeta? ¿Dónde está la profecía en su caso? Los profetas anunciaron una salvación futura. Pero Juan Bautista no anuncia la salvación futura; señala a alguien que está presente. ¿En qué sentido entonces se le puede llamar profeta? Isaías, Jeremías, Ezequiel ayudaron al pueblo a superar la barrera del tiempo; Juan Bautista ayuda al pueblo a superar la barrera aún más espesa de las apariencias contrarias. ¿Sería entonces aquel hombre de apariencia tan humilde el tan esperado Mesías, anunciado por los profetas y prometido en los Salmos?<br />
Es fácil creer en algo grandioso, divino, cuando se sitúa en un futuro indefinido -&#8221;en aquellos días&#8221;, &#8220;en los últimos días&#8221;&#8230;-, en un escenario cósmico, con los cielos chorreando dulzura y la tierra abriéndose para hacer germinar al Salvador. Más difícil es cuando uno tiene que decir: &#8220;¡Ahora! ¡Está aquí! ¡Es esto!&#8221;. El hombre se siente inmediatamente tentado a decir: “¿Eso es todo? &#8220;¿Puede venir algo bueno de Nazaret?&#8221;.<br />
Es el escándalo de la humildad de Dios que se revela &#8220;bajo apariencias contrarias&#8221;, para confundir el orgullo de los hombres y su &#8220;voluntad de poder&#8221;. Creer que el hombre que vieron poco antes comer, dormir, tal vez incluso bostezar al despertarse, es el Mesías, el esperado por todos; creer que los tiempos han llegado a su plenitud: esto necesitaba mayor coraje profético que el de Isaías. Esta es una tarea sobrehumana y comprendemos la grandeza del precursor y por qué se le define como &#8220;más que un profeta&#8221;.<br />
Los cuatro evangelios destacan el doble papel de Juan Bautista, el de moralista y el de profeta. Pero mientras los sinópticos insisten más en el primero, el Cuarto Evangelio insiste más en el segundo. Juan Bautista es el hombre del &#8220;¡Aquí está!&#8221;. &#8220;He aquí el hombre de quien hablé&#8230; ¡He aquí el Cordero de Dios!&#8221; (Jn 1,15.29). Qué escalofrío debió recorrer el cuerpo de quienes, con estas u otras palabras similares, recibieron por primera vez la revelación. Fue como un cortocircuito: el pasado y el futuro, la expectativa y la realización se tocaban.<br />
¿Qué nos enseña Juan el Bautista como profeta? Creo que nos ha dejado su misma tarea profética. Al decir: &#8220;¡Hay uno entre vosotros a quien no conocéis!&#8221; (Jn 1,26), él inauguró la nueva profecía cristiana que no consiste en anunciar una salvación futura, sino en revelar una presencia escondida, la presencia de Cristo en el mundo y en la historia; consiste en arrancar los velos de los ojos, casi gritando con palabras parecidas a las de Isaías: “Dios ha hecho algo nuevo: ¿No os dais cuenta?&#8221; (cf. Is 43,19).<br />
Jesús dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Él está entre nosotros; Él está en el mundo y el mundo aún hoy, después de dos mil años, no lo reconoce. Hay una frase de Cristo que siempre ha preocupado a los creyentes. “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8). Pero Jesús no habla aquí de su venida al fin del mundo. En los discursos llamados escatológicos, a menudo se entrelazan dos perspectivas: la de la venida final de Cristo y la de su venida resucitado y glorificado por el Padre, que Pablo define como su venida &#8220;con poder según el Espíritu de santidad&#8221; (Rom 1, 4), diferente de la venida anterior “según la carne”. Es en referencia a esta su venida “según el Espíritu” que Jesús puede decir: &#8220;No pasará esta generación hasta que todo esto suceda&#8221; (Mt 24,34).<br />
Esa inquietante frase de Jesús no cuestiona, pues, nuestra posteridad, los que se encontrarán viviendo en el momento de su parusía; cuestiona a nuestros antepasados y a nuestros contemporáneos, incluidos nosotros mismos. A pesar de su resurrección y de las maravillas que acompañaron el comienzo de la Iglesia, ¿encontró Jesús fe entre los suyos? A pesar de dos mil años de su presencia en el mundo y de todas las confirmaciones de la historia, ¿encuentra todavía fe en nuestro mundo, especialmente entre los llamados &#8220;intelectuales&#8221;?<br />
La tarea profética de la Iglesia será la misma que la de Juan Bautista, hasta el fin del mundo: sacudir a cada generación de su terrible distracción y ceguera que le impide reconocer y ver la luz del mundo. Ésta es la tarea perenne de la evangelización. En el tiempo de Juan Bautista el escándalo derivaba del cuerpo físico de Jesús; de su carne tan parecida a la nuestra, excepto el pecado. También hoy es su cuerpo, su carne la que escandaliza: su cuerpo místico, la Iglesia, tan semejante al resto de la humanidad, sin excluir siquiera el pecado. Así como Juan Bautista hizo reconocer a sus contemporáneos a Cristo bajo la humildad de la carne, así es necesario hoy hacerlo reconocer en la pobreza de la Iglesia y de nuestra propia vida.</p>
<p><strong>Una nueva evangelización en fervor</strong></p>
<p>San Juan Pablo II caracterizó la nueva evangelización como una evangelización -cito- &#8220;nueva en fervor, nueva en métodos y nueva en la expresión&#8221;. Juan Bautista es nuestro maestro sobre todo en la primera de estas tres cosas, el fervor. El no es un gran teólogo, tiene una cristología muy rudimentaria. Aún no conoce los títulos más elevados de Jesús: Hijo de Dios, Verbo, ni siquiera el de Hijo del hombre.<br />
Utiliza imágenes muy simples. “No soy digno – dice – de desatar las ataduras de sus sandalias…” Pero, a pesar de la pobreza de su teología, ¡cómo consigue hacer sentir la grandeza y la unicidad de Cristo! El mundo y la humanidad aparecen, según sus palabras, todos contenidos como dentro de un torno o de un tamiz que él, el Mesías, sostiene y agita en sus manos. Delante de él se decide quién está en pie y quién cae, quién es el buen trigo y quién la paja que el viento esparce. ¡El ejemplo del Precursor nos dice que todos pueden ser evangelizadores!<br />
Comentando las palabras de San Juan Pablo II que mencioné, alguien dijo que la nueva evangelización puede y debe ser, sí, nueva &#8220;en el fervor, en el método y en la expresión&#8221;, pero no en los contenidos que siguen siendo los de todos los tiempos y que derivan de la revelación. En otras palabras: que puede y debe haber una nueva evangelización, pero no un nuevo Evangelio.<br />
Todo esto es verdad. No puede haber contenidos verdadera y totalmente nuevos. Puede haber, sin embargo, contenidos nuevos, en el sentido de que en el pasado no fueron suficientemente destacados, que habían permanecido en la sombra, infravalorados. San Gregorio Magno decía: “Scriptura cum legentibus crescit” (Moralia en Job, 20, 1, 1), la Escritura crece con quien la lee. Y en otro pasaje también explica por qué. “En efecto – dice – se comprenden [las Escrituras] tanto más profundamente cuanto más se les presta atención” (Hom in Ez. I, 7,8). Este crecimiento se logra ante todo a nivel personal, en el crecimiento en santidad; pero también se realiza a nivel universal, a medida que la Iglesia avanza en la historia.<br />
Lo que a veces hace tan difícil aceptar el &#8220;crecimiento&#8221; del que habla Gregorio Magno es la falta de atención prestada a la historia del desarrollo de la doctrina cristiana desde sus orígenes hasta hoy, o un conocimiento muy superficial de ella. Esta historia demuestra, de hecho, que este crecimiento siempre ha estado ahí, como demostró el cardenal John Newman en su famoso ensayo.<br />
La Revelación -Escritura y Tradición juntas- crece según las preguntas y provocaciones que se le plantean a lo largo de la historia. Jesús prometió a los apóstoles que el Paráclito los guiaría &#8220;a toda la verdad&#8221; (Jn 16, 13), pero no precisó en cuánto tiempo: si en una o dos generaciones, o más bien -como todo parece indicar- durante todo el tiempo en que la Iglesia es peregrina en la tierra.<br />
La predicación de Juan Bautista nos ofrece la oportunidad de hacer una observación importante precisamente sobre este &#8220;crecimiento&#8221; de la palabra de Dios que el Espíritu Santo opera en la historia. Del Precursor la tradición litúrgica y teológica ha recogido, sobre todo, el grito: &#8220;¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!&#8221; La Liturgia nos lo presenta nuevamente en cada Misa antes de la comunión, después de que el pueblo haya cantado tres veces: &#8220;Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros&#8221;.<br />
En realidad, sin embargo, esto es sólo la mitad de la profecía del Bautista sobre Cristo. El presenta a Jesús, en el mismo contexto, como “él que bautiza con el Espíritu Santo&#8221; (Jn 1,33; Mt 3,11). La salvación cristiana no es, por tanto, sólo algo negativo, una &#8220;quita del pecado&#8221;. Es sobre todo algo positivo: es un &#8220;dar&#8221;, una infusión de vida nueva, vida del Espíritu. Es un renacimiento.<br />
La destrucción del pecado parece ser el camino y la condición para el don del Espíritu, que es el fin último, el don supremo. El capítulo tercero de la Carta a los Romanos, sobre la justificación de los impíos, nunca debería estar separado del capítulo octavo sobre el don del Espíritu que empieza con un mensaje liberador que debería resonar más a menudo en nuestra predicación: &#8220;No hay, pues, condena alguna para los que están en Cristo Jesús, pues la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8, 1-2).<br />
Por supuesto, este aspecto positivo nunca se ha olvidado. Pero tal vez no siempre se le haya puesto suficiente énfasis. Hemos corrido el riesgo, en la espiritualidad occidental, de ver el cristianismo, especialmente de manera &#8220;negativa&#8221;, como la solución al problema del pecado original; como algo, por tanto, triste y deprimente. Esto explica, al menos en parte, su rechazo por parte de amplios sectores de la cultura, como los representados, en filosofía, por Nietzsche y, en literatura, por el dramaturgo noruego Ibsen. La mayor atención a la acción del Espíritu Santo y a sus carismas que se observa desde hace tiempo en todas las Iglesias cristianas es un ejemplo concreto de cómo la Escritura &#8220;crece con quien la lee&#8221;.<br />
Los santos aman continuar, desde el cielo, la misión que llevaron a cabo mientras vivieron en la tierra. Santa Teresa del Niño Jesús, cuyo 150 aniversario de su nacimiento se cumple este año, puso esto como una especie de condición a Dios para que vaya al cielo. San Juan Bautista también ama seguir siendo precursor de Cristo, ama prepararle los caminos. Prestémosle, pues, nuestra voz.<br />
Contemplando, en la Deesis, el icono del Precursor con las manos extendidas hacia Cristo y su mirada suplicante, la Iglesia ortodoxa le dirige esta oración que podemos hacer nuestra:<br />
Esa mano que tocó la cabeza del Señor y con la qué nos señalaste al Salvador, extiéndela ahora, oh Bautista, hacia Él en nuestro favor, en virtud de esa seguridad de la que gozas en gran medida, ya que, según su propio testimonio, fuiste el más grande de todos los profetas. Los ojos que vieron descender al Espíritu Santo en forma de paloma, vuélvelos hacia Él, oh Bautista, para que nos muestre su gracia. Amén.</p>
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		<title>“EN EL MUNDO TENDRÉIS TRIBULACIÓN. PERO ¡ÁNIMO!: YO HE VENCIDO AL MUNDO”  -  Quinta Predicación, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Apr 2023 11:19:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>“En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Santo Padre, Venerados Padres, hermanos y hermanas, estas son algunas de las últimas palabras que Jesús dirige a sus discípulos antes de despedirse de ellos. No son los habituales &#8220;¡Ánimo!&#8221; dirigido a los que se quedan, por uno que está a punto de partir. De hecho, añade: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Jn 14,18).<br />
¿Qué significa &#8220;volveré a vosotros&#8221; si está a punto de dejarlos? ¿Cómo y en qué capacidad vendrá y se quedará con ellos? Si no se comprende la respuesta a esta pregunta, nunca se comprenderá la verdadera naturaleza de la Iglesia. La respuesta está presente, como una especie de tema recurrente, en los discursos de despedida del Evangelio de Juan y es bueno escuchar de una vez los versículos en los que el tema se convierte en la nota dominante. Hagámoslo con la atención y la conmoción con que los hijos escuchan la disposición del padre respecto al bien más preciado que está a punto de dejarles:<br />
Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros (14,16-17).<br />
El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (14,26).<br />
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí (15,26-27).<br />
Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré (16,7).<br />
Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros (16,12-14).<br />
Pero, ¿qué es y quién es el Espíritu Santo que promete? ¿Es él mismo, Jesús, u otro? Si es él mismo, porque dice en tercera persona: &#8220;cuando venga el Paráclito&#8230;&#8221;; si es otro, ¿por qué dice en primera persona: &#8220;volveré a vosotros&#8221;? Tocamos el misterio de la relación entre el Resucitado y su Espíritu. Relación tan estrecha y misteriosa que San Pablo a veces parece identificarlos. En efecto, escribe: &#8220;El Señor es el Espíritu&#8221;, pero luego añade sin interrupción: &#8220;y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad&#8221; (2 Cor 3, 17). Si es el Espíritu del Señor, no puede ser, pura y simplemente, el Señor.<br />
La respuesta de la Escritura es que el Espíritu Santo, con la redención, se ha convertido en &#8220;el Espíritu de Cristo&#8221;; es el modo en que el Resucitado obra ahora en la Iglesia y en el mundo, habiendo sido &#8220;constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación, en virtud de la resurrección de entre los muertos&#8221; (Rm 1, 4). Por eso puede decir a los discípulos: &#8220;Es bueno que me vaya&#8221;, y añadir: &#8220;pero no os dejaré huérfanos&#8221;.<br />
Debemos liberarnos por completo de una visión de la Iglesia formada gradualmente que se ha vuelto dominante en la conciencia de muchos creyentes. La llamo visión deísta o cartesiana, por la afinidad que tiene con la visión del mundo del deísmo cartesiano. ¿Cómo era concebida la relación entre Dios y el mundo en esta visión? Más o menos así: Dios primero crea el mundo y luego se retira, dejándolo desarrollarse con las leyes que le ha dado; como un reloj al que se le ha dado suficiente cuerda para funcionar indefinidamente por sí mismo. Cualquier nueva intervención de Dios perturbaría este orden, por lo que los milagros se consideran inadmisibles. Dios, al crear el mundo, actuaría como quien le da una palmadita a un globo ligero y lo empuja por el aire, quedándose en el suelo.<br />
¿Qué significa esta visión cuando se aplica a la Iglesia? Que Cristo fundó la Iglesia, la dotó de todas las estructuras jerárquicas y sacramentales para su funcionamiento, y luego la dejó, retirándose a su cielo en el momento de la Ascensión. Como alguien que empuja un pequeño bote hacia el mar y luego se aleja de la orilla.<br />
¡Pero no es así! Jesús ha subido a la barca y está dentro. Hay que tomar en serio sus últimas palabras en Mateo: &#8220;Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Con cada nueva tempestad, incluida las que estamos viviendo, repite lo que dijo a los apóstoles en el episodio de la tempestad calmada: &#8220;¿Por qué tenéis miedo, gente de poca fe?&#8221; (Mt 8,26). Acaso ¿no estoy yo aquí con vosotros? ¿Puedo hundirme yo? ¿Puede el que creó el mar hundirse en el mar?<br />
Observé con alegría que en el Anuario Pontificio, bajo el nombre del Papa, sólo figura el título de &#8220;Obispo de Roma&#8221;; todos los demás títulos: Vicario de Jesucristo, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, etc. – se enumeran como “títulos históricos” en la página siguiente. Me parece correcto, especialmente en lo que se refiere al &#8220;Vicario de Jesucristo&#8221;. Vicario es alguien que toma el lugar del jefe en su ausencia, pero Jesucristo nunca se ausentó y nunca se ausentará de su Iglesia. Con su muerte y resurrección se convirtió en &#8220;cabeza del cuerpo que es la Iglesia&#8221; (Col 1,18) y seguirá siéndolo hasta el fin del mundo. El es el verdadero y único Señor de la Iglesia.<br />
La suya no es una presencia moral e intencional por así decirlo, no es un señorío por delegación. Cuando no podemos estar presentes personalmente en algún evento, solemos decir: &#8220;¡Estaré presente espiritualmente!&#8221;, lo cual no es de mucho consuelo y ayuda para quienes nos han invitado. Cuando decimos de Jesús que está &#8220;espiritualmente&#8221; presente, esta presencia espiritual no es una forma menos fuerte que la física, sino infinitamente más real y eficaz. Es la presencia del resucitado que actúa en el poder del Espíritu, en todo tiempo y lugar, y que actúa dentro de nosotros.<br />
Si en la situación actual de creciente crisis energética se descubriera la existencia de una nueva fuente de energía inagotable; si finalmente descubriéramos cómo usar la energía solar a voluntad y sin efectos negativos, ¡qué alivio sería para toda la humanidad! Pues bien, la Iglesia tiene, en su campo, una fuente de energía inagotable similar: el &#8220;poder de lo alto&#8221; que es el Espíritu Santo. Jesús podría decir de él: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo” (Jn 16,24).<br />
*   *   *<br />
Hay un momento en la historia de la salvación que recuerda de cerca las palabras de Jesús en la última cena. Es el oráculo del profeta Hageo. Dice:<br />
“El año segundo del rey Darío, el día veintiuno del séptimo mes, dirigió Yahvé la palabra  por medio del profeta Hageo, en estos términos: &#8220;Habla ahora  a Zorobabel hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, a Josué hijo de Josadac,  sumo sacerdote, y al  resto del pueblo, y diles: ¿Quién queda entre vosotros que haya visto este templo en su primero esplendor? Y ¿qué es lo que veis ahora? Verdad que os parece que no existe? ¡Pero ahora ten ánimo, Zorobabel &#8211; oráculo de Yahvé &#8211; ánimo, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; ánimo, pueblo todo de la tierra! &#8211; oráculo de Yahvé. ¡A la obra, que estoy con vosotros &#8211; oráculo de Yahvé Sebaot&#8230; Mi espíritu sigue en medio de vosotros, no temáis” (Hag 2, 1-5).<br />
Es uno de los poquísimos textos del Antiguo Testamento que se puede fechar con precisión: es el 17 de octubre del año 520 a.C. ¿No nos parece que las palabras de Hageo describen la situación actual de la Iglesia católica, y en muchos aspectos de toda la cristiandad? Los que tenemos bastante edad recordamos con nostalgia los tiempos, inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando las iglesias se llenaban los domingos, se celebraban bodas y bautizos en la parroquia, los seminarios y los noviciados religiosos abundaban en vocaciones… “Y ¿qué es lo que veis ahora?”, podríamos decir con Hageo.  No vale la pena perder el tiempo repitiendo la lista de los males presentes, de lo que a algunos les parecen solo ruinas, no diferentes a las ruinas de la antigua Roma que tenemos alrededor de nosotros en esta ciudad.<br />
No todo lo que una vez brillaba y que lamentamos era oro. Si todo hubiera sido oro puro, si esos seminarios repletos hubieran sido fraguas de santos pastores y la formación tradicional impartida en ellos sólida y verdadera, no tendríamos que llorar tantos escándalos hoy&#8230; Pero esto no es lo que necesitamos para hablar aquí, y ciertamente no soy yo el más calificado para hacerlo. Lo que estoy ansioso por recoger es la exhortación que el profeta dirigió al pueblo de Israel ese día. No los exhortó a compadecerse de sí mismos, a resignarse y prepararse para lo peor. No; en contra dice como Jesús: “¡Ánimo y a la obra que yo estoy con vosotros; mi Espíritu estará con vosotros!”.<br />
*    *    *<br />
Pero ojo: no se trata de un vago y estéril &#8220;¡Ánimo!&#8221;. El profeta dijo anteriormente cuál es &#8220;el trabajo&#8221; que tienen que hacer. Y como nos concierne de cerca, escuchemos también el oráculo anterior de Hageo al pueblo y a sus líderes:<br />
“Así dice Yahvé Sebaot: Este pueblo dice: «¡Todavía no ha llegado el momento de reedificar la Casa de Yahveh!» Fue, pues, dirigida la palabra de Yahvé, por medio del profeta Ageo, en estos términos:¿Es acaso para vosotros el momento de habitar en vuestras casas artesonadas, mientras esta Casa está en ruinas? Ahora pues, así dice Yahvé Sebaot: Aplicad vuestro corazón a vuestros caminos. Habéis sembrado mucho, pero cosechado poco; habéis comido, pero sin quitar el hambre; habéis bebido, pero sin quitar la sed; os habéis vestido, mas sin calentaros, y el jornalero ha metido su jornal en bolsa rota&#8230;. Subid a la montaña, traed madera, reedificad la Casa, y yo la aceptaré gustoso y me sentiré honrado, dice Yahvé” (Ag 2, 2-8).<br />
La palabra de Dios, una vez pronunciada, vuelve a ser activa y actual cada vez que se vuelve a proclamar. No es una simple cita bíblica. Ahora somos nosotros &#8220;este pueblo&#8221; al que se dirige la palabra de Dios. ¿Qué son para nosotros hoy las &#8220;casas bien artesonadas &#8221; (algunas traducciones dicen: &#8220;bien amuebladas&#8221;) en las que estamos tentados a permanecer tranquilos? Veo tres casas concéntricas, una dentro de la otra, de las que tenemos que salir para subir al monte y reconstruir la casa de Dios.<br />
La primera casa, bien cubierta, cuidada y amueblada, es mi yo: mi comodidad, mi gloria, mi posición en la sociedad o en la Iglesia. Es el muro más difícil de derribar, el mejor tapado. Es tan fácil confundir mi honor con el honor de Dios y de la Iglesia, el apego a mis ideas con el apego a la pura y simple verdad. El hablante en este momento no se cree una excepción. Nos quedamos dentro de este caparazón nuestro como el gusano de seda en su estuche: todo alrededor es seda, pero si el gusano no rompe el caparazón, seguirá siendo una larva y nunca se convertirá en una mariposa voladora.<br />
Pero dejemos este tema de lado, teniendo tantas oportunidades de tratarlo. La segunda casa bien cubierta de donde salir para trabajar en la &#8220;casa del Señor&#8221; es mi parroquia, mi orden religiosa, movimiento o asociación eclesial, mi Iglesia local, mi diócesis&#8230; No debemos equivocarnos. ¡Ay de nosotros si no tuviéramos amor y apego a estas realidades particulares en las que el Señor nos ha puesto y de las que tal vez somos responsables! El mal es absolutizarlas, no ver nada fuera de ellas, no interesarse sino de ellas, criticar y despreciar a quien no las comparte. En definitiva, perder de vista la catolicidad de la Iglesia. Olvidando, como dice a menudo el Santo Padre, que &#8220;el todo es mayor que la parte&#8221;. Somos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, y en el cuerpo, dice Pablo, &#8220;si un miembro sufre, todo el cuerpo sufre&#8221; (1 Cor 12, 26). El sínodo debe servir también para esto: para hacernos conscientes y partícipes de los problemas y alegrías de toda la Iglesia católica.<br />
Pero vayamos a la tercera casa bien cubierta. Salir de ella se hace más difícil por el hecho de que se nos ha enseñado durante siglos que salir de ella sería un pecado y una traición. Hace poco leía, con motivo de la semana de oración por la unidad de los cristianos, el testimonio de una mujer católica de un país de religión mixta. De joven, el párroco enseñaba que solo entrar físicamente en una iglesia protestante era pecado mortal. Y supongo que lo mismo se decía, del otro lado de la reja, sobre entrar en una iglesia católica.<br />
Hablo, por supuesto, de la casa bien cubierta que es la particular denominación cristiana a la que pertenecemos, y lo hago en el recuerdo aún fresco del acontecimiento extraordinario y profético del encuentro ecuménico en Sudán del Sur el pasado mes de febrero. Todos estamos convencidos de que parte de la debilidad de nuestra evangelización y acción en el mundo se debe a la división y lucha recíproca entre los cristianos. Ocurre lo que Dios decía por Hageo:<br />
“Esperabais mucho, y bien poco es lo que hay. Y lo que metisteis en casa lo aventé yo. ¿Por qué? &#8211; oráculo de Yahvé Sebaot &#8211; porque mi Casa está en ruinas, mientras que vosotros vais aprisa cada uno a vuestra casa” (Ag 2, 9).<br />
Jesús le dijo a Pedro: &#8220;Sobre esta piedra edificaré mi iglesia&#8221; (Mt 16,18). Él no dijo: &#8220;Edificaré mis Iglesias&#8221;. Debe haber entonces un sentido en el que lo que Jesús llama &#8220;mi Iglesia&#8221; abarque a todos los creyentes en él y a todos los bautizados. El Apóstol Pablo tiene una fórmula que podría cumplir esta tarea de abrazar a todos los que creen en Cristo. En el comienzo de la Primera Carta a los Corintios extiende su saludo a: &#8220;Cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos &#8221; (1 Cor 1, 2).<br />
Por supuesto, no podemos estar satisfechos con esta unidad tan vasta pero tan vaga. Y esto justifica el compromiso y la discusión, incluso doctrinal, entre las Iglesias. Pero tampoco podemos despreciar y desatender esta unidad básica que consiste en invocar al mismo Señor Jesucristo. Quien cree en el Hijo de Dios, también cree en el Padre y en el Espíritu Santo. Es muy cierto lo que se ha repetido en varias ocasiones: “Es más importante lo que nos une que lo que nos divide”.<br />
En los casos en que no podemos dejar de desaprobar el uso que se hace del nombre de Jesús y la forma en que se proclama el Evangelio, puede ayudarnos a superar el rechazo lo que San Pablo dijo de algunos que en su tiempo anunciaban el Evangelio &#8220;en un espíritu de rivalidad y con malas intenciones”.  &#8220;¿Pero qué importa eso?&#8221; &#8211; escribe a los filipenses &#8211; &#8220;Con tal de que de alguna manera, por conveniencia o por sinceridad, se anuncie a Cristo, me gozo&#8221; (Flp 1, 16-18). Sin olvidar que también Cristianos de otras confesiones ven en nosotros católicos cosas que no pueden compartir.<br />
El oráculo de Hageo sobre el templo reconstruido termina con una promesa radiante: &#8220;La gloria futura de esta casa será mayor que antes, dice el Señor de los ejércitos; en este lugar pondré paz” (Hag 2,9). No nos atrevemos a decir que esta profecía se cumplirá también para nosotros y que la casa de Dios que es la Iglesia del futuro será más gloriosa que la del pasado que ahora lamentamos; sin embargo, podemos esperarlo y pedírselo a Dios con espíritu de humildad y arrepentimiento.<br />
No faltan signos alentadores: uno de los más evidentes es precisamente la búsqueda de la unidad entre los cristianos. En una entrevista con un periodista católico, en su viaje de regreso de Sudán del Sur, el arzobispo Justin Welby dijo: &#8220;Cuando vemos trabajar juntas a Iglesias que en el pasado fueron enemigas declaradas, se atacaban y quemaban sacerdotes la una de la otra, condenándose unos a otros en los términos más violentos: cuando esto sucede significa que algo espiritual está pasando. Hay una liberación del Espíritu de Dios que da una gran esperanza&#8221;  .<br />
*   *   *<br />
La profecía de Hageo que les he comentado, Venerados Padres, hermanos y hermanas, está ligada a un recuerdo personal y pido disculpas si me atrevo a hablar de ello nuevamente aquí, después que algunos tal vez ya lo conocen. Lo hago con la certeza de que la palabra profética desata su carga de confianza y esperanza cada vez que es proclamada y escuchada con fe.<br />
El día que mi Superior General me permitió dejar la docencia en la Universidad Católica, para dedicarme a tiempo lleno a la predicación, en la Liturgia de las Horas estaba la profecía de Hageo que he comentado. Después de recitar el Oficio, vine aquí a San Pedro. Quería pedirle al Apóstol de bendecir a mi nuevo ministerio. En un momento, mientras estaba en la plaza, esa palabra de Dios volvió con fuerza a mi mente. Me volví hacia la ventana del Papa en el Palacio Apostólico y comencé a proclamar en voz alta: “Ánimo, Juan Pablo II, ánimo, cardenales, obispos y todo el pueblo de la Iglesia: y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor”. Fue fácil de hacerlo porque estaba lloviendo y no había nadie alrededor.<br />
Sólo que unos meses después, en 1980, fui nombrado Predicador de la Casa Pontificia y me encontré en presencia del Papa para comenzar mi primera Cuaresma. Esa palabra volvió a resonar dentro de mí, no como una cita y un recuerdo, sino como una palabra viva para ese momento. Conté lo que había hecho ese día de Octubre en la Plaza de San Pedro. Luego me volví hacia el Papa que en aquel tiempo seguía el sermón desde una capilla lateral, y repetí con fuerza las palabras de Hageo: “Ánimo, Juan Pablo II, ánimo cardenales, obispos y pueblo de Dios: y a la obra porque yo estoy con vosotros, dice el Señor. Mi Espíritu estará con vosotros&#8221;. Y por las miradas me parecía que las palabras daban lo que prometían: es decir, coraje, (¡aunque Juan Pablo II fuera la última persona en el mundo a la que se le debía recomendar de tener coraje!).<br />
Hoy me atrevo a proclamar nuevamente esa palabra, sabiendo que no es una simple cita, sino una palabra siempre viva que vuelve a cumplir cada vez lo que promete. ¡Ánimo, pues, Papa Francisco! Ánimo, colegas cardenales, obispos, sacerdotes y fieles de la Iglesia católica y al trabajo, porque yo estoy con vosotros, dice el Señor. ¡Mi Espíritu estará vosotros!”<br />
Santo Padre, Venerados Padres, hermanos y hermanas, les deseo a todos una Santa Pascua de paz y de esperanza.</p>
<p>   1.En “The Tablet”, 11 de Febrero de 2023, p. 6.</p>
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		<title>“MYSTERIUM FIDEI!” Sobre la Liturgia -   Cuarta Predicación, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Mar 2023 12:06:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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<p>Después de las reflexiones sobre la evangelización y la teología, hoy quisiera ofrecer otras sobre la liturgia y el culto de la Iglesia, siempre con la intención de hacer una contribución, aunque sea modesta e indirecta, a los trabajos del sínodo. La liturgia es el punto de llegada, hacia donde tiende la evangelización. En la parábola evangélica, los sirvientes son enviados a las calles y cruces de caminos para invitar a todos al banquete. La Iglesia es el salón del banquete y la Eucaristía &#8220;la comida del Señor&#8221; (1 Cor 11,20) preparada en ella.<br />
En nuestras reflexiones, partamos de una palabra de la Carta a los Hebreos. Para acercarse a Dios –en ella se dice-, es necesario ante todo &#8220;creer que Él existe&#8221; (Hb 11, 6). Sin embargo, incluso antes de creer que Dios existe (lo que significa haberse ya acercado), es necesario tener al menos el &#8220;indicio&#8221;  y un cierto sentimiento de su existencia. Esto es lo que llamamos el sentido de lo sagrado y que un célebre autor llama &#8220;lo numinoso&#8221;, calificándolo como “misterio tremendo y fascinante&#8221; .<br />
San Agustín anticipó sorprendentemente este descubrimiento de la moderna Fenomenología de la religión. Dirigiéndose a Dios, en las Confesiones, dice: &#8220;Cuando te encontré por primera vez&#8230;, temblé de amor y de horror: contremui amore et horror&#8221; . Y otra vez: “Tiemblo y ardo” (et inhorresco et inardesco): tiemblo por la disimilitud, ardo por la semejanza” .<br />
Si faltara por completo el sentido de lo sagrado, faltaría el suelo mismo, o el clima, en el que florece el acto de fe. Charles Péguy escribió que &#8220;la espantosa escasez e indigencia de lo sagrado es la marca profunda del mundo moderno&#8221;. Si el sentido de lo sagrado ha caído, sin embargo, ha quedado su añoranza que alguien ha definido, secularmente, &#8220;nostalgia del Totalmente Otro&#8221; (Max Horkheimer).<br />
Los jóvenes, sobre todo, sienten esta necesidad de ser transportados lejos de la banalidad de la vida cotidiana, de escapar, y han inventado sus propias formas de satisfacer esta necesidad. Los psicólogos de masas han observado que los jóvenes que asistieron a famosos conciertos de rock, como los de los Beatles, de Elvis Presley o el Festival de Woodstock de 1969, eran transportados fuera de su mundo cotidiano y proyectados a una dimensión que les dio la impresión de algo trascendente y sagrado.<br />
Lo mismo ocurre con quienes participan hoy en los mega encuentros de otros cantantes. El hecho de ser muchos y de vibrar al unísono con una masa amplifica infinitamente la emoción del individuo. Se tiene la sensación de ser parte de una realidad distinta, superior, lo que da lugar a una especie de “devoción”. El término &#8220;fan&#8221; (abreviatura, como sabemos, de fanático) es el equivalente secularizado de &#8220;devoto&#8221;. La calificación de &#8220;ídolos&#8221; que se da a sus favoritos tiene una profunda correspondencia con la realidad.<br />
Estas reuniones masivas pueden tener su valor artístico y, a veces, transmitir mensajes nobles y positivos, como la paz y el amor. Son &#8220;liturgias&#8221;, en el sentido original y profano del término, es decir, espectáculos ofrecidos al público, por deber o para obtener su favor. Sin embargo, nada tienen que ver con la auténtica experiencia de lo sagrado. En el título &#8220;Liturgia divina&#8221;, se añadió el adjetivo divina precisamente para distinguirla de las liturgias humanas. Hay una diferencia cualitativa entre las dos.<br />
Tratemos de ver a través de qué medios la Iglesia puede ser, para los hombres de hoy, el lugar privilegiado de una verdadera experiencia de Dios y de lo trascendente. La primera ocasión que viene a la mente, también por la similitud externa, son las grandes reuniones promovidas por las diversas Iglesias cristianas. Pensemos, por ejemplo, en las Jornadas mundiales de la juventud, y en los innumerables eventos &#8211; congresos, convenciones y convocatorias &#8211; en los que participan decenas (a veces centenas) de miles de personas en todo el mundo. No se puede contar el número de personas para quienes estos acontecimientos fueron ocasión de una fuerte experiencia de Dios y el comienzo de una relación nueva y personal con Cristo.<br />
Lo que marca la diferencia entre este tipo de encuentros masivos y los descritos anteriormente es que el protagonista aquí no es una personalidad humana, sino Dios. El sentido de lo sagrado que se experimenta en ellos es el único verdaderamente genuino, y no sustituto, porque es causado por el Santo de los Santos, y no por un &#8220;ídolo&#8221;.<br />
Sin embargo, estos son eventos extraordinarios, en los que no todos y no siempre pueden participar. La ocasión por excelencia y más común, para una experiencia de lo sagrado en la Iglesia, es la liturgia. La liturgia católica se ha transformado, en poco tiempo, de una acción con una fuerte impronta sagrada y sacerdotal, a una acción más comunitaria y participativa, donde todo el pueblo de Dios tiene su parte, cada uno con su propio ministerio.<br />
Querría decir cómo veo y explico a mi mismo este cambio. No es, en absoluto, para erigirme en juez del pasado, sino para comprender mejor el presente. El presente en la Iglesia nunca es una negación del pasado, sino su enriquecimiento; o, como en este caso, la superación del pasado reciente para recuperar el más antiguo y original.<br />
En la evolución de la Iglesia entendida como pueblo sucede algo similar a lo que ocurre con la iglesia entendida como edificio. Pensemos en algunas basílicas y catedrales famosas: ¡cuántas transformaciones arquitectónicas a lo largo de los siglos para responder a las necesidades y gustos de cada época! Pero siempre es la misma Iglesia, dedicada al mismo santo. Si hay una tendencia general en acto en la era moderna, es restaurar estos edificios, cuando sea posible y merezca la pena, a su estructura y estilo originales. La misma tendencia se está dando para la Iglesia como pueblo de Dios y en particular para su liturgia. El Concilio Vaticano II fue un momento decisivo, pero no el comienzo absoluto. Ha recogido los frutos de mucho trabajo anterior.<br />
No hace falta ahondar aquí en la historia de la liturgia; otros lo han hecho y precisamente desde el punto de vista que nos interesa  . Sólo quisiera destacar la evolución que concierne al sentido de lo sagrado. Al comienzo de la Iglesia y durante los tres primeros siglos, la liturgia era verdaderamente una &#8220;liturgia&#8221;, es decir, la acción del pueblo (laos, pueblo, es uno de los componentes etimológicos de leitourgia). De san Justino, de la Traditio Apostolica de san Hipólito y de otras fuentes de la época, obtenemos una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás. ¿Qué pasó después de eso? La respuesta está en una palabra que no podemos evitar: ¡clericalización! En ninguna otra esfera esta ha actuado más fuertemente que en la liturgia.<br />
El culto cristiano, y especialmente el sacrificio eucarístico, se transformó rápidamente, en Oriente y Occidente, de una acción del pueblo a una acción del clero. Durante siglos y siglos, la parte central de la Misa, el Canon, fue pronunciado en latín por el sacerdote en voz baja, detrás de una cortina o una pared (¡un templo dentro de un templo!), fuera de la vista y el oído del pueblo. El celebrante sólo levantaba la voz por las palabras finales del Canon: &#8220;Per omnia saecula saeculorum&#8221;, y el pueblo respondía &#8220;¡Amén!&#8221; a lo que no había oído y mucho menos entendido.<br />
El único contacto con la Eucaristía, anunciado por el sonido de las campanas, era el momento de la elevación de la Hostia. Hay un evidente retorno a lo que ocurría en el culto del Antiguo Testamento, cuando el Sumo Sacerdote entraba en el Sancta sanctorum, con el incienso y la sangre de las víctimas, y el pueblo quedaba fuera temblando, abrumado por la sensación de majestad e inaccesibilidad de Dios.<br />
El sentido de lo sagrado es muy fuerte aquí, pero, después de Cristo, ¿es el sentido justo y genuino? Esta es la pregunta crucial. En la Carta a los Hebreos leemos: “No os habéis acercado a una realidad sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompeta y a un ruido de palabras. Tan terrible era el espectáculo, que el mismo Moisés dijo: Espantado estoy y temblando. Vosotros, en cambio, os habéis acercado… a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel” (Hb 12,18-24).  Cristo ha penetrado más allá del velo y no ha cerrado el paso detrás de él (Hb 10,20).<br />
Lo sagrado ha cambiado su forma de manifestarse: ya no como un misterio de majestad y poder, sino como una capacidad infinita de hacerse a un lado, de esconderse. Después de la consagración, el celebrante dice o canta: &#8220;¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!&#8221;. Algunos de nosotros los ancianos recordaremos que una vez esta exclamación estaba insertada en medio de la fórmula de consagración del vino: &#8220;Hic est enim calix sanguinis mei, novi et aeterni testamenti -Mysterium fidei!- qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem minutorum&#8221;. ¡Como si la Iglesia se detuviera, a mitad de la historia, asombrada de lo que decía!<br />
La reforma hizo bien en trasladar esta exclamación al final de la consagración, pero no debemos perder el sentido de asombro contenido en esa exclamación y sobre todo comprender cuál debe ser el verdadero motivo de nuestro asombro. Debe ser del mismo género que el que se lee en los poemas del Siervo de Yahvé:<br />
“Se admirarán muchas naciones;<br />
ante él cerrarán los reyes la boca,<br />
pues lo que nunca se les contó verán,<br />
y lo que nunca oyeron reconocerán” (Is 52, 15).<br />
Asombro y temblor, sí, pero ¿frente a qué? ¡No a la majestad, sino a la humillación del Siervo! Uno que tuvo este sentimiento con mucha agudeza fue Francisco de Asís: &#8220;La humanidad tiemble -escribió en su carta a toda la Orden-, el universo entero tiemble y el cielo se regocije cuando sobre el altar, en manos del sacerdote, está el Cristo, hijo del Dios vivo&#8221;. Pero ¿temblando para qué? Escuchemos lo que sigue: “¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille tanto que se esconda, por nuestra salvación, bajo la más mínima apariencia de pan! ¡Mirad, hermanos, la humildad de Dios!”.<br />
Sólo se trata ahora de no desperdiciar esta nueva posibilidad que ofrece la liturgia renovada con improvisaciones arbitrarias y bizarras, y de mantener la necesaria sobriedad y compostura aun cuando la Misa se celebre en situaciones y ambientes particulares.<br />
La invitación que sigue inmediatamente a la consagración es siempre a recordar: &#8220;Unde et memores&#8221;, &#8220;recordando, pues…&#8221;. Es la respuesta al mandato de Jesús: &#8220;¡Haced esto en conmemoración mía!&#8221; Pero, ¿qué debemos recordar sobre todo de él? “Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor” (1 Cor 11, 26).<br />
Tratemos una vez de ir más allá de las palabras, o más bien de dar a las palabras un contenido existencial y no sólo ritual. Volvamos al momento en que Jesús las pronunció; tratemos –hasta donde nos lo permiten los relatos evangélicos– de captar en qué condiciones interiores salió de la boca del Redentor aquellas palabras: “¡Haced esto en conmemoración mía!”. El ve claramente en lo que se está metiendo. Habló de ello varias veces, pero como desde lejos. Ahora ha llegado el momento; ya no existe ni siquiera el intervalo de tiempo para mitigar la angustia. Las palabras: &#8220;Este es el cáliz de mi sangre&#8221; no dejan lugar a dudas. Es uno que va a morir y una muerte horrible. “Qui pridie quam pateretur”: el día antes de sufrir la pasión…<br />
¿Y qué sucede a su alrededor? Los apóstoles encuentran la manera de volver a discutir sobre quién es el mayor (Lc 22, 24-27), como hermanos que se pelean por la herencia en torno al lecho de muerte de su padre. Uno de ellos, dentro de unas horas, lo venderá por 30 denarios: &#8220;In qua nocte tradebatur&#8221;: la noche en que fue traicionado. En estas condiciones instituye el sacramento con el que se compromete a permanecer con su familia hasta el fin del mundo. ¿Dónde encontrar un misterio más &#8220;tremendo y fascinante&#8221; que este? El día que el Señor nos permita, por un momento, echar una mirada al fondo de este abismo de amor y de dolor, creo que ya no podremos vivir como antes. Esto explica por qué san Pio de Pietrelcina parecía luchar en la Misa y no poder completar la consagración.<br />
Pero ahora tenemos que completar nuestra revisión de la Misa. No está sólo el Canon con la consagración; también están la Liturgia de la Palabra y la Comunión. Tenemos a nuestra disposición algunos medios que no estaban disponibles en el pasado para realzar la Liturgia de la Palabra y hacerla también una ocasión para una experiencia de lo sagrado. Gracias a los progresos que la Iglesia ha hecho mientras tanto en muchos campos, tenemos un acceso más directo a la Palabra de Dios, que puede resonar con mayor riqueza e inteligencia que en el pasado.<br />
La liturgia actual es muy rica en Palabra de Dios, sabiamente ordenada, según el orden de la historia de la salvación, en un marco de ritos a menudo devueltos a la linealidad y sencillez de los orígenes. Debemos valorar estos medios. Nada puede penetrar mejor en el corazón del hombre y hacerle sentir la trascendente realidad de Dios que una palabra viva de Dios, proclamada con fe y adhesión a la vida, durante la liturgia. La fe -dice san Pablo- nace de la escucha de la palabra de Cristo: Fides ex auditu (Rm 10, 17).<br />
Muchas palabras de Jesús, quizás escuchadas un poco antes en el Evangelio del día, en el momento de la consagración vuelven a resonar en el corazón, como dichas de nuevo por su autor vivo y verdaderamente presente en el altar. Siempre recordaré el día que, después de haber comentado las palabras de Jesús en el Evangelio: “Hay más aquí que Jonás; hay más aquí que Salomón” (cf. Mt 12, 41-42), levantándome de la genuflexión después de la consagración, exclamé dentro de mí, convencido y lleno de asombro: “¡Ahora aquí hay más que Salomón!”.<br />
Incluso la lectura del Antiguo Testamento, por su relación con el pasaje evangélico, libera significados nuevos e iluminadores. En el tránsito de la figura a la realidad, la mente &#8211; decía San Agustín &#8211; se enciende como &#8220;una antorcha en movimiento&#8221; . Como con los dos discípulos de Emaús, Jesús continúa explicándonos &#8220;lo que en todas las Escrituras se refiere a él&#8221; (cf. Lc 24,27).<br />
Y luego, decía, la Comunión. ¿Cómo puede la liturgia hacer de este momento una ocasión para una experiencia de lo sagrado, no sólo a nivel individual, sino también a nivel comunitario? Yo diría, con el silencio. Hay dos clases de silencio: un silencio que podemos llamar ascético y un silencio místico. Un silencio con el que la criatura busca elevarse a Dios y un silencio provocado por Dios que se acerca a la criatura. El silencio que sigue a la Comunión es un silencio místico, como el observado en las teofanías del Antiguo Testamento. Después de la comunión tendríamos que repetir a nosotros mismos la palabra del profeta Sofonías (1,7): “¡Silencio en la presencia del Señor Dios!”. Nunca deben faltar algunos momentos, aunque sean breves, de absoluto silencio después de la Comunión.<br />
La tradición católica ha sentido la necesidad de prolongar y dar más espacio a este momento de contacto personal con Cristo eucarístico y ha desarrollado a lo largo de los siglos, especialmente a partir del siglo XIII, el culto de la Eucaristía fuera de la Misa. No es un culto separado, desprendido e independiente del sacramento; es seguir &#8220;recordando&#8221; a Cristo: sus misterios y sus palabras; es una manera de &#8220;recibir&#8221; a Jesús cada vez más en nuestra vida. Una forma de interiorizar el misterio recibido. La adoración eucarística es el signo más claro de que la humildad y el ocultamiento de Cristo en la Eucaristía no nos hacen olvidar que estamos en presencia del &#8220;Santísimo&#8221;, de aquel que, con el Padre y el Espíritu Santo, creó el cielo y la tierra.<br />
Donde esta adoración se practica – en parroquias, individuos y comunidades- sus frutos son visibles, incluso como momento de evangelización. Una iglesia llena de fieles en perfecto silencio, durante una hora de adoración frente al Santísimo Sacramento expuesto, haría que cualquiera que entrara, por casualidad, en ese momento dijera: &#8220;¡Aquí está Dios!&#8221;. Recuerdo el comentario de un no-católico, al final de una hora de adoración eucarística silenciosa, en una gran iglesia parroquial de los Estados Unidos, repleta de fieles: “¡Ahora entiendo &#8211; le dijo a un amigo &#8211; lo que queréis decir vosotros los católicos cuando habláis de «presencia real»!”<br />
Si hay una razón por la que lamento el latín es que con su abandono están desapareciendo algunos cantos nacidos para estos momentos y que han servido a generaciones de creyentes de todas las lenguas para expresar su cálida devoción a Jesús de la Eucaristía: Adoro te devote, Ave verum, Panis angelicus. Esos sobreviven ahora casi exclusivamente gracias a la música que artistas famosos escribieron para ellos.<br />
Nosotros, &#8220;ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios&#8221; (1 Cor 4, 1) y, de diversa manera, todos los fieles comprometidos en el culto de la Iglesia, podemos sentirnos aplastados e impotentes ante tan sublime tarea. Teníamos todas las razones para hacerlo. ¿Cómo podemos ayudar a las personas de hoy a tener una experiencia de lo sagrado y de lo sobrenatural en la liturgia, nosotros que experimentamos en nosotros mismos toda la pesadez de la carne y su refractariedad al espíritu? Aquí también la respuesta es siempre la misma: &#8220;¡Recibiréis fuerza del Espíritu Santo!&#8221; Él, que definimos como &#8220;el alma de la Iglesia&#8221;, es también el alma de su liturgia, la luz y la fuerza de los ritos.<br />
Es un don que la reforma litúrgica del Vaticano II pusiera la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu Santo, en el corazón de la Misa: primero sobre el pan y el vino y luego sobre todo el cuerpo místico de la Iglesia. Tengo un gran respeto por la venerable Plegaria Eucarística del Canon Romano y me encanta volver a utilizarla, a veces, siendo aquella con la que fui ordenado sacerdote. Sin embargo, no puedo dejar de notar con pesar la ausencia total del Espíritu Santo en ella. En lugar de la actual epíclesis consagratoria sobre el pan y el vino, encontramos en ella la fórmula genérica: &#8220;Santifica, oh Dios, esta ofrenda con el poder de tu bendición&#8230;&#8221;.<br />
Esto también fue una triste consecuencia de la polémica entre Oriente y Occidente. En el pasado, a los latinos nos impulsó a poner entre paréntesis el papel del Espíritu Santo para atribuir toda la eficacia a las palabras de la institución, y a los griegos a poner entre paréntesis las palabras de la institución para atribuir toda la eficacia a la acción del Espíritu Santo. Como si el misterio se cumpliera mediante una especie de reacción química cuyo momento exacto se puede determinar.<br />
Hay, sin embargo, una perla que el Canon Romano ha transmitido de generación en generación y que la reforma litúrgica justamente ha conservado e insertado en todas las nuevas oraciones eucarísticas: precisamente la doxología final: &#8220;Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”: Per ipsum, cum ipso et in ipso est tibi, Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia saecula saeculorum. Esta fórmula expresa una verdad fundamental que San Basilio formuló en el primer tratado escrito sobre el Espíritu Santo. A nivel de la salida de las criaturas de Dios, escribe, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y nos alcanza en el Espíritu; en el orden del regreso de las criaturas a Dios, todo comienza en el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre . Siendo la liturgia el momento por excelencia del regreso de las criaturas a Dios, todo en ella debe partir y tomar impulso del Espíritu Santo.<br />
El antiguo misal contenía toda una serie de oraciones que el sacerdote debía recitar en preparación para la Misa. Hoy no podíamos prepararnos mejor para la celebración que con una breve pero intensa oración al Espíritu Santo para que renueve en nosotros la unción sacerdotal y ponga en nuestro corazón el mismo impulso que él puso en el corazón de Cristo para ofrecernos al Padre en un sacrificio de olor fragante. La Carta a los Hebreos dice que Jesús, &#8220;movido por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios&#8221; (Heb 9, 14). Oramos para que lo que pasó en la Cabeza también pase en nosotros, miembros de su Cuerpo.</p>
<p>  1.Rudolph  Otto, Lo sagrato (Das Heilige, 1917).<br />
  2.S. Agustín, Confessions, VII, 10.<br />
  3.Ib. XI, 9.<br />
  4.Cf. Mario Righetti, Storia Liturgica, vol. III,  Milano 1966.<br />
  5.Agustín, Ep. 55, 11, 21.<br />
  6.Cf. Basilio de Cesarea, De Spiritu Sancto, XVIII, 47 (PG 32 , 153).</p>
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		<title>&quot; ¡DIOS ES AMOR!&quot; -  Tercer Sermón, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Mar 2023 12:46:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>¡Necesitamos teología!</strong></p>
<p>Para vuestro y mi consuelo, Santo Padre, Venerados Padres, hermanos y hermanas, esta meditación se centrará toda y sólo en Dios. La teología, es decir, el discurso sobre Dios, no puede quedar ajena a la realidad del Sínodo, tal como no puede quedar ajena a cualquier otro momento de la vida de la Iglesia. Sin teología, la fe se convertiría fácilmente en repetición muerta; le faltaría el instrumento principal para su inculturación.<br />
Para cumplir esta tarea, la misma teología necesita una profunda renovación. Lo que necesita el pueblo de Dios es una teología que no hable de Dios siempre y sólo &#8220;en tercera persona&#8221;, con categorías a menudo tomadas del sistema filosófico del momento, incomprensibles fuera del pequeño círculo de los &#8220;iniciados&#8221;. Está escrito que &#8220;el Verbo se hizo carne&#8221;, pero en teología, ¡muchas veces el Verbo se hizo sólo idea! Karl Barth esperaba el advenimiento de una teología &#8220;capaz de ser predicada&#8221;, pero esta esperanza me parece lejos de cumplirse todavía. San Pablo escribió:<br />
El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios…. Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado  (1 Cor 2, 10-12).<br />
Pero, ¿dónde podemos encontrar ahora una teología que se base en el Espíritu Santo, en lugar de categorías de sabiduría humana, para conocer &#8220;las profundidades de Dios&#8221;? Para esto, es necesario recurrir a materias llamadas &#8220;opcionales&#8221;: a la &#8220;Teología espiritual&#8221;, o a la &#8220;Teología pastoral&#8221;. Henri de Lubac escribió: “El ministerio de la predicación no es la vulgarización de una enseñanza doctrinal en una forma más abstracta, que sería anterior y superior a ella. Es, por el contrario, la enseñanza doctrinal misma, en su forma más elevada. Así sucedió con la primera predicación cristiana, la de los apóstoles, y lo es igualmente con la predicación de quienes les sucedieron en la Iglesia: los Padres, los Doctores y nuestros Pastores en el tiempo presente.”<br />
Estoy convencido de que no hay contenido de fe, por elevado que sea, que no pueda hacerse comprensible a toda inteligencia abierta a la verdad. Si algo podemos aprender de los Padres de la Iglesia es que se puede ser profundo sin ser oscuro. San Gregorio Magno dice que la Sagrada Escritura es &#8220;simple y profunda, como un río en el que, por así decirlo, un cordero puede caminar y un elefante puede nadar&#8221; . La teología debe inspirarse en este modelo. Todos deben poder encontrar pan para sus dientes: la persona simple, su alimento y la instruida, doctrina refinada para su paladar. Sin mencionar que lo que permanece oculto &#8220;a los sabios e inteligentes&#8221; a menudo se revela a los &#8220;pequeños&#8221;.<br />
Pero me disculpo porque estoy rompiendo mi promesa inicial. No es un discurso sobre la renovación de la teología lo que pretendo hacer aquí. No tengo título para hacerlo. Más bien, quisiera mostrar cómo la teología, entendida en el sentido antes mencionado, puede contribuir a presentar de manera significativa el mensaje evangélico al hombre de hoy y a dar nueva vida a nuestra fe y a nuestra vida de oración.<br />
La noticia más hermosa que la Iglesia tiene que hacer resonar en el mundo, la que todo corazón humano espera escuchar, es: &#8220;¡Dios te ama!&#8221;. Esta certeza debe socavar y sustituir la que siempre hemos llevado dentro de nosotros: &#8220;¡Dios te juzga!&#8221; La afirmación solemne de Juan: &#8220;Dios es amor&#8221; (1 Jn 4, 8) debe acompañar, como nota de fondo, todo anuncio cristiano, aun cuando deba recordar, como lo hace el Evangelio, las exigencias prácticas de este amor.<br />
Cuando invocamos al Espíritu Santo -también en la presente ocasión del Sínodo- pensamos ante todo en el Espíritu Santo como luz que ilumina las situaciones y sugiere las soluciones adecuadas. Pensamos menos en el Espíritu Santo como amor. En cambio, esta es la primera y más esencial operación del Espíritu que la Iglesia necesita. Sólo la caridad construye; el conocimiento, incluso el conocimiento teológico y eclesiástico, a menudo solo infla y divide. Si nos preguntamos por qué estamos tan ansiosos por saber (¡hoy, tan emocionados ante la perspectiva de la inteligencia artificial!) y tan poco preocupados por amar, la respuesta es simple: ¡el conocimiento se traduce en poder, el amor en servicio!<br />
El mismo Henri de Lubac escribió: &#8220;El mundo necesita saberlo: la revelación de Dios como Amor trastorna todo lo que había concebido de la divinidad&#8221; . Hasta el día de hoy no hemos terminado (y nunca terminaremos) de sacar todas sus consecuencias de la revolución evangélica sobre Dios como amor. En esta meditación quisiera mostrar cómo, a partir de la revelación de Dios como amor, se iluminan con nueva luz los principales misterios de nuestra fe: la Trinidad, la Encarnación y la Pasión de Cristo, y se hace menos difícil hacerlos comprender al pueblo de Dios. Cuando San Pablo define a los ministros de Cristo como &#8220;dispensadores de los misterios de Dios&#8221; (1 Cor 4,1), se refiere a estos misterios de la fe, no a los ritos, ni siquiera en primer lugar a los sacramentos.</p>
<p><strong>¿Por qué la Trinidad?</strong></p>
<p>Empecemos por la Trinidad: porque los cristianos creemos que Dios es uno y trino. Más de una vez me he encontrado predicando la palabra de Dios a cristianos que viven en países de mayoría islámica, en los que, sin embargo, existe una relativa tolerancia y posibilidad de diálogo, como ocurre en los Emiratos Árabes Unidos. Son personas, en su mayoría inmigrantes, empleadas como mano de obra. A veces me han preguntado qué responder a la pregunta que les hacen en el lugar de trabajo: &#8220;¿Por qué los cristianos decís que sois monoteístas, si no creéis en un solo Dios?&#8221;<br />
Digo lo que les aconsejé que respondieran, porque es la explicación que debemos darnos a nosotros mismos y a quienes nos preguntan sobre el mismo problema. Creemos en un Dios trino porque creemos que Dios es amor. Todo amor es amor de alguien, o de algo; no hay amor vacío, sin objeto, así como no hay conocimiento que no sea conocimiento de alguien o de algo.<br />
Ahora bien, ¿quién ama a Dios para llamarse amor? ¿Ama el universo? ¿El hombre? Pero entonces sólo ha sido amor durante unas pocas decenas de miles de millones de años, es decir, desde que existe el universo físico y la humanidad. ¿Antes de eso quién amaba a Dios para ser amor, ya que Dios no puede cambiar y comenzar a ser lo que antes no era? Los pensadores griegos, concibiendo a Dios sobre todo como &#8220;pensamiento&#8221;, podrían responder, como lo hace Aristóteles en su Metafísica: Dios se pensaba a sí mismo; era &#8220;pensamiento puro&#8221;, &#8220;pensamiento de pensamiento&#8221; . Pero esto ya no es posible, en el momento en que se dice que Dios es amor, porque el &#8220;puro amor a sí mismo&#8221; no sería más que egoísmo o narcisismo.<br />
Y aquí está la respuesta de la revelación, definida dogmáticamente en el Concilio de Nicea en el año 325. Dios siempre ha sido amor, ab aeterno, porque aun antes de que hubiera un objeto fuera de sí mismo al que amar, tenía la Palabra en sí mismo, &#8220;el  Hijo unigénito&#8221; a quien amaba con un amor infinito que es el Espíritu Santo.<br />
Todo esto no explica cómo la unidad puede ser al mismo tiempo trinidad, misterio incognoscible para nosotros porque se da sólo en Dios, pero nos ayuda a comprender por qué en Dios la unidad debe ser también comunión y pluralidad. Dios es amor: ¡por esto es Trinidad! Un Dios que fuera conocimiento puro o ley pura, o poder absoluto, ciertamente no necesitaría ser trino. Esto en realidad complicaría las cosas. ¡Ningún “triunvirato” y ninguna “diarquía” ha durado mucho en la historia!<br />
También los cristianos creen, por tanto, en la unidad de Dios: una unidad, sin embargo, no matemática y numérica, sino de amor y de comunión. Si hay algo que la experiencia del anuncio muestra que todavía es capaz de ayudar a las personas hoy, si no a explicar, al menos a tener una idea de la Trinidad, eso, repito, es precisamente lo que hace hincapié sobre el Amor. Dios es un &#8220;acto puro&#8221; y este acto es un acto de amor, del que emergen &#8211; simultáneamente y ab aeterno &#8211; un amante, un amado y el amor que los une.<br />
El misterio de los misterios no es, pensándolo bien, la Trinidad, sino comprender lo que es realmente el amor.Dado que es la esencia misma de Dios, no se nos dará a entender completamente lo que es el amor ni siquiera en la vida eterna. Sin embargo, algo mejor se nos dará que conocerlo, es decir, poseerlo y estar satisfechos con él eternamente. ¡No puedes abrazar el océano, pero puedes entrar en él!</p>
<p><strong>¿Por qué la encarnación?</strong></p>
<p>Pasemos al otro gran misterio que hay que creer y proclamar al mundo: la Encarnación del Verbo. También ella revela una nueva dimensión vista a la luz de Dios amor. Pido perdón si en esta parte quizás demando un esfuerzo de atención mayor que el que lícitamente se le requiere a los oyentes en un sermón, pero creo que vale la pena hacer el esfuerzo por lo menos una vez en la vida.<br />
Partamos nuevamente de la famosa pregunta de San Anselmo (1033-1109): &#8220;¿Por qué Dios se hizo hombre?&#8221; ¿Cur Deus homo? Su respuesta es conocida. Es porque sólo uno que era al mismo tiempo hombre y Dios podía redimirnos del pecado. Como hombre, en efecto, podía representar a toda la humanidad y, como Dios, lo que hacía tenía un valor infinito, proporcionado a la deuda que el hombre había contraído con Dios al pecar.<br />
La respuesta de san Anselmo es perennemente válida, pero no es la única posible, ni es del todo satisfactoria. En el credo profesamos que el Hijo de Dios se hizo carne &#8220;por nosotros los hombres y para nuestra salvación&#8221;, pero nuestra salvación no se limita sólo a la remisión de los pecados, y mucho menos de un pecado particular, el original. Por lo tanto, hay lugar para una profundización de la fe.<br />
Esto es lo que intenta hacer el beato Duns Escoto (1265 &#8211; 1308). Dios -dice- se hizo hombre porque éste era el designio divino original, anterior a la misma caída: es decir, que el mundo -creado &#8220;por Cristo y para él&#8221; (Col 1,16)- encontrara en él, &#8220;en la plenitud de los tiempos&#8221;, su coronación y su recapitulación (Ef 1,10).<br />
Dios, escribe Escoto, “primero se ama a sí mismo; luego &#8220;quiere ser amado por alguien que, fuera de sí mismo, lo ame en grado supremo&#8221;. Por lo tanto, &#8220;prevé la unión con la naturaleza que tenía que amarlo en este grado supremo&#8221;. Este amante perfecto no podía ser ninguna criatura, por ser finita, sino sólo el Verbo eterno. Este, por tanto, se habría encarnado &#8220;aunque nadie hubiera pecado&#8221; . El pecado de Adán no determinó el hecho mismo de la encarnación, sino sólo su modalidad de expiación a través de la pasión y la muerte.<br />
Al principio de todo hay todavía, lamentablemente, en Escoto, como podemos ver, un Dios que hay que amar, más que un Dios que ama. Es un remanente de la visión filosófica de Dios como un &#8220;motor inmóvil&#8221;, que puede ser amado, pero no puede amar. &#8220;Dios -escribía Aristóteles- mueve el mundo en cuanto es amado&#8221;  , es decir, como objeto de amor, no como quien ama. De acuerdo con la visión occidental de la Trinidad, Escoto coloca la naturaleza divina, no la persona del Padre, al comienzo del discurso sobre Dios ¡Y la naturaleza no es, por supuesto, un sujeto que ama! En este punto nuestros hermanos ortodoxos, herederos de los Padres griegos, han visto más justo que nosotros los latinos.<br />
En este punto, la Escritura nos llama a todos, creo, a dar un paso adelante hoy, incluso con respecto a Escoto, siempre conscientes, sin embargo, de que nuestras afirmaciones sobre Dios no son más que débiles signos trazados con un dedo sobre la superficie del océano. ¡Dios Padre decide la encarnación del Verbo no porque quiere tener fuera de sí a alguien que lo ame con un amor digno de sí mismo, sino porque quiere tener fuera de sí mismo alguien a quien amar con un amor digno de sí mismo! No para recibir amor, sino para darlo. Presentando a Jesús al mundo, en el Bautismo y en la Transfiguración, el Padre celestial dice: &#8220;Este es mi Hijo, el amado&#8221; (Mc 1, 11; 9,7); no dice: &#8220;Mi Hijo el amante&#8221;.<br />
En el origen de todo está la deslumbrante intuición de Agustín y de la escuela nacida de él, que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une . Sólo el Padre, en la Trinidad (¡y en todo el universo!), no necesita ser amado para existir; solo necesita amar. Esto es lo que garantiza el papel del Padre como única fuente y origen de la Trinidad, manteniendo, al mismo tiempo, la perfecta igualdad de naturaleza entre las tres personas divinas. Solo necesita amar. Esto es lo que garantiza el papel del Padre como única fuente y origen de la Trinidad, manteniendo, al mismo tiempo, la perfecta igualdad de naturaleza entre las tres personas divinas.<br />
En el origen de todo está la deslumbrante intuición de Agustín y de la escuela nacida de él que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une. En esto, también los Latinos tenemos algo precioso y esencial que ofrecer para una síntesis ecuménica. Una plena reconciliación entre las dos teologías no parece ya tan difícil y lejana y seré un paso adelante decisivo hacia la unidad de la Iglesia.</p>
<p><strong>¿Por qué la pasión?</strong></p>
<p>Llegamos al tercer gran misterio: la pasión y muerte de Cristo que estamos a punto de celebrar en la Pascua. Veamos cómo, a partir de la revelación de Dios como amor, también este misterio es iluminado por una luz nueva. &#8220;Por sus llagas habéis sido curados&#8221;: con estas palabras, pronunciadas por el Servidor de Dios (Is 53, 5-6), la fe de la Iglesia ha expresado el sentido salvífico de la muerte de Cristo (1 Pt 2,24). Pero las heridas, la cruz y el dolor -hechos negativos y, como tales, sólo privación del bien- ¿pueden producir una realidad positiva como la salvación de toda la humanidad? ¡La verdad es que no fuimos salvados por el dolor de Cristo, sino por su amor! Más precisamente, por el amor que se expresa en el sacrificio de sí mismo. ¡Del amor crucificado!<br />
A Abelardo a quien, ya en su tiempo, le repugnaba la idea de un Dios que se &#8220;complace&#8221; con la muerte de su Hijo, san Bernardo le respondió: &#8220;No fue su muerte lo que le agradó, sino su voluntad de morir espontáneamente para nosotros”: “Non mors, sed voluntas placuit sponte morentis” .<br />
El dolor de Cristo conserva todo su valor y la Iglesia nunca dejará de meditar en él: no, sin embargo, como causa de salvación en sí mismo, sino como signo y medida de amor: &#8220;Dios demuestra su amor hacia nosotros en el hecho de que, mientras aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5, 8). La muerte es el signo, el amor el significado. El evangelista san Juan pone una llave de comprensión al comienzo de su relato de la Pasión: &#8220;Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo&#8221; (Jn 13,1).<br />
Esto quita a la pasión de Cristo una connotación que siempre nos ha dejado perplejos e insatisfechos: la idea, es decir, de un precio y un rescate a pagar a Dios (¡o peor, al diablo!), de un sacrificio con que apaciguar la ira divina. En realidad, es más bien Dios quien hizo el gran sacrificio de darnos a su Hijo, de no &#8220;ahorrárselo&#8221;, como Abraham hizo el sacrificio de no ahorrarse a su hijo Isaac (Gn 22,16; Rom 8,32). ¡Dios es más el sujeto que el destinatario del sacrificio de la cruz!</p>
<p><strong>Un amor digno de Dios</strong></p>
<p>Ahora toca ver qué cambia en nuestra vida la verdad que hemos contemplado en los misterios de la Trinidad, encarnación y pasión de Cristo. Y aquí nos espera la sorpresa que nunca falla cuando tratamos de adentrarnos en los tesoros de la fe cristiana. La sorpresa es descubrir que, gracias a nuestra incorporación a Cristo, también nosotros podemos amar a Dios con un amor infinito, digno de él.<br />
San Pablo escribe que: &#8220;El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones&#8221; (Rm 5, 5). El amor que ha sido derramado en nosotros es el mismo con el que el Padre ha amado siempre al Hijo, ¡no un amor diferente! &#8220;Yo en ellos y tú en mí -dice Jesús al Padre- para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos&#8221; (Jn 17,23.26). Nota: &#8220;el amor con que me amaste&#8221;, no otro diferente. Es un desbordamiento del amor divino de la Trinidad hacia nosotros. Dios comunica al alma &#8211; escribe san Juan de la Cruz &#8211; &#8220;el mismo amor que comunica al Hijo, aunque esto no se dé por naturaleza, como en el caso del Hijo, sino por unión&#8221; .<br />
La consecuencia es que podemos amar al Padre con el amor con que el Hijo lo ama y podemos amar a Jesús con el amor con que el Padre lo ama. Todo, gracias al Espíritu Santo que es ese mismo amor. Pues, ¿qué, le damos a Dios de lo nuestro, cuando le decimos: “¡Te amo!”. ¡Nada más que el amor que recibimos de él! Entonces, ¿absolutamente nada de nuestra parte? ¿Nuestro amor por Dios no es más que un &#8220;rebote&#8221; de su propio amor hacia él, como el eco que devuelve el sonido a su fuente?<br />
¡No en este caso! El eco de su amor vuelve a Dios desde la cavidad de nuestro corazón, pero con algo nuevo que lo es todo para Dios: ¡el olor de nuestra libertad y nuestra gratitud de hijos! Todo esto se realiza, de manera ejemplar, en la Eucaristía. ¿Qué hacemos en él, sino ofrecer al Padre, como &#8220;nuestro sacrificio&#8221;, lo que, en realidad, el mismo Padre nos ha dado, es decir, a su Hijo Jesús?<br />
Podemos, en la oración, decir a Dios Padre: &#8220;¡Padre, te amo con el amor con que te ama tu Hijo Jesús!&#8221; Y decirle a Jesús: &#8220;Jesús, te amo con el amor con que te ama tu Padre celestial&#8221;. ¡Y saber con certeza que no es una ilusión! “Cada vez que me esfuerzo de hacerlo yo mismo, pienso al episodio de Jacob que se presenta a su padre Isaac para recibir la bendición, haciéndose pasar por su hermano mayor (Gn 27,1-23). Y trato de imaginar lo que Dios Padre podría decirse a sí mismo en ese momento: “En verdad, la voz no es realmente la de mi Hijo primogénito; pero las manos, los pies y todo el cuerpo son los mismos que mi Hijo tomó en la tierra y trajo con sigo aquí al cielo”.<br />
¡Y estoy seguro de que me bendice, como Isaac bendijo a Jacob! Y os bendice a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas. Es la magnificencia de nuestra fe cristiana. Esperamos poder transmitir algunos fragmentos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sedientos de amor, pero que ignoran su fuente.</p>
<p>  1.H. de Lubac, Exégèse médièvale, I, 2, Parigi 1959, p. 670.<br />
  2.Gregorio Magno,  Moralia in Job, Epist. Missoria, 4 (PL 75, 515).<br />
  3.Henri de Lubac, Histoire et Esprit, Aubier, Paris 1950.<br />
  4.Aristoteles, Metafisica, XII,7, 1072b.<br />
  5.Duns Scoto, Opus Parisiense, III, d. 7, q. 4 (Opera omnia, XXIII, Parigi 1894, p. 303).<br />
  6.Aristoteles, Metafisica, XII,7, 1072b.<br />
  7.Augustín, De Trinitate, VIII, 9,14; IX, 2,2; XV,17,31.<br />
  8.Bernardo de Claraval, Contra errores Abelardi, VIII, 21-22: “Non mors, sed voluntas placuit sponte morientis”.<br />
  9.Juan de la Cruz, Cantico Espiritual A, estrofa 38, 4.</p>
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