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	<title>Padre Raniero Cantalamessa &#187; Cuaresma</title>
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		<title>“YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA”  - Quinto Sermón, Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Mar 2024 15:29:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En nuestro itinerario, a través del Cuarto Evangelio, para descubrir quién es Jesús para nosotros, hemos llegado a la última etapa. Entramos en lo que se suele llamar &#8220;los discursos de despedida&#8221; de Jesús a sus apóstoles. Esta vez ni siquiera intento resumir el contexto y resaltar sus diferentes unidades y subdivisiones. Sería como intentar dibujar cajas y distinguir sectores en una colada de lava que desciende del cráter. Vayamos entonces directamente a la palabra que queremos recoger en esta meditación:<br />
Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. (Jn 14, 3-6)<br />
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”: palabras que sólo una persona en el mundo podía pronunciar y de hecho pronunció. Cristo es el camino y la meta del viaje. Como Palabra eterna del Padre, él es la verdad y la vida; como Verbo hecho carne, él es el camino.<br />
Tuvimos la oportunidad de contemplar a Cristo como Vida, comentando su palabra &#8220;Yo soy el pan de vida&#8221;, y como Verdad comentando su otra palabra &#8220;Yo soy la luz del mundo&#8221;. Por tanto, centrémonos en Cristo el Camino. Después de haber contemplado a Cristo como don, tenemos la oportunidad de contemplarlo como modelo. “Dado que – escribe Kierkegaard – la Edad Media se había extraviado cada vez más al acentuar el lado de Cristo como modelo, Lutero acentuó el otro lado, afirmando que Él es un don y que este don depende de la fe para aceptarlo”. Pero ahora &#8211; añade el mismo autor &#8211; también debemos insistir en Cristo como modelo, si no queremos que la doctrina sobre la fe se convierta en una hoja de parra que cubra las omisiones más anticristianas.<br />
Jesús continúa diciendo a quienes encuentra, es decir, a nosotros, en este momento, lo que dijo a los apóstoles y a quienes encontró durante su vida terrena: &#8220;Venid en pos de mí&#8221;, o en singular &#8220;¡Sígueme!&#8221;. El seguimiento (en griego, akolouthia) de Cristo es un tema sin límites. Sobre él estaba escrito el libro más querido y más leído de la Iglesia, después de la Biblia: La Imitación de Cristo. Nos limitamos a decir lo necesario para pasar a algunas aplicaciones prácticas, siempre de carácter espiritual y personal, tal como nos hemos planteado en estas meditaciones.<br />
El tema del seguimiento de Cristo ocupa un lugar importante en el Cuarto Evangelio. Seguir a Jesús es casi sinónimo de creer en él. Creer, sin embargo, es una actitud de la mente y la voluntad; la imagen del &#8220;camino&#8221; y del &#8220;caminar&#8221; pone de relieve un aspecto importante del creer, que es el &#8220;avanzar&#8221;, es decir, el dinamismo que debe caracterizar la vida del cristiano y la repercusión que la fe debe tener en la conducta de la vida. El seguimiento &#8211; a diferencia de la fe y del amor &#8211; no indica sólo una actitud particular de la mente y del corazón, sino que traza para el discípulo un programa de vida que implica una participación total: del modo de vida, del destino y de la misión del Señor. No olvidemos que en Israel el discípulo iba muchas veces a vivir a casa del maestro y compartía su vida en todo.<br />
*    *    *<br />
Con el énfasis dado al episodio del lavatorio de los pies, Juan quiso subrayar un ámbito particular y prioritario del seguimiento de Cristo, el del servicio (Jn 13, 12-15). Pero no hablaré del servicio. A este tema dediqué el último sermón de la Cuaresma pasada y no hace falta repetirlo. También porque creo que soy el menos idóneo para hablar de servicio, habiendo ejercido en mi vida casi sólo &#8220;el servicio de la Palabra&#8221; que, por importante que sea, es también relativamente fácil y más gratificante que muchos otros servicios en la Iglesia.<br />
Me gustaría más bien hablar de lo que caracteriza el seguimiento de Cristo y lo distingue de cualquier otro tipo de seguimiento. Se dice de un artista, de un filósofo, de un literato que se formó en la escuela de tal o cual maestro de renombre. Incluso de nosotros religiosos se dice que fuimos formados en la escuela, algunos de Benito, algunos de Domingo, algunos de Francisco, algunos de Ignacio de Loyola y algunos de otros hombres o mujeres. Pero hay una diferencia esencial entre este seguimiento y el de Cristo. Lo expresan, como no se podría hacer mejor, las palabras del propio Juan, al final del Prólogo de su Evangelio: &#8220;La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.&#8221; (Jn 1,17).<br />
Para nosotros, los religiosos, esto significa: la regla nos fue dada a través de nuestro Fundador, pero la gracia y la fuerza para ponerla en práctica nos viene sólo de Jesucristo. Para nosotros y para todos los cristianos, esa palabra también significa otra cosa, aún más radical: el Evangelio nos fue dado por el Jesús terrenal, pero la capacidad de observarlo y ponerlo en práctica nos viene sólo de Cristo resucitado, por su Espíritu!<br />
Santo Tomás de Aquino escribió, al respecto, palabras que de labios de un doctor de la Iglesia menos acreditado que él nos dejarían perplejos. Comentando el dicho paulino &#8220;la letra mata, el Espíritu vivifica&#8221; (2 Cor 3,6), escribe: &#8220;Por letra entendemos toda ley escrita que queda fuera del hombre, incluso los preceptos morales contenidos en el Evangelio; por eso también la letra del Evangelio mataría, si no se añadiera a ella la gracia de la fe que sana&#8221; . Y poco antes decía explícitamente que &#8220;la gracia que nos sana&#8221; no es otra cosa que &#8220;la misma gracia del Espíritu Santo&#8221; que es dada a los creyentes.&#8221;  San Agustín lo entendió por experiencia personal y por eso inventó su extraordinaria oración: “Señor, tú me mandas ser casto. Bueno, dame lo que me ordenes y luego ordéname lo que quieras”.<br />
Por eso muchos de los discursos de Jesús en la Última Cena tienen como objeto el Espíritu Paráclito que él enviaría sobre los apóstoles. Recordemos algunas de sus promesas al respecto:<br />
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.(Jn 16,12-14)<br />
Si Jesús es &#8220;el Camino&#8221; (en griego, odòs), el Espíritu Santo es &#8220;el Guía&#8221; (en griego, odegòs u odegìa). Así lo definió ya San Gregorio de Nisa , y así lo invoca la Iglesia latina en el Veni Creator. Los dos versos “Ductore sic te praevio – vitemus omne noxium”, significan en realidad, “contigo como guía (ductor) evitaremos todo mal”.<br />
*   *    *<br />
Entre las diversas funciones que Jesús atribuye al Paráclito, en su obra a favor nuestro, en la que queremos centrarnos es la de Apuntador: &#8220;El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho&#8221; (14,26). “Él os hará recordar”: la Vulgata latina traducida con ipse suggeret vobis: él os sugerirá.<br />
El apuntador, en el teatro, está escondido dentro de una cavidad y es invisible para el público: como el Espíritu Santo que ilumina todo pero permanece invisible y, por así decirlo, detrás de escena. El apuntador pronuncia las palabras en voz baja para no ser escuchado por el público, y el Espíritu también habla &#8220;en voz baja&#8221;. Sin embargo, a diferencia de los apuntadores humanos, él no habla a los oídos, sino al corazón; no sugiere mecánicamente las palabras del Evangelio, como si fueran un guión, sino que las explica, las adapta, las aplica a las situaciones.<br />
Estamos hablando, por supuesto, de las &#8220;inspiraciones del Espíritu&#8221;, las llamadas &#8220;buenas inspiraciones&#8221;. La fidelidad a las inspiraciones es el camino más corto y seguro hacia la santidad. Nosotros no sabemos desde el inicio cuál es la santidad concreta que Dios quiere de cada uno de nosotros; Sólo Dios lo sabe y nos lo revela a medida que se avanza en el camino. Por tanto, no basta con tener un programa claro de perfección y luego implementarlo gradualmente. No existe un modelo idéntico de perfección para todos. Dios no hace santos en serie, no le gusta la clonación. Cada santo es una invención sin precedentes del Espíritu. Dios puede pedir a uno lo contrario de lo que le pide a otro. De ello se deduce que para alcanzar la santidad el hombre no puede limitarse a seguir reglas generales que se aplican a todos. También debe comprender lo que Dios le pide a él, y sólo a él.<br />
Ahora bien, lo que Dios quiere que es diferente y particular de cada uno se puede descubrir a través de los acontecimientos de la vida, la palabra de la Escritura, la guía del director espiritual; pero el medio principal y ordinario son las inspiraciones de la gracia. Son solicitaciones internas del Espíritu en lo más profundo del corazón, a través de las cuales Dios no sólo hace saber lo que desea de nosotros, sino que da la fuerza necesaria, y muchas veces también la alegría, para realizarlo, si la persona consiente.<br />
Pensemos en lo que habría sucedido si Madre Teresa de Calcuta hubiera persistido en observar las normas canónicas vigentes en los institutos religiosos de la época. Hasta los 36 años ella fue consagrada en una congregación religiosa; era ciertamente fiel a su vocación y entregada a su trabajo, pero nada que sugiriera algo extraordinario en ella. Fue durante un viaje en tren de Calcuta a Darjeeling para su retiro espiritual anual que ocurrió el evento que cambió su vida. El Espíritu Santo &#8220;susurró&#8221; una clara invitación al oído de su corazón: Deja tu orden, tu vida anterior, y ponte a mi disposición para una obra que te indicaré. Entre las hijas de la Madre Teresa, este día, el 10 de septiembre de 1946, es recordado con el nombre de &#8220;Día de la Inspiración&#8221;.<br />
Cuando se trata de decisiones importantes para uno mismo o para los demás, la inspiración debe ser sometida y confirmada por la autoridad o por el propio padre espiritual. De hecho, esto es lo que hizo la Madre Teresa. Te expones al peligro si confías únicamente en tu inspiración personal.<br />
Las buenas inspiraciones tienen algo en común con la inspiración bíblica, aparte, por supuesto, de la autoridad y el alcance, que son esencialmente diferentes. “Dios dijo a Abraham…”, “El Señor habló a Moisés”: este hablar del Señor no era, desde el punto de vista de la fenomenología, algo diferente de lo que sucede en las inspiraciones de la gracia. La voz de Dios, incluso en el Sinaí, no resonó fuera, sino dentro del corazón, en forma de claridad, de impulsos, provenientes del Espíritu Santo. Los diez mandamientos no fueron grabados por el dedo de Dios en tablas de piedra (¡es difícil para nosotros siquiera imaginarlo!), sino en el corazón de Moisés, quien luego los grabó en tablas de piedra. “Movidos por el Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios.” (2 P 1,21); ellos eran los que hablaban, pero movidos por el Espíritu Santo; repetían con la boca lo que oían en el corazón. Dios, dice el profeta Jeremías, escribe su ley en los corazones (Jer 31,33).<br />
Toda fidelidad a una inspiración se ve recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y más fuertes. Es como si el alma se estuviera entrenando para lograr una percepción cada vez más clara de la voluntad de Dios y una mayor facilidad para realizarla.<br />
*    *   *<br />
El problema más delicado en cuanto a las inspiraciones ha sido siempre el de discernir las que provienen del Espíritu de Dios de las que provienen del espíritu del mundo, de las propias pasiones o del espíritu maligno. El tema del discernimiento de los espíritus ha tenido una notable evolución a lo largo de los siglos. Originalmente fue concebido como el carisma que servía para distinguir &#8211; entre las palabras, oraciones y profecías pronunciadas en la asamblea &#8211; cuáles procedían del Espíritu de Dios y cuáles no. En su ejercicio comunitario, el carisma de la profecía debe ir acompañado, para el Apóstol, del discernimiento de los espíritus: “[A uno] se da el don de profecía; a otro el don de discernimiento de espíritus” (cf.1 Cor 12,10).<br />
El significado original de carisma, entendido por Pablo, parece muy preciso y limitado. Se trata de la recepción de la profecía misma, de su evaluación, por parte de uno o más miembros de la asamblea, que también están dotados de espíritu profético. Pero ni siquiera esto discernimiento se basa en un análisis racional, sino más bien en la inspiración del Espíritu mismo. El sentido de discernir (diakrisis) oscila entonces entre distinguir e interpretar: distinguir si fue el Espíritu de Dios quien habló o un espíritu diferente, interpretar lo que el Espíritu quiso decir en una situación concreta. A este mismo don de discernimiento se refiere la conocida recomendación del Apóstol: “No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecía. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal&#8221; (1 Tes 5, 19-22).<br />
Si hay que tener en cuenta la experiencia actual de los movimientos pentecostales y carismáticos, hay que pensar que este carisma consistía en la capacidad de la asamblea, o de algunos de ellos, de reaccionar activamente ante una palabra profética, una cita bíblica o una oración, expresando &#8211; con la exclamación &#8220;¡Confirmo!&#8221;, o con otros pequeños signos de la cabeza y la voz &#8211; aprobación de la palabra escuchada, o mostrando, por el contrario &#8211; con el silencio y pasando a otra cosa &#8211; un juicio negativo. De este modo, la profecía verdadera y falsa pasa a ser juzgada &#8220;por los frutos&#8221; que produce o no, como recomendaba Jesús (cf. Mt 7,16). (Este significado original del discernimiento de los espíritus podría ser muy relevante incluso hoy en debates y encuentros, como los que empezamos a vivir en el diálogo sinodal).<br />
En tiempos posteriores, tanto en la espiritualidad oriental como en la occidental, el carisma del discernimiento de los espíritus sirvió sobre todo para discernir las inspiraciones del discípulo por parte de un anciano (como en la vita monástica), y más en general para discernir las propias inspiraciones. La evolución no es arbitraria; de hecho, es el mismo don, aunque se aplique a sujetos y en contextos diferentes: comunitario en el primer caso, personal en el segundo.<br />
Hay criterios de discernimiento que podríamos llamar objetivos. En el campo doctrinal se resumen para Pablo en el reconocimiento de Cristo como Señor: &#8221; Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo.” (1 Cor 12, 3); para Juan se resumen en la fe en Cristo y su encarnación:<br />
Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. 2En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dio (1 Jn 4,1-3)<br />
En el campo moral un criterio fundamental lo da la coherencia del Espíritu de Dios consigo mismo. No puede pedir algo que sea contrario a la voluntad divina, tal como se expresa en las Escrituras, en la enseñanza de la Iglesia y en los deberes de su estado. Una inspiración divina nunca nos pedirá que realicemos actos que la Iglesia considera inmorales, por muchos argumentos engañosos que la carne sea capace de sugerir en estos casos; por ejemplo, que Dios es amor y por tanto todo lo que se hace por amor es de Dios.<br />
A veces, sin embargo, estos criterios objetivos no son suficientes porque la elección no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien, y se trata de ver qué es lo que Dios quiere, en una circunstancia concreta. Fue sobre todo para responder a esta necesidad que San Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento.<br />
Casi me avergüenza ser yo quien habla aquí de este asunto pero se tiene que decir algo. El santo nos invita a observar las intenciones – él las llama &#8220;espíritus&#8221; &#8211; que se esconden detrás de una elección y de las reacciones que provoca. Sabemos que lo que viene del Espíritu de Dios trae consigo alegría, paz, tranquilidad, dulzura, sencillez, luz. Lo que viene del espíritu del mal, en cambio, trae consigo perturbación, agitación, inquietud, confusión, oscuridad. El Apóstol destaca esto, contrastando los frutos de la carne (enemistades, discordias, celos, disensiones, divisiones, envidias) y los frutos del Espíritu que son en cambio “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, 23modestia, dominio de sí”. Gál 5, 22).<br />
En la práctica, las cosas, es cierto, son más complejas. Una inspiración puede venir de Dios y aun así causar gran perturbación. Pero esto no se debe a la inspiración que es dulce y pacífica como todo lo que viene de Dios; más bien surge de la resistencia a la inspiración, o del hecho de que nos pide algo que no estamos dispuestos a hacer. Si se acoge la inspiración, el corazón pronto se encuentra en una paz profunda. Dios premia cada pequeña victoria en este campo, haciendo sentir al alma su aprobación, que es la alegría más pura que existe en el mundo.<br />
Un campo donde es importante practicar el discernimiento &#8211; además del de las intenciones y decisiones- es el campo de los sentimientos. Nada es más insidioso que el amor. La naturaleza es muy hábil en hacer pasar como proveniente del espíritu lo que en realidad procede de la carne. En este campo es más necesario que nunca tener en cuenta el consejo que dio el poeta latino Ovidio sobre los males del amor: “Principiis obsta”: Opònete a los comienzos”. “Sero medicina paratur”: “Tarde se toma la medicina cuando el mal, por los muchos retrasos, ha cobrado fuerza.&#8221;<br />
*     *     *<br />
El fruto concreto de esta meditación debe ser una decisión renovada de confiarnos completamente a la guía interior del Espíritu Santo, como si se tratara de una especie de invisible &#8220;dirección espiritual&#8221;. Todos debemos abandonarnos al Maestro interior que nos habla sin el clamor de las palabras. Como buenos actores, debemos mantener los oídos abiertos, en las grandes y pequeñas ocasiones, a la voz de este &#8220;incitador&#8221; oculto, para representar fielmente nuestro papel en la escena de la vida. Esto es lo que se entiende por la expresión &#8220;docilidad al Espíritu&#8221;.<br />
Es más fácil de lo que piensas, porque él nos habla, nos enseña todo, nos instruye sobre todo. A veces basta una simple mirada interior, un movimiento del corazón, un momento de reflexión y oración. Juan escribe en su Primera Carta:<br />
Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa—, según os enseñó, permaneced en él.(1Jn 2,27)<br />
Sobre estas palabras, San Agustín entabla con el Apóstol un insólito y animado debate. En su comentario a la Primera Carta de Juan escribe:<br />
Le pregunto a Juan: “Aquellos a quienes dirigiste estas palabras ya tenían la unción&#8230; ¿Por qué entonces les escribiste esta carta? ¿Por qué instruirles?”&#8230; Hay aquí un gran misterio sobre el cual debemos reflexionar, oh hermanos. El sonido de nuestras palabras golpea los oídos, pero el verdadero maestro está dentro&#8230; Podemos exhortar con el sonido de la voz, pero si no hay nadie enseñando dentro, es un ruido inútil.<br />
Si acoger las inspiraciones es importante para todo cristiano, es vital para quienes tienen funciones de gobierno en la Iglesia. Sólo así se permite al Espíritu de Cristo guiar a su Iglesia a través de sus representantes humanos. No es necesario que todos los pasajeros de un barco estén pegados con los oídos a la radio de a bordo, para recibir señales sobre la ruta, sobre los icebergs y sobre las condiciones meteorológicas, pero sí es fundamental que los responsables a bordo lo estén. De una &#8220;inspiración divina&#8221;, valientemente aceptada por el Papa San Juan XXIII, nació el Concilio Vaticano II. De la misma manera, después de él, nacieron otros gestos proféticos, que los que vendrán después de nosotros notarán.<br />
Que el Señor resucitado haga resonar él mismo en nuestros corazones en esta Pascua algún de sus divinos &#8220;Yo Soy&#8221; que hemos meditado en esta Cuaresma y de manera especial aquel que proclama su victoria pascual: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 23-26).<br />
Santo Padre, hermanos y hermanas: ¡Felices Pascuas!</p>
<p>  1.Diario, X 1 A 154.<br />
  2.Tomas de Aquino, Summa theologiae, I-IIae, q. 106, a. 2.<br />
  3.Ibid., q. 106, a. 1; cf Agustin, De Spiritu et littera, 21, 36.<br />
  4.Agustin, Confessiones ,  X, 29.<br />
  5.Gregorio Nisa,  De fide  (PG, 45, 141C).<br />
  6.Cf. Ignacio de Loyola, Exercicios Espirituales, IV Semana (ed. BAC, Madrid 1963, pp. 262 ss).<br />
  7.Ovidio, Remedia amoris, V,91.<br />
  8.Agustin, Sobre la Primera Carta de Juan, 3, 13.</p>
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		<title>&quot;YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA&quot; -  Cuarto Sermón Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2024 12:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En nuestro comentario sobre los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; de Cristo en el Evangelio de Juan, hemos llegado al capítulo 11 que está enteramente ocupado por el episodio de la resurrección de Lázaro. La enseñanza que Juan quiso transmitir a la Iglesia con la sabia composición del capítulo se puede resumir en tres puntos:<br />
Primer punto: Jesús resucita a su amigo Lázaro (Jn 11, 1-44).<br />
Segundo punto: La resurrección de Lázaro provoca que Jesús sea condenado a muerte (11, 47-50):<br />
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».<br />
Tercer punto: La muerte de Jesús provocará la resurrección de todos los que creen en él (11, 51-53). De hecho, el evangelista comenta:<br />
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.<br />
En resumen, la resurrección de Lázaro provoca la muerte de Jesús; ¡La muerte de Jesús provoca la resurrección de todos los que creen en él!<br />
*     *    *<br />
Ahora podemos centrarnos en la palabra de autorrevelación contenida en el contexto:<br />
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 23-25).<br />
“¡Yo soy la resurrección!” Nos preguntamos: ¿de qué resurrección habla Jesús aquí? Marta piensa en la resurrección final. Jesús no niega esta resurrección &#8220;en el último día&#8221;, que él mismo promete en otro lugar (Jn 6,54), pero aquí anuncia algo nuevo: que la resurrección comienza ahora para quienes creen en él. San Agustín comenta: “El Señor nos ha indicado una resurrección de los muertos que precede a la resurrección final. Y no es una resurrección como la de Lázaro o el hijo de la viuda de Naín&#8230; que fueron resucitados para morir una vez más, sino en el sentido que aquí dice: &#8220;&#8230; tiene vida eterna&#8221;.<br />
Como podemos ver, la idea de una resurrección &#8220;espiritual&#8221; y existencial, que ya se produce en esta vida gracias a la fe, no era desconocida en la tradición cristiana. La novedad se produjo cuando quisieron convertirlo en el único significado de la palabra de Jesús. La posición de Bultmann es bien conocida, hoy en gran medida obsoleta, pero que hacía furor cuando yo estudiaba teología. Según él, la resurrección de la que habla Jesús es una resurrección existencial, un despertar de la conciencia, basado en la fe. Estamos en la línea de la vaga &#8220;llamada a la decisión&#8221; y del &#8220;decidirse por Dios&#8221;, a la que se reduce casi todo el mensaje del Evangelio.<br />
Pero Juan dedica dos capítulos enteros de su Evangelio a la resurrección corporal y real de Jesús, proporcionando algunas de las informaciones más detalladas al respecto. Para él, por tanto, no es sólo &#8220;la causa de Jesús&#8221;, es decir, su mensaje, que ha resucitado de entre los muertos -como alguien ha escrito- , ¡sino su misma persona!<br />
La resurrección actual no reemplaza la resurrección final del cuerpo, sino que es su garantía. No anula ni inutiliza la resurrección de Cristo del sepulcro, sino que se basa precisamente en ella. Jesús puede decir “Yo soy la resurrección”, porque él es el Resucitado. La dimensión existencial depende de la real, no la reemplaza.<br />
Antes de Juan, fue el apóstol Pablo quien afirmó el vínculo inseparable entre la fe cristiana y la resurrección real de Cristo. Siempre es útil y saludable recordar sus vehementes palabras a los Corintios:<br />
Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados (1Co 15, 14-17).<br />
El mismo Jesús había señalado su resurrección como el signo por excelencia de la autenticidad de su misión. A sus adversarios que le pedían una señal, les dio una respuesta que difícilmente puede atribuirse a nadie más que al mismo Jesús:<br />
Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. (Mt 12, 39-40).<br />
Sus oponentes sabían bien que Jonás no había permanecido para siempre en el vientre de la ballena, sino que después de tres días había salido de él.<br />
Hablé, en una meditación anterior, del prejuicio presente en los no creyentes hacia la fe, que es nada menos que lo que reprochan a los creyentes. De hecho, reprochan a los creyentes no poder ser objetivos, ya que la fe les impone, desde el principio, la conclusión a la que deben llegar, sin darse cuenta de que entre ellos sucede lo mismo. Si se parte del supuesto de que Dios no existe, que lo sobrenatural no existe y que los milagros no son posibles, la conclusión a la que se llega también está dada desde el principio y es, por tanto, literalmente, un pre-juicio.<br />
La resurrección de Cristo constituye el caso más ejemplar de esto. Ningún acontecimiento de la antigüedad está avalado por tantos testimonios de primera mano como éste. Algunos de ellos se remontan a personalidades del calibre intelectual de Saulo de Tarso, que anteriormente habían luchado ferozmente contra esta creencia. El proporciona una lista detallada de testigos, algunos de los cuales aún estaban vivos, que fácilmente podrían haberlo desmentido (1Cor 15, 6-9).<br />
Se explotan las discrepancias respecto a los lugares y tiempos de las apariciones, sin darse cuenta de que esta coincidencia no planificada sobre el hecho central es una prueba de la verdad histórica del mismo, más que una objeción. ¡En este caso no hubo ninguna “armonía preestablecida”! Antes de ser escritos, los acontecimientos de la vida de Jesús se transmitieron oralmente durante décadas, y las variaciones y adaptaciones marginales son típicas de cada relato que una comunidad viva y en expansión hace de sus orígenes, según los lugares y las circunstancias. Ésta es la conclusión a la que llegan las investigaciones críticas más recientes y acreditadas sobre los Evangelios.<br />
De otro lado, no hay sólo las apariciones. San Juan Crisóstomo tiene, a este respecto, una página famosa, de la que toda investigación crítica moderna no ha quitado nada de su fuerza de convicción. Dijo, por tanto, en una homilía al pueblo:<br />
¿Cómo se les ocurrió a doce hombres pobres, y además ignorantes, que habían pasado su vida en lagos y ríos, emprender semejante trabajo? Ellos, que tal vez nunca habían puesto un pie en una ciudad o en una plaza, ¿cómo podrían pensar en enfrentarse a toda la tierra? […] Más bien, no deberían haber dicho: ¿Y ahora qué? El no pudo salvarse a sí mismo, ¿cómo podrá defendernos? ¿En vida no logró conquistar una sola nación y nosotros, solo con su nombre, deberíamos conquistar el mundo entero? ¿No sería una locura emprender tal empresa, o incluso simplemente pensar en ello? Es, pues, evidente que si no lo hubieran visto resucitado y no hubieran tenido pruebas irrefutables de su poder, nunca se habrían expuesto a tal riesgo.<br />
A todas estas pruebas el no creyente sólo puede oponer la creencia de que la resurrección de entre los muertos es algo sobrenatural y lo sobrenatural no existe. ¿Y qué es esto sino, precisamente, un prejuicio y un &#8220;a priori&#8221;?<br />
Fides christianorum resurrectio Christi est, san Agustín escribió: “La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo. Todos creen que Jesús murió, incluso los réprobos lo creen, pero no todos creen que resucitó y uno no es cristiano quien no cree esto.&#8221;  Este es el verdadero artículo según el cual “la Iglesia permanece o cae”. En los Hechos de los Apóstoles, estos son definidos simplemente como &#8220;testigos de su resurrección&#8221; (Hechos, 1,22; 2,32). Por esto merecía la pena refrescar nuestra fe en ella, antes de celebrarla litúrgicamente dentro de algunas semanas.<br />
*     *    *<br />
Sólo ahora, después de haber asegurado el hecho histórico de la Resurrección de Cristo, podemos dedicar nuestra atención al significado existencial de las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrection y la vida”.<br />
Al comentar el episodio de los muertos resucitados y aparecidos en Jerusalén en el momento de la muerte de Cristo (Mt 27, 52-53), San León Magno escribe: &#8220;Que los signos de la futura resurrección aparezcan ya ahora en la Ciudad Santa [es decir, en la Iglesia] y lo que un día debe realizarse en los cuerpos, se realice ahora en los corazones&#8221;.  En otras palabras, hay dos tipos de resurrección: ¡hay una resurrección del cuerpo que ocurrirá el último día y hay una resurrección del corazón que debe ocurrir cada día!<br />
La mejor manera de descubrir qué se entiende por resurrección del corazón es observar lo que la resurrección física de Jesús produjo espiritualmente en la vida de los Apóstoles. Pedro comienza su Primera Carta con estas elevadas palabras: «Por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1 Pe 1,3-4).<br />
La resurrección del corazón es, por tanto, el renacimiento de la esperanza. La palabra ‘esperanza’ —cosa sorprendente— está ausente de la predicación de Jesús. Los Evangelios refieren muchos de sus dichos sobre la fe y sobre la caridad, pero ninguno sobre la esperanza, aunque toda su predicación anuncia que existe una resurrección de la muerte y una vida eterna. Por otro lado, después de la Pascua, vemos explotar literalmente en la predicación de los apóstoles la idea y el sentimiento de la esperanza. La explicación de la ausencia de dichos sobre la esperanza en el Evangelio es sencilla: Jesús tenía primero que morir y resucitar. Al resucitar, ha abierto la fuente misma de la esperanza; ha inaugurado el objeto de la esperanza que es una vida con Dios más allá de la muerte.<br />
Intentemos ver qué podría producir un renacimiento de la esperanza en nuestra vida espiritual. Los Hechos de los Apóstoles cuentan lo que sucedió un día frente a la puerta del templo de Jerusalén llamada &#8220;la Puerta Hermosa&#8221;. Cerca de ella yacía un lisiado pidiendo limosna. Un día pasaron Pedro y Juan y sabemos lo que pasó. El lisiado, sanado, saltó y finalmente, después de quién sabe cuántos años yacía allí abandonado, él también cruzó esa puerta y entró en el templo &#8220;saltando y alabando a Dios&#8221; (Hechos 3:1-9).<br />
Algo parecido nos podría pasar también a nosotros gracias a la esperanza. También nosotros nos encontramos con frecuencia, espiritualmente, en la posición del lisiado en el umbral del templo: inertes, tibios, paralizados ante las dificultades. Pero he aquí que la divina esperanza pasa junto a nosotros, traída por la palabra de Dios, y nos dice también a nosotros, como Pedro dijo al lisiado y como Jesús dijo al paralizado: «¡Levántate y anda!» (Mc 2,11), y nosotros nos ponemos en pie de un salto y entramos por fin dentro, en el corazón de la Iglesia, dispuestos a asumir, de nuevo gozosamente, tareas y responsabilidades. Son los milagros cotidianos de la esperanza. Ella es realmente una gran taumaturga, una gran realizadora de milagros; vuelve a poner en pie a miles de lisiados, miles de veces.<br />
Lo más extraordinario con respecto a la esperanza es que su presencia lo cambia todo, incluso cuando exteriormente… no cambia nada. En mi vida tengo un pequeño ejemplo de ello. Soy una persona que sufre el frío mucho más que el calor. En Italia, en el mes de marzo, al principio de la primavera, la temperatura es más o menos la misma que a finales de octubre o comienzos de noviembre. Y sin embargo notaba que el frío de marzo me producía menos problema que el frío de noviembre. Me preguntaba por qué y descubrí la respuesta: el frío de noviembre es un frío sin esperanza, porque nos  encaminamos hacia el invierno; el frío de marzo es un frío con esperanza porque vamos hacia el verano.<br />
*    *    *<br />
La Carta a los Hebreos compara la esperanza con “un ancla segura y firme» (Heb 6,19). Segura y firme porque ha sido arrojada no en la tierra sino en el cielo, no en el tiempo sino en la eternidad, «más allá de la cortina del santuario». Esta imagen de la esperanza se ha vuelto clásica. Pero tenemos también otra imagen de la esperanza, en cierto sentido opuesta a la anterior: la vela. Si el ancla es lo que da seguridad a la barca y la mantiene firme en medio del oleaje del mar, la vela es en cambio lo que la hace caminar y avanzar ligera sobre las olas.<br />
La esperanza hace ambas cosas con la barca de la Iglesia. Ella es realmente como una vela que recoge el viento y, sin ruido de motores, lo transforma en fuerza motriz que lleva a la barca mar adentro. Igual que la vela en las manos de un buen marinero consigue utilizar cualquier viento, independientemente de la dirección en la que sople, para hacer avanzar la barca en la dirección deseada, lo mismo hace la esperanza.<br />
Ante todo, la esperanza viene en nuestra ayuda en nuestro camino personal de santificación. En quien la ejercita, ella se convierte en el principio mismo del progreso espiritual. De hecho está en guardia para descubrir siempre nuevas «posibilidades de bien», siempre algo que se puede hacer. No permite por ello acomodarse en la tibieza ni en la acedia. La esperanza es todo lo contrario de lo que a veces se cree, es decir, una bella y poética disposición interior que ayuda a soñar, a construirse mundos imaginarios. Por el contrario, ella es extremadamente concreta y práctica; pasa el tiempo poniéndote delante de los ojos tareas que realizar.<br />
Cuando no hubiese absolutamente nada que hacer en una situación – escribe el filosofo Kierkegaard, in uno de sus discursos cristianos  -, entonces sí que sería la parálisis y la desesperación. Pero la esperanza que mira a lo eterno encuentra que siempre hay algo que se puede hacer para mejorar la situación: trabajar más, ser más obedientes, más humildes, más mortificados…<br />
Cuando te ves tentado de decirte a ti mismo: «Ya no hay nada que hacer» (es todavía Kierkegaard que nos habla), la esperanza da un paso adelante y te dice: «¡Reza!». Tú respondes: «¡Pero ya he rezado!», y ella: «¡Reza otra vez!». E incluso cuando la situación se volviese extremadamente dura y pareciera que ya no hay realmente nada que hacer, la esperanza te indica todavía una tarea: soportar hasta el final y no perder la paciencia.<br />
Estos objetivos enfatizados por el filósofo creyente son exigentes, incluso heroicos. Está claro que no son posibles gracias a nuestros esfuerzos, sino sólo por la gracia de Dios que viene en nuestro auxilio y nunca nos deja solos.<br />
La esperanza tiene una relación privilegiada con la paciencia. Es lo contrario de la impaciencia, de la precipitación, del «todo, ya». Es el antídoto al desánimo. Mantiene vivo el deseo. Es también una gran pedagoga, en el sentido de que no indica de una vez lo que hay que hacer, o lo que se puede hacer, sino que cada vez pone delante una posibilidad, da solo el pan de cada día. Distribuye la fatiga y así hace posible llevarla a término.<br />
La Escritura saca continuamente a la luz esta verdad: que la tribulación no elimina la esperanza, sino que la acrecienta: «La tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza» (Rom 5,3-4). La esperanza necesita de la tribulación, como la llama necesita del viento para fortalecerse. Hace falta que mueran las razones humanas para esperar, una detrás de la otra, para que emerja el verdadero motivo inquebrantable que es Dios. Sucede como en la botadura de un barco: hace falta quitar todo el armazón que mantenía a la nave en pie artificialmente, mientras estaba en construcción; es necesario que sean apartados uno tras otro todos los puntales para que pueda hacerse a la mar y flotar por sí misma sobre el agua.<br />
La tribulación le quita al hombre cualquier «punto de apoyo» y lo induce a esperar solo en Dios. La tribulación lleva a ese estado de perfección de la esperanza que consiste en esperar «contra toda esperanza» (Rom 4,18), apoyándose únicamente en la Palabra pronunciada una vez por Dios, incluso cuando ya han desaparecido todos los motivos humanos para esperar. Esta fue la esperanza de María a los pies de la cruz.    La piedad popular no se equivoca cuando invoca a María con el título de Mater spei, madre de la esperanza.<br />
 *   *   *<br />
El poder transformador de la esperanza se describe maravillosamente en un hermoso pasaje de Isaías:<br />
Se cansan los muchachos, se fatigan,<br />
los jóvenes tropiezan y vacilan;<br />
pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,<br />
echan alas como las águilas,<br />
corren y no se fatigan,<br />
caminan y no se cansan (Is 40,30-31).<br />
El oráculo es la respuesta a la queja del pueblo que dice: «Al Señor no le importa mi destino». Dios no promete eliminar los motivos de cansancio y de fatiga, pero da esperanza. La situación sigue siendo la que era, pero la esperanza da la fuerza para elevarse por encima de ella. Es realmente como tener alas.<br />
En el Apocalipsis se lee que «cuando vio el dragón que había sido precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Y le fueron dadas a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volara al desierto» (Ap 12,13-14). Si la imagen de las alas del águila se inspira, como parece claro, en el texto de Isaías, se está queriendo decir que a la Iglesia entera se le han dado las grandes alas de la esperanza para que con ellas pueda, cada vez, huir de los ataques del mal y superar con fuerza las dificultades. Hoy como entonces!<br />
Terminamos escuchando, como si fuera hecha para nosotros, la invocación que el apóstol Pablo hace en favor de los fieles de Roma al final de su Carta dirigida ellos: «Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rom 15,13).</p>
<p> 1.Agustín, Sobre el Evangelio de Juan, 19,9.<br />
 2.W. Marxsen, La risurrezione di Gesú di Nazareth, Bologna 1970 (ed. Ingl. The Resurrection of Jesus of Nazareth, London 1970).<br />
 3.Cf. J.D.G. Dunn, Gli albori del Cristianesimo, 3 voll, Paideia, Brescia 2006, resumido en su Cambiare prospettiva su Gesú, Paideia, Brescia 2011<br />
 4.Juan Crisostomo, Homilías sobre la Primera Carta a los corintios, 4, 4 (PG 61, 35 s.).<br />
 5.Agustín, Enarr. in Psaslmos, 120,6.<br />
 6.León Magno, Sermo 66, 3 (PL 54, 366).<br />
 7.Søren Kierkegaard, Los actos del amor, Parte II, nr. 3.</p>
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		<title>&quot;YO SOY EL BUEN PASTOR&quot; - Tercer Sermón de Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Mar 2024 13:46:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Continuamos nuestra reflexión sobre los grandes “Yo Soy” de Cristo en el Evangelio de Juan. Esta vez Jesús no se presenta ante nosotros con símbolos de realidades físicas inanimadas -el pan, la luz-, sino con un carácter humano, el del pastor: &#8220;¡Yo &#8211; dice &#8211; soy el buen pastor!&#8221;. Escuchemos la parte del discurso en la que está contenida la autoproclamación de Cristo:<br />
Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. (Jn 10, 11-15)<br />
La imagen de Cristo &#8220;buen pastor&#8221; ocupa un lugar privilegiado en el arte y las inscripciones paleocristianas. El buen pastor se presenta, según la forma clásica, en el esplendor de la juventud. Lleva la oveja sobre sus hombros y la retiene firmemente por las patas. La imagen joánica del buen pastor se fusiona ahora para siempre con la sinóptica del pastor que va en busca de la oveja descarriada (Lc 15, 4-7)<br />
El contexto del pasaje sobre el buen pastor es el mismo que el de los dos capítulos anteriores, es decir, la discusión con &#8220;los judíos&#8221; que tiene lugar en Jerusalén, con motivo de la fiesta de los Tabernáculos. Pero en Juan sabemos que el contexto importa relativamente, porque, a diferencia de los sinópticos, él no se preocupa por darnos un relato histórico y coherente de la vida de Jesús (que parece dar por conocido), sino un conjunto de &#8220;signos&#8221;  y enseñanzas del Maestro. Éstos, sin embargo, nunca aparecen fuera del tiempo y del espacio, como ocurre en los libros de teología, sino que también están situados en lugares y tiempos precisos (a veces más precisos que en los sinópticos) que les confieren un valor &#8220;histórico&#8221; en lo más profundo sentido del término.<br />
*    *     *<br />
Tenemos que decirlo: la imagen del buen pastor y las imágenes relacionadas de ovejas y rebaño no están realmente de moda hoy en día. ¿No tiene Jesús miedo de herir nuestra sensibilidad y ofender nuestra dignidad de hombres libres al llamarnos sus ovejas? El hombre de hoy rechaza con desdén el titulo de oveja y la idea de rebaño. Sin embargo, no se da cuenta de cómo vive en realidad la situación que condena en teoría. Uno de los fenómenos más evidentes de nuestra sociedad es la masificación. La prensa, la televisión, Internet, se llaman &#8220;medios de comunicación de masas&#8221;, mass media, no sólo porque informan a las masas, sino también porque las forman.<br />
Sin darnos cuenta, nos dejamos guiar supinamente por todo tipo de manipulación y persuasión oculta. Otros crean modelos de bienestar y comportamiento, ideales y metas de progreso, y la gente los adopta. Los seguimos, temerosos de perder el ritmo, condicionados y plagiados por la publicidad. Comemos lo que nos dicen, nos vestimos como dicta la moda, hablamos como oímos hablar. Nos divertimos cuando vemos una película avanzando a un ritmo acelerado, con personas moviéndose a tirones, rápidamente, como marionetas; pero es la imagen que tendríamos de nosotros mismos si nos miráramos con ojos menos superficiales.<br />
Para entender en qué sentido Jesús se proclama buen pastor y nos llama ovejas suyas, debemos remontarnos a la historia bíblica. Israel fue, en el principio, un pueblo de pastores nómadas. Los beduinos del desierto nos dan hoy una idea de cómo era entonces la vida de las tribus de Israel. En esta sociedad, la relación entre pastor y rebaño no es sólo económica, basada en el interés. Se desarrolla una relación casi personal entre el pastor y el rebaño. Días y días pasados juntos en lugares solitarios, sin un alma viva alrededor. El pastor acaba sabiendo todo sobre cada oveja; las ovejas reconocen la voz del pastor que muchas veces les habla en voz alta, como si fueran personas. Esto explica por qué, para expresar su relación con la humanidad, Dios utilizó esta imagen, que ahora se ha vuelto ambigua. “Tú, pastor de Israel”, escucha, tú que guías a José como a un rebaño”, dice un salmo (Sal 80, 2).<br />
Con el paso de la situación de tribus nómadas a la de pueblo sedentario, el título de pastor se da, por extensión, también a quienes actúan en nombre de Dios en la tierra: reyes, sacerdotes, líderes en general. Pero en este caso el símbolo se divide: ya no evoca sólo imágenes de protección y seguridad, sino también de explotación y opresión. Junto a la imagen del buen pastor, aparece la del mal pastor.<br />
En el profeta Ezequiel encontramos una terrible acusación contra los malos pastores que se alimentan sólo a sí mismos; se alimentan de leche, se visten de lana, pero no se preocupan en lo más mínimo por las ovejas, a las que tratan &#8220;con crueldad y violencia&#8221; (cf. Ez 34, 1 ss.). A esta acusación contra los malos pastores le sigue una promesa: Dios mismo algún día cuidará amorosamente de su rebaño: “Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia” (Ez 34,16).<br />
Jesús, en el Evangelio, retoma este esquema del buen y del mal pastor, pero con una novedad: “¡Yo – dice – soy el buen pastor!”. La promesa de Dios se ha hecho realidad, superando todas las expectativas.<br />
*     *     *<br />
Llegados a este punto, debemos recordar la intención que nos hemos marcado con estas meditaciones: una intención personal, más que &#8220;pastoral&#8221;, hacer que el Evangelio penetre en nuestras vidas, para luego poder anunciarlo al mundo con más credibilidad.<br />
El discurso de Jesús tiene dos actores: el pastor y el rebaño, es decir, en singular cada oveja. ¿Con cuál de los dos nos identificaremos? San Agustín, en el aniversario de su ordenación episcopal, dijo al pueblo: &#8220;¡Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano!&#8221;: &#8220;Vobis sum episcopus, vobiscum sum christianus&#8221;.  Y en otra ocasión: &#8220;Para con vosotros somos como pastores, pero para con el Príncipe de los Pastores somos ovejas como vosotros&#8221; . Olvidemos, por tanto, nuestro papel &#8211; ustedes como pastores y yo como predicador &#8211; y sintamos por una vez única y exclusivamente ovejas del rebaño. Recordemos la pregunta de Jesús en el diálogo de Cesarea: &#8220;Para vosotros, ¿quién soy yo?&#8221;. Como si dijera: “Olvidaos por un momento de quién yo soy para la gente y concentraos en vosotros mismos”.<br />
El gran psicólogo Carlo Gustavo Jung define al psiquiatra: &#8220;Un sanador herido&#8221;, “A wounded healer”. El significado de su teoría es que uno debe conocer las propias heridas psicológicas para sanar las de los demás y que conocer las heridas de los demás ayuda a sanar las propias. La intuición del psicoanalista se aplica también a las heridas espirituales. El pastor de la Iglesia es también un “sanador herido”, un enfermo que debe ayudar a otros a sanar.<br />
Intentemos ver cuál es la principal enfermedad de la que necesitamos curarnos, para curar a los demás. ¿Qué es lo que, desde un extremo de la Biblia, se inculca a las ovejas respecto a Dios Pastor? ¡Es de no tener miedo! Las palabras se agolpan en la memoria, en este punto, empezando por las de Jesús: &#8220;No temas, pequeño rebaño&#8221; (Lc 12, 32). &#8220;Porque tenéis miedo, hombres de poca fe&#8221;, dijo a los apóstoles. , después de haber calmado la tormenta&#8221; (Mt 8,26). Recordemos también algunas palabras familiares de los salmos, no como meras citas bíblicas, sino haciéndolas nuestras ahora que las escuchamos:<br />
El Señor es mi pastor, nada me falta&#8230;<br />
Aunque camine por cañadas oscuras,<br />
 nada temo, porque tú vas conmigo:<br />
 tu vara y tu cayado me sosiegan. (Sal 23,1.4)</p>
<p>El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?<br />
El Señor es la defensa de mi vida,<br />
¿quién me hará temblar? (Sal 27,1).<br />
Así que hablemos de este &#8220;mal oscuro&#8221; que es el miedo que tiene tanto poder para robar a hombres y mujeres la alegría de vivir. El miedo es nuestra condición existencial; nos acompaña desde la niñez hasta la muerte. El niño tiene miedo de muchas cosas; los llamamos terrores infantiles; el adolescente tiene a veces miedo del sexo opuesto y se enreda en timidez y complejos de inferioridad. Jesús dio un nombre a nuestros principales miedos como adultos: miedo al mañana &#8211;&#8221;¿qué comeremos?- (Mt 6, 31)&#8221;)), miedo al mundo y a los poderosos, -&#8221;a los que matan el cuerpo&#8221; ( Mt 10, 28), y sobre cada uno de estos temores pronunció el suyo propio: ¡Nolite timere! No tengas miedo! Esta no es una palabra vacía e impotente; es una palabra eficaz, casi sacramental. Como todas las palabras de Jesús, obra lo que significa; no es como el simple: “¡Ánimo!” que los seres humanos nos decimos unos a otros.<br />
*     *     *<br />
Pero ¿qué es el miedo? Dejemos de lado la angustia existencial de la que los filósofos vienen discutiendo desde hace un siglo y medio. Hablemos de miedos comunes y familiares. Podemos decir que el miedo es la reacción ante una amenaza a nuestro ser, la respuesta a un peligro real o presunto: desde el mayor peligro de todos que es el de la muerte, hasta peligros particulares que amenazan ya sea la tranquilidad o la seguridad física, o nuestra mundo emocional. El miedo es una manifestación de nuestro instinto básico de auto-conservación. Según se trate de peligros objetivos y reales, o imaginarios, hablamos de miedos justificados e injustificados, o incluso de neurosis: claustrofobia, agorafobia, miedo a enfermedades imaginarias, etc.<br />
La psicología y el psicoanálisis intentan curar los miedos y las neurosis analizándolos y llevándolos del inconsciente al consciente. El Evangelio no distrae de estos medios humanos,  pero añade algo que ninguna ciencia puede dar. San Pablo escribe:<br />
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quizás la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?&#8230; Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom 8, 35.37).<br />
¡La liberación aquí no está en una idea o una técnica, sino en una persona! El &#8220;solvente&#8221; de todo temor es Cristo que dijo a sus discípulos: &#8220;No temáis, yo he vencido al mundo&#8221; (Jn 16,33). Desde el ámbito personal, el Apóstol amplía luego su mirada hacia el gran escenario del espacio y del tiempo, desde los pequeños temores individuales pasa a los grandes y universales. El escribe:<br />
Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8, 38-39).<br />
“¡Ni muerte, ni vida!”. Cristo ha vencido lo que más nos asusta en el mundo: la muerte. La Carta a los Hebreos dice de él que murió &#8220;para reducir a la impotencia por la muerte a quien tiene el poder de la muerte, es decir, el diablo, y así liberar a los que, por miedo a la muerte, estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida&#8221;. ” (Heb 2, 14-15).<br />
“Ni altura ni profundidad”, es decir: ni lo infinitamente grande que es el universo con sus proporciones en constante expansión, ni lo infinitamente pequeño -el átomo- cuyo terrible poder hemos descubierto, bajo nuestro peligro y responsabilidad. Hoy estamos más expuestos que nunca a este tipo de miedos cósmicos. El hombre moderno siente agudamente su vulnerabilidad en un mundo violento y loco. ¿Qué será del futuro de nuestro planeta si, a pesar de los gritos de alarma del Papa y de las personas más responsables de la sociedad, seguimos, con toda rienda, consumiendo y contaminando?<br />
Al final de sus reflexiones filosóficas sobre el peligro de la tecnología para el hombre moderno, Martin Heidegger, casi tirando la toalla, exclamó: &#8220;¡Sólo un dios puede salvarnos!&#8221; . “Un dios” (¡letra minúscula!) es la forma mítica habitual de hablar de algo que está por encima de nosotros. Eliminamos el artículo indefinido y decimos &#8220;¡sólo Dios&#8221; (¡y sabemos cuál Dios!) puede salvarnos!&#8221;<br />
No se trata de transferir nuestras responsabilidades a Dios, sino de creer que, al final, “todo  obra para el bien de quien ama a Dios&#8221; [¡y de quien Dios ama!] (cf. Rm 8,28). Cuando se trata de Dios, la medida es la eternidad. Puedes sentirte decepcionado en el tiempo, pero no por la eternidad. Los cristianos tenemos una razón mucho más fuerte que el salmista para repetir, ante los trastornos físicos y morales del mundo:<br />
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,<br />
poderoso defensor en el peligro.<br />
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,<br />
 y los montes se desplomen en el mar. (Sal 46, 2-3).<br />
*     *     *<br />
¡Pero todavía no hemos tomado en consideración lo más consolador que el Evangelio tiene para decirnos sobre nuestros miedos y ansiedades! Después de haber exhortado de mil maneras a sus discípulos a no temer, él hizo algo más. Nunca se había dicho en la Biblia que el buen pastor da su vida por sus ovejas. Que él las conoce, las guía, las cuida, las defiende: eso sí; pero no que dé su vida por ellas. ¡Jesús prometió hacerlo y lo hizo!<br />
Él tomó sobre sí nuestros miedos. El autor de la Carta a los Hebreos dice: &#8221; Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte.&#8221; (Heb 5, 7). El autor alude a lo que le sucedió a Jesús la noche de Getsemaní. El evangelista Marcos dice que en el Huerto de los Olivos Jesús “empezó a sentir espanto y angustia” y dijo a sus Apóstoles: “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad” (Mc 14, 33-34). Jesús se siente solo, aislado de la sociedad humana; pide a los apóstoles que permanezcan cerca de él. La propia Carta a los Hebreos resalta el mensaje consolador que contiene para nosotros esta misteriosa página del Evangelio:<br />
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. (He 4,15-16).<br />
Al asumirlos, Jesús también redimió nuestros miedos y ansiedades. “Por sus llagas fuimos curados”, dice de él la Escritura (Is 53,5-6; 1 P 2, 24). Jesús es el verdadero &#8220;sanador herido&#8221;, del que hablaba el psicólogo, el herido que cura las heridas. Hizo de los miedos y de la angustia oportunidades de crecimiento en la humanidad y en la compasión para los demás.<br />
Pero ni siquiera esto agota lo que el Evangelio tiene que decirnos sobre nuestros miedos. Si todo terminara aquí, nuestro consuelo sería aún incompleto. Tendríamos ante nuestros ojos un ejemplo heroico y conmovedor a seguir, pero no una mano que nos sostenga. Pero he aquí el segundo gran anuncio del Evangelio: el sanador traspasado resucitó de entre los muertos y dijo: &#8220;Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo&#8221; (Mt 28,20). No sólo nos dio el ejemplo de cómo superar la angustia; nos dio los medios para superarlo: su presencia y su gracia. A Pablo, entristecido por su &#8220;aguijón en la carne&#8221;, el Resucitado responde: &#8220;¡Te basta mi gracia!&#8221; (2 Cor 12,9).<br />
Los mártires han hecho de esto (¡y todavía lo hacen!) una experiencia tangible. En las Actas de los mártires cartagineses, asesinados bajo el emperador Septimio Severo en los primeros años del siglo III (¡entre las más confiables históricamente de todas las Actas de los mártires!), leemos que una de ellas, llamada Felicita, estaba embarazada al octavo mes y en los dolores del parto, en la cárcel, gemía de los dolores. Uno de los guardianes le dijo: “Si te quejas ahora, ¿qué harás cuando te arrojen a las fieras en la arena?” Y ella respondió: &#8220;¡Ahora soy yo la que sufre, luego otro sufrirá por mí!&#8221;<br />
Tenemos un ejemplo más cerca de nosotros. En prisión y en vísperas de ser ahorcado, tras el fallido golpe de estado contra Hitler, el pastor Dietrich Bonhoeffer escribió estos versos que se utilizan a menudo como himno litúrgico:<br />
	De fuerzas amigas maravillosamente protegidos<br />
	esperamos confiados lo que pueda venir.<br />
Dios está con nosotros por la tarde y de mañana<br />
	y con toda certeza en cada nuevo día . </p>
<p>*     *     *<br />
Nos hemos obligado a no hablar, en estas meditaciones, de lo que debemos hacer por los demás, sino sólo de lo que Jesús es y hace por nosotros: identificarnos con las ovejas, no con el pastor. Pero en esta ocasión debemos hacer una pequeña excepción. A pesar de todas las exhortaciones del Evangelio, no siempre está en nuestras manos liberarnos del miedo y de la angustia. Sin embardo, está en nuestra mano liberar a alguien más (o ayudarlo a liberarse) de ellos.</p>
<p>Pascal escribió en su Memorial: “Jesús está en agonía hasta el fin del mundo y no debemos dormir durante este tiempo”. Continúa agonizando porque, en la dimensión de la eternidad en la que ha entrado, ya no hay un pasado, sino que todo está misteriosamente presente, incluso su noche en Getsemaní. Pero también agoniza de otra manera menos misteriosa. Es así en su cuerpo místico: en aquellos que están oprimidos por la angustia y el miedo por la soledad, la enfermedad, la persecución, el exilio, la guerra. Ahora somos los ojos, la boca y las manos de Cristo. Tratemos de consolar a algunos de ellos y escucharemos a Jesús que nos repite en el corazón: &#8220;¡ Conmigo lo hiciste!&#8221; (Mt 25, 40). También nosotros, pastores o simples creyentes, debemos ser sanadores heridos, pobres enfermos que curen a otros.</p>
<p>Termino con una anécdota que creo muchos conocen, pero que nos ayuda a grabar en nosotros la imagen de Jesús que nos lleva sobre sus hombros en los momentos difíciles de nuestra vida. Se trata de un hombre que ve toda su vida en un sueño. Doy un breve resumen de la historia:</p>
<p>Camino sobre la arena junto al mar, dejando tras de mí no uno sino dos pares de huellas. Entiendo que el segundo par son las huellas de Jesús quien camina a mi lado y soy feliz. Pero luego, en cierto momento, ese segundo par desaparece y sólo se pueden ver las huellas de dos pies en la arena. Entiendo que esto sucede precisamente en correspondencia con los momentos más oscuros y difíciles de mi vida. Me quejo con él y digo: “¡Señor, me dejaste solo, justo cuando más te necesitaba!” “Hijo – me responde Jesús – ese único par de huellas eran mías. ¡Tú estabas sobre mis hombros!</p>
<p>  1.Augustin, Sermo 340, 1 (PL 38,1483).<br />
  2.Id. Espos. sui Salmi, 126, 3.<br />
  3.Martin Heidegger, Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, Gesamtausgabe, vol. 16, Frankfurt 1975.<br />
  4.Von guten Mächten wunderbar geborgen /erwarten wir getrost, was kommen mag.<br />
Gott ist mit uns am Abend und am Morgen / und ganz gewiss an jedem neue</p>
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		<title>&quot;YO SOY LA LUZ DEL MUNDO&quot;  - Segundo Sermón, Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Mar 2024 12:45:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En estos sermones de Cuaresma nos hemos propuesto meditar sobre los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; (Ego eimi) pronunciados por Jesús en el Evangelio de Juan. Sin embargo, surge una pregunta al respecto: ¿Fueron realmente pronunciados por Jesús, o se deben a la reflexión posterior del evangelista, como muchas partes del Cuarto Evangelio? La respuesta que hoy darían prácticamente todos los exégetas a esta pregunta es la segunda. Estoy convencido, sin embargo, de que estas afirmaciones son &#8220;de Jesús&#8221; y trato de explicar por qué.<br />
Hay una verdad histórica y una verdad que podemos llamar real u ontológica. Tomemos uno de esos &#8220;Yo Soy&#8221; de Jesús, por ejemplo el que dice: &#8220;Yo soy el camino, la verdad y la vida&#8221; (Jn 14,6). Si a través de algún nuevo descubrimiento improbable se supiera que la frase fue, de hecho e históricamente, pronunciada por el Jesús histórico, esto no es lo que la haría &#8220;verdadera&#8221;. De hecho, siempre se puede pensar que quien lo pronuncia se engaña a sí mismo. (¡Muchos han creído que eran la luz del mundo, antes y después de él!). Lo que hace la afirmación &#8220;verdadera&#8221; es el hecho de que &#8211; en realidad y por encima de cualquier contingencia histórica &#8211; él es el camino, la verdad y la vida.<br />
En este sentido más profundo y más importante, todas y cada una de las afirmaciones que Jesús hace en el Evangelio de Juan son &#8220;verdaderas&#8221;, incluso aquella en la que dice: &#8220;Antes que Abraham existiera, yo soy&#8221; (Jn 8,58). La definición clásica de verdad es &#8220;correspondencia entre la cosa y la idea que uno tiene de ella&#8221; (adaequatio rei et intellectus); la verdad revelada es una correspondencia entre la realidad y la palabra inspirada que la proclama. Las grandes palabras que meditaremos son, por tanto, de Jesús: no del Jesús de la historia, sino de Jesús que &#8211; como prometió a los discípulos (Jn 16,12-15) &#8211; nos habla con la autoridad del Resucitado, a través de su Espíritu.<br />
*    *    *<br />
De la sinagoga de Cafarnaún en Galilea, pasamos hoy al templo de Jerusalén, en Judea, donde Jesús acudió con motivo de la Fiesta de los Tabernáculos. Aquí tiene lugar el debate con &#8220;los judíos&#8221;, en el que se inserta la autoproclamación de Jesús que, en esta meditación, queremos recoger:<br />
Yo soy la luz del mundo;<br />
el que me sigue no camina en tinieblas,<br />
sino que tendrá la luz de la vida. (Jn 8,12).</p>
<p>Esta palabra es tan cargada y tan hermosa que los cristianos la eligieron inmediatamente como una de las designaciones favoritas de Cristo. En muchas basílicas antiguas, como en las catedrales de Cefalú y Monreale en Sicilia, en el mosaico del ábside se representa a Jesús como el Pantocrátor, o Señor del universo. Sostiene un libro abierto frente a él y muestra la página donde están escritas esas mismas palabras, en griego y latín: “Egô eimi to phôs tou cosmou &#8211; Ego sum lux mundi”.<br />
Para nosotros hoy, Jesús “luz del mundo” se ha convertido en una verdad creída y proclamada, pero hubo un tiempo en el que no era sólo esto; era mas bien una experiencia vivida, como nos pasa a veces, cuando, después de un apagón, vuelve de repente la luz, o cuando, por la mañana, al abrir la ventana, te inunda la luz del día. La Primera Carta de Pedro lo define como un paso &#8220;de las tinieblas a la luz admirable&#8221; (1 P 2, 9; Col 1, 12 ss.). Al recordar el momento de su conversión y bautismo, Tertuliano lo describe con la imagen del niño que emerge del oscuro vientre de su madre y se asusta ante el contacto con el aire y la luz. “Saliendo – escribe – del seno común de la misma ignorancia, temblamos a la luz de la verdad”: ad lucem expavescentes véritatis”<br />
*    *    *<br />
Inmediatamente nos hacemos la pregunta: ¿Qué significa para nosotros, ahora y aquí, esa palabra de Jesús: &#8220;Yo soy la luz del mundo&#8221;? La expresión “luz del mundo” tiene dos significados fundamentales. El primer significado es que Jesús es la luz del mundo porque él es la revelación suprema y definitiva de Dios a la humanidad. El incipit de la Carta a los Hebreos lo afirma de la manera más clara y solemne:<br />
En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos (Heb 1, 1-2).<br />
La novedad consiste en el hecho único e irrepetible de que el revelador es él mismo la revelación “Yo soy la luz”, no traigo luz al mundo. Los profetas hablaron en tercera persona: &#8220;¡Así dice el Señor!&#8221;, Jesús habla en primera persona: &#8220;¡Yo os digo!&#8221;. En 1964 Marshall McLuhan lanzó el famoso eslogan: “El medio es el mensaje”, queriendo decir con ello que el medio por el que se difunde un mensaje condiciona el mensaje mismo. Este dicho se aplica de manera única y trascendente a Cristo. En él el medio de transmisión es verdaderamente el mensaje; ¡El mensajero es él mismo el mensaje!<br />
Éste, decía, es el primer significado de la expresión &#8220;luz del mundo&#8221;. El segundo significado es que Jesús es la luz del mundo en el sentido de que ilumina al mundo, es decir, revela el mundo a sí mismo; muestra cada cosa en su verdad, tal como es ante Dios. Reflexionemos sobre cada uno de los dos significados, partiendo del primero, es decir, de Jesús como suprema revelación de la verdad de Dios.<br />
Desde este punto de vista, la luz que es Cristo siempre ha tenido un feroz competidor: la razón humana. Hablamos del asunto no con intención polémica o apologética, es decir, para saber qué responder a los adversarios de la fe (fallaría en mi propósito inicial), sino para confirmarnos en la fe.<br />
Los debates sobre la fe y la razón –sería más exacto decir sobre la razón y la revelación– están afectados, en mi opinión, por una disimetría radical. El creyente comparte la razón con el ateo; el ateo no comparte la fe en la revelación con el creyente. El creyente habla el idioma del interlocutor ateo; este no habla el idioma de su homólogo creyente.<br />
Precisamente por eso, el debate más convincente sobre el tema &#8220;fe y razón&#8221; es el que se produce dentro de una misma persona, entre su fe y su razón. Tenemos ejemplos famosos de esto en la historia del pensamiento humano, en hombres en los que no se puede dudar de una pasión idéntica por la fe y por la razón: Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Blaise Pascal, Søren Kierkegaard, John Newman, a los que podríamos añadir , con toda razón, Juan Pablo II, Benedicto XVI&#8230; La conclusión a la que llegó cada uno de ellos es que el acto supremo de la razón es reconocer que hay algo que la supera. Este es también el acto que más honra a la razón porque indica su capacidad de trascenderse a sí misma. La fe no se opone a la razón, sino que la presupone, exactamente como &#8220;la gracia presupone la naturaleza&#8221; .<br />
Hay también otro malentendido que aclarar respecto del diálogo entre fe y razón. La crítica básica dirigida al creyente es que no puede ser objetivo, ya que su fe le impone, desde el principio, la conclusión a alcanzar y, por tanto, constituye una pre-comprensión y un prejuicio. No se tiene en cuenta que el mismo &#8220;prejuicio&#8221; actúa, en sentido contrario, también en el científico o filósofo no creyente, y de forma mucho más radical. Si se da por pacífico que Dios no existe, que lo sobrenatural no existe y que los milagros no son posibles, su conclusión sólo puede ser una, y ya dada desde el principio.<br />
He aquí un ejemplo entre muchos. Basándose en su visión de la realidad, ¿podría Freud admitir que el &#8220;amor universal&#8221; de Francisco de Asís tenía un componente sobrenatural, llamado gracia? Ciertamente no, y de hecho él lo convierte en una “derivación del amor genital”. Francisco de Asís, escribe, &#8220;es quien más ha llegado a utilizar el amor en beneficio de su sentimiento interior de felicidad&#8221; . Es decir, amaba a Dios, a los hombres, a toda la creación y de manera muy especial a Jesús Crucificado, porque esto le gratificaba, ¡le hacía sentir bien!<br />
El hombre moderno, en lugar de la verdad, pone la búsqueda de la verdad como valor supremo. Lessing escribió: “Si Dios tuviera en su mano derecha toda la verdad y en su mano izquierda sólo la aspiración siempre viva a la verdad, incluso bajo la condición de estar eternamente en el error, y me dijera: &#8216;¡Elige!&#8217;, yo me inclinaría humildemente hacia la izquierda diciendo: &#8216;¡Esto, Padre! La verdad pura te pertenece sólo a ti.&#8221;<br />
La razón de esto es simple. Mientras estamos en la fase de investigación, es él, el hombre, quien dirige el juego, el protagonista, mientras que en presencia de la Verdad reconocida como tal, ya no tiene ninguna posibilidad y debe brindar &#8220;la obediencia&#8221; de la fe&#8221;. La fe plantea lo Absoluto, mientras que la razón quisiera continuar la discusión indefinidamente. Como la bella Sherazade de Las mil y una noches, la razón humana siempre tiene una nueva historia que contar para retrasar su rendición.<br />
Sólo hay dos posibles soluciones a la tensión entre fe y razón: o reducir la fe &#8220;dentro de los límites de la razón pura&#8221;, como propuso el filósofo Kant, o romper los límites de la razón pura para espaciar en un horizonte ilimitado. Un poco como el Ulises de Dante que, habiendo llegado a las columnas de Hércules, luego considerado entonces el límite de la tierra, decide no detenerse, sino hacer, “de los remos, alas para un loco vuelo&#8221; .<br />
*    *    *<br />
Debo, sin embargo, ser coherente con la premisa expuesta al principio. La discusión sobre fe y razón, antes de ser un debate entre &#8220;nosotros y ellos&#8221;, entre creyentes y no creyentes, debe ser un debate &#8220;entre nosotros y nosotros&#8221;, es decir, entre los propios creyentes. De hecho, el peor tipo de racionalismo no es el externo, sino el interno. San Pablo escribió a los Corintios:<br />
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1Cor 2,4-5).<br />
Y en otro lugar:<br />
Las armas de nuestro combate no son carnales; es Dios quien les da la capacidad para derribar torreones; deshacemos sofismas y cualquier baluarte que se alce contra el conocimiento de Dios y reducimos los entendimientos a cautiverio para que se sometan a la obediencia de Cristo (2Cor 10, 4-5).<br />
Desafortunadamente, lo que el Apóstol temía ha sucedido muchas veces. La teología, especialmente en Occidente, se ha alejado cada vez más del poder del Espíritu para aprovechar la sabiduría humana. El racionalismo moderno exigía que el cristianismo presentara su mensaje de manera dialéctica, es decir, sometiéndolo completamente a la investigación y a la discusión, para que pudiera encajar en el marco general -también filosóficamente aceptable- de un esfuerzo común y siempre provisional de auto-comprensión del hombre y del universo. Sin embargo, al hacerlo, el anuncio de la salvación sobre Cristo muerto y resucitado quedó subordinado a una instancia diferente y supuestamente superior. Ya no era un kerigma, sino sólo una hipótesis.<br />
El peligro inherente a esta forma de hacer teología es que Dios sea objetivado. Se convierte en un objeto del que hablamos, no en un sujeto con quien (o en cuya presencia) hablamos. Un “él” –o, peor aún, un eso-, nunca un “tú”. Es el contragolpe de haber hecho de la teología una &#8220;ciencia&#8221;. El primer deber de quien hace ciencia es ser neutral frente al objeto de su investigación; pero ¿se puede ser neutral cuando se trata de Dios? Este fue el motivo principal que me llevó, en cierto momento de mi vida, a abandonar la enseñanza académica de la teología, para dedicarme de tiempo completo a la predicación. La consecuencia de esa manera de hacer teología, de hecho, es que se convierte cada vez más en un diálogo con la élite académica del momento, y cada vez menos en un alimento para la fe del pueblo de Dios.<br />
De esta situación sólo se puede salir acompañando el estudio con la oración, hablando con Dios, no hablando siempre y sólo de Dios. San Agustín alcanzó su teología más duradera, hablando con Dios en las Confesiones. “Si eres teólogo, orarás de verdad y si oras de verdad, serás teólogo”, dijo un antiguo Padre del Desierto . También ayuda la contemplación y la imitación de la Madre de Dios, quien en su vida terrena no tuvo nada que ver con ideas abstractas sobre Dios y su hijo Jesús, mas solo con su viviente realdad.<br />
*    *    *<br />
He mencionado anteriormente un segundo significado de la expresión &#8220;luz del mundo&#8221;, y es a él al que quisiera dedicar la última parte de mi reflexión, también porque es el que nos concierne más de cerca. Se trata, decía, del sentido instrumental, por así decirlo, en el que Jesús es la luz del mundo: es decir, en cuanto ilumina todas las cosas; hace, para con el mundo, lo que el sol hace para con la tierra. El sol no ilumina a sí mismo, sino que ilumina todas las cosas de la tierra y hace que todo se vea distintamente.<br />
También en este segundo sentido, Jesús y su Evangelio tienen un competidor que es el más peligroso de todos, siendo un competidor interno, un enemigo en casa. La expresión “luz del mundo” cambia completamente de significado dependiendo de si la expresión “del mundo” se toma como genitivo objetivo, o como genitivo subjetivo; dependiendo, es decir, de si el mundo es el objeto iluminado, o más bien el sujeto que ilumina. En este segundo caso, no es el Evangelio, sino el mundo el que nos hace ver todas las cosas con su propia luz. El evangelista Juan exhortaba a sus discípulos con estas palabras:<br />
No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo (1Jn 2, 15-16).<br />
El peligro de conformarse a este mundo –la mundanidad– es el equivalente, en el ámbito religioso y espiritual, de lo que, en el ámbito social, llamamos secularización. Nadie (y menos de todos yo) puede decir que este peligro no se cierne también sobre él o ella. Un dicho atribuido a Jesús en un antiguo escrito no canónico dice: &#8220;Si no ayunáis del mundo, no descubriréis el reino de Dios&#8221; . He aquí el ayuno más necesario de todos hoy: ¡el ayuno del mundo, nesteuein tô kosmô, según el dicho mencionado!<br />
El mundo del que hablamos y al que no debemos conformarnos no es el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del mundo con quienes, de hecho, debemos encontrarnos siempre, especialmente los pobres, los últimos, los que sufren. “Mezclarse” con este mundo de sufrimiento y marginación es, paradójicamente, la mejor manera de “separarse” del mundo, porque significa ir allí, donde el mundo huye con todas sus fuerzas. Significa separarse del principio mismo que gobierna el mundo, que es el egoísmo.<br />
Antes de las obras, el cambio debe producirse en la forma de pensar. San Pablo exhortaba a los cristianos de Roma con las palabras:<br />
No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,2).<br />
Hay muchas causas en el origen de la mundanidad, pero la principal es la crisis de fe. La fe es el principal campo de batalla entre el cristiano y el mundo. Es por la fe que el cristiano ya no es &#8220;del&#8221; mundo. Entendido en sentido moral, “mundo” es todo lo que se opone a la fe. “Ésta es la victoria que ha vencido al mundo”, escribe Juan en la Primera Carta, “nuestra fe” (1 Juan 5,4). En la Carta a los Efesios hay, a este respecto, una palabra en la que vale la pena detenerse un poco. Él dice:<br />
También vosotros un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dio (Eph 2, 1-2).<br />
El exégeta Heinrich Schlier hizo un penetrante análisis de este &#8220;espíritu del mundo&#8221; considerado por Pablo como antagonista directo del &#8220;Espíritu de Dios&#8221; (1 Cor 2, 12). La opinión pública juega en ello un papel decisivo. Hoy podemos llamarlo, en sentido literal, &#8220;el espíritu que está en el aire&#8221;, porque se propaga sobre todo por el aire, a través de medios de comunicación virtuales.<br />
Se determina – escribe Schlier – un espíritu de gran intensidad histórica, del que el individuo difícilmente puede escapar. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos obvio. Actuar o pensar o decir algo en contra se considera un sinsentido o incluso una injusticia o un delito. Entonces ya no nos atrevemos a afrontar las cosas y las situaciones, y sobre todo la vida, de una forma diferente a como ese espíritu nos las presenta&#8230; Su característica es interpretar el mundo y la existencia humana a su manera .<br />
Esto es lo que llamamos “adaptación al espíritu de los tiempos”. La moraleja del &#8220;Così fan tutte&#8221; de Mozart. Hoy tenemos una nueva imagen para describir la acción corrosiva del espíritu del mundo, el virus informático. Por lo poco que sé, el virus es un programa de diseño malicioso que penetra en el ordenador por las vías más insospechadas (intercambio de correos electrónicos, páginas web&#8230;), y una vez dentro confunde o bloquea el funcionamiento normal, alterando el llamado &#8220;sistema operativo&#8221;.<br />
El espíritu del mundo actúa de manera similar. Nos penetra por mil canales, como el aire que respiramos, y una vez dentro, cambia nuestros modelos de funcionamiento: sustituye el modelo &#8220;Cristo&#8221; por el modelo &#8220;mundo&#8221;. El mundo también tiene su &#8220;trinidad&#8221;, sus tres dioses o ídolos a los que adorar: el placer, el poder y el dinero. Todos deploramos los desastres que crean en la sociedad, pero ¿estamos seguros de que, a nuestra pequeña escala, somos completamente inmunes a ellos?<br />
Nuestro mayor consuelo, en esta lucha con el mundo que está fuera de nosotros y el que está dentro de nosotros, es saber que Cristo, una vez resucitado, continúa orando al Padre por nosotros con las palabras con las que se despidió de sus Apóstoles:<br />
No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo…. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo… No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos (Jn 17, 15-20).<br />
Y nosotros decimos de todo corazón: ¡Amén!</p>
<p>  1.Tertuliano, Apologeticum, 39, 9.<br />
  2.Tomás de Aquino, S.Th. I, q.2, a.2, ad 1.<br />
  3.Sigmund Freud, El malestar en la cultura, IV.<br />
  4.Gotthold Lessing, Eine Duplik, I, in Werke 3, Zürich 1974, p.149.<br />
  5.Dante Alighieri, Inferno, XXVI, 125<br />
  6.Evagrio Pontico, De oratione, 60 (PG 79, 1180).<br />
  7.Cf. Clemente Al., Stromati, 111, 15; A. Resch, Agrapha, 48 (TU, 30, 1906, p. 68).<br />
  8.H. Schlier, in “Geist und Leben 31 (1958), pp. 173-183.</p>
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		<title>“YO SOY EL PAN DE VIDA”  - Primer Sermón Cuaresma 2024</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Feb 2024 12:32:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Al comienzo de estos sermones de Cuaresma, volvemos a partir del diálogo entre Jesús y los apóstoles en Cesarea de Filipo: Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías,[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al comienzo de estos sermones de Cuaresma, volvemos a partir del diálogo entre Jesús y los apóstoles en Cesarea de Filipo:<br />
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 13-16).<br />
De todo el diálogo nos interesa, en este momento, única y exclusivamente la segunda pregunta de Jesús: &#8220;¿Quién decís que soy yo?&#8221; Sin embargo, no lo tomamos en el sentido en que habitualmente se entiende esa pregunta; es decir, si a Jesús le interesaba saber qué piensa la Iglesia de él, o qué nos dicen de él nuestros estudios teológicos. ¡No! Tomemos esa pregunta cómo debe ser tomada cada palabra que sale de la boca de Jesús, es decir, como dirigida, hic et nunc, a quien la escucha, de forma individual y personal.<br />
Para realizar este examen pediremos ayuda al evangelista Juan. En su Evangelio encontramos toda una serie de declaraciones de Jesús, los famosos Ego eimi, &#8220;Yo Soy&#8221;, con las que revela lo que piensa él de sí mismo, quién dice ser: &#8220;Yo soy el pan de vida”, “Yo soy la luz del mundo”, etc. Repasaremos cinco de estas autorrevelaciones y nos preguntaremos cada vez si él es realmente para nosotros lo que dice ser, y cómo hacer para que lo sea cada vez más.<br />
Será un momento para vivir de una manera especial. Es decir, no con la mirada dirigida hacia afuera, hacia los problemas del mundo y de la Iglesia, como estamos obligados a hacerlo en otros contextos, sino con una mirada introspectiva. ¿Un momento, entonces, íntimo y desapegado y, por lo tanto, considerando todo, egoísta? ¡Lejos de ahí! Es un evangelizarnos para evangelizar, llenándonos de Jesús para después hablar de ello &#8220;por redundancia de amor&#8221;, como recomendaban a los predicadores las primitivas Constituciones de mi Orden Capuchina; es decir, por convicción íntima, no sólo para cumplir un mandato.<br />
*     *     *<br />
Empecemos por el primero de estos &#8220;Yo Soy&#8221; de Jesús que encontramos en el Cuarto Evangelio, en el capítulo sexto: &#8220;Yo soy el pan de vida&#8221;. Escuchemos primero la parte del relato que más directamente nos interesa:<br />
Le replicaron: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”». Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás (Jn 6, 30-35).<br />
Unas palabras sobre el contexto. Jesús previamente multiplicó cinco panes de cebada y los dos peces para alimentar a cinco mil hombres. Luego desapareció para escapar del entusiasmo del pueblo que quiere proclamarlo rey. La multitud lo busca y lo encuentra al otro lado del lago.<br />
En este punto comienza el largo discurso con el que Jesús intenta explicar &#8220;el signo del pan&#8221;. Quiere dejar claro que hay que buscar otro pan, del cual el material es, de hecho, un &#8220;signo&#8221;. Es el mismo procedimiento utilizado con la mujer samaritana en el capítulo IV del Evangelio. Allí Jesús quiere llevar a la mujer a descubrir otra agua, más allá de la física que sólo calma la sed por poco tiempo; aquí quiere llevar a la multitud a buscar otro pan, diferente al material que sacia sólo para un día. A la mujer samaritana que pide esa agua misteriosa y espera la venida del Mesías para obtenerla, Jesús responde: &#8220;Soy yo quien te hablo&#8221; (Jn 4,26). A la multitud que ahora le hace la misma pregunta sobre el pan, él responde: &#8220;¡Yo soy el pan de vida!&#8221;<br />
Nos preguntamos: ¿cómo y dónde comemos este pan de vida? La respuesta de los Padres de la Iglesia fue: en dos &#8220;lugares&#8221;, o de dos maneras: en el sacramento y en la Palabra, es decir, en la Eucaristía y en la Escritura. Es cierto que hubo diferentes énfasis. Algunos, como Orígenes y entre los latinos Ambrosio, insisten más en la Palabra de Dios: “Este pan que Jesús parte &#8211; escribe san Ambrosio comentando la multiplicación de los panes &#8211; significa místicamente la palabra de Dios que aumenta cuando se distribuye. Nos ha dado sus palabras como panes que se multiplican en nuestra boca cuando los saboreamos.&#8221;  Otros, como Cirilo de Alejandría, enfatizan la interpretación eucarística. Ninguno de ellos, sin embargo, tenía la intención de hablar de una forma excluyendo la otra. Se habla de la Palabra y de la Eucaristía como de las &#8220;dos mesas&#8221; dispuestas por Cristo. En La Imitación de Cristo leemos:<br />
Pues conozco que tengo grandísima necesidad de dos cosas, sin las cuales no podría soportar esta vida miserable. Detenido en la cárcel de este cuerpo, confieso serme necesarias dos cosas que son, mantenimiento y luz. Dísteme, pues, como a enfermo tu sagrado Cuerpo para alimento del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra para que sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien; porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento el pan que le da la vida. Estas se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y a otro lado en el tesoro de la Santa Iglesia.<br />
La afirmación unilateral de una de estas dos formas de comer el pan de vida con exclusión de la otra es el resultado de la división dañina que se produjo en el cristianismo occidental. Del lado católico, la interpretación eucarística había llegado a ser tan preponderante que hizo del capítulo sexto de Juan casi el equivalente del relato de la institución de la Eucaristía. Lutero, en reacción, afirmó que el pan de vida es la palabra de Dios que se distribuye mediante la predicación y se come mediante la fe.<br />
El clima ecuménico que se ha establecido entre los creyentes en Cristo nos permite recomponer la síntesis tradicional presente en los Padres. No hay duda de que el pan de vida nos llega a través de la palabra de Dios y en particular de las palabras de Jesús en el Evangelio. Nos lo recuerda también su respuesta al tentador: &#8220;No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios&#8221; (Mt 4,4). Pero ¿cómo no ver en el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm también una referencia a la Eucaristía? Todo el contexto evoca un banquete: se habla de comida y bebida, de comer y beber, del cuerpo y de la sangre. Las palabras: “Quien no come mi carne ni bebe mi sangre…” recuerdan demasiado las palabras de la institución (“Tomad y bebed, esto es mi cuerpo” y “Tomad y bebed: esta es mi sangre”) para poder negar cualquier relación entre ellas.<br />
Si en la exégesis y en la teología asistimos a una polarización y a veces &#8211; decía &#8211; a un contraste entre el pan de la palabra y el pan eucarístico, en la liturgia su síntesis se ha vivido siempre pacíficamente. Desde los tiempos más antiguos, por ejemplo en San Justino Mártir, la Misa incluía dos momentos: la liturgia de la Palabra, con lecturas extraídas del Antiguo Testamento y de las &#8220;memorias de los Apóstoles&#8221;, y la liturgia eucarística con consagración y comunión.<br />
Hoy podemos volver, decía, a la síntesis original entre Palabra y Sacramento. De hecho, debemos, incluso, dar un paso adelante en esta dirección. Este consiste en no limitar el comer la carne y beber la sangre de Cristo únicamente a la Palabra y al sacramento de la Eucaristía, sino en verlo implementado en cada momento y aspecto de nuestra vida de gracia.<br />
Cuando san Pablo escribe: &#8220;Para mí vivir es Cristo&#8221; (Flp 1,21), no piensa en un momento particular. Para él, Cristo es verdaderamente, en todos los modos de su presencia, el pan de vida; se &#8220;come&#8221; con la fe, la esperanza y la caridad, en la oración y en todo. El ser humano está creado para la alegría y no puede vivir sin alegría, o sin la esperanza de ella. La alegría es el pan del corazón. Y el Apóstol busca también la verdadera alegría -y exhorta a sus seguidores a buscarla- en el Señor Jesus Cristo: &#8220;Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete&#8221;: &#8220;Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos&#8221; (Flp 4,4).<br />
Jesús es el pan de vida eterna no sólo por lo que da, sino también -y ante todo- por lo que es. La Palabra y el Sacramento son los medios; vivir por él y en él es el fin: &#8221; Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí&#8221; (Jn 6,57). En el himno Adoro te devote que ha alimentado la piedad y la adoración eucarística de los católicos durante siglos, hay un verso que es una paráfrasis de estas palabras de Jesús. En el original que muchos de nosotros seguramente recordamos, suena así:<br />
O memoriále mortis Dómini,<br />
Panis vivus vitam praestans hómini,<br />
praesta meae menti de te vívere,<br />
et te illi semper dulce sápere.<br />
Y en Español<br />
¡Memorial de la muerte del Señor!<br />
Pan vivo que das vida al hombre:<br />
Concede a mi alma que de Ti viva<br />
Y que siempre saboree tu dulzura.<br />
*     *     *<br />
Todo el discurso de Jesús tiende, por tanto, a aclarar qué vida él da: no vida de la carne, sino vida del Espíritu, vida eterna. Sin embargo, no es en esta línea que quisiera continuar mi reflexión en los pocos minutos que me quedan. Respecto al Evangelio siempre hay dos operaciones que hacer, respetando estrictamente su orden: primero la apropiación, luego la imitación. Hasta ahora nos hemos apropiado del pan de vida por la fe, y lo hacemos cada vez que comulgamos. Ahora necesitamos ver cómo ponerlos en práctica en nuestras vidas.<br />
A este fin, nos hacemos una pregunta sencilla: ¿Cómo llegó él, Jesús, a ser pan de vida para nosotros? Él mismo nos dio la respuesta y precisamente en el Evangelio de Juan: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto&#8221; (Jn 12,24). Sabemos bien a qué aluden las imágenes de caer al suelo y pudrirse. En ellas está contenida toda la historia de la Pasión. Debemos intentar ver qué significan esas imágenes para nosotros. De hecho, con la imagen del grano de trigo, Jesús no sólo indica su destino personal, sino él de cada uno de sus verdaderos discípulos.<br />
No se puede escuchar las palabras dirigidas por el obispo Ignacio de Antioquía a la Iglesia de Roma sin conmoverse y sin asombrarse al ver lo que la gracia de Cristo es capaz de hacer en una criatura humana:<br />
Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro de Cristo&#8230; Rogad al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos pueda ser hallado un sacrificio para Dios. No os mando nada, cosa que hicieron Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un reo; ellos eran libres, pero yo soy un esclavo.<br />
Ante los dientes de las fieras, el obispo Ignacio experimentó otros dientes que le aplastaban, no dientes de las fieras, sino de los hombres: &#8220;Desde Siria hasta Roma &#8211; escribe &#8211; he venido luchando con las fieras, por tierra y por mar, de día y de noche, viniendo atado entre diez leopardos, o sea, una compañía de soldados, los cuales, cuanto más amablemente se les trata, peor se comportan&#8221; . Esto tiene algo que decirnos también a nosotros. Cada uno de nosotros tiene, en su entorno, estos dientes de fieras que trituran. Agustín decía que los seres humanos somos &#8220;vasos de barro, que nos dañamos unos a otros&#8221;: lutea vasa quae faciunt invicem angustias.  ¡Debemos aprender a hacer de esta situación un medio de santificación y no de endurecimiento del corazón, de odio y de queja!<br />
Una máxima frecuentemente repetida en nuestras comunidades religiosas dice Vita communis mortificatio maxima: &#8220;vivir en comunidad es la mayor de todas las mortificaciones&#8221;. No sólo la mayor, sino también más útil y meritoria que muchas otras mortificaciones auto elegidas. Esta máxima no se aplica sólo a quienes viven en comunidades religiosas, sino en toda convivencia humana. Donde se logra de manera más exigente es, en mi opinión, el matrimonio, y debemos sentirnos llenos de admiración ante un matrimonio llevado adelante fielmente hasta la muerte. Pasar toda la vida, día y noche, soportando la voluntad, el carácter, la sensibilidad y la idiosincrasia de otra persona, especialmente en una sociedad como la nuestra, es algo grandioso y, si se hace con espíritu de fe y de amor, ya debería calificarse de “virtud heroica&#8221;.<br />
Sin embargo, nos encontramos aquí en el contexto de la Curia, que no es una comunidad religiosa o matrimonial, sino de servicio y trabajo eclesial. Hay muchas oportunidades que no debemos desperdiciar si también nosotros queremos ser molidos para convertirnos en harina de Dios, y cada uno debe identificar y santificar las ocasiones que se le ofrecen en su lugar de servicio. Mencionaré sólo una o dos de ellas que creo que son válidas para todos.<br />
Una oportunidad es aceptar que nos contradigan, renunciar a justificarse y querer tener siempre la razón, cuando la importancia del asunto no lo exige. Otra es aguantar a alguien cuyo carácter, forma de hablar o de actuar nos pone de los nervios, y hacerlo sin irritarnos interiormente, pensando, más bien, que quizás nosotros también somos esa persona para alguien. El Apóstol exhortó a los fieles de Colosas con estas palabras: “Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro” (Col 3, 12-13). Lo más difícil de “desmenuzar” en nosotros no es la carne, sino el espíritu, es decir, el amor propio y el orgullo, y estos pequeños ejercicios sirven magníficamente para ese propósito.<br />
Lamentablemente hoy existe en la sociedad una especie de dientes que rechinan sin piedad, más cruelmente que los dientes de leopardo de los que hablaba el mártir San Ignacio. Son los dientes de los medios de comunicación y de las llamadas redes sociales. No cuando señalan las distorsiones de la sociedad o de la Iglesia (¡en esto merecen todo el respeto y estima!), sino cuando atacan a alguien por parcialidad, simplemente porque no pertenece a su bando. Con malicia, con intención destructiva, no constructiva. ¡Pobre quien hoy acabe en esta picadora de carne, sea laico o clérigo!<br />
En este caso, es legítimo y necesario hacer valer las razones en los foros apropiados. Si esto no es posible, o se ve que no sirve de nada, sólo le queda al creyente unirse a Cristo azotado, coronado de espinas y a quienes han escupido. En la Carta a los Hebreos leemos esta exhortación a los primeros cristianos que puede ayudar en ocasiones similares: &#8220;Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo&#8221; (Heb 12,3).<br />
Es algo difícil y doloroso, especialmente si está involucrada la propia familia natural o religiosa, pero la gracia de Dios puede hacer &#8211; y muchas veces ha hecho &#8211; de todo esto una oportunidad de purificación y santificación. Se trata de tener fe en que, al final, como pasó con Jesús, la verdad triunfará sobre la mentira. Y triunfará mejor, quizás, con el silencio que con la autodefensa más agresiva.<br />
*     *     *<br />
El objetivo final de dejarse moler, sin embargo, no es de carácter ascético, sino místico; no sirve tanto para mortificarse, sino para crear comunión. Esta es una verdad que ha acompañado a la catequesis eucarística desde los primeros días de la Iglesia. Está ya presente en la Didaché (IX, 4), un escrito de la época apostólica. San Agustín desarrolla de manera maravillosa este tema en uno de sus discursos al pueblo. Él compara el proceso que conduce a la formación del pan que es el cuerpo eucarístico de Cristo, y el proceso que conduce a la formación de su cuerpo místico que es la Iglesia. Decía:<br />
Recuerda por un momento lo que fue esta criatura que es el trigo, cuando aún estaba en el campo: la tierra la hizo brotar, la lluvia la alimentó; luego estaba el trabajo del hombre que la llevaba a la era, la trillaba, la aventaba y la colocaba en los graneros; de aquí lo sacó para molerlo y cocerlo y así, finalmente, se convirtió en pan. Ahora pensad en vosotros: no fuisteis y fuisteis creados, fuisteis llevados a la era del Señor, fuisteis trillados&#8230; Cuando disteis vuestros nombres para el bautismo, empezasteis a ser molidos con ayunos y exorcismos; luego finalmente llegasteis al agua, fuisteis amasados y os convertisteis en uno; cuando vino el fuego del Espíritu Santo, fuisteis cocidos y os convertisteis en el pan del Señor. Esto es lo que habéis recibido. Por tanto, así como veis que el pan preparado es uno, así también vosotros sed uno, amándonos unos a otros, manteniendo la misma fe, la misma esperanza y la misma caridad.&#8221;<br />
Entre los dos cuerpos -el eucarístico y el místico de la Iglesia- no sólo hay semejanza, sino también dependencia. Es gracias al misterio pascual de Cristo operando en la Eucaristía que podemos encontrar la fuerza para dejarnos arraigar, día a día, en las pequeñas (¡y a veces grandes!) circunstancias de la vida.<br />
*     *     *<br />
Termino con un episodio que realmente sucedió, narrado en un libro titulado &#8220;El precio a pagar&#8221;, escrito en francés y traducido en muchas lenguas. Sirve, mejor que largos discursos, para darnos cuenta de la fuerza contenida en los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; de Jesús en el Evangelio y, en particular, de lo que he comentado en esta primera meditación.<br />
Hace unas décadas, en una nación del Medio Oriente, dos soldados, uno cristiano y el otro no, actuaban juntos como centinelas en un depósito de armas. El cristiano sacaba a menudo, a veces incluso de noche, un librito y lo leía, atrayendo la curiosidad y la ironía de su compañero de armas. Una noche, este último tiene un sueño. Se encuentra frente a un arroyo que sin embargo no puede cruzar. Ve una figura envuelta en luz que le dice: “Para cruzarlo necesitas el pan de vida”. Fuertemente impresionado por el sueño, por la mañana, sin saber por qué, pide, o más bien obliga, a su compañero a que le entregue su misterioso libro. (Se trataba, por supuesto, de los Evangelios). Lo abre y cae sobre el evangelio de Juan. Su amigo cristiano le aconseja empezar con el de Mateo, que es más fácil de entender. Pero él, sin saber por qué, insiste. Lee todo de una vez, hasta llegar al sexto capítulo. Pero llegados a este punto es bueno escuchar su historia directamente:<br />
Al llegar al capítulo 6 de repente dejo de leer, atónito, en mitad de una frase. Por un segundo, creo que soy víctima de una alucinación, y miro hacia atrás en este libro, en el lugar preciso donde me detuve&#8230; Acabo de leer estas palabras exactas, &#8220;el pan de vida&#8221;, las mismas que escuché hace unas horas en mi sueño&#8230; Releo lentamente este pasaje, en el que este Jesús se dirige a sus discípulos después de haber multiplicado los panes para la multitud, diciéndoles: &#8221; Yo soy el pan de vida, quien a mí viene nunca más tendré hambre.&#8221;&#8230; Algo extraordinario sucede en seguida en mí, como una violenta explosión que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, acompañada de una sensación de bienestar y calidez&#8230; Tengo la impresión de estar borracho, mientras surge en mi corazón un sentimiento de fuerza increíble, una pasión casi violenta y amorosa por este Jesucristo de quien hablan los Evangelios.<br />
Lo que esta persona tuvo que sufrir más tarde por su fe confirma la autenticidad de su experiencia. La palabra de Dios no siempre actúa de manera tan explosiva, pero el ejemplo escuchado, repito, nos muestra qué fuerza divina está contenida en los solemnes &#8220;Yo Soy&#8221; de Cristo que con la gracia de Dios vamos a comentar en esta Cuaresma. </p>
<p>  1.Ambrosio de Milán, In Lucam, VI, 86.<br />
  2.Imitación de Cristo, IV,11.<br />
  3.Lutero, Sobre el Evang. de Juan, 231.<br />
  4.Ignacio de Antiochia, Carta a los Romanos, IV,1.<br />
  5.Ib. V,1.<br />
  6.Augustin, Sermones, 69,1 (PL 38, 440).<br />
  7.Augustin, Sermones, 229 (Denis 6) (PL 38, 1103).<br />
  8.Joseph Fadelle, Le prix à payer. Les Editions de l’Oeuvre, Paris 2010.</p>
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		<title>“EN EL MUNDO TENDRÉIS TRIBULACIÓN. PERO ¡ÁNIMO!: YO HE VENCIDO AL MUNDO”  -  Quinta Predicación, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Apr 2023 11:19:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>“En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Santo Padre, Venerados Padres, hermanos y hermanas, estas son algunas de las últimas palabras que Jesús dirige a sus discípulos antes de despedirse de ellos. No son los habituales &#8220;¡Ánimo!&#8221; dirigido a los que se quedan, por uno que está a punto de partir. De hecho, añade: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Jn 14,18).<br />
¿Qué significa &#8220;volveré a vosotros&#8221; si está a punto de dejarlos? ¿Cómo y en qué capacidad vendrá y se quedará con ellos? Si no se comprende la respuesta a esta pregunta, nunca se comprenderá la verdadera naturaleza de la Iglesia. La respuesta está presente, como una especie de tema recurrente, en los discursos de despedida del Evangelio de Juan y es bueno escuchar de una vez los versículos en los que el tema se convierte en la nota dominante. Hagámoslo con la atención y la conmoción con que los hijos escuchan la disposición del padre respecto al bien más preciado que está a punto de dejarles:<br />
Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros (14,16-17).<br />
El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (14,26).<br />
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí (15,26-27).<br />
Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré (16,7).<br />
Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros (16,12-14).<br />
Pero, ¿qué es y quién es el Espíritu Santo que promete? ¿Es él mismo, Jesús, u otro? Si es él mismo, porque dice en tercera persona: &#8220;cuando venga el Paráclito&#8230;&#8221;; si es otro, ¿por qué dice en primera persona: &#8220;volveré a vosotros&#8221;? Tocamos el misterio de la relación entre el Resucitado y su Espíritu. Relación tan estrecha y misteriosa que San Pablo a veces parece identificarlos. En efecto, escribe: &#8220;El Señor es el Espíritu&#8221;, pero luego añade sin interrupción: &#8220;y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad&#8221; (2 Cor 3, 17). Si es el Espíritu del Señor, no puede ser, pura y simplemente, el Señor.<br />
La respuesta de la Escritura es que el Espíritu Santo, con la redención, se ha convertido en &#8220;el Espíritu de Cristo&#8221;; es el modo en que el Resucitado obra ahora en la Iglesia y en el mundo, habiendo sido &#8220;constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación, en virtud de la resurrección de entre los muertos&#8221; (Rm 1, 4). Por eso puede decir a los discípulos: &#8220;Es bueno que me vaya&#8221;, y añadir: &#8220;pero no os dejaré huérfanos&#8221;.<br />
Debemos liberarnos por completo de una visión de la Iglesia formada gradualmente que se ha vuelto dominante en la conciencia de muchos creyentes. La llamo visión deísta o cartesiana, por la afinidad que tiene con la visión del mundo del deísmo cartesiano. ¿Cómo era concebida la relación entre Dios y el mundo en esta visión? Más o menos así: Dios primero crea el mundo y luego se retira, dejándolo desarrollarse con las leyes que le ha dado; como un reloj al que se le ha dado suficiente cuerda para funcionar indefinidamente por sí mismo. Cualquier nueva intervención de Dios perturbaría este orden, por lo que los milagros se consideran inadmisibles. Dios, al crear el mundo, actuaría como quien le da una palmadita a un globo ligero y lo empuja por el aire, quedándose en el suelo.<br />
¿Qué significa esta visión cuando se aplica a la Iglesia? Que Cristo fundó la Iglesia, la dotó de todas las estructuras jerárquicas y sacramentales para su funcionamiento, y luego la dejó, retirándose a su cielo en el momento de la Ascensión. Como alguien que empuja un pequeño bote hacia el mar y luego se aleja de la orilla.<br />
¡Pero no es así! Jesús ha subido a la barca y está dentro. Hay que tomar en serio sus últimas palabras en Mateo: &#8220;Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Con cada nueva tempestad, incluida las que estamos viviendo, repite lo que dijo a los apóstoles en el episodio de la tempestad calmada: &#8220;¿Por qué tenéis miedo, gente de poca fe?&#8221; (Mt 8,26). Acaso ¿no estoy yo aquí con vosotros? ¿Puedo hundirme yo? ¿Puede el que creó el mar hundirse en el mar?<br />
Observé con alegría que en el Anuario Pontificio, bajo el nombre del Papa, sólo figura el título de &#8220;Obispo de Roma&#8221;; todos los demás títulos: Vicario de Jesucristo, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, etc. – se enumeran como “títulos históricos” en la página siguiente. Me parece correcto, especialmente en lo que se refiere al &#8220;Vicario de Jesucristo&#8221;. Vicario es alguien que toma el lugar del jefe en su ausencia, pero Jesucristo nunca se ausentó y nunca se ausentará de su Iglesia. Con su muerte y resurrección se convirtió en &#8220;cabeza del cuerpo que es la Iglesia&#8221; (Col 1,18) y seguirá siéndolo hasta el fin del mundo. El es el verdadero y único Señor de la Iglesia.<br />
La suya no es una presencia moral e intencional por así decirlo, no es un señorío por delegación. Cuando no podemos estar presentes personalmente en algún evento, solemos decir: &#8220;¡Estaré presente espiritualmente!&#8221;, lo cual no es de mucho consuelo y ayuda para quienes nos han invitado. Cuando decimos de Jesús que está &#8220;espiritualmente&#8221; presente, esta presencia espiritual no es una forma menos fuerte que la física, sino infinitamente más real y eficaz. Es la presencia del resucitado que actúa en el poder del Espíritu, en todo tiempo y lugar, y que actúa dentro de nosotros.<br />
Si en la situación actual de creciente crisis energética se descubriera la existencia de una nueva fuente de energía inagotable; si finalmente descubriéramos cómo usar la energía solar a voluntad y sin efectos negativos, ¡qué alivio sería para toda la humanidad! Pues bien, la Iglesia tiene, en su campo, una fuente de energía inagotable similar: el &#8220;poder de lo alto&#8221; que es el Espíritu Santo. Jesús podría decir de él: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo” (Jn 16,24).<br />
*   *   *<br />
Hay un momento en la historia de la salvación que recuerda de cerca las palabras de Jesús en la última cena. Es el oráculo del profeta Hageo. Dice:<br />
“El año segundo del rey Darío, el día veintiuno del séptimo mes, dirigió Yahvé la palabra  por medio del profeta Hageo, en estos términos: &#8220;Habla ahora  a Zorobabel hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, a Josué hijo de Josadac,  sumo sacerdote, y al  resto del pueblo, y diles: ¿Quién queda entre vosotros que haya visto este templo en su primero esplendor? Y ¿qué es lo que veis ahora? Verdad que os parece que no existe? ¡Pero ahora ten ánimo, Zorobabel &#8211; oráculo de Yahvé &#8211; ánimo, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; ánimo, pueblo todo de la tierra! &#8211; oráculo de Yahvé. ¡A la obra, que estoy con vosotros &#8211; oráculo de Yahvé Sebaot&#8230; Mi espíritu sigue en medio de vosotros, no temáis” (Hag 2, 1-5).<br />
Es uno de los poquísimos textos del Antiguo Testamento que se puede fechar con precisión: es el 17 de octubre del año 520 a.C. ¿No nos parece que las palabras de Hageo describen la situación actual de la Iglesia católica, y en muchos aspectos de toda la cristiandad? Los que tenemos bastante edad recordamos con nostalgia los tiempos, inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando las iglesias se llenaban los domingos, se celebraban bodas y bautizos en la parroquia, los seminarios y los noviciados religiosos abundaban en vocaciones… “Y ¿qué es lo que veis ahora?”, podríamos decir con Hageo.  No vale la pena perder el tiempo repitiendo la lista de los males presentes, de lo que a algunos les parecen solo ruinas, no diferentes a las ruinas de la antigua Roma que tenemos alrededor de nosotros en esta ciudad.<br />
No todo lo que una vez brillaba y que lamentamos era oro. Si todo hubiera sido oro puro, si esos seminarios repletos hubieran sido fraguas de santos pastores y la formación tradicional impartida en ellos sólida y verdadera, no tendríamos que llorar tantos escándalos hoy&#8230; Pero esto no es lo que necesitamos para hablar aquí, y ciertamente no soy yo el más calificado para hacerlo. Lo que estoy ansioso por recoger es la exhortación que el profeta dirigió al pueblo de Israel ese día. No los exhortó a compadecerse de sí mismos, a resignarse y prepararse para lo peor. No; en contra dice como Jesús: “¡Ánimo y a la obra que yo estoy con vosotros; mi Espíritu estará con vosotros!”.<br />
*    *    *<br />
Pero ojo: no se trata de un vago y estéril &#8220;¡Ánimo!&#8221;. El profeta dijo anteriormente cuál es &#8220;el trabajo&#8221; que tienen que hacer. Y como nos concierne de cerca, escuchemos también el oráculo anterior de Hageo al pueblo y a sus líderes:<br />
“Así dice Yahvé Sebaot: Este pueblo dice: «¡Todavía no ha llegado el momento de reedificar la Casa de Yahveh!» Fue, pues, dirigida la palabra de Yahvé, por medio del profeta Ageo, en estos términos:¿Es acaso para vosotros el momento de habitar en vuestras casas artesonadas, mientras esta Casa está en ruinas? Ahora pues, así dice Yahvé Sebaot: Aplicad vuestro corazón a vuestros caminos. Habéis sembrado mucho, pero cosechado poco; habéis comido, pero sin quitar el hambre; habéis bebido, pero sin quitar la sed; os habéis vestido, mas sin calentaros, y el jornalero ha metido su jornal en bolsa rota&#8230;. Subid a la montaña, traed madera, reedificad la Casa, y yo la aceptaré gustoso y me sentiré honrado, dice Yahvé” (Ag 2, 2-8).<br />
La palabra de Dios, una vez pronunciada, vuelve a ser activa y actual cada vez que se vuelve a proclamar. No es una simple cita bíblica. Ahora somos nosotros &#8220;este pueblo&#8221; al que se dirige la palabra de Dios. ¿Qué son para nosotros hoy las &#8220;casas bien artesonadas &#8221; (algunas traducciones dicen: &#8220;bien amuebladas&#8221;) en las que estamos tentados a permanecer tranquilos? Veo tres casas concéntricas, una dentro de la otra, de las que tenemos que salir para subir al monte y reconstruir la casa de Dios.<br />
La primera casa, bien cubierta, cuidada y amueblada, es mi yo: mi comodidad, mi gloria, mi posición en la sociedad o en la Iglesia. Es el muro más difícil de derribar, el mejor tapado. Es tan fácil confundir mi honor con el honor de Dios y de la Iglesia, el apego a mis ideas con el apego a la pura y simple verdad. El hablante en este momento no se cree una excepción. Nos quedamos dentro de este caparazón nuestro como el gusano de seda en su estuche: todo alrededor es seda, pero si el gusano no rompe el caparazón, seguirá siendo una larva y nunca se convertirá en una mariposa voladora.<br />
Pero dejemos este tema de lado, teniendo tantas oportunidades de tratarlo. La segunda casa bien cubierta de donde salir para trabajar en la &#8220;casa del Señor&#8221; es mi parroquia, mi orden religiosa, movimiento o asociación eclesial, mi Iglesia local, mi diócesis&#8230; No debemos equivocarnos. ¡Ay de nosotros si no tuviéramos amor y apego a estas realidades particulares en las que el Señor nos ha puesto y de las que tal vez somos responsables! El mal es absolutizarlas, no ver nada fuera de ellas, no interesarse sino de ellas, criticar y despreciar a quien no las comparte. En definitiva, perder de vista la catolicidad de la Iglesia. Olvidando, como dice a menudo el Santo Padre, que &#8220;el todo es mayor que la parte&#8221;. Somos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, y en el cuerpo, dice Pablo, &#8220;si un miembro sufre, todo el cuerpo sufre&#8221; (1 Cor 12, 26). El sínodo debe servir también para esto: para hacernos conscientes y partícipes de los problemas y alegrías de toda la Iglesia católica.<br />
Pero vayamos a la tercera casa bien cubierta. Salir de ella se hace más difícil por el hecho de que se nos ha enseñado durante siglos que salir de ella sería un pecado y una traición. Hace poco leía, con motivo de la semana de oración por la unidad de los cristianos, el testimonio de una mujer católica de un país de religión mixta. De joven, el párroco enseñaba que solo entrar físicamente en una iglesia protestante era pecado mortal. Y supongo que lo mismo se decía, del otro lado de la reja, sobre entrar en una iglesia católica.<br />
Hablo, por supuesto, de la casa bien cubierta que es la particular denominación cristiana a la que pertenecemos, y lo hago en el recuerdo aún fresco del acontecimiento extraordinario y profético del encuentro ecuménico en Sudán del Sur el pasado mes de febrero. Todos estamos convencidos de que parte de la debilidad de nuestra evangelización y acción en el mundo se debe a la división y lucha recíproca entre los cristianos. Ocurre lo que Dios decía por Hageo:<br />
“Esperabais mucho, y bien poco es lo que hay. Y lo que metisteis en casa lo aventé yo. ¿Por qué? &#8211; oráculo de Yahvé Sebaot &#8211; porque mi Casa está en ruinas, mientras que vosotros vais aprisa cada uno a vuestra casa” (Ag 2, 9).<br />
Jesús le dijo a Pedro: &#8220;Sobre esta piedra edificaré mi iglesia&#8221; (Mt 16,18). Él no dijo: &#8220;Edificaré mis Iglesias&#8221;. Debe haber entonces un sentido en el que lo que Jesús llama &#8220;mi Iglesia&#8221; abarque a todos los creyentes en él y a todos los bautizados. El Apóstol Pablo tiene una fórmula que podría cumplir esta tarea de abrazar a todos los que creen en Cristo. En el comienzo de la Primera Carta a los Corintios extiende su saludo a: &#8220;Cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos &#8221; (1 Cor 1, 2).<br />
Por supuesto, no podemos estar satisfechos con esta unidad tan vasta pero tan vaga. Y esto justifica el compromiso y la discusión, incluso doctrinal, entre las Iglesias. Pero tampoco podemos despreciar y desatender esta unidad básica que consiste en invocar al mismo Señor Jesucristo. Quien cree en el Hijo de Dios, también cree en el Padre y en el Espíritu Santo. Es muy cierto lo que se ha repetido en varias ocasiones: “Es más importante lo que nos une que lo que nos divide”.<br />
En los casos en que no podemos dejar de desaprobar el uso que se hace del nombre de Jesús y la forma en que se proclama el Evangelio, puede ayudarnos a superar el rechazo lo que San Pablo dijo de algunos que en su tiempo anunciaban el Evangelio &#8220;en un espíritu de rivalidad y con malas intenciones”.  &#8220;¿Pero qué importa eso?&#8221; &#8211; escribe a los filipenses &#8211; &#8220;Con tal de que de alguna manera, por conveniencia o por sinceridad, se anuncie a Cristo, me gozo&#8221; (Flp 1, 16-18). Sin olvidar que también Cristianos de otras confesiones ven en nosotros católicos cosas que no pueden compartir.<br />
El oráculo de Hageo sobre el templo reconstruido termina con una promesa radiante: &#8220;La gloria futura de esta casa será mayor que antes, dice el Señor de los ejércitos; en este lugar pondré paz” (Hag 2,9). No nos atrevemos a decir que esta profecía se cumplirá también para nosotros y que la casa de Dios que es la Iglesia del futuro será más gloriosa que la del pasado que ahora lamentamos; sin embargo, podemos esperarlo y pedírselo a Dios con espíritu de humildad y arrepentimiento.<br />
No faltan signos alentadores: uno de los más evidentes es precisamente la búsqueda de la unidad entre los cristianos. En una entrevista con un periodista católico, en su viaje de regreso de Sudán del Sur, el arzobispo Justin Welby dijo: &#8220;Cuando vemos trabajar juntas a Iglesias que en el pasado fueron enemigas declaradas, se atacaban y quemaban sacerdotes la una de la otra, condenándose unos a otros en los términos más violentos: cuando esto sucede significa que algo espiritual está pasando. Hay una liberación del Espíritu de Dios que da una gran esperanza&#8221;  .<br />
*   *   *<br />
La profecía de Hageo que les he comentado, Venerados Padres, hermanos y hermanas, está ligada a un recuerdo personal y pido disculpas si me atrevo a hablar de ello nuevamente aquí, después que algunos tal vez ya lo conocen. Lo hago con la certeza de que la palabra profética desata su carga de confianza y esperanza cada vez que es proclamada y escuchada con fe.<br />
El día que mi Superior General me permitió dejar la docencia en la Universidad Católica, para dedicarme a tiempo lleno a la predicación, en la Liturgia de las Horas estaba la profecía de Hageo que he comentado. Después de recitar el Oficio, vine aquí a San Pedro. Quería pedirle al Apóstol de bendecir a mi nuevo ministerio. En un momento, mientras estaba en la plaza, esa palabra de Dios volvió con fuerza a mi mente. Me volví hacia la ventana del Papa en el Palacio Apostólico y comencé a proclamar en voz alta: “Ánimo, Juan Pablo II, ánimo, cardenales, obispos y todo el pueblo de la Iglesia: y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor”. Fue fácil de hacerlo porque estaba lloviendo y no había nadie alrededor.<br />
Sólo que unos meses después, en 1980, fui nombrado Predicador de la Casa Pontificia y me encontré en presencia del Papa para comenzar mi primera Cuaresma. Esa palabra volvió a resonar dentro de mí, no como una cita y un recuerdo, sino como una palabra viva para ese momento. Conté lo que había hecho ese día de Octubre en la Plaza de San Pedro. Luego me volví hacia el Papa que en aquel tiempo seguía el sermón desde una capilla lateral, y repetí con fuerza las palabras de Hageo: “Ánimo, Juan Pablo II, ánimo cardenales, obispos y pueblo de Dios: y a la obra porque yo estoy con vosotros, dice el Señor. Mi Espíritu estará con vosotros&#8221;. Y por las miradas me parecía que las palabras daban lo que prometían: es decir, coraje, (¡aunque Juan Pablo II fuera la última persona en el mundo a la que se le debía recomendar de tener coraje!).<br />
Hoy me atrevo a proclamar nuevamente esa palabra, sabiendo que no es una simple cita, sino una palabra siempre viva que vuelve a cumplir cada vez lo que promete. ¡Ánimo, pues, Papa Francisco! Ánimo, colegas cardenales, obispos, sacerdotes y fieles de la Iglesia católica y al trabajo, porque yo estoy con vosotros, dice el Señor. ¡Mi Espíritu estará vosotros!”<br />
Santo Padre, Venerados Padres, hermanos y hermanas, les deseo a todos una Santa Pascua de paz y de esperanza.</p>
<p>   1.En “The Tablet”, 11 de Febrero de 2023, p. 6.</p>
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		<title>“MYSTERIUM FIDEI!” Sobre la Liturgia -   Cuarta Predicación, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Mar 2023 12:06:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sermones de la Casa Pontificia]]></category>
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<p>Después de las reflexiones sobre la evangelización y la teología, hoy quisiera ofrecer otras sobre la liturgia y el culto de la Iglesia, siempre con la intención de hacer una contribución, aunque sea modesta e indirecta, a los trabajos del sínodo. La liturgia es el punto de llegada, hacia donde tiende la evangelización. En la parábola evangélica, los sirvientes son enviados a las calles y cruces de caminos para invitar a todos al banquete. La Iglesia es el salón del banquete y la Eucaristía &#8220;la comida del Señor&#8221; (1 Cor 11,20) preparada en ella.<br />
En nuestras reflexiones, partamos de una palabra de la Carta a los Hebreos. Para acercarse a Dios –en ella se dice-, es necesario ante todo &#8220;creer que Él existe&#8221; (Hb 11, 6). Sin embargo, incluso antes de creer que Dios existe (lo que significa haberse ya acercado), es necesario tener al menos el &#8220;indicio&#8221;  y un cierto sentimiento de su existencia. Esto es lo que llamamos el sentido de lo sagrado y que un célebre autor llama &#8220;lo numinoso&#8221;, calificándolo como “misterio tremendo y fascinante&#8221; .<br />
San Agustín anticipó sorprendentemente este descubrimiento de la moderna Fenomenología de la religión. Dirigiéndose a Dios, en las Confesiones, dice: &#8220;Cuando te encontré por primera vez&#8230;, temblé de amor y de horror: contremui amore et horror&#8221; . Y otra vez: “Tiemblo y ardo” (et inhorresco et inardesco): tiemblo por la disimilitud, ardo por la semejanza” .<br />
Si faltara por completo el sentido de lo sagrado, faltaría el suelo mismo, o el clima, en el que florece el acto de fe. Charles Péguy escribió que &#8220;la espantosa escasez e indigencia de lo sagrado es la marca profunda del mundo moderno&#8221;. Si el sentido de lo sagrado ha caído, sin embargo, ha quedado su añoranza que alguien ha definido, secularmente, &#8220;nostalgia del Totalmente Otro&#8221; (Max Horkheimer).<br />
Los jóvenes, sobre todo, sienten esta necesidad de ser transportados lejos de la banalidad de la vida cotidiana, de escapar, y han inventado sus propias formas de satisfacer esta necesidad. Los psicólogos de masas han observado que los jóvenes que asistieron a famosos conciertos de rock, como los de los Beatles, de Elvis Presley o el Festival de Woodstock de 1969, eran transportados fuera de su mundo cotidiano y proyectados a una dimensión que les dio la impresión de algo trascendente y sagrado.<br />
Lo mismo ocurre con quienes participan hoy en los mega encuentros de otros cantantes. El hecho de ser muchos y de vibrar al unísono con una masa amplifica infinitamente la emoción del individuo. Se tiene la sensación de ser parte de una realidad distinta, superior, lo que da lugar a una especie de “devoción”. El término &#8220;fan&#8221; (abreviatura, como sabemos, de fanático) es el equivalente secularizado de &#8220;devoto&#8221;. La calificación de &#8220;ídolos&#8221; que se da a sus favoritos tiene una profunda correspondencia con la realidad.<br />
Estas reuniones masivas pueden tener su valor artístico y, a veces, transmitir mensajes nobles y positivos, como la paz y el amor. Son &#8220;liturgias&#8221;, en el sentido original y profano del término, es decir, espectáculos ofrecidos al público, por deber o para obtener su favor. Sin embargo, nada tienen que ver con la auténtica experiencia de lo sagrado. En el título &#8220;Liturgia divina&#8221;, se añadió el adjetivo divina precisamente para distinguirla de las liturgias humanas. Hay una diferencia cualitativa entre las dos.<br />
Tratemos de ver a través de qué medios la Iglesia puede ser, para los hombres de hoy, el lugar privilegiado de una verdadera experiencia de Dios y de lo trascendente. La primera ocasión que viene a la mente, también por la similitud externa, son las grandes reuniones promovidas por las diversas Iglesias cristianas. Pensemos, por ejemplo, en las Jornadas mundiales de la juventud, y en los innumerables eventos &#8211; congresos, convenciones y convocatorias &#8211; en los que participan decenas (a veces centenas) de miles de personas en todo el mundo. No se puede contar el número de personas para quienes estos acontecimientos fueron ocasión de una fuerte experiencia de Dios y el comienzo de una relación nueva y personal con Cristo.<br />
Lo que marca la diferencia entre este tipo de encuentros masivos y los descritos anteriormente es que el protagonista aquí no es una personalidad humana, sino Dios. El sentido de lo sagrado que se experimenta en ellos es el único verdaderamente genuino, y no sustituto, porque es causado por el Santo de los Santos, y no por un &#8220;ídolo&#8221;.<br />
Sin embargo, estos son eventos extraordinarios, en los que no todos y no siempre pueden participar. La ocasión por excelencia y más común, para una experiencia de lo sagrado en la Iglesia, es la liturgia. La liturgia católica se ha transformado, en poco tiempo, de una acción con una fuerte impronta sagrada y sacerdotal, a una acción más comunitaria y participativa, donde todo el pueblo de Dios tiene su parte, cada uno con su propio ministerio.<br />
Querría decir cómo veo y explico a mi mismo este cambio. No es, en absoluto, para erigirme en juez del pasado, sino para comprender mejor el presente. El presente en la Iglesia nunca es una negación del pasado, sino su enriquecimiento; o, como en este caso, la superación del pasado reciente para recuperar el más antiguo y original.<br />
En la evolución de la Iglesia entendida como pueblo sucede algo similar a lo que ocurre con la iglesia entendida como edificio. Pensemos en algunas basílicas y catedrales famosas: ¡cuántas transformaciones arquitectónicas a lo largo de los siglos para responder a las necesidades y gustos de cada época! Pero siempre es la misma Iglesia, dedicada al mismo santo. Si hay una tendencia general en acto en la era moderna, es restaurar estos edificios, cuando sea posible y merezca la pena, a su estructura y estilo originales. La misma tendencia se está dando para la Iglesia como pueblo de Dios y en particular para su liturgia. El Concilio Vaticano II fue un momento decisivo, pero no el comienzo absoluto. Ha recogido los frutos de mucho trabajo anterior.<br />
No hace falta ahondar aquí en la historia de la liturgia; otros lo han hecho y precisamente desde el punto de vista que nos interesa  . Sólo quisiera destacar la evolución que concierne al sentido de lo sagrado. Al comienzo de la Iglesia y durante los tres primeros siglos, la liturgia era verdaderamente una &#8220;liturgia&#8221;, es decir, la acción del pueblo (laos, pueblo, es uno de los componentes etimológicos de leitourgia). De san Justino, de la Traditio Apostolica de san Hipólito y de otras fuentes de la época, obtenemos una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás. ¿Qué pasó después de eso? La respuesta está en una palabra que no podemos evitar: ¡clericalización! En ninguna otra esfera esta ha actuado más fuertemente que en la liturgia.<br />
El culto cristiano, y especialmente el sacrificio eucarístico, se transformó rápidamente, en Oriente y Occidente, de una acción del pueblo a una acción del clero. Durante siglos y siglos, la parte central de la Misa, el Canon, fue pronunciado en latín por el sacerdote en voz baja, detrás de una cortina o una pared (¡un templo dentro de un templo!), fuera de la vista y el oído del pueblo. El celebrante sólo levantaba la voz por las palabras finales del Canon: &#8220;Per omnia saecula saeculorum&#8221;, y el pueblo respondía &#8220;¡Amén!&#8221; a lo que no había oído y mucho menos entendido.<br />
El único contacto con la Eucaristía, anunciado por el sonido de las campanas, era el momento de la elevación de la Hostia. Hay un evidente retorno a lo que ocurría en el culto del Antiguo Testamento, cuando el Sumo Sacerdote entraba en el Sancta sanctorum, con el incienso y la sangre de las víctimas, y el pueblo quedaba fuera temblando, abrumado por la sensación de majestad e inaccesibilidad de Dios.<br />
El sentido de lo sagrado es muy fuerte aquí, pero, después de Cristo, ¿es el sentido justo y genuino? Esta es la pregunta crucial. En la Carta a los Hebreos leemos: “No os habéis acercado a una realidad sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompeta y a un ruido de palabras. Tan terrible era el espectáculo, que el mismo Moisés dijo: Espantado estoy y temblando. Vosotros, en cambio, os habéis acercado… a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel” (Hb 12,18-24).  Cristo ha penetrado más allá del velo y no ha cerrado el paso detrás de él (Hb 10,20).<br />
Lo sagrado ha cambiado su forma de manifestarse: ya no como un misterio de majestad y poder, sino como una capacidad infinita de hacerse a un lado, de esconderse. Después de la consagración, el celebrante dice o canta: &#8220;¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!&#8221;. Algunos de nosotros los ancianos recordaremos que una vez esta exclamación estaba insertada en medio de la fórmula de consagración del vino: &#8220;Hic est enim calix sanguinis mei, novi et aeterni testamenti -Mysterium fidei!- qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem minutorum&#8221;. ¡Como si la Iglesia se detuviera, a mitad de la historia, asombrada de lo que decía!<br />
La reforma hizo bien en trasladar esta exclamación al final de la consagración, pero no debemos perder el sentido de asombro contenido en esa exclamación y sobre todo comprender cuál debe ser el verdadero motivo de nuestro asombro. Debe ser del mismo género que el que se lee en los poemas del Siervo de Yahvé:<br />
“Se admirarán muchas naciones;<br />
ante él cerrarán los reyes la boca,<br />
pues lo que nunca se les contó verán,<br />
y lo que nunca oyeron reconocerán” (Is 52, 15).<br />
Asombro y temblor, sí, pero ¿frente a qué? ¡No a la majestad, sino a la humillación del Siervo! Uno que tuvo este sentimiento con mucha agudeza fue Francisco de Asís: &#8220;La humanidad tiemble -escribió en su carta a toda la Orden-, el universo entero tiemble y el cielo se regocije cuando sobre el altar, en manos del sacerdote, está el Cristo, hijo del Dios vivo&#8221;. Pero ¿temblando para qué? Escuchemos lo que sigue: “¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille tanto que se esconda, por nuestra salvación, bajo la más mínima apariencia de pan! ¡Mirad, hermanos, la humildad de Dios!”.<br />
Sólo se trata ahora de no desperdiciar esta nueva posibilidad que ofrece la liturgia renovada con improvisaciones arbitrarias y bizarras, y de mantener la necesaria sobriedad y compostura aun cuando la Misa se celebre en situaciones y ambientes particulares.<br />
La invitación que sigue inmediatamente a la consagración es siempre a recordar: &#8220;Unde et memores&#8221;, &#8220;recordando, pues…&#8221;. Es la respuesta al mandato de Jesús: &#8220;¡Haced esto en conmemoración mía!&#8221; Pero, ¿qué debemos recordar sobre todo de él? “Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor” (1 Cor 11, 26).<br />
Tratemos una vez de ir más allá de las palabras, o más bien de dar a las palabras un contenido existencial y no sólo ritual. Volvamos al momento en que Jesús las pronunció; tratemos –hasta donde nos lo permiten los relatos evangélicos– de captar en qué condiciones interiores salió de la boca del Redentor aquellas palabras: “¡Haced esto en conmemoración mía!”. El ve claramente en lo que se está metiendo. Habló de ello varias veces, pero como desde lejos. Ahora ha llegado el momento; ya no existe ni siquiera el intervalo de tiempo para mitigar la angustia. Las palabras: &#8220;Este es el cáliz de mi sangre&#8221; no dejan lugar a dudas. Es uno que va a morir y una muerte horrible. “Qui pridie quam pateretur”: el día antes de sufrir la pasión…<br />
¿Y qué sucede a su alrededor? Los apóstoles encuentran la manera de volver a discutir sobre quién es el mayor (Lc 22, 24-27), como hermanos que se pelean por la herencia en torno al lecho de muerte de su padre. Uno de ellos, dentro de unas horas, lo venderá por 30 denarios: &#8220;In qua nocte tradebatur&#8221;: la noche en que fue traicionado. En estas condiciones instituye el sacramento con el que se compromete a permanecer con su familia hasta el fin del mundo. ¿Dónde encontrar un misterio más &#8220;tremendo y fascinante&#8221; que este? El día que el Señor nos permita, por un momento, echar una mirada al fondo de este abismo de amor y de dolor, creo que ya no podremos vivir como antes. Esto explica por qué san Pio de Pietrelcina parecía luchar en la Misa y no poder completar la consagración.<br />
Pero ahora tenemos que completar nuestra revisión de la Misa. No está sólo el Canon con la consagración; también están la Liturgia de la Palabra y la Comunión. Tenemos a nuestra disposición algunos medios que no estaban disponibles en el pasado para realzar la Liturgia de la Palabra y hacerla también una ocasión para una experiencia de lo sagrado. Gracias a los progresos que la Iglesia ha hecho mientras tanto en muchos campos, tenemos un acceso más directo a la Palabra de Dios, que puede resonar con mayor riqueza e inteligencia que en el pasado.<br />
La liturgia actual es muy rica en Palabra de Dios, sabiamente ordenada, según el orden de la historia de la salvación, en un marco de ritos a menudo devueltos a la linealidad y sencillez de los orígenes. Debemos valorar estos medios. Nada puede penetrar mejor en el corazón del hombre y hacerle sentir la trascendente realidad de Dios que una palabra viva de Dios, proclamada con fe y adhesión a la vida, durante la liturgia. La fe -dice san Pablo- nace de la escucha de la palabra de Cristo: Fides ex auditu (Rm 10, 17).<br />
Muchas palabras de Jesús, quizás escuchadas un poco antes en el Evangelio del día, en el momento de la consagración vuelven a resonar en el corazón, como dichas de nuevo por su autor vivo y verdaderamente presente en el altar. Siempre recordaré el día que, después de haber comentado las palabras de Jesús en el Evangelio: “Hay más aquí que Jonás; hay más aquí que Salomón” (cf. Mt 12, 41-42), levantándome de la genuflexión después de la consagración, exclamé dentro de mí, convencido y lleno de asombro: “¡Ahora aquí hay más que Salomón!”.<br />
Incluso la lectura del Antiguo Testamento, por su relación con el pasaje evangélico, libera significados nuevos e iluminadores. En el tránsito de la figura a la realidad, la mente &#8211; decía San Agustín &#8211; se enciende como &#8220;una antorcha en movimiento&#8221; . Como con los dos discípulos de Emaús, Jesús continúa explicándonos &#8220;lo que en todas las Escrituras se refiere a él&#8221; (cf. Lc 24,27).<br />
Y luego, decía, la Comunión. ¿Cómo puede la liturgia hacer de este momento una ocasión para una experiencia de lo sagrado, no sólo a nivel individual, sino también a nivel comunitario? Yo diría, con el silencio. Hay dos clases de silencio: un silencio que podemos llamar ascético y un silencio místico. Un silencio con el que la criatura busca elevarse a Dios y un silencio provocado por Dios que se acerca a la criatura. El silencio que sigue a la Comunión es un silencio místico, como el observado en las teofanías del Antiguo Testamento. Después de la comunión tendríamos que repetir a nosotros mismos la palabra del profeta Sofonías (1,7): “¡Silencio en la presencia del Señor Dios!”. Nunca deben faltar algunos momentos, aunque sean breves, de absoluto silencio después de la Comunión.<br />
La tradición católica ha sentido la necesidad de prolongar y dar más espacio a este momento de contacto personal con Cristo eucarístico y ha desarrollado a lo largo de los siglos, especialmente a partir del siglo XIII, el culto de la Eucaristía fuera de la Misa. No es un culto separado, desprendido e independiente del sacramento; es seguir &#8220;recordando&#8221; a Cristo: sus misterios y sus palabras; es una manera de &#8220;recibir&#8221; a Jesús cada vez más en nuestra vida. Una forma de interiorizar el misterio recibido. La adoración eucarística es el signo más claro de que la humildad y el ocultamiento de Cristo en la Eucaristía no nos hacen olvidar que estamos en presencia del &#8220;Santísimo&#8221;, de aquel que, con el Padre y el Espíritu Santo, creó el cielo y la tierra.<br />
Donde esta adoración se practica – en parroquias, individuos y comunidades- sus frutos son visibles, incluso como momento de evangelización. Una iglesia llena de fieles en perfecto silencio, durante una hora de adoración frente al Santísimo Sacramento expuesto, haría que cualquiera que entrara, por casualidad, en ese momento dijera: &#8220;¡Aquí está Dios!&#8221;. Recuerdo el comentario de un no-católico, al final de una hora de adoración eucarística silenciosa, en una gran iglesia parroquial de los Estados Unidos, repleta de fieles: “¡Ahora entiendo &#8211; le dijo a un amigo &#8211; lo que queréis decir vosotros los católicos cuando habláis de «presencia real»!”<br />
Si hay una razón por la que lamento el latín es que con su abandono están desapareciendo algunos cantos nacidos para estos momentos y que han servido a generaciones de creyentes de todas las lenguas para expresar su cálida devoción a Jesús de la Eucaristía: Adoro te devote, Ave verum, Panis angelicus. Esos sobreviven ahora casi exclusivamente gracias a la música que artistas famosos escribieron para ellos.<br />
Nosotros, &#8220;ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios&#8221; (1 Cor 4, 1) y, de diversa manera, todos los fieles comprometidos en el culto de la Iglesia, podemos sentirnos aplastados e impotentes ante tan sublime tarea. Teníamos todas las razones para hacerlo. ¿Cómo podemos ayudar a las personas de hoy a tener una experiencia de lo sagrado y de lo sobrenatural en la liturgia, nosotros que experimentamos en nosotros mismos toda la pesadez de la carne y su refractariedad al espíritu? Aquí también la respuesta es siempre la misma: &#8220;¡Recibiréis fuerza del Espíritu Santo!&#8221; Él, que definimos como &#8220;el alma de la Iglesia&#8221;, es también el alma de su liturgia, la luz y la fuerza de los ritos.<br />
Es un don que la reforma litúrgica del Vaticano II pusiera la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu Santo, en el corazón de la Misa: primero sobre el pan y el vino y luego sobre todo el cuerpo místico de la Iglesia. Tengo un gran respeto por la venerable Plegaria Eucarística del Canon Romano y me encanta volver a utilizarla, a veces, siendo aquella con la que fui ordenado sacerdote. Sin embargo, no puedo dejar de notar con pesar la ausencia total del Espíritu Santo en ella. En lugar de la actual epíclesis consagratoria sobre el pan y el vino, encontramos en ella la fórmula genérica: &#8220;Santifica, oh Dios, esta ofrenda con el poder de tu bendición&#8230;&#8221;.<br />
Esto también fue una triste consecuencia de la polémica entre Oriente y Occidente. En el pasado, a los latinos nos impulsó a poner entre paréntesis el papel del Espíritu Santo para atribuir toda la eficacia a las palabras de la institución, y a los griegos a poner entre paréntesis las palabras de la institución para atribuir toda la eficacia a la acción del Espíritu Santo. Como si el misterio se cumpliera mediante una especie de reacción química cuyo momento exacto se puede determinar.<br />
Hay, sin embargo, una perla que el Canon Romano ha transmitido de generación en generación y que la reforma litúrgica justamente ha conservado e insertado en todas las nuevas oraciones eucarísticas: precisamente la doxología final: &#8220;Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”: Per ipsum, cum ipso et in ipso est tibi, Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia saecula saeculorum. Esta fórmula expresa una verdad fundamental que San Basilio formuló en el primer tratado escrito sobre el Espíritu Santo. A nivel de la salida de las criaturas de Dios, escribe, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y nos alcanza en el Espíritu; en el orden del regreso de las criaturas a Dios, todo comienza en el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre . Siendo la liturgia el momento por excelencia del regreso de las criaturas a Dios, todo en ella debe partir y tomar impulso del Espíritu Santo.<br />
El antiguo misal contenía toda una serie de oraciones que el sacerdote debía recitar en preparación para la Misa. Hoy no podíamos prepararnos mejor para la celebración que con una breve pero intensa oración al Espíritu Santo para que renueve en nosotros la unción sacerdotal y ponga en nuestro corazón el mismo impulso que él puso en el corazón de Cristo para ofrecernos al Padre en un sacrificio de olor fragante. La Carta a los Hebreos dice que Jesús, &#8220;movido por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios&#8221; (Heb 9, 14). Oramos para que lo que pasó en la Cabeza también pase en nosotros, miembros de su Cuerpo.</p>
<p>  1.Rudolph  Otto, Lo sagrato (Das Heilige, 1917).<br />
  2.S. Agustín, Confessions, VII, 10.<br />
  3.Ib. XI, 9.<br />
  4.Cf. Mario Righetti, Storia Liturgica, vol. III,  Milano 1966.<br />
  5.Agustín, Ep. 55, 11, 21.<br />
  6.Cf. Basilio de Cesarea, De Spiritu Sancto, XVIII, 47 (PG 32 , 153).</p>
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		<title>&quot; ¡DIOS ES AMOR!&quot; -  Tercer Sermón, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Mar 2023 12:46:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>¡Necesitamos teología!</strong></p>
<p>Para vuestro y mi consuelo, Santo Padre, Venerados Padres, hermanos y hermanas, esta meditación se centrará toda y sólo en Dios. La teología, es decir, el discurso sobre Dios, no puede quedar ajena a la realidad del Sínodo, tal como no puede quedar ajena a cualquier otro momento de la vida de la Iglesia. Sin teología, la fe se convertiría fácilmente en repetición muerta; le faltaría el instrumento principal para su inculturación.<br />
Para cumplir esta tarea, la misma teología necesita una profunda renovación. Lo que necesita el pueblo de Dios es una teología que no hable de Dios siempre y sólo &#8220;en tercera persona&#8221;, con categorías a menudo tomadas del sistema filosófico del momento, incomprensibles fuera del pequeño círculo de los &#8220;iniciados&#8221;. Está escrito que &#8220;el Verbo se hizo carne&#8221;, pero en teología, ¡muchas veces el Verbo se hizo sólo idea! Karl Barth esperaba el advenimiento de una teología &#8220;capaz de ser predicada&#8221;, pero esta esperanza me parece lejos de cumplirse todavía. San Pablo escribió:<br />
El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios…. Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado  (1 Cor 2, 10-12).<br />
Pero, ¿dónde podemos encontrar ahora una teología que se base en el Espíritu Santo, en lugar de categorías de sabiduría humana, para conocer &#8220;las profundidades de Dios&#8221;? Para esto, es necesario recurrir a materias llamadas &#8220;opcionales&#8221;: a la &#8220;Teología espiritual&#8221;, o a la &#8220;Teología pastoral&#8221;. Henri de Lubac escribió: “El ministerio de la predicación no es la vulgarización de una enseñanza doctrinal en una forma más abstracta, que sería anterior y superior a ella. Es, por el contrario, la enseñanza doctrinal misma, en su forma más elevada. Así sucedió con la primera predicación cristiana, la de los apóstoles, y lo es igualmente con la predicación de quienes les sucedieron en la Iglesia: los Padres, los Doctores y nuestros Pastores en el tiempo presente.”<br />
Estoy convencido de que no hay contenido de fe, por elevado que sea, que no pueda hacerse comprensible a toda inteligencia abierta a la verdad. Si algo podemos aprender de los Padres de la Iglesia es que se puede ser profundo sin ser oscuro. San Gregorio Magno dice que la Sagrada Escritura es &#8220;simple y profunda, como un río en el que, por así decirlo, un cordero puede caminar y un elefante puede nadar&#8221; . La teología debe inspirarse en este modelo. Todos deben poder encontrar pan para sus dientes: la persona simple, su alimento y la instruida, doctrina refinada para su paladar. Sin mencionar que lo que permanece oculto &#8220;a los sabios e inteligentes&#8221; a menudo se revela a los &#8220;pequeños&#8221;.<br />
Pero me disculpo porque estoy rompiendo mi promesa inicial. No es un discurso sobre la renovación de la teología lo que pretendo hacer aquí. No tengo título para hacerlo. Más bien, quisiera mostrar cómo la teología, entendida en el sentido antes mencionado, puede contribuir a presentar de manera significativa el mensaje evangélico al hombre de hoy y a dar nueva vida a nuestra fe y a nuestra vida de oración.<br />
La noticia más hermosa que la Iglesia tiene que hacer resonar en el mundo, la que todo corazón humano espera escuchar, es: &#8220;¡Dios te ama!&#8221;. Esta certeza debe socavar y sustituir la que siempre hemos llevado dentro de nosotros: &#8220;¡Dios te juzga!&#8221; La afirmación solemne de Juan: &#8220;Dios es amor&#8221; (1 Jn 4, 8) debe acompañar, como nota de fondo, todo anuncio cristiano, aun cuando deba recordar, como lo hace el Evangelio, las exigencias prácticas de este amor.<br />
Cuando invocamos al Espíritu Santo -también en la presente ocasión del Sínodo- pensamos ante todo en el Espíritu Santo como luz que ilumina las situaciones y sugiere las soluciones adecuadas. Pensamos menos en el Espíritu Santo como amor. En cambio, esta es la primera y más esencial operación del Espíritu que la Iglesia necesita. Sólo la caridad construye; el conocimiento, incluso el conocimiento teológico y eclesiástico, a menudo solo infla y divide. Si nos preguntamos por qué estamos tan ansiosos por saber (¡hoy, tan emocionados ante la perspectiva de la inteligencia artificial!) y tan poco preocupados por amar, la respuesta es simple: ¡el conocimiento se traduce en poder, el amor en servicio!<br />
El mismo Henri de Lubac escribió: &#8220;El mundo necesita saberlo: la revelación de Dios como Amor trastorna todo lo que había concebido de la divinidad&#8221; . Hasta el día de hoy no hemos terminado (y nunca terminaremos) de sacar todas sus consecuencias de la revolución evangélica sobre Dios como amor. En esta meditación quisiera mostrar cómo, a partir de la revelación de Dios como amor, se iluminan con nueva luz los principales misterios de nuestra fe: la Trinidad, la Encarnación y la Pasión de Cristo, y se hace menos difícil hacerlos comprender al pueblo de Dios. Cuando San Pablo define a los ministros de Cristo como &#8220;dispensadores de los misterios de Dios&#8221; (1 Cor 4,1), se refiere a estos misterios de la fe, no a los ritos, ni siquiera en primer lugar a los sacramentos.</p>
<p><strong>¿Por qué la Trinidad?</strong></p>
<p>Empecemos por la Trinidad: porque los cristianos creemos que Dios es uno y trino. Más de una vez me he encontrado predicando la palabra de Dios a cristianos que viven en países de mayoría islámica, en los que, sin embargo, existe una relativa tolerancia y posibilidad de diálogo, como ocurre en los Emiratos Árabes Unidos. Son personas, en su mayoría inmigrantes, empleadas como mano de obra. A veces me han preguntado qué responder a la pregunta que les hacen en el lugar de trabajo: &#8220;¿Por qué los cristianos decís que sois monoteístas, si no creéis en un solo Dios?&#8221;<br />
Digo lo que les aconsejé que respondieran, porque es la explicación que debemos darnos a nosotros mismos y a quienes nos preguntan sobre el mismo problema. Creemos en un Dios trino porque creemos que Dios es amor. Todo amor es amor de alguien, o de algo; no hay amor vacío, sin objeto, así como no hay conocimiento que no sea conocimiento de alguien o de algo.<br />
Ahora bien, ¿quién ama a Dios para llamarse amor? ¿Ama el universo? ¿El hombre? Pero entonces sólo ha sido amor durante unas pocas decenas de miles de millones de años, es decir, desde que existe el universo físico y la humanidad. ¿Antes de eso quién amaba a Dios para ser amor, ya que Dios no puede cambiar y comenzar a ser lo que antes no era? Los pensadores griegos, concibiendo a Dios sobre todo como &#8220;pensamiento&#8221;, podrían responder, como lo hace Aristóteles en su Metafísica: Dios se pensaba a sí mismo; era &#8220;pensamiento puro&#8221;, &#8220;pensamiento de pensamiento&#8221; . Pero esto ya no es posible, en el momento en que se dice que Dios es amor, porque el &#8220;puro amor a sí mismo&#8221; no sería más que egoísmo o narcisismo.<br />
Y aquí está la respuesta de la revelación, definida dogmáticamente en el Concilio de Nicea en el año 325. Dios siempre ha sido amor, ab aeterno, porque aun antes de que hubiera un objeto fuera de sí mismo al que amar, tenía la Palabra en sí mismo, &#8220;el  Hijo unigénito&#8221; a quien amaba con un amor infinito que es el Espíritu Santo.<br />
Todo esto no explica cómo la unidad puede ser al mismo tiempo trinidad, misterio incognoscible para nosotros porque se da sólo en Dios, pero nos ayuda a comprender por qué en Dios la unidad debe ser también comunión y pluralidad. Dios es amor: ¡por esto es Trinidad! Un Dios que fuera conocimiento puro o ley pura, o poder absoluto, ciertamente no necesitaría ser trino. Esto en realidad complicaría las cosas. ¡Ningún “triunvirato” y ninguna “diarquía” ha durado mucho en la historia!<br />
También los cristianos creen, por tanto, en la unidad de Dios: una unidad, sin embargo, no matemática y numérica, sino de amor y de comunión. Si hay algo que la experiencia del anuncio muestra que todavía es capaz de ayudar a las personas hoy, si no a explicar, al menos a tener una idea de la Trinidad, eso, repito, es precisamente lo que hace hincapié sobre el Amor. Dios es un &#8220;acto puro&#8221; y este acto es un acto de amor, del que emergen &#8211; simultáneamente y ab aeterno &#8211; un amante, un amado y el amor que los une.<br />
El misterio de los misterios no es, pensándolo bien, la Trinidad, sino comprender lo que es realmente el amor.Dado que es la esencia misma de Dios, no se nos dará a entender completamente lo que es el amor ni siquiera en la vida eterna. Sin embargo, algo mejor se nos dará que conocerlo, es decir, poseerlo y estar satisfechos con él eternamente. ¡No puedes abrazar el océano, pero puedes entrar en él!</p>
<p><strong>¿Por qué la encarnación?</strong></p>
<p>Pasemos al otro gran misterio que hay que creer y proclamar al mundo: la Encarnación del Verbo. También ella revela una nueva dimensión vista a la luz de Dios amor. Pido perdón si en esta parte quizás demando un esfuerzo de atención mayor que el que lícitamente se le requiere a los oyentes en un sermón, pero creo que vale la pena hacer el esfuerzo por lo menos una vez en la vida.<br />
Partamos nuevamente de la famosa pregunta de San Anselmo (1033-1109): &#8220;¿Por qué Dios se hizo hombre?&#8221; ¿Cur Deus homo? Su respuesta es conocida. Es porque sólo uno que era al mismo tiempo hombre y Dios podía redimirnos del pecado. Como hombre, en efecto, podía representar a toda la humanidad y, como Dios, lo que hacía tenía un valor infinito, proporcionado a la deuda que el hombre había contraído con Dios al pecar.<br />
La respuesta de san Anselmo es perennemente válida, pero no es la única posible, ni es del todo satisfactoria. En el credo profesamos que el Hijo de Dios se hizo carne &#8220;por nosotros los hombres y para nuestra salvación&#8221;, pero nuestra salvación no se limita sólo a la remisión de los pecados, y mucho menos de un pecado particular, el original. Por lo tanto, hay lugar para una profundización de la fe.<br />
Esto es lo que intenta hacer el beato Duns Escoto (1265 &#8211; 1308). Dios -dice- se hizo hombre porque éste era el designio divino original, anterior a la misma caída: es decir, que el mundo -creado &#8220;por Cristo y para él&#8221; (Col 1,16)- encontrara en él, &#8220;en la plenitud de los tiempos&#8221;, su coronación y su recapitulación (Ef 1,10).<br />
Dios, escribe Escoto, “primero se ama a sí mismo; luego &#8220;quiere ser amado por alguien que, fuera de sí mismo, lo ame en grado supremo&#8221;. Por lo tanto, &#8220;prevé la unión con la naturaleza que tenía que amarlo en este grado supremo&#8221;. Este amante perfecto no podía ser ninguna criatura, por ser finita, sino sólo el Verbo eterno. Este, por tanto, se habría encarnado &#8220;aunque nadie hubiera pecado&#8221; . El pecado de Adán no determinó el hecho mismo de la encarnación, sino sólo su modalidad de expiación a través de la pasión y la muerte.<br />
Al principio de todo hay todavía, lamentablemente, en Escoto, como podemos ver, un Dios que hay que amar, más que un Dios que ama. Es un remanente de la visión filosófica de Dios como un &#8220;motor inmóvil&#8221;, que puede ser amado, pero no puede amar. &#8220;Dios -escribía Aristóteles- mueve el mundo en cuanto es amado&#8221;  , es decir, como objeto de amor, no como quien ama. De acuerdo con la visión occidental de la Trinidad, Escoto coloca la naturaleza divina, no la persona del Padre, al comienzo del discurso sobre Dios ¡Y la naturaleza no es, por supuesto, un sujeto que ama! En este punto nuestros hermanos ortodoxos, herederos de los Padres griegos, han visto más justo que nosotros los latinos.<br />
En este punto, la Escritura nos llama a todos, creo, a dar un paso adelante hoy, incluso con respecto a Escoto, siempre conscientes, sin embargo, de que nuestras afirmaciones sobre Dios no son más que débiles signos trazados con un dedo sobre la superficie del océano. ¡Dios Padre decide la encarnación del Verbo no porque quiere tener fuera de sí a alguien que lo ame con un amor digno de sí mismo, sino porque quiere tener fuera de sí mismo alguien a quien amar con un amor digno de sí mismo! No para recibir amor, sino para darlo. Presentando a Jesús al mundo, en el Bautismo y en la Transfiguración, el Padre celestial dice: &#8220;Este es mi Hijo, el amado&#8221; (Mc 1, 11; 9,7); no dice: &#8220;Mi Hijo el amante&#8221;.<br />
En el origen de todo está la deslumbrante intuición de Agustín y de la escuela nacida de él, que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une . Sólo el Padre, en la Trinidad (¡y en todo el universo!), no necesita ser amado para existir; solo necesita amar. Esto es lo que garantiza el papel del Padre como única fuente y origen de la Trinidad, manteniendo, al mismo tiempo, la perfecta igualdad de naturaleza entre las tres personas divinas. Solo necesita amar. Esto es lo que garantiza el papel del Padre como única fuente y origen de la Trinidad, manteniendo, al mismo tiempo, la perfecta igualdad de naturaleza entre las tres personas divinas.<br />
En el origen de todo está la deslumbrante intuición de Agustín y de la escuela nacida de él que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une. En esto, también los Latinos tenemos algo precioso y esencial que ofrecer para una síntesis ecuménica. Una plena reconciliación entre las dos teologías no parece ya tan difícil y lejana y seré un paso adelante decisivo hacia la unidad de la Iglesia.</p>
<p><strong>¿Por qué la pasión?</strong></p>
<p>Llegamos al tercer gran misterio: la pasión y muerte de Cristo que estamos a punto de celebrar en la Pascua. Veamos cómo, a partir de la revelación de Dios como amor, también este misterio es iluminado por una luz nueva. &#8220;Por sus llagas habéis sido curados&#8221;: con estas palabras, pronunciadas por el Servidor de Dios (Is 53, 5-6), la fe de la Iglesia ha expresado el sentido salvífico de la muerte de Cristo (1 Pt 2,24). Pero las heridas, la cruz y el dolor -hechos negativos y, como tales, sólo privación del bien- ¿pueden producir una realidad positiva como la salvación de toda la humanidad? ¡La verdad es que no fuimos salvados por el dolor de Cristo, sino por su amor! Más precisamente, por el amor que se expresa en el sacrificio de sí mismo. ¡Del amor crucificado!<br />
A Abelardo a quien, ya en su tiempo, le repugnaba la idea de un Dios que se &#8220;complace&#8221; con la muerte de su Hijo, san Bernardo le respondió: &#8220;No fue su muerte lo que le agradó, sino su voluntad de morir espontáneamente para nosotros”: “Non mors, sed voluntas placuit sponte morentis” .<br />
El dolor de Cristo conserva todo su valor y la Iglesia nunca dejará de meditar en él: no, sin embargo, como causa de salvación en sí mismo, sino como signo y medida de amor: &#8220;Dios demuestra su amor hacia nosotros en el hecho de que, mientras aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5, 8). La muerte es el signo, el amor el significado. El evangelista san Juan pone una llave de comprensión al comienzo de su relato de la Pasión: &#8220;Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo&#8221; (Jn 13,1).<br />
Esto quita a la pasión de Cristo una connotación que siempre nos ha dejado perplejos e insatisfechos: la idea, es decir, de un precio y un rescate a pagar a Dios (¡o peor, al diablo!), de un sacrificio con que apaciguar la ira divina. En realidad, es más bien Dios quien hizo el gran sacrificio de darnos a su Hijo, de no &#8220;ahorrárselo&#8221;, como Abraham hizo el sacrificio de no ahorrarse a su hijo Isaac (Gn 22,16; Rom 8,32). ¡Dios es más el sujeto que el destinatario del sacrificio de la cruz!</p>
<p><strong>Un amor digno de Dios</strong></p>
<p>Ahora toca ver qué cambia en nuestra vida la verdad que hemos contemplado en los misterios de la Trinidad, encarnación y pasión de Cristo. Y aquí nos espera la sorpresa que nunca falla cuando tratamos de adentrarnos en los tesoros de la fe cristiana. La sorpresa es descubrir que, gracias a nuestra incorporación a Cristo, también nosotros podemos amar a Dios con un amor infinito, digno de él.<br />
San Pablo escribe que: &#8220;El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones&#8221; (Rm 5, 5). El amor que ha sido derramado en nosotros es el mismo con el que el Padre ha amado siempre al Hijo, ¡no un amor diferente! &#8220;Yo en ellos y tú en mí -dice Jesús al Padre- para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos&#8221; (Jn 17,23.26). Nota: &#8220;el amor con que me amaste&#8221;, no otro diferente. Es un desbordamiento del amor divino de la Trinidad hacia nosotros. Dios comunica al alma &#8211; escribe san Juan de la Cruz &#8211; &#8220;el mismo amor que comunica al Hijo, aunque esto no se dé por naturaleza, como en el caso del Hijo, sino por unión&#8221; .<br />
La consecuencia es que podemos amar al Padre con el amor con que el Hijo lo ama y podemos amar a Jesús con el amor con que el Padre lo ama. Todo, gracias al Espíritu Santo que es ese mismo amor. Pues, ¿qué, le damos a Dios de lo nuestro, cuando le decimos: “¡Te amo!”. ¡Nada más que el amor que recibimos de él! Entonces, ¿absolutamente nada de nuestra parte? ¿Nuestro amor por Dios no es más que un &#8220;rebote&#8221; de su propio amor hacia él, como el eco que devuelve el sonido a su fuente?<br />
¡No en este caso! El eco de su amor vuelve a Dios desde la cavidad de nuestro corazón, pero con algo nuevo que lo es todo para Dios: ¡el olor de nuestra libertad y nuestra gratitud de hijos! Todo esto se realiza, de manera ejemplar, en la Eucaristía. ¿Qué hacemos en él, sino ofrecer al Padre, como &#8220;nuestro sacrificio&#8221;, lo que, en realidad, el mismo Padre nos ha dado, es decir, a su Hijo Jesús?<br />
Podemos, en la oración, decir a Dios Padre: &#8220;¡Padre, te amo con el amor con que te ama tu Hijo Jesús!&#8221; Y decirle a Jesús: &#8220;Jesús, te amo con el amor con que te ama tu Padre celestial&#8221;. ¡Y saber con certeza que no es una ilusión! “Cada vez que me esfuerzo de hacerlo yo mismo, pienso al episodio de Jacob que se presenta a su padre Isaac para recibir la bendición, haciéndose pasar por su hermano mayor (Gn 27,1-23). Y trato de imaginar lo que Dios Padre podría decirse a sí mismo en ese momento: “En verdad, la voz no es realmente la de mi Hijo primogénito; pero las manos, los pies y todo el cuerpo son los mismos que mi Hijo tomó en la tierra y trajo con sigo aquí al cielo”.<br />
¡Y estoy seguro de que me bendice, como Isaac bendijo a Jacob! Y os bendice a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas. Es la magnificencia de nuestra fe cristiana. Esperamos poder transmitir algunos fragmentos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sedientos de amor, pero que ignoran su fuente.</p>
<p>  1.H. de Lubac, Exégèse médièvale, I, 2, Parigi 1959, p. 670.<br />
  2.Gregorio Magno,  Moralia in Job, Epist. Missoria, 4 (PL 75, 515).<br />
  3.Henri de Lubac, Histoire et Esprit, Aubier, Paris 1950.<br />
  4.Aristoteles, Metafisica, XII,7, 1072b.<br />
  5.Duns Scoto, Opus Parisiense, III, d. 7, q. 4 (Opera omnia, XXIII, Parigi 1894, p. 303).<br />
  6.Aristoteles, Metafisica, XII,7, 1072b.<br />
  7.Augustín, De Trinitate, VIII, 9,14; IX, 2,2; XV,17,31.<br />
  8.Bernardo de Claraval, Contra errores Abelardi, VIII, 21-22: “Non mors, sed voluntas placuit sponte morientis”.<br />
  9.Juan de la Cruz, Cantico Espiritual A, estrofa 38, 4.</p>
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		<title>“NO ME AVERGÜENZO DEL EVANGELIO, QUE ES UNA FUERZA DE DIOS PARA LA SALVACIÓN” (Romanos 1, 16)  -  Segunda Predicación, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Mar 2023 12:12:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde la Evangelii Nuntiandi de San Pablo VI hasta la Evangelii gaudium del actual Sumo Pontífice, el tema de la evangelización ha estado en el centro de atención del Magisterio papal. A ello contribuyeron las grandes encíclicas de san Juan Pablo II, así como la constitución del Pontificio Consejo para la Evangelización, promovido por Benedicto XVI. La misma preocupación se puede ver en el título dado a la constitución para la reforma de la Curia “Praedicate Evangelium” y en la denominación &#8220;Dicasterio para la Evangelización&#8221;, dada a la antigua Congregación de Propaganda Fide. El mismo propósito se asigna ahora principalmente al Sínodo de la Iglesia. Es a ella, es decir, a la evangelización, a la que quisiera dedicar esta meditación.<br />
La definición más corta y significativa de evangelización es la que leemos en la Primera Carta de Pedro. En ella, los apóstoles son definidos como: &#8220;aquellos que os anunciaron el Evangelio en el Espíritu Santo&#8221; (1 P 1,12). Allí se expresa lo esencial de la evangelización, es decir, su contenido –“el Evangelio” &#8211; y su método &#8211; “en el Espíritu Santo”.<br />
Para saber qué significa la palabra &#8220;Evangelio&#8221;, la forma más segura es preguntarle a quien primero usó esta palabra griega y la hizo canónica en el lenguaje cristiano: al apóstol Pablo. Tenemos la suerte de poseer una exposición de su mano que explica lo que él entiende por &#8220;Evangelio&#8221;, y es la Carta a los Romanos. Su tema se anuncia con las palabras: &#8220;no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para la salvación a de todo aquel que cree&#8221; (Rm 1, 16).<br />
Para el éxito de todo nuevo esfuerzo de evangelización es vital tener claro el núcleo esencial del anuncio cristiano, y nadie lo ha destacado mejor que el Apóstol en los tres primeros capítulos de la Carta a los Romanos. De entender y aplicar su mensaje a la situación actual dependerá, estoy convencido, que de nuestro esfuerzo nazcan hijos de Dios, o si tendremos que repetir amargamente con Isaías: “Hemos concebido, tenemos dolores como si diésemos a luz viento; pero no hemos traído a la tierra salvación, y no le nacerán habitantes al orbe” (Is 26,18).<br />
El mensaje del Apóstol en esos tres primeros capítulos de su Carta se puede resumir en dos puntos: primero, cuál es la situación de la humanidad frente a Dios tras el pecado; segundo, cómo se sale de ella, es decir, cómo uno se salva por la fe y se hace nueva criatura. Sigamos al Apóstol en su razonamiento. Mejor sigamos al Espíritu que habla por medio de él. Cualquiera que haya viajado en avión habrá escuchado de vez en cuando el anuncio: “Abróchense los cinturones porque estamos a punto de entrar en una zona de turbulencias”. La misma advertencia debe hacerse a aquellos que están a punto de leer las siguientes palabras de Pablo.<br />
En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y  cambiaron la gloria  del Dios incorruptible  por una representación  en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. (Rm 1, 18-23)<br />
El pecado fundamental, el objeto primario de la ira divina, se identifica, como puede verse, en la asebeia, es decir, en la impiedad. En qué consiste exactamente esta impiedad, lo explica inmediatamente el Apóstol: consiste en la negativa a &#8220;glorificar&#8221; y &#8220;dar gracias&#8221; a Dios. Este hecho de no glorificar y agradecer lo suficiente a Dios nos parece, sí, un pecado, pero no tan terrible y mortal. Necesitamos entender lo que hay detrás, es decir, la negativa a reconocer a Dios como Dios, no dándole la consideración que le corresponde. Consiste, podríamos decir, en &#8220;ignorar&#8221; a Dios, donde ignorar no significa tanto &#8220;no saber que existe&#8221; como &#8220;hacer como si no existiera&#8221;.<br />
En el Antiguo Testamento escuchamos a Moisés clamar al pueblo: “¡Sabed que Dios es Dios!” (cf. Dt 7, 9) y un salmista retoma este grito diciendo: &#8220;¡Reconoced que el Señor es Dios: Él nos hizo y nosotros somos suyos!&#8221; (Sal 100, 3). Reducido a su núcleo germinal, el pecado es negar este &#8220;reconocimiento&#8221;; es el intento de la criatura de borrar, por su propia iniciativa, casi con arrogancia, la infinita diferencia que existe entre ella y Dios. El pecado ataca, así, a la raíz misma de las cosas; es un “aprisionar la verdad en la injusticia”. Es algo mucho más oscuro y más terrible de lo que el hombre puede imaginar o decir. Si los hombres supieran en vida, como sabrán en el momento de la muerte, lo que significa rechazar a Dios, morirían de miedo.<br />
Esta negativa se ha concretado, hemos oído, en la idolatría, por la cual se adora a la criatura en lugar del Creador. En la idolatría el hombre no &#8220;acepta&#8221; a Dios, sino que se hace por sí mismo un dios; es él quien decide sobre Dios, no al revés. Los papeles se invierten: el hombre se convierte en alfarero y Dios en vaso al que modela a su antojo (cf. Rm 9,20). Hoy, este antiguo intento ha adquirido un nuevo aspecto. No consiste en poner algo -ni siquiera uno mismo- en el lugar de Dios, sino en abolir, pura y simplemente, la realidad señalada por la palabra &#8220;Dios&#8221;. ¡Nihilismo! La Nada en lugar de Dios. Pero no hay necesidad de insistir en esto en este momento; interrumpiría la escucha del Apóstol que, en cambio, prosigue con su sutil razonamiento.<br />
Pablo prosigue su acusación mostrando los frutos que se derivan, a nivel moral, del rechazo de Dios. De él deriva una disolución general de la moral, un verdadero &#8220;torrente de perdición&#8221; que arrastra a la humanidad a la ruina. Y aquí el Apóstol dibuja un cuadro impresionante de los vicios de la sociedad pagana. Sin embargo, lo más importante a retener de esta parte del mensaje paulino no es esta lista de vicios, presente, entre otras cosas, también entre los moralistas estoicos de la época. Lo desconcertante, a primera vista, es que San Pablo hace de todo este desorden moral, no la causa, sino el efecto de la ira divina. La fórmula que establece esto inequívocamente tres veces seguidas:<br />
Por eso Dios los entregó a la impureza. [...] Por eso Dios los ha abandonado a pasiones infames [...]. Por cuanto despreciaron el conocimiento de Dios, Dios los entregó a un entendimiento perverso (Rm 1:24.26.28).<br />
Ciertamente Dios no &#8220;quiere&#8221; tales cosas, pero las &#8220;permite&#8221; para hacer comprender al hombre adónde conduce su rechazo. “Estas acciones &#8211; escribe San Agustín &#8211; aunque sean castigo, también son pecados, porque la pena de la iniquidad es de ser, ella misma, iniquidad; Dios interviene para castigar el mal y de su propio castigo brotan otros pecados&#8221;. .<br />
No hay distinciones ante Dios entre judíos y griegos, entre creyentes y paganos: &#8220;Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios&#8221; (Rm 3, 23). El Apóstol tiene tanto interés en aclarar este punto que le dedica todo el segundo capítulo y parte del tercero de su Carta. Es toda la humanidad la que está en esta situación de perdición, no este o aquel individuo o pueblo.<br />
*   *   *<br />
¿Dónde está en todo esto la actualidad del mensaje del Apóstol de la que yo hablaba? Está en el remedio que san Pablo propone para esta situación que no consiste en emprender una lucha por la reforma moral de la sociedad y por la corrección de sus vicios. Para él sería como querer arrancar un árbol empezando por quitarle las hojas o las ramas más salientes, o preocuparse por eliminar la fiebre, más que por curar el mal que la provoca.<br />
Traducido al lenguaje actual, esto significa que la evangelización no comienza con la moral, sino con el kerygma; en el lenguaje del Nuevo Testamento, no con la Ley, sino con el Evangelio. ¿Y cuál es su contenido, o núcleo? ¿Qué quiere decir Pablo con la palabra &#8220;evangelio&#8221; cuando dice que &#8220;es poder de Dios para todo aquel que cree&#8221;? ¿Creer en qué? “¡La justicia de Dios ha sido revelada!” (Rm 3, 21): esto es lo nuevo. No son los hombres que de repente cambiaron de vida y de costumbres y empezaron a hacer el bien. El hecho nuevo es que, en la plenitud de los tiempos, Dios actuó, rompió el silencio, fue el primero en extender su mano al hombre pecador.<br />
Pero escuchemos ahora directamente al Apóstol que nos explica en qué consiste esta “acción” de Dios, . Son palabras que hemos leído o escuchado cientos de veces, pero es maravilloso escuchar las melodías de una hermosa sinfonía sobre una y otra vez:<br />
Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios – y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser el justo y justificador del que cree en Jesús. (Rm 3, 23-26).<br />
Quiero tranquilizar a todos de inmediato: no tengo la intención de dar otro sermón sobre la justificación por la fe. Existe un peligro en el hecho de insistir únicamente en este tema. Lo que Pablo nos presenta no es una doctrina, sino un acontecimiento, más aún, una Persona. No somos salvados genéricamente &#8220;por gracia&#8221;: somos salvados por la gracia de Cristo Jesús; no somos justificados genéricamente &#8220;por la fe&#8221;: somos justificados por la fe en Cristo Jesús. Todo ha cambiado &#8220;en virtud de la redención realizada por Cristo Jesús&#8221;. El verdadero artículo con el que la Iglesia permanece o cae (el famoso articulum stantis et cadentis Ecclesiae) no es una doctrina, sino una Persona.<br />
Me quedo sin palabras cada vez que releo esta parte de la Carta a los Romanos. Después de haber descrito, en los tonos que hemos escuchado, la situación desesperada de la humanidad, el Apóstol tiene el valor de decir que esto ha cambiado radicalmente a causa de lo ocurrido unos años antes, en una parte oscura del Imperio Romano, por un solo hombre, muerto, además, en una cruz. Sólo una moción fuerte del Espíritu Santo, un destello suyo, podría dar a un hombre la audacia de creer y proclamar esta cosa inaudita. Especialmente porque este mismo hombre una vez se “enfurecía” si alguien se atrevía a proclamar tal cosa en su presencia. El diácono Esteban había pagado el precio de su cólera&#8230;<br />
En nosotros el susto está amortiguado por veinte siglos de confirmaciones; pero pensemos cómo debieron sonar las palabras del Apóstol a la gente culta de la época. Él mismo era consciente de ello; por esto sintió la necesidad de decir: &#8220;No me avergüenzo del Evangelio&#8221; (Rm 1, 16). De hecho, uno podría avergonzarse de ello. No entiendo cómo los historiadores honestos pueden creer (como sucedió durante mucho tiempo) que Pablo sacó su certeza de los cultos helenísticos, o no sé de qué otra fuente. ¿Quién había imaginado alguna vez, o podría humanamente imaginar, tal cosa?<br />
*    *    *<br />
Pero volvamos a nuestra intención específica que es la evangelización. ¿Qué podemos aprender de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar? A los paganos, Pablo no les dice que el remedio de su idolatría está en volver a contemplar el universo para volver de las criaturas a Dios; a los judíos, no les dice que el remedio esté en volver a observar mejor la Ley de Moisés. El remedio no está ni arriba ni atrás; está adelante, es acoger &#8220;la redención obrada por Cristo Jesús&#8221;.<br />
Pablo, a decir verdad, no dice nada completamente nuevo. Si él fuera el autor de este mensaje sin precedentes, tendrían razón quienes dicen que el verdadero fundador del cristianismo es Saulo de Tarso, no Jesús de Nazaret. ¡Pero están equivocados! Pablo no hace más que retomar, adaptándolo a la situación del momento, el anuncio inaugural de la predicación de Jesús: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.”  (Mc 1,15). En sus labios &#8220;convertíos&#8221; no significaba, como en los antiguos profetas y en Juan el Bautista: &#8220;¡Volved atrás a la observancia de la Ley y de los mandamientos!&#8221;; más bien significa: “Haced un salto adelante; ¡Entrad en el Reino que ha venido gratuitamente entre vosotros! ¡Creed en el Evangelio! Convertirse es creer. “La primera conversión consiste en creer”, escribió Santo Tomás de Aquino: Prima conversio fit per fidem .<br />
Ni el discurso de Jesús ni el discurso de Pablo se acaba, por supuesto, en este punto. En su predicación, Jesús explicará qué implica la acogida del Reino y Pablo dedicará toda la segunda parte de su Carta a enumerar las obras, o virtudes, que deben caracterizar a quienes se han convertido en nuevas criaturas. El kerygma es seguido por la parenesis, es decir, el anuncio por la exhortación. Lo importante es el orden a seguir en la vida y en el anuncio; por dónde empezar, ya que, como decía san Gregorio Magno, &#8220;no se llega a la fe a partir de las virtudes, sino a las virtudes a partir de la fe&#8221; . Toda iniciativa de evangelización que quiera empezar por reformar las costumbres de la sociedad, antes de intentar cambiar el corazón de la gente, está condenada a acabar en nada, o peor aún, en política.<br />
Pero no hay necesidad de insistir ni siquiera en eso, en este momento. Más bien debemos recoger la enseñanza positiva del Apóstol. ¿Qué le dice la Palabra de Dios a una Iglesia que, aunque herida en sí misma y comprometida a los ojos del mundo, tiene un salto de esperanza y quiere retomar, con nuevo ímpetu, su misión evangelizadora? Dice que es necesario partir de la persona de Cristo, hablar de Él &#8220;a tiempo y a destiempo&#8221;; nunca dar el discurso sobre Él por completo o supuesto. Jesús no debe estar en el trasfondo, sino en el centro de todo anuncio.<br />
El mundo secular hace todo lo posible (¡y lamentablemente lo logra!) para mantener el nombre de Jesús a distancia, o silenciado, en cada discurso sobre la Iglesia. Nosotros debemos hacer todo lo posible para tenerle siempre presente. No para escondernos detrás de su nombre, sino porque es la fuerza y la vida de la Iglesia. Al comienzo de Evangelii gaudium, leemos estas palabras:<br />
Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él (EG, 3).<br />
Que yo sepa, es la primera vez que aparece la expresión &#8220;encuentro personal con Jesucristo&#8221; en un documento oficial del Magisterio. A pesar de su aparente sencillez, esta expresión encierra una novedad que debemos intentar comprender.<br />
En la pastoral y la espiritualidad católicas, otras formas de concebir nuestra relación con Cristo eran familiares en el pasado. Se hablaba de una relación doctrinal, consistente en creer en Cristo; de una relación sacramental que se realiza en los sacramentos, de una relación eclesial, como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia; también se hablaba de una relación mística o esponsal reservada para algunas almas privilegiadas. No se hablaba -o al menos no era común hablar- de una relación personal -como entre un yo y un tú- abierta a todo creyente.<br />
Durante los cinco siglos que tenemos a nuestras espaldas -impropiamente llamados &#8220;de la Contrarreforma&#8221;- la espiritualidad y la pastoral católica han visto con recelo esta forma de concebir la salvación. Se veía el peligro (que no era solamente remoto e hipotético) del subjetivismo, es decir, de concebir la fe y la salvación como un hecho individual, sin una verdadera relación con la Tradición y con la fe del resto de la Iglesia. La multiplicación de corrientes y denominaciones en el mundo protestante no hizo más que fortalecer esta convicción.<br />
Ahora hemos entrado, gracias a Dios, en una nueva etapa en la que nos esforzamos por ver las diferencias, no necesariamente como mutuamente incompatibles y por lo tanto a combatir, sino, en la medida de lo posible, como riquezas  podemos compartir. En este nuevo clima se comprende la exhortación a tener una &#8220;relación personal con Cristo&#8221;. En efecto, esta forma de concebir la fe nos parece la única posible, ya que hace tiempo que la fe ya no es un hecho que se absorbe como niños con la educación familiar y escolar, sino que es fruto de una decisión personal. El éxito de una misión ya no puede medirse por el número de confesiones escuchadas y comuniones distribuidas, sino por el número de personas que han pasado de ser cristianos nominales a cristianos reales, es decir, convencidos y activos en la comunidad.<br />
*    *    *<br />
Tratemos de comprender en qué consiste realmente este famoso “encuentro personal” con Cristo. Yo digo que es como conocer a una persona en vivo, después de haberla conocido durante años solo a través de la fotografía. Uno puede conocer libros sobre Jesús, doctrinas, herejías sobre Jesús, conceptos sobre Jesús, pero no conocerlo vivo y presente. (Insisto sobre todo en estos dos adjetivos: ¡un Jesús vivo y un Jesús presente!). Para muchos, incluso bautizados y creyentes, Jesús es un personaje del pasado, no una persona viva en el presente.<br />
Ayuda a entender la diferencia lo que sucede en la esfera humana, cuando uno pasa de conocer a una persona a enamorarse de ella. De una mujer o de un hombre se puede saber todo: cómo se llama, cuántos años tiene, qué estudios ha hecho, a qué familia pertenece&#8230; Entonces un día le salta una chispa y se enamora de esa mujer o ese hombre. Cambia todo. Quieres estar con esa persona, tenerla para ti, temeroso de desagradarla y no ser digno de ella.<br />
¿Cómo podemos hacer que esa chispa hacia la persona de Jesús se encienda en tantos? No se encenderá en quien escucha el mensaje evangélico si antes no se ha encendido -al menos como deseo, como búsqueda y como propósito- en quien lo anuncia. Ha habido y hay excepciones; la Palabra de Dios tiene fuerza propia y puede actuar, a veces, aunque sea pronunciada por quien no la vive; pero es la excepción.<br />
Para consuelo y aliento de quienes trabajan institucionalmente en el campo de la evangelización, quisiera decirles que no todo depende de ellos. De ellos depende crear las condiciones para que esa chispa se encienda y se propague. Pero ella se enciende en las formas y momentos más inesperados. En la mayoría de los casos que he conocido en mi vida, ese descubrimiento de Cristo que cambia la vida se produjo al encontrarse con alguien que ya había experimentado esa gracia, al participar en una reunión, al escuchar un testimonio, al haber experimentado la presencia de Dios en un momento de gran sufrimiento, y -no puedo callarme, porque es lo que pasó conmigo &#8211; habiendo recibido el llamado bautismo del Espíritu.<br />
Aquí vemos la necesidad de confiar cada vez más en los laicos, hombres y mujeres, para la evangelización. Ellos están más insertos en el tejido de la vida en el que suelen darse esas circunstancias. También por la escasez de nuestro número, nos es más fácil a nosotros clérigos ser pastores que pescadores de almas: más fácil pastorear a los que vienen a la Iglesia con la palabra y los sacramentos, que salir al mar a pescar a los que están lejos. Los laicos pueden suplirnos en la tarea de ser pescadores de hombres. Muchos de ellos han descubierto lo que significa conocer a un Jesús vivo y están ansiosos por compartir su descubrimiento con los demás.<br />
Los movimientos eclesiales, que surgieron después del Concilio, fueron para muchos el lugar donde hicieron este descubrimiento. En la homilía de la Misa Crismal del Jueves Santo de 2012, la última de su pontificado, Benedicto XVI afirmó: &#8220;Quien mira la historia de la era posconciliar puede reconocer la dinámica de la verdadera renovación, que a menudo ha tomado formas inesperadas en movimientos llenos de vida y que hace casi tangible la inagotable vivacidad de la Santa Iglesia, la presencia y acción eficaz del Espíritu Santo”. Junto a los buenos frutos, algunos de estos movimientos también han producido malos frutos. Uno debe recordar el dicho: &#8220;No tires al bebé con el agua del baño&#8221;.<br />
Termino con las palabras finales del Itinerario de la mente hacia Dios de san Buenaventura, porque sugieren por dónde empezar para realizar, o renovar, nuestra &#8220;relación personal con Cristo&#8221; y convertirnos en valientes heraldos de ella:<br />
Esta sabiduría mística secretísima – escribe – nadie la conoce sino quien la recibe; nadie la recibe sino aquellos que la desean; nadie la desea sino aquellos que están inflamados por dentro por el Espíritu Santo enviado por Cristo a la tierra .</p>
<p>  1.Agustín, De natura et gratia, 22,24.<br />
  2.Tomas de Aquino, S.Th. I-IIae, q.113, a. 4.<br />
  3.Gregorio Magno, Homilias sobre Ezechiel, II,7 (PL 76, 1018),<br />
  4.Buenaventura de Bagnoregio, Itinerarium mentis in Deum, VII, 4.</p>
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		<title>“IPSA NOVITAS INNOVANDA EST” Renovar la novedad  .  Primera predicación, Cuaresma 2023</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Mar 2023 12:33:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sermones de la Casa Pontificia]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La historia de la Iglesia a finales del siglo XIX y principios del XX nos ha dejado una amarga lección que no debemos olvidar para no repetir el error que la provocó. Me refiero al retraso, más aún al rechazo, de tomar nota de los cambios que se estaban producido en la sociedad, y de la crisis del Modernismo que fue su consecuencia.<br />
Cualquiera que haya estudiado ese período, aunque haya sido superficialmente, sabe el daño que sobrevino, tanto para la Iglesia como para los llamados &#8220;modernistas&#8221;. La falta de diálogo, por un lado, empujó a algunos de los modernistas más conocidos a posiciones cada vez más extremas y, finalmente, heréticas; por otro, privó a la Iglesia de una enorme energía, provocando en ella laceraciones y sufrimientos sin fin, haciéndola que la hicieron retraerse, cada vez más, en sí misma, perdiendo de este modo el ritmo de los tiempos.<br />
El Concilio Vaticano II fue la iniciativa profética para recuperar el tiempo perdido. Ha producido una renovación que no es el caso de volver a ilustrar aquí. Más que su contenido, nos interesa en este momento el método que inauguró, que consiste en es caminar por a través de la historia, junto a la humanidad, tratando de discernir los signos de los tiempos.<br />
La historia y la vida de la Iglesia no se detuvo, sin embargo, con el Concilio Vaticano II. Gracias al Concilio Vaticano II la historia y la vida de la Iglesia no se detuvieron. ¡Ay de hacer de ella lo que se intentó hacer con el Concilio de Trento, No caigamos en el error de hacer lo que se intentó con el concilio de Trento, es decir, una meta inamovible! Si la vida de la Iglesia se detuviera, sucedería como un río que llega a una barrera: inevitablemente se convierte en un lodazal o en un pantano.<br />
“No penséis –escribía Orígenes en el siglo III– que basta con renovarse una sola vez; necesitamos renovar la misma novedad: &#8216;Ipsa novitas innovanda est&#8217;&#8221;. Antes que él, el nuevo Doctor de la Iglesia San Ireneo había escrito: La verdad revelada es “como un licor precioso contenido en un vaso valioso. Por obra del Espíritu Santo, rejuvenece continuamente y también hace rejuvenecer la vasija que la contiene&#8221;. El &#8220;vaso&#8221; que contiene la verdad revelada es la tradición viva de la Iglesia. El &#8220;licor precioso&#8221; es en primer lugar Escritura, pero Escritura leída en la Iglesia, que es entonces la definición más correcta de Tradición. El Espíritu es, por su naturaleza, novedad. El Apóstol exhorta a los bautizados a servir a Dios &#8220;en la novedad del Espíritu y no en la caducidad de la letra&#8221; (Rm 7, 6).<br />
La sociedad no sólo no se detuvo en la época del Concilio Vaticano II, sino que conoció una aceleración vertiginosa. Los cambios que solían producirse en un siglo o dos ahora lo hacen en una década. Esta necesidad de renovación continua no es otra cosa que la necesidad de conversión continua, extendida desde el creyente individual a toda la Iglesia en su componente humano e histórico: la “Ecclesia semper reformanda”. El verdadero problema, por tanto, no reside en la novedad; es más bien en la forma de tratar con ella. Me explico. Toda novedad y todo cambio se encuentra en una encrucijada; puede tomar dos caminos opuestos: o el del mundo, o el de Dios: o el camino de la muerte o el camino de la vida. La Didaché, escrita cuando todavía vivía al menos uno de los doce apóstoles, ya ilustraba estos dos caminos a los creyentes.<br />
Nosotros tenemos un medio infalible para emprender siempre de nuevo el camino de la vida y de la luz: el Espíritu Santo. Es la certeza que Jesús dio a los apóstoles antes de dejarlos: “Le pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre (Jn 14,16). Y en otro lugar: &#8220;El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena &#8221; (Jn 16,13). No lo hará todo de golpe, ni de una vez por todas, sino a medida que vayan surgiendo las diversas situaciones. Antes de dejarlos definitivamente, en el momento de la Ascensión, el Resucitado asegura a sus discípulos la asistencia del Paráclito: &#8220;Recibiréis -dice- la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra&#8221; (Hch 1,8).<br />
La intención de los cinco sermones de Cuaresma que comenzamos hoy, muy sencillamente, es precisamente ésta: animarnos a poner al Espíritu Santo en el centro de toda la vida de la Iglesia y, en particular, en este momento, en el centro de las decisiones sinodales. En otras palabras, retomar la apremiante invitación que el Resucitado dirige, en el Apocalipsis, a cada una de las siete Iglesias de Asia Menor: &#8220;El que tenga oídos, escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias&#8221; (Ap 2, 7).<br />
Es la única manera, entre otras cosas, que tengo para no permanecer completamente ajeno al compromiso en curso con el sínodo. En uno de mis primeros sermones a la Casa Pontificia, hace 43 años, dije en presencia de San Juan Pablo II: &#8220;Toda mi vida continué haciendo el humilde trabajo que hacía de niño&#8221;. Y le expliqué cómo. Mis abuelos maternos cultivaban una vasta tierra montañosa como aparceros. En junio o julio era la siega, todo a mano, con la hoz, encorvados bajo el sol. Era un trabajo muy agotador. Mis primitos y yo éramos los encargados de llevar constantemente agua a los segadores para beber. Eso es –dije en aquella ocasión &#8211; lo que he estado haciendo el resto de mi vida. Han cambiado los segadores, que ahora son los obreros de la viña del Señor, y ha cambiado el agua, que ahora es la Palabra de Dios. Un trabajo, el mío, mucho menos fatigoso, siendo sicero, que el de los obreros de la viña; pero también, espero, útil y de algún modo necesario.<br />
*    *    *<br />
En este primer sermón me limito a recoger la lección que nos llega de la Iglesia naciente. En otras palabras, quisiera mostrar cómo el Espíritu Santo guió a los apóstoles y a la comunidad cristiana a dar sus primeros pasos en la historia. Cuando las palabras de Jesús antes citadas sobre la asistencia del Paráclito fueron escritas por Juan, la Iglesia ya había tenido experiencia práctica de ella, y es precisamente esta experiencia, nos dicen los exegetas, la que se refleja en las palabras del evangelista.<br />
Los Hechos de los Apóstoles nos muestran una Iglesia que es, paso a paso, &#8220;guiada por el Espíritu&#8221;. Su guía se ejerce no sólo en las grandes decisiones, sino también en las cosas menores. Pablo y Timoteo quieren predicar el evangelio en la provincia de Asia, pero &#8220;el Espíritu Santo se lo prohíbe&#8221;; están a punto de dirigirse hacia Bitinia, pero, está escrito, &#8220;el Espíritu de Jesús no se lo permite&#8221; (Hch 16, 6s). De lo que sigue se comprende el motivo de esta guía tan apremiante: el Espíritu Santo exhortó así a la Iglesia naciente a salir de Asia y enfrentarse a un nuevo continente, Europa (cf. Hch 16, 9). Pablo llega a definirse, en sus elecciones, como &#8220;prisionero del Espíritu&#8221; (Hch 20, 22).<br />
No es un camino recto y suave, el de la Iglesia naciente. La primera gran crisis es la relativa a la admisión de gentiles en la Iglesia. No hay necesidad de recordar su desarrollo. Sólo nos interesa recordar cómo se resuelve la crisis. ¿Pedro va a Cornelio y los paganos? Es el Espíritu quien le manda (cf. Hch 10,19; 11,12). ¿Y cómo es motivada y comunicada la decisión tomada por los apóstoles en Jerusalén de acoger a los paganos en la comunidad, sin obligarlos a ser circuncidados y a cumplir con toda la legislación mosaica? Se resuelve con esas extraordinarias palabras iniciales: &#8220;Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros&#8230;&#8221; (15,28).<br />
No se trata de hacer arqueología de la Iglesia, sino de sacar a la luz, siempre de nuevo, el paradigma de toda elección eclesial. De hecho, no cuesta mucho ver la analogía entre la apertura que entonces se tomaba hacia los gentiles, con la que se impone hoy hacia los laicos, especialmente a las mujeres, y a otras categorías de personas. Por lo tanto, vale la pena recordar la motivación que impulsó a Pedro a superar sus perplejidades y bautizar a Cornelio y su familia. Leemos en los Hechos:<br />
Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» (Hch 10, 44-47)<br />
Llamado a justificar su conducta en Jerusalén, Pedro relata lo sucedido en casa de Cornelio y concluye diciendo:<br />
Me acordé entonces de aquellas palabras que dijo el Señor: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo”. Por tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios? (Hch 11, 16-17)<br />
Si miramos con detenimiento, es la misma motivación que impulsó a los Padres del Concilio Vaticano II a redefinir el papel de los laicos en la Iglesia, es decir, la doctrina de los carismas. Conocemos bien el texto, pero siempre es útil recordarlo:<br />
Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno&#8230; se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia (LG 12).<br />
Estamos ante el redescubrimiento de la naturaleza no sólo jerárquica sino también carismática de la Iglesia. San Juan Pablo II, en la &#8220;Novo millennio ineunte&#8221; (n. 45) lo hará aún más explícito al definir a la Iglesia como jerarquía y como koinonía. En una primera lectura, la reciente constitución sobre la reforma de la Curia &#8220;Praedicate Evangelium&#8221; (aparte de todos los aspectos jurídicos y técnicos que desconozco por completo) me dio la impresión de estar dando un paso adelante en esta misma dirección: es decir, en aplicar el principio sancionado por el Concilio a un sector particular de la Iglesia que es su gobierno y a una mayor implicación en él de los laicos y las mujeres.<br />
Pero ahora tenemos que dar todavía un paso más. El ejemplo de la Iglesia apostólica nos ilumina no sólo sobre los principios inspiradores, es decir, sobre la doctrina, sino también sobre la práctica eclesial. Nos dice que no todo se resuelve con las decisiones tomadas en un sínodo, o con un decreto. Existe la necesidad de llevar estas decisiones a la práctica, la llamada &#8220;recepción&#8221; de los dogmas. Y para eso necesitamos tiempo, paciencia, diálogo, tolerancia; a veces incluso compromiso. Cuando se hace en el Espíritu Santo, el compromiso no es ceder, ni rebajar la verdad, sino llevarlo a cabo con caridad y obediencia a las situaciones. ¡Cuánta paciencia y tolerancia tuvo Dios después de dar el Decálogo a su pueblo! ¡Cuánto tiempo tuvo que esperar, y todavía tiene que esperar, para su recepción!<br />
A lo largo de la historia que acabamos de mencionar, Pedro aparece claramente como el mediador entre Santiago y Pablo, es decir, entre la preocupación por la continuidad y por la de la novedad. En esta mediación, somos testigos de un incidente que puede ayudarnos aún hoy. El incidente es el de Pablo que en Antioquía reprende a Pedro de por la hipocresía de por haber evitado sentarse a la mesa con paganos convertidos. Escuchemos lo que sucedió desde su propia voz:<br />
Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos (Gal 2, 11-12).<br />
Los &#8220;conservadores&#8221; de la época reprocharon a Pedro haber ido demasiado lejos yendo al pagano Cornelio; Pablo, sin embargo, le reprocha no haber ido lo suficientemente lejos. Pablo es el santo que más admiro y amo. Pero en este caso estoy convencido de que se dejó llevar (¡no es la única vez!) por su carácter de fuego. Pedro no pecó en absoluto de hipocresía. La prueba es que, en otra ocasión, el mismo Pablo hará exactamente lo que hizo Pedro en Antioquía. En Listra hizo circuncidar a su compañero Timoteo &#8220;a causa -está escrito- de los judíos que había en aquellas regiones&#8221; (Hch 16,3), es decir, para no escandalizar a nadie. A los Corintios escribe que se hizo &#8220;judío con los judíos, para ganar a los judíos&#8221; (1 Cor 9, 20) y en la Carta a los Romanos recomienda encontrarse con aquellos que aún no han alcanzado la libertad de la que otros disfrutan&#8221; (Rom 14, 1 ss).<br />
El papel de mediador que ejerció Pedro entre las tendencias opuestas de Santiago y Pablo continúa en sus sucesores. Ciertamente no (y esto es bueno para la Iglesia) uniformemente en cada uno de ellos, sino según el carisma propio de cada uno que el Espíritu Santo (y se supone que los cardenales bajo él) han considerado los más necesarios en un momento dado de la historia de la Iglesia.<br />
Ante los acontecimientos y las realidades políticas, sociales y eclesiales, nosotros estamos listos para tomar inmediatamente partido por un lado y demonizar al contrario, a desear el triunfo de nuestra elección sobre la de nuestros adversarios. (¡Si estalla una guerra, todos rezan al mismo Dios para que dé la victoria a sus ejércitos y aniquile a los del enemigo!). No digo que esté prohibido tener preferencias: en el campo político, social, teológico, etc., o que sea posible no tenerlas. Sin embargo, nunca debemos esperar que Dios se ponga de nuestro lado contra el adversario. Tampoco debemos preguntárselo a quienes nos gobiernan. Es cómo pedirle a un padre que elija entre dos hijos; cómo decirle: “Elige: yo o mi oponente; muestra claramente con quien estás!” ¡Dios está con todos y por eso no está contra nadie! Es el padre de todos.<br />
La acción de Pedro en Antioquía -como la de Pablo en Listra- no fue hipocresía, sino adaptación a las situaciones, es decir, la elección de lo que, en una determinada situación, favorece el mayor bien de la comunión. Es sobre este punto que quisiera continuar y concluir esta primera meditación, también porque nos permite pasar de lo que concierne a la Iglesia universal a lo que concierne a la Iglesia local, es decir, a nuestra propia comunidad o familia y a la vida espiritual de cada uno de nosotros (¡Que es lo que uno espera, creo, de una meditación de Cuaresma!).<br />
Hay una prerrogativa de Dios en la Biblia que a los Padres les encantaba subrayar: la synkatabasis, es decir, la condescendencia. Para San Juan Crisóstomo es una especie de clave para comprender toda la Biblia. En el Nuevo Testamento esta misma prerrogativa de Dios se expresa con el término benignidad (chrestotes). La venida de Dios en la carne es vista como la suprema manifestación de la benignidad de Dios: &#8220;Se ha manifestado la benignidad de Dios y su amor por los hombres&#8221; (Tito 3:4).<br />
La amabilidad -hoy diríamos también cortesía- es algo distinto de la simple bondad; es ser bueno con los demás. Dios es bueno en sí mismo y es bondadoso con nosotros. Es uno de los frutos del Espíritu (Gal 5,22); es un componente esencial de la caridad (1 Cor 13, 4) y es el marco de un alma noble y superior. Ocupa un lugar central en la exhortación apostólica. Leemos, por ejemplo, en la Carta a los Colosenses:<br />
Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros (Col 2, 12-13).<br />
Este año celebramos el cuarto centenario de la muerte de un santo que fue un excelente modelo de esta virtud, en una época también marcada por amargas controversias: San Francisco de Sales. Todos deberíamos volvernos, en la Iglesia, un poco más condescendientes y tolerantes, menos colgados de nuestras certezas personales, conscientes de cuántas veces hemos tenido que reconocer dentro de nosotros mismos que estábamos equivocados sobre una persona o una situación, y cuántas veces nosotros también hemos tenido que adaptarnos a las situaciones. En nuestras relaciones eclesiales, afortunadamente, no existe -ni debe existir- esa propensión a insultar y vilipendiar al adversario que se advierte en ciertos debates políticos y que tanto daño hace a la pacífica convivencia civil.<br />
Hay alguien, es cierto, con quien es justo ser intransigente, pero ese alguien soy yo mismo, es mi “yo”. Estamos inclinados por naturaleza a ser intransigentes con los demás e indulgentes con nosotros mismos, mientras que deberíamos proponernos hacer todo lo contrario: estrictos con nosotros mismos, longánimos con los demás. Esta resolución, tomada en serio, bastaría por sí sola para santificar nuestra Cuaresma. Nos dispensaría de cualquier otro tipo de ayuno y nos dispondría a trabajar con más fe y serenidad en todos los ámbitos de la vida de la Iglesia.<br />
Un gran ejercicio en este sentido es ser honesto, en lo profundo de tu corazón, con la persona con la que no estás de acuerdo. Cuando me doy cuenta de que estoy acusando a alguien dentro de mí, tengo que tener cuidado de no ponerme de mi parte inmediatamente. Debo dejar de darle vueltas a mis razones como quien masca chicle y tratar de ponerme en el lugar de la otra persona para entender sus razones y lo que él también podría decirme.<br />
Este ejercicio no debe hacerse sólo con respecto a la persona singular, sino también con la corriente de pensamiento con la que no estoy de acuerdo y con la solución propuesta por ella a un determinado problema en discusión (en el Sínodo o en otro ámbito). Santo Tomás de Aquino nos da un ejemplo: inicia cada uno de los artículos de su Suma Teológica con las razones del adversario que nunca banaliza ni ridiculiza, sino que las toma en serio y luego les responde con su &#8220;Sed contra&#8221;, “sin embargo”, es decir, con las razones que considera más en conformidad con la fe y la moral. Preguntémonos (yo primero): ¿hacemos lo mismo?<br />
Jesús dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados…¿Cómo es que ves la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?  (Mt 7, 1-3). ¿Es posible vivir, nos preguntamos, sin juzgar nunca? ¿No es la capacidad de juzgar parte de nuestra estructura mental y no es un don de Dios? En la versión de Lucas, al mandato de Jesús: &#8220;no juzguéis y no seréis juzgados&#8221; le sigue inmediatamente, como para aclarar el sentido de estas palabras, el mandato: &#8220;no condenéis y no seréis condenados&#8221; (Lc 6, 37). Por lo tanto, no se trata de eliminar el juicio de nuestro corazón, ¡sino de eliminar el veneno de nuestro juicio! Eso es el odio, la condena, el ostracismo.<br />
Un padre, un superior, un confesor, un juez, cualquiera que tenga alguna responsabilidad sobre los demás, debe juzgar. A veces, en efecto, juzgar es precisamente el tipo de servicio que uno está llamado a ejercer en la sociedad o en la Iglesia. La fuerza del amor cristiano reside en el hecho de que es capaz de cambiar el signo incluso del juicio y, de un acto de desamor, convertirlo en un acto de amor. No con nuestras propias fuerzas, sino gracias al amor que &#8220;ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado&#8221; (Rm 5, 5).<br />
En conclusión, hagamos nuestra la hermosa oración atribuida a San Francisco de Asís. (Tal vez no sea suya, pero refleja perfectamente su espíritu):<br />
Oh Señor, hazme un instrumento de tu paz:<br />
donde haya odio, déjame llevar amor,<br />
donde haya ofensa, que yo lleve el perdón,<br />
donde hay discordia déjame traer unidad,<br />
donde haya duda, déjame vestirme de fe,<br />
donde está el error, que pueda traer la verdad,<br />
donde está la desesperación, déjame traer esperanza,<br />
donde haya tristeza, déjame llevar alegría,<br />
donde está la oscuridad, déjame traer la luz.</p>
<p>Y añadimos:</p>
<p>Donde haya malicia, déjame mostrar benignidad<br />
¡Donde haya dureza, déjame traer bondad!</p>
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