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	<title>Padre Raniero Cantalamessa &#187; Bibliografía</title>
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		<title>El alma de todo sacerdocio</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 12:49:59 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[2010 &#8211; Monte Carmelo Burgos PREFACIO Este librito recoge las meditaciones tenidas en la Casa Pontificia, en presencia del papa Benedicto XVI, durante el Adviento del año 2009 y la Cuaresma del año 20101 con ocasión del año sacerdotal convocado por el mismo pontífice para conmemorar los 150 años de la muerte del Santo Cura[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2010 &#8211; Monte Carmelo  Burgos</p>
<p>PREFACIO</p>
<p>Este librito recoge las meditaciones tenidas en la Casa Pontificia, en presencia del papa Benedicto XVI, durante el Adviento del año 2009 y la Cuaresma del año 20101 con ocasión del año sacerdotal convocado por el mismo pontífice para conmemorar los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars. A ellas se añade, al final¡ la predicación tenida en la Basílica de San Pedro el Viernes Santo de 2010, sobre el tema de Cristo Sumo sacerdote. El año sacerdotal ha caído, como se sabe, en un momento en el que el clero católico está en el punto de mira por los escándalos de pedofilia. Siguiendo la línea indicada por el papa en la carta de convocatoria del año sacerdotal, del 16 de junio de 2009, no he tratado tanto de subrayar en un «meticuloso estudio» las deficiencias del clero, cuanto de ayudar a descubrir la belleza de la vocación sacerdotal, «el alma de todo sacerdocio», y favorecer así una profunda renovación del sacerdocio «en el Espíritu Santo» He retomado en uno y otro lado ideas expresadas con anterioridad en mis libros, en particular La vida en Cristo y, para el último capítulo, María, espejo de la Iglesia, aplicándolas especialmente a los sacerdotes. Sin embargo, el libro no está destinado a los miembros del clero, sacerdotes y obispos, sino a todos los bautizados. Por dos motivos: primero, porque también ellos deben conocer qué es el sacerdote y qué representa para ellos, según la advertencia que el Apóstol dirigía a los corintios: «Todos deben saber qué somos: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (cf. 1 Cor 4, 1); segundo porque el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio universal de todos los creyentes; ambos participan, de modo diverso, en el sacerdocio único de Cristo y se iluminan recíprocamente. Sacerdotes y laicos -unos en representación de Cristo, y los otros en unión con Cristo- están llamados a decir, también en nombre propio, dirigido a los hermanos, las palabras de la consagración «Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomad y bebed, esta es mi sangre».</p>
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		<title>La fe que vence al mundo</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Dec 2007 14:12:41 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[2007 &#8211; San Pablo, Bogotá Preámbulo Raniero Cantalamessa Este libro reúne las meditaciones propuestas a la Casa Pontificia, en presencia del papa Benedicto XVI, en el adviento de 2005 y en la cuaresma de 2006. El tema común es la fe en Cristo hoy, visto desde dos ópticas diferentes. La primera parte, ciclo del adviento,[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2007 &#8211; San Pablo,  Bogotá</p>
<p><strong>Preámbulo</strong></p>
<p>Raniero Cantalamessa Este libro reúne las meditaciones propuestas a la Casa Pontificia, en presencia del papa Benedicto XVI, en el adviento de 2005 y en la cuaresma de 2006. El tema común es la fe en Cristo hoy, visto desde dos ópticas diferentes. La primera parte, ciclo del adviento, está más orientada al anuncio de Cristo; la segunda, ciclo cuaresmal, a la imitación de Cristo sobre todo aquel de la pasión.</p>
<p>Según el Nuevo Testamento la fe ¡que salva! y ¡que vence al mundo! no es una fe genérica en un Dios creador o en una vida del más allá, sino la fe en Jesucristo Hijo de Dios y en su misterio pascual. A la luz de las afirmaciones de Pablo y de Juan, y de la experiencia de la Iglesia apostólica, se reflexiona sobre los desafíos que la fe en Cristo encuentra en la cultura moderna y sobre el modo de responder a la misma. Tales retos, según estas circunstancias, son más semejantes a aquellos que enfrentó la Iglesia en sus inicios que a los de los siglos posteriores. Esto significa que para reevangelizar al mundo postcristiano debemos tomar como modelo el método que siguieron los evangelizadores del mundo precristiano. Sin embargo, ningún anuncio será eficaz si Cristo no vive en el corazón de quien lo proclama, de la misma manera que una enfermedad no se propaga por hablar de ella, sino por la presencia de uno que está infectado. A este propósito responde la segunda serie ¡la participación en sus sufrimientos! (Flp 3, 10).</p>
<p>Se ha escrito que los Evangelios son !&#8217;recuentos de la pasión precedidos de una larga introducción!&#8217; (M. Kähler). Pero, desafortunadamente, la parte más importante de los Evangelios es también la menos leída. Los relatos de la pasión son proclamados en la liturgia una sola vez al año, en semana santa, cuando además, no existe la posibilidad de comentarlos a causa de la duración de los ritos. Muchos cristianos llegan al final de su vida sin haber sido jamás &#8220;expuestos&#8221; a los rayos benéficos y a la energía salvífica de los relatos de la pasión de Cristo. Esto es lo que se pretende en estas meditaciones, retomando la invitación de la Primera Carta de Pedro: &#8220;Cristo sufrió por ustedes, dejándoles un modelo para que sigan sus huellas&#8221; (7 P 2, 21).</p>
<p>Según el antiguo y venerado Canon Romano, las primeras palabras que el sacerdote pronuncia en la misa inmediatamente después de la consagración son: &#8220;Al celebrar este memorial de la muerte gloriosa &#8230; &#8220;. A este &#8220;memorial&#8221; objetivo que se da en la celebración litúrgica, debe unirse constantemente el recuerdo subjetivo, de parte del creyente, al hacer memoria con emoción, de la pasión que lo ha salvado. A esto el Apóstol nos exhorta con las palabras dirigidas al discípulo Timoteo: &#8220;Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos&#8221; (2Tm 2, 8)</p>
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		<title>Ven, Espírtu Creador</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Nov 2007 14:20:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cantalamessa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[2007 &#8211; Monte Carmelo, Burgos Raniero CantalamessaEl tercer milenio se comenzó, en las iglesias cristianas de occidente, con el solemne canto del Veni Creator. Desde que en el siglo IX fue compuesto, este himno ha resonado incesantemente en la liturgia de Pentecostés y en las asambleas cristianas, como una prolongada y solemne invocación del Paráclito.[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2007 &#8211; Monte Carmelo,  Burgos</p>
<p>Raniero CantalamessaEl tercer milenio se comenzó, en las iglesias cristianas de occidente, con el solemne canto del Veni Creator. Desde que en el siglo IX fue compuesto, este himno ha resonado incesantemente en la liturgia de Pentecostés y en las asambleas cristianas, como una prolongada y solemne invocación del Paráclito.</p>
<p>Rico en intuiciones y en imágenes sugestivas, ese himno es también un grandioso mural sobre el Espíritu Santo en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia. Tomando como pauta las invocaciones del himno (cada verso o cada título, una meditación) el Autor nos ofrece un tratado completo -una verdadera Summa teológica y espiritual- sobre el Espíritu Santo inspirándose en la Escritura, en los Padres de la Iglesia, en la liturgia, en la teología católica, ortodoxa y protestante.</p>
<p>El estilo no es el de un tratado de teología, sino un lenguaje inspirado que recurre a los símbolos, a las imágenes, al canto, a la poesía, a la liturgia, a la profecía y a los modelos de santidad. El Padre Raniero -uno de los mayores conocedores de la teología del Espíritu- se demuestra un maestro en impulsar al lector hacia un verdadero y propio entusiasmo por el Espírtu Santo.</p>
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		<title>La fuerza de la Cruz</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Dec 2006 14:24:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cantalamessa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[2006 &#8211; Edit. Monte Carmelo, Burgos. Sexta edicion Raniero Cantalamessa PREAMBULO Hay un día del año en que, por única vez, el centro de la liturgia de la Iglesia y su momento culminante no es la Eucaristía sino la cruz; o sea, no el sacramento, sino el acontecimiento; no el signo, sino lo significado. Ese[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2006 &#8211; Edit. Monte Carmelo,  Burgos.</p>
<p>Sexta edicion</p>
<p>Raniero Cantalamessa PREAMBULO</p>
<p>Hay un día del año en que, por única vez, el centro de la liturgia de la Iglesia y su momento culminante no es la Eucaristía sino la cruz; o sea, no el sacramento, sino el acontecimiento; no el signo, sino lo significado. Ese día es el Viernes Santo. En él no se celebra la Misa, sino que sólo se contempla y se adora al Crucificado.</p>
<p>Aunque en la Vigilia Pascual se conmemore de manera unitaria tanto la muerte como la resurrección de Cristo como momentos del único misterio pascual, la Iglesia sintió muy pronto la necesidad de dedicar un tiempo aparte a la memoria de la Pasión, para poner de relieve la riqueza inagotable de aquel momento en el que &#8220;todo se cumplió&#8221;. Nacieron así, ya en el siglo IV, los ritos de la adoración de la cruz del Viernes Santo, que estaban destinados a ejercer a lo largo de los siglos un influjo tan determinante en la fe y en la devoción del pueblo cristiano.</p>
<p>Ese día circula por toda la Iglesia una gracia muy especial. Es el día en que &#8220;resplandece el misterio de la cruz&#8221; &#8211; fulget crucis mysterium -, como canta un venerable himno de la liturgia. Las reflexiones que ofrecemos en estas páginas nacieron precisamente en ese clima y para ese momento. Son unos comentarios a la lectura de la Pasión, que tuvieron lugar en la Basílica de San Pedro, en presencia del Papa, durante la liturgia del Viernes Santo, desde 1980 hasta el 2000. El orden -cronológico- es el mismo que se siguió al dar las meditaciones, excepto la de Jesús &#8220;Señor&#8221;, de 1986, que la hemos puesto al comienzo como una especie de clave de lectura para todo el libro.</p>
<p>Estas reflexiones, presentadas juntas, constituyen algo así como una meditación prolongada sobre el Crucificado, unas veces en tono kerigmático, de anuncio, otras en tono más contemplativo, cual otras tantas estaciones de un viacrucis especial centrado en la palabra de Dios.</p>
<p>Pueden servir para un doble objetivo: como meditación sobre la Pasión y como apuntes para la nueva evangelización. Pues una cosa es cierta: que hoy también, como en los comienzos de la Iglesia, el Evangelio no se abrirá camino en el mundo por la &#8220;sabiduría de las palabras&#8221;, sino por la fuerza misteriosa de la cruz. Conserva todo su sentido programático aquella frase del Apóstol, de la que este libro no quiere ser más que un débil eco: &#8220;Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicarnos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados judíos o griegos- un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios&#8221; (1 Co 1,22-24). </p>
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		<title>La Pascua de nuestra salvación</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Sep 2006 14:31:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cantalamessa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Bibliografía]]></category>

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		<description><![CDATA[2006 &#8211; San Pablo, Madrid. Las tradiciones pascuales de la Biblia y de la Iglesia primitiva. Introducción Las cuatro estaciones de la Pascua Muchos tratados distinguen tres Pascuas en la historia de la salvación: la Pascua del Antiguo Testamento, la Pascua de Cristo y la Pascua de la Iglesia. La división no es del todo[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2006 &#8211; San Pablo,  Madrid.</p>
<p>Las tradiciones pascuales de la Biblia y de la Iglesia primitiva.</p>
<p>Introducción</p>
<p>Las cuatro estaciones de la Pascua</p>
<p>Muchos tratados distinguen tres Pascuas en la historia de la salvación: la Pascua del Antiguo Testamento, la Pascua de Cristo y la Pascua de la Iglesia. La división no es del todo exacta. Si se distingue la Pascua litúrgica de la Iglesia de la Pascua histórica de Cristo, de la que es repetición o imitación (mimema), como la llama algún autor antiguo, es igualmente justo distinguir la Pascua litúrgica de Israel de la histórica del Éxodo, de la que es memorial. Cuatro y no tres, por tanto, son las Pascuas de la historia sagrada. Tienen una fisonomía bien definida en la Escritura:</p>
<p>1. la Pascua del Señor: es decir, el paso salvífico de Yahvé en la noche de la salida de Egipto;<br />
2. la Pascua de los judíos: o lo que es lo mismo, la reevocación y realización anual del paso de Yahvé, enriquecida por el recuerdo de todas las demás innumerables intervenciones salvíficas de Dios en la historia del pueblo elegido;<br />
3. la Pascua de Cristo: es decir -según todo el Nuevo Testamento, incluido san Pablo-, su inmolación o, como parece definirla Juan una vez, «su paso de este mundo al Padre» (Jn 13,1) a través de la pasión y la resurrección;<br />
4. la Pascua de la Iglesia, que renueva anualmente, aunque también semanal y cotidianamente, la Pascua de Cristo «hasta el día de su venida» (1Cor 11,26).</p>
<p>Esta distinción entre historia y liturgia en la historia es sobrentendida constantemente por los autores cristianos de la antigüedad que tratan de la Pascua. Sin embargo, nunca está explícitamente formulada. Aparentemente sólo conocen dos Pascuas: la Pascua de los judíos, o del Antiguo Testamento, y la Pascua de los cristianos, o del Nuevo Testamento. Su contraposición como figura (typos) y realidad (aletheia) constituye el esquema habitual de las homilías pascuales más antiguas y se advierte ya en los autores del Nuevo Testamento en el énfasis con que hablan de la «Pascua de los judíos», en claro contraste con la que san Pablo llamará «nuestra Pascua» (1Cor 5,7).</p>
<p>Pero ya desde los primerísimos textos pascuales de la Iglesia se entiende que no se trata tanto de la contraposición cuanto de la sucesión o realización («la figura se ha hecho realidad»), hasta la superación de toda dicotomía en la contemplación del único misterio de la Pascua, que es «nuevo y antiguo, eterno y contemporáneo».</p>
<p>El fecundísimo concepto de misterio pascual, que precisamente a partir de estos textos del siglo II, entra en el vocabulario cristiano, y la idea tipológica contribuyeron, en igual medida, a hacer llegar en buen momento una concepción unitaria tan maravillosa de la Pascua como punto de encuentro de los dos Testamentos. Unidad o continuidad estrechísima porque no se agota en la permanencia del nombre o de algunos elementos rituales de la Pascua hebrea en la cristiana, sino que se basa en aquella misteriosa ascensión de todo hacia Cristo Jesús, en la que todo debía desembocar, «y la victimación del cordero y el rito de la Pascua y la letra de la Ley», como dice nuevamente Melitón de Sardes2. Es una continuidad dinámica, basada en el devenir, como la historia misma de la salvación, como la encarnación de la que parece cambiar su lenguaje el mismo autor cuando escribe:</p>
<p>«La Ley se ha hecho Evangelio;<br />
lo antiguo se ha hecho nuevo;<br />
la figura se ha convertido en realidad;<br />
el cordero se ha hecho Hijo».</p>
<p>Todo esto se expresa en la atrevida ecuación formulada por vez primera por Justino: «La Pascua era Cristo» y que Melitón profundiza cuando escribe: «El misterio de la Pascua es Cristo» y también: Cristo «es la Pascua de nuestra salvación». El misterio pascual es único y abraza el Antiguo y el Nuevo Testamento, porque único es el misterio de Cristo, con el que se identifica. Tal visión unitaria del misterio pascual, alcanzada por la Iglesia desde los orígenes, es una conquista de la teología para siempre. Sin embargo, no anula la tensión dialéctica entre Pascua del Antiguo Testamento y Pascua del Nuevo Testamento, como tampoco anula, dentro de cada una de ellas, la distinción entre Pascua histórica y Pascua litúrgica, entre acontecimiento y sacramento. Más aún, la unidad profunda del misterio pascual no se capta plenamente sino como resultado de esta multiplicidad de aspectos. Estas cuatro edades o estaciones de la Pascua son las que querría hacer revivir brevemente en estas páginas haciendo hablar lo más posible a los textos. Naturalmente, sin pretensiones de ser completo, ni acumulando textos, sino porque realmente hay en la Pascua cristiana aspectos y matices que no se pueden captar si no se recomponen y escuchan juntos los «cuatro tiempos» que miden su ritmo.</p>
<p>Sólo esta necesidad de una «mirada de conjunto» me ha impulsado a remontarme más allá del «tiempo de la Iglesia» para investigar en la Biblia -Antiguo y Nuevo Testamento &#8211; aquellos elementos que se trasvasarán después a la Pascua litúrgica de la Iglesia y constituirán, por así decir, sus caracteres hereditarios: es decir, esos caracteres sin cuya presencia ninguna cosa viviente -la Pascua lo es- se puede conocer a fondo, íntimamente. Son las mismas razones por las que también el primer tratamiento cristiano de la Pascua -el que yendo de camino ofreció Jesús en persona a los discípulos de Emaús la tarde de resurrección- comenzó desde tan lejos: «Desde Moisés pasando por todos los profetas» (Lc 24,27).</p>
<p>Hay un resultado que sobre todo me espero de este modo de acercamiento a la Pascua cristiana y que consiste en comenzar desde Moisés pasando por todos los profetas: mostrar la esencial derivación de la Pascua cristiana de la Pascua judía del Antiguo Testamento, su continuidad vital. Y esto para restablecer la perspectiva justa, gravemente turbada por la tesis de O. Casel &#8211; al que sin embargo los estudios pascuales le deben tanto- de la «semejanza segura existente entre el paganismo de la época tardía y la celebración cristiana de la Pascua». Una tesis que, a pesar de todas las cautelas, acaba por explicar la Pascua más a la luz de los cultos mistéricos paganos que a la de la Pascua bíblica y judía. En el marco de estos límites precisos, derivados de los objetivos prefijados, se debe leer la primera parte del trabajo que trata de la Pascua bíblica; en caso contrario, parecería a alguno sumaria e incompleta.</p>
<p>Quizá sería incluso más exacto considerarla -como de hecho nació- como una introducción que se ha hecho demasiado extensa con el paso del tiempo para permanecer como tal. El empeño mayor se refiere, por tanto, a la Pascua de la Iglesia patrística. En este campo no escondo en absoluto la intención de perseguir intentos de profundización científica, de reexamen crítico y de enriquecimiento de las temáticas pascuales antiguas, en diálogo con toda la literatura existente sobre el problema. Dentro de la época patrística he concentrado la atención de modo particular en la más antigua Pascua de la Iglesia que conocemos: la del siglo II, florecida más exuberante que en otras partes en Asia Menor tras el paso de Pablo y sobre todo de Juan y que desde allí se irradió, al menos en sus contenidos, sobre el resto de la cristiandad.</p>
<p>Hay otro motivo más, desde hace algún tiempo, para una elección semejante. Hoy disponemos de dos auténticas joyas de literatura pascual que se remontan a dicho período y cuyo néctar teológico y litúrgico está todavía muy lejos de haber sido absorbido enteramente por la catequesis pascual de nuestros días. Una es la homilía pascual de Melitón de Sardes; la otra, la homilía de un anónimo Cuartodecimano conocido generalmente con el ficticio nombre de Pseudo Hipólito. Estos nuevos documentos (nuevos porque uno ha sido descubierto recientemente en dos papiros y el otro porque permaneció olvidado bajo el nombre de otros autores más tardíos) son como dos ojos que nos permiten mirar de cerca, desde dentro, la Pascua de la Iglesia en el esplendor de su juventud.</p>
<p>No serán, ciertamente, los únicos documentos a los que prestaré atención. Desde ellos y desde todo el material existente de aquella época el discurso se ampliará espontáneamente hacia áreas y épocas sucesivas, al menos en la medida necesaria para caracterizar el delinearse y desarrollarse de varias tradiciones pascuales. No es casualidad si, en el cruce en que tales tradiciones se encuentran y se fusionan en síntesis definitiva para la Iglesia, encontramos casi invariablemente a una persona: Agustín. Nadie, en efecto, ha reflexionado más que él sobre el misterio pascual de la Iglesia y quien llega a él desde la dirección justa -es decir, después de haber recorrido todo el camino de la Pascua a sus espaldas- tiene la impresión de reflejarse en las aguas de toda la tradición pascual cristiana que le ha precedido.</p>
<p>¿Un nuevo trabajo -se preguntará alguno- sobre la Pascua de la Iglesia antigua? Ciertamente también eso, pero sobre todo un libro para la Iglesia de hoy. La catequesis pascual, como una vena demasiado explotada, corre el riesgo de asfixiarse; sus contenidos teológicos, especialmente tras el gran renacer litúrgico, son los más expuestos a un proceso de banalización y de fosilización que les hace perder gancho en la comunidad. Este libro, en su pequeñez y con todos sus límites, querría contribuir a regenerar dichos contenidos haciendo que penetre en ellos una ráfaga fresca de ese aire tan denso de misterio que se respiraba en las vigilias pascuales de la Iglesia primitiva. Querría -según el célebre programa de un Padre de la Iglesia- hablar de la Pascua como se habla de un ser viviente. </p>
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		<title>Esto es mi Cuerpo</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2005 14:33:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cantalamessa</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>2005 &#8211; Monte Carmelo,  Burgos.</p>
<p>La Eucaristía a la luz del Adoro te devote y del Ave verum.</p>
<p>Raniero Cantalamessa Este libro recoge las meditaciones sobre la Eucaristía due he dado en la Casa Pontifïcia durante el Adviento y la Cuaresma del año de la Eucaristía 2004-2005. Son las últimas meditaciones que he tenido el honor y la gracia de poder tener en presencia del Santo Padre Juan Pablo II. Durante las predicaciones tenidas en la Cuaresma de 2005 fue repetidamente hospitalizado en las condiciones de salud que todo el mundo siguió con ansia y que concluyeron con su santa muerte el día 2 de abril de 2005. Con todo, incluso en estas condiciones quiso seguir, mediante una conexión televisiva pedida a propósito, las reflexiones de un simple sacerdote de su Iglesia, dando a todos, y en primer lugar al predicador, un ejemplo de humildad y de extraordinario amor hacia la Eucaristía. Considero la carta que el santo Padre quiso hacerme llegar como conclusión del ciclo de predicación como la mejor recompensa por mis 25 años de servicio como predicador de la Casa Pontifïcia. </p>
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		<title>Pascua. Un paso hacia lo que no pasa</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Dec 2004 15:04:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cantalamessa</dc:creator>
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		<description><![CDATA[2004 &#8211; Agua Viva. Este librito contiene cuatro meditaciones sobre el misterio pascual, dadas en la Casa Pontificia, en presencia del Papa, de los cardenales, obispos y prelados de la curia Romana, en la Cuaresma del año 2004, más la homilía tenida en la Basilica de San Pedro el Viernes Santo del mismo año, durante[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2004 &#8211; Agua Viva.  </p>
<p>Este librito contiene cuatro meditaciones sobre el misterio pascual, dadas en la Casa Pontificia, en presencia del Papa, de los cardenales, obispos y prelados de la curia Romana, en la Cuaresma del año 2004, más la homilía tenida en la Basilica de San Pedro el Viernes Santo del mismo año, durante la liturgia de la Pasión presidida por el Santo Padre.</p>
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