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	<title>Padre Raniero Cantalamessa &#187; Espiritualidad</title>
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		<title>LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA, UNA CORRIENTE DE GRACIA PARA TODA LA IGLESIA</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Jun 2019 12:38:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
				<category><![CDATA[Espiritualidad]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Roma, Aula Pablo VI, 8 de junio de 2019<br />
 Inauguración del servicio de CHARIS</p>
<p>Parto de la convicción compartida por todos nosotros, y a menudo repetida por el papa Francisco, de que la Renovación Carismática Católica (RCC) es «una corriente de gracia para toda la Iglesia». Si la RCC es una corriente de gracia para toda la Iglesia, tenemos el deber de explicarnos a nosotros mismos y a la Iglesia en qué consiste esta corriente de gracia y por qué está destinada y es necesaria para toda la Iglesia. Explicar, en definitiva, qué somos y qué ofrecemos —mejor, qué ofrece Dios— a la Iglesia con esta corriente de gracia.<br />
De hecho, hasta ahora no hemos sido capaces —ni podíamos serlo— de decir con claridad qué es la Renovación Carismática. En efecto, es necesario experimentar una forma de vida antes de poderla definir. Así ha sucedido siempre en el pasado, con ocasión de la aparición de nuevas formas de vida cristiana. Pobres de esos movimientos y órdenes religiosas que nacen con mucho de regla y de constituciones establecidas minuciosamente de partida, que hay que poner luego en práctica como un protocolo a seguir. Es la vida la que, progresando, adquiere una fisonomía y se da una regla, como el río, al avanzar, se excava su propio lecho.<br />
Debemos reconocer que hasta ahora hemos dado a la Iglesia ideas y representaciones de la Renovación Carismática diferentes y a veces contradictorias. Bastaría hacer una pequeña encuesta entre las personas que viven fuera de ella, para darnos cuenta de la confusión que reina en torno a la identidad de la Renovación Carismática.<br />
Para algunos, es un movimiento de «entusiastas», no distinto de los movimientos «entusiastas e iluminados» del pasado, el pueblo del Aleluya, de las manos alzadas, que rezan y cantan en un lenguaje incomprensible, un fenómeno, en definitiva, emocional y superficial. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque también yo, durante mucho tiempo, estaba entre los que pensaban así. Para otros será identificado con personas que realizan oraciones de curación y realizan exorcismos; para otros incluso se trata de una «infiltración» protestante y pentecostal en la Iglesia católica. En el mejor de los casos la Renovación Carismática es vista como una realidad en la que se puede confiar para muchas cosas en la parroquia, pero por la que es mejor no dejarse implicar. Como ha dicho alguien, gustan los frutos de la Renovación, pero no el árbol.<br />
Después de 50 años de vida y de experiencia y con ocasión de la inauguración del nuevo organismo de servicio que es CHARIS, quizás ha llegado el momento de intentar hacer una relectura de esta realidad y dar una definición, aunque no sea definitiva, pues su camino no está del todo concluido.<br />
Yo creo que la esencia de esta corriente de gracia está providencialmente encerrada en su nombre «Renovación Carismática», con la condición de comprender el verdadero significado de estas dos palabras. Es lo que me propongo hacer, dedicando la primera parte de mi intervención al sustantivo «Renovación» y la segunda parte al adjetivo «carismática». </p>
<p>PRIMERA PARTE: «RENOVACIÓN»</p>
<p>Es necesario anteponer una premisa de carácter general para entender la relación que existe entre el sustantivo «renovación» y el adjetivo «carismática», y qué representa cada uno de ellos.<br />
En la Biblia surgen claramente dos modos de obrar del Espíritu de Dios. Existe, ante todo, la forma que podemos llamar carismática. Consiste en el hecho de que el Espíritu de Dios viene sobre algunas personas, en circunstancias especiales, y les otorga dones y capacidades por encima de la capacidad humana para desempeñar la tarea que Dios espera de ellas.  La característica de este modo de obrar del Espíritu de Dios es que se da a una persona, pero no para la persona misma, para hacerla más agradable ante Dios, sino para el bien de la comunidad, para el servicio. Algunos de los que en el Antiguo Testamento reciben estos dones terminarán llevando una vida en absoluto conforme con el querer de Dios.<br />
Sólo en un segundo momento, prácticamente tras el exilio, se empieza a hablar de un modo distinto de actuar del Espíritu de Dios, un modo que posteriormente se llamará la acción santificadora del Espíritu (2 Tes 2,13). Por primera vez en el salmo 51 el Espíritu se define como «santo»: «No me quites tu Santo Espíritu». El testimonio más claro es la profecía de Ezequiel 36,26-27:</p>
<p>Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis leyes y haré que observéis y pongáis en práctica mis mandatos. </p>
<p>La novedad de este modo de actuar del Espíritu es que será sobre una persona y permanece en ella y la transforma desde el interior, dándole un corazón nuevo y una capacidad nueva de observar la ley. A continuación, la teología llamará al primer modo de actuar del Espíritu «gratia gratis data», don gratuito, y al segundo «gratia gratum faciens», gracia que hace agradables a Dios.<br />
Pasando del Antiguo al Nuevo Testamento, este doble modo de actuar del Espíritu se hace incluso más claro. Basta leer primero el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios donde se habla de todo tipo carismas, y luego pasar al capítulo siguiente, el 13, donde se habla de un don único, igual y necesario para todos que es la caridad. Esta caridad es «el amor de Dios derramado en los corazones mediante el Espíritu Santo» (Rom 5,5), el amor —así lo define santo Tomás de Aquino— «con el que Dios nos ama a nosotros y con el que nos hace capaces de amarle a él y a los hermanos» .<br />
La relación entre la obra santificadora del Espíritu y su acción carismática es vista por Pablo como la relación que existe entre el ser y el actuar y como la relación que existe entre la unidad y la diversidad en la Iglesia. La acción santificadora se refiere al ser del cristiano, los carismas se refieren al actuar, al servicio; la primera fundamenta la unidad de la Iglesia, la segunda, la variedad de sus funciones. Sobre esto basta leer Efesios 4,4-13. Allí el Apóstol expone primero lo que fundamenta el ser del cristiano y la unidad de todos los creyentes: un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor, una sola fe, para pasar a hablar de la «gracia dada a cada uno según la medida del don de Cristo»: apóstoles, evangelistas, maestros&#8230;<br />
Es cierto que el carisma no se dado por causa, o de cara a la santidad de una persona, pero también es cierto que no se mantiene sano e incluso se corrompe y termina por provocar daños, si no reposa sobre el terreno de una santidad personal. Recordar la prioridad de la obra santificadora del Espíritu sobre la carismática es la contribución específica que la RCC puede llevar al movimiento evangélico y pentecostal, los cuales —es útil recordarlo— tuvieron también ellos entre sus matrices el llamado «movimiento de santidad» (Holiness Movement).<br />
El Apóstol no se limita a poner de relieve los dos modos de obrar del Espíritu, sino que afirma también la prioridad absoluta de la acción santificadora sobre la acción carismática. El obrar depende del ser (agere sequitur esse), no al revés. Pablo pasa revista a la mayoría de los carismas —hablar todas las lenguas, poseer el don de profecía, conocer todos los misterios, distribuir todo a los pobres— y concluye que, sin la caridad, no servirían de nada a quien los ejercita, aunque puedan beneficiar a quien los recibe.<br />
Todo lo que he dicho de la acción renovadora y santificadora del Espíritu se encierra en el sustantivo «Renovación». ¿Por qué justamente ese término? La idea de novedad acompaña desde el principio hasta el final la revelación de la acción santificadora del Espíritu. Ya en Ezequiel se habla de un «Espíritu nuevo». Juan habla de un «nacer de nuevo por el agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Pero es sobre todo san Pablo quien ve en la «novedad» lo que caracteriza a toda la «nueva alianza» (2 Cor 3,6). Él define al creyente como un «hombre nuevo» (Ef 2,15; 4, 24) y al bautismo como «un baño de renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3,5).<br />
Lo que hay que poner en claro enseguida es que esta vida nueva es la vida traída por Cristo. Es él quien al resucitar de la muerte nos ha dado la posibilidad gracias a nuestro bautismo, de «caminar en una vida nueva» (Rom 6,4). Por tanto, es don, antes que deber, y un «hecho», antes que un «tener que hacer». En este momento se necesita una revolución copernicana en la mentalidad común del creyente católico (¡no en la doctrina oficial de la Iglesia!) y esta es una de las contribuciones más importantes que la Renovación Carismática puede aportar —y ya ha traído en parte— a la vida de la Iglesia. Durante siglos se ha insistido mucho sobre la moral, el deber, sobre qué hacer para ganar la vida eterna, hasta invertir la relación y poner el deber antes que el don, haciendo de la gracia el efecto, en lugar de la causa, de nuestras buenas obras.<br />
La Renovación Carismática, concretamente el bautismo en el Espíritu, ha obrado dentro de mí aquella revolución copernicana de la que hablaba y por eso estoy íntimamente convencido de que puede realizarla en toda la Iglesia. Y es la revolución de la que depende la posibilidad de evangelizar nuevamente el mundo post-cristiano. La fe brota en presencia del kerygma, no en presencia de la didaché, es decir, no en presencia de la teología, de la apologética, de la moral. Estas cosas son necesarias para «formar» la fe y llevarla a la perfección de la caridad, pero no soy capaz de generarla. El cristianismo, a diferencia de cualquier otra religión, no comienza diciendo a los hombres lo que deben hacer para salvarse; empieza diciendo lo que Dios ha hecho, en Cristo Jesús, para salvarlos. Es la religión de la gracia.<br />
No hay peligro de que de este modo se caiga en el «quietismo», olvidando el compromiso por la adquisición de las virtudes. La Escritura y la experiencia no dejan escapatoria sobre este punto: el signo más cierto de la presencia del Espíritu de Cristo no son los carismas, sino los «frutos del Espíritu». La RC debe, más bien, cuidarse de otro peligro: lo que san Pablo reprocha a los Gálatas: «terminar con la carne después de haber comenzado con el Espíritu» (cf. Gál 3,3), es decir, volver a un viejo legalismo y moralismo que sería exactamente la antítesis de lo que se entiende por «Renovación». Existe también, es cierto, el peligro opuesto de hacer de la libertad «un pretexto para vivir según la carne» (Gál 5, 13), pero ello es más fácilmente reconocible. </p>
<p>En qué consiste la vida nueva en el Espíritu</p>
<p>Pero ahora ha llegado el momento de bajar más a lo concreto y ver en qué consiste y cómo se manifiesta la vida nueva en el Espíritu y en qué consiste la verdadera «Renovación». Nos apoyamos en san Pablo y más concretamente en su Carta a los Romanos, porque es allí donde, casi programáticamente, se exponen sus elementos constitutivos. </p>
<p>Una vida vivida en la ley del Espíritu</p>
<p>La vida nueva es, ante todo, una vida vivida «en la ley del Espíritu». </p>
<p>No hay ninguna condena para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte (Rom 8, 1-2).</p>
<p>	No se entiende qué significa la expresión «ley del Espíritu» si no es a partir del acontecimiento de Pentecostés. En el Antiguo Testamento existieron dos interpretaciones fundamentales de la fiesta de Pentecostés. Al comienzo, Pentecostés era la fiesta de la cosecha (cf. Núm 28,26ss), cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo (cf. Ex 23,16; Dt 16,9). Pero posteriormente, y ciertamente en el tiempo de Jesús, la fiesta se había enriquecido con un nuevo significado. Era la fiesta que recordaba la entrega de la ley sobre el monte Sinaí y la alianza establecida entre Dios y su pueblo; la fiesta, en definitiva, que conmemoraba los acontecimientos descritos en Ex 19-20. «Este día de la fiesta de las semanas —dice un texto de la actual liturgia judía de Pentecostés (Shavuot)— es el tiempo del don de nuestra Torá».<br />
Parece que san Lucas ha descrito deliberadamente la venida del Espíritu Santo con los rasgos que marcaron la teofanía del Sinaí; usa, efectivamente, imágenes que recuerdan las del terremoto y del fuego. La liturgia de la Iglesia confirma esta interpretación, desde el momento que inserta Ex 19 entre las lecturas de la vigilia de Pentecostés.<br />
¿Qué viene a decirnos, de nuestro Pentecostés, esta aproximación? ¿Qué significa, en otras palabras, el hecho de que el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia precisamente en el día en que Israel recordaba el don de la ley y de la alianza? Ya san Agustín se planteaba esta pregunta y daba la siguiente respuesta. Cincuenta días después de la inmolación del cordero en Egipto, en el monte Sinaí, el dedo de Dios escribió la ley de Dios sobre tablas de piedra, y he aquí que cincuenta días después de la inmolación del verdadero Cordero de Dios que es Cristo, de nuevo el dedo de Dios, el Espíritu Santo, escribe la ley; pero esta vez no en tablas de piedra, sino sobre las tablas de carne de los corazones .<br />
Esta interpretación se basa sobre la afirmación de Pablo, que define a la comunidad de la Nueva Alianza como una «carta de Cristo, compuesta no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de los corazones» (cf. 2 Cor 3,3).<br />
	De golpe, se iluminan las profecías de Jeremías y de Ezequiel sobre la Nueva Alianza: «Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mi Ley en su alma, la escribiré en su corazón» (Jer 31,33). No ya sobre tablas de piedra, sino sobre corazones; no ya una ley exterior, sino una ley interior.<br />
¿Cómo actúa, en concreto, esta nueva ley que es el Espíritu y en qué sentido se puede llamar «ley»? ¡Actúa mediante el amor! La ley nueva es lo que Jesús llama el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34). El Espíritu Santo ha escrito la nueva ley en nuestros corazones, infundiendo en ellos el amor: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Este amor, nos ha explicado santo Tomás, es el amor con el que Dios nos ama y con el que, al mismo tiempo, hace que nosotros podamos volverlo a amar y amar al prójimo. Es una capacidad nueva de amar.<br />
Hay dos maneras según las cuales el hombre puede ser inducido a hacer, o a no hacer, cierta cosa: o por coacción o por atracción; la ley exterior lo induce del primer modo, por coacción, con la amenaza del castigo; el amor lo induce del segundo modo, por atracción. De hecho, cada uno es atraído por lo que ama, sin que sufra ninguna coacción desde el exterior. La vida cristiana debe ser vivida por atracción, no por coacción, por amor, no por temor.</p>
<p>Una vida de hijos de Dios </p>
<p>En segundo lugar, la vida nueva en el Espíritu es una vida de hijos de Dios. Escribe también el Apóstol:</p>
<p>«Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. 15Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el miedo, sino que habéis recibido el Espíritu que hace hijos adoptivos, por medio del cual exclamamos: “¡Abbá! ¡Padre!” 16El Espíritu mismo, junto a nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios» (Rom 8,14-16). </p>
<p>Esta es una idea central del mensaje de Jesús y de todo el Nuevo Testamento. Gracias al bautismo que nos ha injertado en Cristo, hemos sido hechos hijos en el Hijo. ¿Qué puede llevar de nuevo a la Renovación Carismática a este campo? Una cosa importantísima, a saber, el descubrimiento y la toma de conciencia existencial de la paternidad de Dios que ha hecho que más de uno rompa a llorar en el momento del bautismo en Espíritu. De derecho nosotros somos hijos por el bautismo, pero de hecho lo llegamos a ser gracias a una acción del Espíritu Santo que continúa en la vida.<br />
Nace el sentimiento filial. Dios, de amo se convierte en padre. Este es el momento radiante en el que se exclama, por primera vez, con todo el movimiento del corazón: ¡Abbá, Padre mío! Es uno de los efectos más frecuentes del bautismo en el Espíritu. Recuerdo a una señora anciana de Milán que, recibido el bautismo en el Espíritu, daba vueltas diciendo a todos los que encontraba de su grupo: «¡Me siento una niña, me siento una niña! ¡He descubierto que tengo a Dios como papá!». Experimentar la paternidad de Dios significa hacer la experiencia de su amor infinito y de su misericordia.</p>
<p>Una vida en el señorío de Cristo</p>
<p>Finalmente, la vida nueva es una vida en el señorío de Cristo. Escribe el Apóstol:</p>
<p>Si con tu boca proclamas: «¡Jesús es el Señor!», y con tu corazón crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).</p>
<p>Y de nuevo poco después en la misma Carta:</p>
<p>7Ninguno de nosotros, en efecto, vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, 8porque si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. 9Para esto murió y resucitó Cristo: para ser el Señor de vivos y muertos (Rom 14,7-9).</p>
<p>Este especial conocimiento de Jesús es obra del Espíritu Santo: «Nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). El don más evidente que yo recibí con ocasión de mi bautismo en el Espíritu fue el descubrimiento del señorío de Cristo. Hasta entonces yo era un estudioso de cristología, dictaba cursos y escribía libros sobre las doctrinas cristológicas antiguas; el Espíritu Santo me convirtió desde la cristología a Cristo. Qué emoción al escuchar en julio de 1977, en el estadio de Kansas City, a 40 mil creyentes de diversas denominaciones cristianas cantar: «He&#8217;s Lord, He is Lord. He&#8217;s risen from the dead and is Lord. Every shall bow every tongue confess that Jesus Christ is Lord». Para mí, todavía observador externo de la Renovación, aquel canto tenía resonancias cósmicas, cuestionaba lo que está en los cielos, en la tierra y en los abismos. ¿Por qué no repetir, en una ocasión como esta, aquella experiencia y proclamar juntos, en el canto, el señorío de Cristo…? Cantémoslo en inglés los que lo sepan&#8230;<br />
¿Qué hay de especial, en la proclamación de Jesús como Señor, que la hace tan distinta y determinante? Que con ella no se hace sólo una profesión de fe, sino que se toma una decisión personal. Quien la pronuncia, decide el sentido de su vida. Es como si dijera: «Tú eres mi Señor; yo me someto a ti, yo te reconozco libremente como mi salvador, mi cabeza, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí. Te cedo con alegría las riendas de mi vida».<br />
Este redescubrimiento luminoso de Jesús como Señor es quizás la gracia más hermosa que, en nuestros tiempos, Dios ha otorgado a su Iglesia a través de la RC. Al comienzo la proclamación de Jesús como Señor (Kyrios) fue, para la evangelización, lo que es la reja para el arado: esa especie de espada que primero surca el terreno y permite que el arado trace el surco. En este punto intervino lamentablemente un cambio en el tránsito del ambiente judío al helénico. En el mundo judío el título Adonai, Señor, por sí solo, bastaba para proclamar la divinidad de Cristo. Y de hecho, con él, el día de Pentecostés, Pedro proclama al mundo a Jesucristo: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a aquel Jesús que vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).<br />
En la predicación a los paganos ese título ya no era suficiente. Muchos, a partir del emperador romano, se hacían llamar señores. Lo observa con tristeza el Apóstol: «Hay muchos dioses y muchos señores, pero para nosotros solo hay un Señor, Jesucristo» (cf. 1 Cor 8,5-6). Ya en el siglo III el título de Señor no se comprende en su significado kerigmático; es considerado el título propio de quien todavía está en el estadio del «siervo» y del miedo, inferior, por tanto, al título de Maestro, que es propio del «discípulo« y del amigo . Se sigue ciertamente hablando de Jesús «Señor», pero se ha convertido en un título como los demás, incluso más a menudo uno de los elementos del nombre completo de Cristo: «Nuestro Señor Jesucristo». Pero una cosa es decir «nuestro Señor Jesucristo» y otra decir: «¡Jesucristo es nuestro Señor!» (con exclamación).<br />
¿Dónde está, en todo esto, el salto cualitativo que el Espíritu Santo nos hace hacer en el conocimiento de Cristo? ¡Está en el hecho de que la proclamación de Jesús Señor es la puerta que introduce en el conocimiento de Cristo resucitado y vivo! No ya un Cristo personaje, sino persona; no ya un conjunto de tesis, de dogmas (y de las correspondientes herejías), no ya solo objeto de culto y de memoria, sino realidad viviente en el Espíritu. Entre este Jesús vivo y el de los libros y las discusiones doctas sobre él, corre la misma diferencia que entre el cielo verdadero y un cielo dibujado en una hoja de papel. Si queremos que la nueva evangelización no quede en un piadoso deseo, debemos poner la «reja» delante del arado, el kerygma delante de la parénesis.<br />
La común experiencia del señorío de Cristo es también lo que más empuja a la unidad de los cristianos, como vemos que ocurre también aquí entre nosotros. Una de las tareas prioritarias de CHARIS, según las indicaciones del Santo Padre, es precisamente la de promover con todos los medios esta unidad entre todos los creyentes en Cristo, el respeto recíproco de la propia identidad.<br />
Una corriente de gracia para toda la Iglesia</p>
<p>Creo que a estas alturas está claro por qué decimos que la Renovación Carismática es una corriente de gracia para toda la Iglesia. Todo lo que la Palabra de Dios nos ha revelado sobre la vida nueva en Cristo —una vida vivida según la ley del Espíritu, una vida como hijos de Dios y una vida en el señorío de Cristo—, todo esto no es más que la sustancia de la vida y de la santidad cristianas. Es la vida bautismal actuada en plenitud, es decir, no sólo pensada y creída, sino vivida y propuesta, y no a algunas almas privilegiadas solamente, sino para todo el pueblo santo de Dios. Para muchos millones de creyentes el bautismo en el Espíritu ha sido la puerta que les ha introducidos a estos resplandores de la vida cristiana.<br />
Una de las máximas que le gustan al papa Francisco es que «la realidad es superior a la idea» , y que lo vivido es superior a lo pensado. Creo que la Renovación Carismática puede ser (y en parte ha sido) de gran ayuda para hacer pasar las grandes verdades de la fe desde lo pensado a lo vivido, para hacer pasar el Espíritu Santo de los libros de teología de la experiencia de los creyentes.<br />
San Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano como la ocasión para un «nuevo Pentecostés» para la Iglesia. El Señor ha respondido a esta oración del Papa más allá de toda expectativa. Pero, ¿qué significa «un nuevo Pentecostés»? No puede consistir sólo en una nueva floración de carismas, de ministerios, de señales y prodigios, en una bocanada de aire fresco en el rostro de la Iglesia. Estas cosas son el reflejo y el signo de algo más profundo. Un nuevo Pentecostés, para ser verdaderamente tal, debe suceder en la profundidad que el Apóstol nos ha revelado; debe renovar el corazón de la Esposa, no sólo su vestido.<br />
Sin embargo, para ser la corriente de gracia que hemos descrito, la Renovación Carismática necesita renovarse ella misma y a esto quiere contribuir la creación de CHARIS. «No pienses —escribió Orígenes en el siglo III— que basta ser renovados una sola vez; hay que renovar la misma novedad: “Ipsa novitas innovanda est”» . No hay que asombrarse de ello. Es lo que sucede en cada proyecto de Dios en el momento en que se pone en manos del hombre.<br />
Inmediatamente después de mi adhesión a la Renovación, un día, en oración, me impactaron algunos pensamientos. Me parecía intuir lo que el Señor estaba haciendo de nuevo en la Iglesia; cogí un folio y una pluma y escribí algunos pensamientos sobre los que yo mismo me asombraba, poco en ellos era fruto de mi reflexión. Se encuentran impresos en mi libro La sobria embriaguez del Espíritu , pero me permito compartirlos de nuevo con vosotros porque me parece que es el punto desde el que debemos volver a empezar. </p>
<p>El Padre quiere glorificar a su Hijo Jesucristo sobre la tierra de modo nuevo, con una nueva invención. El Espíritu Santo es encargado de esta glorificación, porque está escrito: «Él me glorificará y tomará de lo mío». Una vida cristiana consagrada enteramente a Dios, sin fundador, ni regla ni congregación nuevos. Fundador: ¡Jesús! Regla: ¡El Evangelio vivido en el Espíritu Santo! Congregación: ¡La Iglesia! No preocuparse del mañana, no querer hacer cosas que queden, no querer poner en marcha organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores&#8230; Jesús es un Fundador que no muere nunca, por tanto no necesita de sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo estará también mañana en la Iglesia!</p>
<p>SEGUNDA PARTE<br />
«CARISMÁTICO»</p>
<p>Ahora ha llegado el momento de pasar a la segunda parte de mi discurso que será mucho más corta: ¿Qué añade el adjetivo «Carismático» al nombre de «Renovación». En primer lugar es importante decir que «carismático» debe seguir siendo un adjetivo y que no se convierta nunca en un sustantivo. En otras palabras, se debe evitar absolutamente por nuestra parte, el uso de la expresión «los carismáticos» para indicar a las personas que han hecho la experiencia de la Renovación. Si acaso empléese la expresión «cristianos renovados», no carismáticos. El uso de este nombre suscita justamente resentimiento porque crea discriminación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, como si algunos estuvieran dotados de carismas y otros no.<br />
Yo no quiero hacer aquí una enseñanza sobre los carismas de los cuales se tienen muchas ocasiones de hablar. Mi intención es mostrar cómo, incluso en cuanto realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia. Para ilustrar esta afirmación es necesario dirigir una rápida mirada a la historia de los carismas en la Iglesia.</p>
<p>El redescubrimiento de los carismas en el Vaticano II</p>
<p>¿Qué sucedió, en realidad, a los carismas después de su tumultuosa aparición en los comienzos de la Iglesia? Los carismas no desaparecieron tanto de la vida de la Iglesia, cuanto de su teología. Si recorremos la historia de la Iglesia, teniendo en mente las diversas listas de carismas del Nuevo Testamento, debemos concluir que, a excepción quizá de «hablar en lenguas» y de la «interpretación de las lenguas», ninguno de los carismas se ha perdido del todo.<br />
La historia de la Iglesia está llena de evangelizadores carismáticos, de dones de sabiduría y de ciencia (baste pensar en los doctores de la Iglesia), de historias de curaciones milagrosas, de hombres dotados de espíritu de profecía, o de discernimiento de los espíritus, por no hablar de dones como visiones, arrebatos, éxtasis, iluminaciones, también ellos enumerados entre los carismas.<br />
Entonces, ¿dónde está la novedad que nos permite hablar de un despertar de los carismas en nuestra época? ¿Qué estaba ausente antes? Los carismas, desde su marco propio de utilidad común y de la «organización de la Iglesia», fueron progresivamente circunscritos al ámbito privado y personal. Ya no entraban en la constitución de la Iglesia.<br />
En la vida de la primitiva comunidad cristiana los carismas no eran hechos privados, eran lo que, unidamente a la autoridad apostólica, delineaban la fisonomía de la comunidad. Apóstoles y profetas eran las dos fuerzas que, juntamente, dirigían a la comunidad. Muy pronto el equilibrio entre las dos instancias —la del cargo y la del carisma— se rompe en beneficio del cargo. El carisma es otorgado ahora con la ordenación y vive con él. Un elemento determinante fue el surgimiento de las primeras falsas doctrinas, especialmente de las gnósticas. Fue este hecho el que inclinó cada vez más la aguja de la balanza hacia los que detentaban el cargo, los pastores. Otro hecho fue la crisis del movimiento profético difundido por Montano en Asia Menor en el siglo II que sirvió para desprestigiar aún más un cierto tipo de entusiasmo carismático colectivo.<br />
De este hecho fundamental se derivan todas las consecuencias negativas sobre los carismas. Los carismas marginados de la vida de la Iglesia. Se tiene noticia, todavía durante algún tiempo, de persistencia, aquí y allá, de algunos de ellos. San Ireneo, por ejemplo, dice que todavía existen en su tiempo «muchos hermanos de la Iglesia que tienen carismas proféticos, hablan todas las lenguas, manifiestan los secretos de los hombres en ventaja propia y explican los misterios de Dios» . Pero es un fenómeno que se va agotando. Desaparecen sobre todo aquellos carismas que tenían como terreno de ejercicio, el culto y la vida de la comunidad: el hablar inspirado y la glosolalia, los llamados carismas pentecostales. La profecía viene a reducirse al carisma del magisterio de interpretar la revelación auténtica e infaliblemente. (Esta era la definición de la profecía en los tratados de eclesiología que se estudiaban en mi época).<br />
Se intenta justificar esta situación incluso teológicamente. Según una teoría a menudo repetida desde san Juan Crisóstomo en adelante, hasta la víspera del Vaticano II, ciertos carismas habrían sido reservados a la Iglesia en su «estado naciente», pero posteriormente habrían «cesado», como ya no necesarios para la economía general de la Iglesia .<br />
Otra consecuencia inevitable es la clericalización de los carismas. Vinculados a la santidad personal, terminan por estar asociados casi siempre a los representantes habituales de esta santidad: pastores, monjes, religiosos. Del ámbito de la eclesiología, los carismas pasan al de la hagiografía, es decir, al estudio de la vida de los santos. El lugar de los carismas lo toman los «Siete dones del Espíritu» que al principio (en Isaías 11) y hasta la Escolástica, no eran más que una categoría particular de carismas, los prometidos al rey mesiánico y posteriormente a aquellos que tienen la tarea del gobierno pastoral.<br />
Esta es la situación que el Concilio Vaticano II quiso remediar. En uno de los documentos más importantes del Vaticano II leemos el conocido texto: </p>
<p>«El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno&#8230; se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo»  .</p>
<p>Este texto no es una nota marginal dentro de la eclesiología del Vaticano II; es su coronamiento. Es el modo más claro y explícito de afirmar que junto a la dimensión jerárquica e institucional, la Iglesia tiene una dimensión neumática y que la primera está en función y al servicio de la segunda. No es el Espíritu el que está al servicio de la institución, sino la institución al servicio del Espíritu. No es cierto, como hacía notar polémicamente, el gran eclesiólogo del siglo XIX Johannes Adam Moehler que «Dios ha creado la jerarquía y así ha provisto más que suficientemente a las necesidades de la Iglesia hasta el fin del mundo» . Jesús ha confiado su Iglesia a Pedro y a los demás Apóstoles, pero la ha confiado antes todavía al Espíritu Santo: «Él os enseñará, él os guiará a la verdad, él tomará de lo mío y os lo dará…» (cf. Jn 16, 4-15).<br />
A estas alturas, celebrado el Concilio y recogidos en un volumen sus decretos, el peligro de marginar los carismas se presentaba bajo otra forma, no menos peligrosa: la de permanecer como un hermoso documento que los estudiosos no se cansan de estudiar y los predicadores de citar. El Señor ha obviado, él mismo, este peligro haciendo ver con los propios ojos, a aquel que había deseado fuertemente ese texto sobre los carismas, que ellos habían vuelto no solo a la teología, sino también a la vida del pueblo de Dios. Cuando, por primera vez, en 1973, el cardinal Leo-Joseph Suenens, oyó hablar de la Renovación Carismática Católica, aparecida en los Estados Unidos, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas , y esto es lo que relata en sus memorias:</p>
<p>«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que ella pudiera manifestar de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado por la noticia del despertar de los carismas, puesto que el Concilio había invocado un despertar semejante».</p>
<p>Y esto es lo que escribió después de haber constatado con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en la Iglesia:</p>
<p>«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecía que se hacía vivos y se convertían en parte del presente; lo que era auténticamente verdadero en el pasado, parece suceder de nuevo bajo nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que está siempre a la obra, como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia» .</p>
<p>Ahora está claro, creo, por qué digo que también como realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada y necesaria para toda la Iglesia. Es la misma Iglesia la que, en el Concilio, lo ha definido. Sólo queda pasar por la definición de la actuación, de los documentos a la vida. Y este es el servicio que CHARIS, en total continuidad con la RCC del pasado, es llamado a hacer a la Iglesia.<br />
No se trata sólo de fidelidad al Concilio, sino de fidelidad a la misión misma de la Iglesia. Los carismas, se lee en el texto conciliar, son «útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia». (Quizás habría sido más correcto escribir «necesarios», en lugar de «útiles»). La fe, hoy como en el tiempo de Pablo y de los Apóstoles, no se transmite «con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con la manifestación del Espíritu y su potencia» (cf. 1 Cor 2,4-5; 1 Tes 1,5). Si un tiempo, en un mundo convertido, al menos oficialmente, en «cristiano», se podía pensar que ya no había necesidad de carismas, de signos y prodigios, como al comienzo de la Iglesia, hoy ya más. Hemos vuelto a estar más cercanos al tiempo de los apóstoles que al de san Juan Crisóstomo. Ellos debían anunciar el Evangelio a un mundo pre-cristiano; nosotros, al menos en Occidente, a un mundo post-cristiano.<br />
He dicho hasta aquí que la RC es una corriente de gracia necesaria para toda la Iglesia Católica. Debo añadir que lo es doblemente para algunas Iglesias nacionales que desde hace tiempo asisten a una dolorosa hemorragia de sus propios fieles hacia otras realidades carismáticas. Es sabido que uno de los motivos más comunes de dicho éxodo es la necesidad de una expresión de la fe que responda más a la propia cultura: con más espacio dado a la espontaneidad, a la alegría y al cuerpo; una vida de fe en la que la religiosidad popular sea un valor añadido y no un sustituto del señorío de Cristo.<br />
Se hacen análisis pastorales y sociológicas del fenómeno  y se proponen remedios, pero hay dificultades para darse cuenta de que el Espíritu Santo ya ha provisto, de forma grandiosa, a esta necesidad. Ya no se puede seguir viendo la RCC como parte del problema del éxodo de los católicos, en lugar de la solución del problema. Para que este remedio sea realmente eficaz no basta, sin embargo, que los pastores aprueben y animen a la RC, permaneciendo cuidadosamente fuera. Es necesario acoger en la propia vida la corriente de gracia. A esto nos empuja el ejemplo del Pastor de la Iglesia universal, también con la creación de CHARIS.<br />
No pretendo extenderme más sobre el tema carismas y evangelización. De ello nos ha hablado nuestro querido coordinador Jean-Luc y nos hablará en breve, Mary Healy que, sobre este tema, además de una excelente formación teológica, posee también una notable experiencia madurada en el tajo diario. Termino con una reflexión sobre el ejercicio de los carismas.<br />
Aludo a algunas de las actitudes o virtudes que más directamente contribuyen a mantener sano el carisma y a hacer que servir «para la utilidad común». La primera virtud es la obediencia. Hablamos, en este caso, de obediencia, sobre todo a la institución, a quien ejerce el servicio de la autoridad. Los verdaderos profetas y carismáticos, en la historia de la Iglesia católica también recientemente, han sido los que han aceptado morir a sus certezas, obedeciendo y callando, antes de ver que sus propuestas y críticas eran acogidas por la institución. Los carismas sin la institución están abocados al caos; la institución sin los carismas es abocada al inmovilismo.<br />
La institución no mortifica el carisma, pero es la que asegura al carisma un futuro y también un&#8230; pasado. Es decir, lo preserva de agotarse en un fuego de paja, y pone a su disposición toda la experiencia del Espíritu acumulada por las generaciones anteriores. Es una bendición de Dios que el despertar carismático en la Iglesia católica haya nacido con una fuerte impulso a la comunión con la jerarquía y que el magisterio pontificio haya reconocido en él «una oportunidad para la Iglesia» y «los primeros signos de una gran primavera para la cristiandad» . Esta obediencia nos debería ser mucho más fácil y debida hoy que la autoridad suprema de la Iglesia no se limita a alabar y animar a la corriente de gracia del RC, sino que ha trasladado con toda evidencia la causa y la propone con insistencia a toda la Iglesia.<br />
Otra virtud vital para un uso constructivo de los carismas es la humildad. Los carismas son operaciones del Espíritu Santo, chispas del fuego mismo de Dios confiadas a los hombres. ¿Cómo se hace para no quemarse las manos con él? Esta es la tarea de la humildad. Ella permite a esta gracia de Dios que pase y circule dentro de la Iglesia y dentro de la humanidad, sin dispersarse o contaminarse.<br />
La imagen de la «corriente de gracia» que se dispersa en la masa, se inspira claramente en al mundo de la electricidad. Pero paralela a la técnica de la electricidad está la técnica del aislante. Cuanto más alta es la tensión y potente la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida a la corriente provocar cortocircuitos. La humildad es, en la RC y en la vida espiritual en general, el gran aislante que permite que la corriente divina de la gracia pase a través de una persona sin disiparse, o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad. Jesús ha introducido el Espíritu en el mundo humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte; nosotros podremos contribuir a difundir al Espíritu Santo en la Iglesia del mismo modo: siendo humildes y obedientes hasta la muerte, la muerte de nuestro «yo» y del hombre viejo que habita en nosotros.</p>
<p>*   *   *<br />
Como asistente eclesiástico, he intentado dar, con esta enseñanza, mi contribución para una correcta visión de la RC en la historia y en el presente de la Iglesia. Sin embargo, serán el moderador y los componentes del Comité Internacional los que deberán sostener el peso mayor de este nuevo comienzo. A todos ellos expreso mi amistad fraterna y mi incondicional colaboración, mientras el Señor me dé aún la fuerza de hacerlo. La carta a los Hebreos recomendaba a los primeros cristianos: «Acordaos de vuestros jefes, los cuales os han anunciado la palabra de Dios» (Heb 13,7). Nosotros debemos hacer lo mismo, recordando con afecto y gratitud a aquellos que vivieron y promovieron los primeros el nuevo Pentecostés: Patti Mansfield, Ralph Martin, Steve Clark, Kevin y Dorothy Ranagan y todos los demás que posteriormente han servido a la RCC en el ICCRS, en la Catholic Fraternity y en otros órganos de servicio.<br />
Termino con una palabra profética que proclamé la primera vez que me encontré predicando en presencia de san Juan Pablo II. Es la palabra que el profeta Ageo dirigió a los jefes y al pueblo de Israel en el momento en que se disponían a reconstruir el templo:</p>
<p>Ahora, sé valiente, Zorobabel —oráculo del Señor—, se valiente, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; se valiente, pueblo entero del país —oráculo del Señor— y a trabajar, porque yo estoy con vosotros» (Ag 2,4). </p>
<p>¡Sed valientes Jean-Luc y miembros del comité, sed valientes pueblo todo de la RCC, , sed valientes hermanos y hermanas de otras Iglesias cristianas que estáis con nosotros y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!»</p>
<p>©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco</p>
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		<title>¡DEVOLVED EL PODER A DIOS!</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Apr 2019 13:04:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En nuestro camino de preparación espiritual para Pentecostés de 2019, hemos reflexionado sobre la importancia de la oración para recibir el Espíritu. En esta segunda reflexión meditamos sobre la importancia de la conversión.<br />
En el Evangelio la palabra conversión aparece en dos contextos distintos y se dirige a dos tipos diferentes de oyentes. La primera está dirigida a todos, la segunda a aquellos que ya habían aceptado su invitación y estaban con él desde hace mucho tiempo. Aludimos a la primera sólo para comprender mejor la segunda que es la que más nos interesa, en este período de transición en la vida de la Renovación Carismática Católica. La predicación de Jesús comienza con las palabras programáticas:<br />
“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).<br />
Antes de Jesús, convertirse significaba siempre un “volver atrás” (el término hebreo, shub, significa cambiar el rumbo, volver sobre los propios pasos). Indicaba el acto de quien, en un cierto punto de la vida, se da cuenta de que está “descaminado”. Entonces se detiene, hace un replanteamiento, decide volver a la observancia de la ley y regresar a la alianza con Dios. Hace un auténtico y verdadero “cambio de sentido”. La conversión, en este caso, tiene un significado fundamentalmente moral y sugiere la idea de algo penoso de cumplir: cambiar los hábitos.<br />
Éste es el significado habitual de conversión en boca de los profetas, hasta Juan el Bautista incluido. Pero en labios de Jesús este significado cambia. No porqué él se divierta cambiando el significado de las palabras, sino porque con su venida las cosas han cambiado. “¡El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca!” Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino que más bien significa lanzarse hacia delante y entrar en el reino, aferrar la salvación que ha llegado a los hombres gratuitamente, por una iniciativa libre y soberana de Dios.<br />
Conversión y salvación se han intercambiado los lugares. No primero la conversión y luego, como consecuencia de ello, la salvación, sino por el contrario: primero la salvación, después, como exigencia de ella, la conversión. No: convertíos y el Reino llegará entre vosotros, el Mesías vendrá, como andaban diciendo los últimos profetas, sino: convertíos porque el reino ha llegado, está en medio de vosotros. Convertirse es tomar la decisión que salva, la “decisión del ahora”, como la describen las parábolas del reino.<br />
“Convertíos y creed” no significa por lo tanto dos cosas diferentes y sucesivas, sino la misma acción fundamental: ¡Convertíos, es decir, creed! ¡Convertíos creyendo! Todo esto exige una auténtica “conversión”, un cambio profundo en la manera de concebir nuestras relaciones con Dios. Exige pasar de la idea de un Dios que pide, que ordena, que amenaza, a la idea de un Dios que llega con las manos llenas para dárnoslo todo. Es la conversión de la “ley” a la “gracia” que le gustaba tanto a San Pablo.<br />
Escuchemos ahora el segundo contexto en el que, en el Evangelio, se vuelve a hablar de<br />
conversión:<br />
“En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es,<br />
pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de<br />
ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis<br />
en el Reino de los Cielos»” (Mt 18, 1-4).<br />
Esta vez, convertirse sí que significa volver atrás, ¡a cuándo eras un niño! El mismo verbo<br />
utilizado, strefo, indica invertir el sentido de la marcha. Esta es la conversión de quien ya<br />
ha entrado al Reino, ha creído en el Evangelio y lleva tiempo al servicio de Cristo. Es<br />
nuestra conversión, la de los que llevamos años, tal vez desde el principio, en la<br />
Renovación Carismática.<br />
¿Qué sucedió a los apóstoles? ¿Qué es lo que supone la discusión sobre quién es el más<br />
grande? Que la preocupación mayor ya no es el reino, sino el propio puesto en él, el<br />
propio yo. Cada uno de ellos tenía algún derecho para aspirar a ser el más grande: Pedro<br />
había recibido la promesa del primado, Judas la bolsa del dinero, Mateo podía decir que<br />
él había renunciado a más que los otros, Andrés que había sido el primero en seguirlo, y<br />
Juan que habían estado con él en el Tabor… Los frutos de esta situación son evidentes:<br />
rivalidad, sospechas, enfrentamientos, frustración.<br />
Volverse niños, para los apóstoles, significaba volver a cómo eran en el momento de la<br />
llamada a la orilla del lago o en el mostrador de los impuestos: sin pretensiones, sin<br />
derechos, sin enfrentamientos entre ellos, sin envidias, sin rivalidad. Ricos sólo en una<br />
promesa (“Os haré pescadores de hombres”) y en una presencia, la de Jesús. Volver al<br />
tiempo en el que todavía eran compañeros de aventura, no competidores por el primer<br />
puesto. También para nosotros volverse niños significa regresar al momento en el que<br />
tuvimos por primera vez una experiencia personal del Espíritu Santo y descubrimos lo que<br />
significa vivir en el Señorío de Cristo. Cuando decíamos: “¡Jesús solo basta!” y lo<br />
creíamos.<br />
Me impresiona el ejemplo del apóstol Pablo descrito en Filipenses 3. Descubierto Jesús<br />
como su Señor, él considera todo su glorioso pasado una pérdida, una basura, a fin de<br />
ganar a Cristo y revestirse de la justicia que deriva de la fe en él. Pero un poco más<br />
adelante sale con esta afirmación: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía.<br />
Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Fil 3,<br />
13). ¿Qué pasado? Ya no el del fariseo, sino el del apóstol. Él ha intuido el peligro que<br />
corría de encontrarse con una nueva “ganancia”, una nueva “justicia” toda suya, derivada<br />
de lo que había hecho al servicio de Cristo. Él anula todo con esta decisión: “Me olvido del<br />
pasado me lanzo hacia el futuro”.<br />
¿Cómo no ver en todo esto una lección preciosa para nosotros en la Renovación<br />
Carismática Católica? Uno de los muchos eslóganes que circulaban en los primeros años<br />
de la Renovación – una especie de grito de batalla – era: “¡Devolved el poder a Dios!”<br />
Quizá se inspiraba en el versículo del salmo 68, 35 “Reconoced el poder de Dios” que en<br />
la Vulgata se tradujo con “Restituid (reddite) el poder a Dios”. Durante mucho tiempo he<br />
considerado esas palabras como la mejor manera de describir la novedad de la<br />
Renovación Carismática. La diferencia es que por un tiempo pensé que el grito estaba<br />
dirigido al resto de la Iglesia y nosotros éramos los que estábamos encargados de hacerlo<br />
resonar; ahora pienso que está dirigido a nosotros que, quizás sin darnos cuenta, nos<br />
hemos apropiado en parte del poder que le pertenece a Dios.<br />
En vista de un nuevo comienzo de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, es<br />
necesario “vaciar los bolsillos”, empezar de cero, repetir con una profunda convicción las<br />
palabras sugeridas por el mismo Jesús: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que<br />
debíamos hacer” (Lc 17,10). Hacer nuestro el propósito del Apóstol: “olvido lo que dejé<br />
atrás y me lanzo a lo que está por delante”. Imitemos a los “veinticuatro ancianos” del<br />
Apocalipsis que “arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios<br />
nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder’” (Ap 4,10-11).<br />
Sigue siendo actual la palabra de Dios dirigida a Isaías: “Pues, he aquí que yo lo renuevo:<br />
ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19). Bienaventurados nosotros si<br />
permitimos a Dios renovar lo que tiene en mente en este momento para nosotros y para la<br />
Iglesia.<br />
Mi sugerencia para la cadena de oración: repetir muchas veces durante el día una de las<br />
invocaciones dirigidas al Espíritu Santo en la secuencia de Pentecostés, aquella que cada<br />
uno siente que responde mejor a su necesidad:<br />
Riega la tierra en sequía,<br />
sana el corazón enfermo,<br />
lava las manchas, infunde<br />
calor de vida en el hielo,<br />
doma el espíritu indómito,<br />
guía al que tuerce el sendero</p>
<p>P. Raniero Cantalamessa O.F.M Cap.<br />
Asistente eclesiástico de CHARIS</p>
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		<title>ORAD PARA RECIBIR EL ESPÍRITU</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Mar 2019 12:55:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el próximo Pentecostés entrará en función CHARIS, el nuevo organismo único de servicio de toda la corriente de gracia de la Renovación Carismática Católica. Es una ocasión única para una efusión renovada del Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia. El propósito de ésta, y de las dos sucesivas reflexiones que me ha[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el próximo Pentecostés entrará en función CHARIS, el nuevo organismo único de servicio de toda la corriente de gracia de la Renovación Carismática Católica. Es una ocasión única para una efusión renovada del Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia. El propósito de ésta, y de las dos sucesivas reflexiones que me ha pedido el comité de coordinación, es precisamente el de apoyar y estimular con motivaciones bíblicas y teológicas el compromiso de oración con la que muchos hermanos y hermanas quieren contribuir al éxito espiritual del evento.<br />
¿Cómo se prepararon los apóstoles a la venida del Espíritu Santo? ¡Orando! “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch l, 14). La oración de los apóstoles reunidos en el Cenáculo con María, es la primera gran epíclesis, es la inauguración de la dimensión epiclética de la Iglesia, de ese «Ven, Espíritu Santo» que seguirá resonando en la Iglesia por todos los siglos y que la liturgia antepondrá a todas sus acciones más importantes.<br />
Mientras la Iglesia estaba en oración, “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,&#8230; quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 2-4). Se repite lo que había sucedido en el bautismo de Cristo: “Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal” (Lc 3, 21-22). Se diría que para San Lucas fue la oración de Jesús la que rasgó el cielo e hizo descender el Espíritu sobre él. Lo mismo sucede en Pentecostés.<br />
Es impresionante la insistencia con la que, en los Hechos de los Apóstoles, la venida del Espíritu Santo se pone en relación con la oración. Sin olvidar el papel determinante del bautismo (cf Hch 2, 38), pero se insiste más sobre el de la oración. Saulo « estaba orando » cuando el Señor le envió a Ananías para que recuperase la vista y se llenase de Espíritu Santo (cf Hch 9, 9.11). Cuando los apóstoles supieron que la Samaria había escuchado la Palabra, mandaron a Pedro y a Juan; « estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo » (At 8, 15).<br />
Cuando, en la misma ocasión, Simón el Mago intentó obtener el Espíritu Santo pagando, los apóstoles reaccionaron indignados (cf Hch 8, 18 ss). El Espíritu Santo no se puede comprar, sólo se puede implorar con la oración. Jesús mismo de hecho había ligado el don del Espíritu Santo a la oración, diciendo: “Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”<br />
(Lc 11, 13). Lo había ligado no sólo a nuestra oración sino también, y sobre todo, a la suya diciendo: “y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre”<br />
(Jn 14, 16). Entre la oración y el don del Espíritu existe la misma circularidad y compenetración que entre la gracia y la libertad. Nosotros tenemos necesidad de recibir el Espíritu Santo para poder orar, y tenemos necesidad de orar para poder recibir el Espíritu Santo. Al principio está el don de la gracia, pero después es necesario orar para que este don se conserve y se acreciente.<br />
Pero todo esto no debe quedarse en una enseñanza abstracta y genérica. Me debe decir algo a mí individualmente. ¿Quieres recibir el Espíritu Santo? ¿Te sientes débil y deseas ser revestido con la fuerza de lo alto? ¿Te sientes tibio y quieres ser recalentado? ¿Seco y quieres ser regado? ¿Rígido y quieres ser doblado? ¿Descontento de la vida pasada y quieres ser renovado? ¡Ora, ora, ora! Que en tu boca no se apague el grito sumiso: Veni Sancte Spiritus, ¡Ven Espíritu Santo! Si una persona o un grupo de personas, con fe, se pone en oración y en retiro, decididos a no levantarse sin haber recibido lo que pedían y de hecho mucho más. Así sucedió en aquel primer retiro de Duquesne en el que se inició la Renovación Carismática Católica.<br />
Como fue la oración de María y los apóstoles, también la nuestra deber ser una oración «concorde y perseverante». Concorde o unánime (homothymadon) significa, al pie de la letra, hecha con un solo corazón (con-corde) y con una sola alma («un-ánima»). Jesús dijo: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,19).<br />
La otra característica de la oración de María y de los apóstoles es que era una oración «perseverante». El término original griego que expresa esta cualidad de la oración cristiana (proskarteroúntes) indica una acción tenaz, insistente, el estar ocupado con asiduidad y constancia en alguna cosa. Se traduce con perseverantes, o asiduos, en la oración. Se podría también traducir «aferrados tenazmente» a la oración.<br />
Esta palabra es importante porque es la que se repite con más frecuencia cada vez que se habla de oración en el Nuevo Testamento. En los Hechos vuelve poco después, cuando se habla de los primeros creyentes que llegaban a la fe, que «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42). También San Pablo recomienda ser «perseverantes en la oración» (Rm 12, 12; Col 4, 2). En un fragmento de la carta a los Efesios se lee: “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia” (Ef 6, 18).<br />
La esencia de esta enseñanza deriva de Jesús, el cual contó la parábola de la viuda importuna, precisamente para decir que es necesario  « orar siempre, sin cansarse » (cf Lc 18, 1). La mujer cananea es un ejemplo viviente de esta oración in¬sistente que no se deja desalentar por nada y que al final, precisamente por esto, obtiene lo que desea. Ella le pide la sanación de la hija, y Jesús – está escrito &#8211; « no le respondió palabra ». Insiste, y Jesús responde que ha sido enviado sólo para las ovejas de Israel.  Ella se echa a sus pies, y Jesús se resiste diciendo que no es bueno tomar el alimento de la mesa de los hijos para dárselo a los perritos. Era suficiente para desanimarse. Pero la mujer cananea no se rinde; dice: « Sí… pero también los perritos&#8230; », y Jesús feliz exclama: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15, 21 ss).<br />
Orar largo tiempo, con perseverancia, no significa con muchas palabras, abandonándose a un parloteo vano como los paganos (cf Mt 6, 7). Ser perseverante en la oración significa pedir a menudo, no dejar de pedir, no dejar de esperar, no rendirse nunca. Significa no darse reposo y no dárselo tampoco a Dios: “Los que hacéis que Yahveh recuerde, no guardéis silencio. No le dejéis descansar, hasta que restablezca, hasta que trueque a Jerusalén en alabanza en la tierra”<br />
(Is 62, 6-7).<br />
Pero ¿por qué la oración debe ser perseverante  y por qué Dios no escucha inmediatamente? ¿No es él mismo el que, en la Biblia, promete escuchar inmediatamente, en cuanto se ora, es más antes de haber terminado de orar? “Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé”  (Is 65, 24). Jesús corrobora: “y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? &#8220;Os digo que les hará justicia pronto”<br />
(Lc 18, 7). ¿No desmiente clamorosamente la experiencia estas palabras? No, Dios ha prometido escuchar siempre y escuchar inmediatamente nuestra oración, y así lo hace. Somos nosotros los que debemos abrir los ojos.<br />
Es muy cierto, él cumple su palabra: en el retrasar el auxilio, él ya auxilia; más bien este diferir es ello mismo un auxilio. Esto para que no ocurra que escuchando demasiado deprisa la voluntad del que pide, él no pueda proporcionarle una salud perfecta. Es necesario distinguir la escucha según la voluntad del orante y la escucha según la necesidad del orante, que es su salvación. Jesús dijo: “Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). Cuando se leen estas palabras, se piensa inmediatamente que Jesús promete darnos todas las cosas que le pidamos, y nos quedamos perplejos porque vemos que esto se consigue raramente. Pero él pretendía decir sobre todo una cosa: “Buscadme y me encontraréis, llamad y os abriré”. Promete darse a sí mismo, más allá de las cosas que le pedimos, y esta promesa siempre se mantiene infaliblemente. Quien le busca, le encuentra; a quien llama, le abre y una vez encontrado, todo lo demás pasa a segundo plano.<br />
Cuando el objeto de nuestra oración es el don bueno por excelencia, lo que Dios mismo quiere darnos sobre todas las cosas – el Espíritu Santo -, es necesario protegerse de un posible engaño. Nosotros estamos llevados a concebir el Espíritu Santo, más o menos conscientemente, como una ayuda potente de lo alto, un soplo de vida que viene a reavivar agradablemente nuestra oración y nuestro fervor, a volver eficaz nuestro ministerio y fácil llevar la cruz. Has orado de esta manera durante años para tener tu Pentecostés y te parece que  no se ha movido ni un soplo de viento. Nada de todo lo que esperabas ha sucedido.<br />
El Espíritu Santo no se da para potenciar nuestro egoísmo. Mejor mira alrededor. Quizás todo ese Espíritu Santo que pedías para ti, Dios te lo ha concedido, pero para los otros. Tal vez la oración de otros en torno a ti, por tu palabra, se ha renovado y la tuya ha seguido adelante chapurreada como antes; otros han sentido traspasado el corazón, han sentido la compunción y llorando se han arrepentido, y tú sigues todavía ahí pidiendo precisamente esa gracia. Deja libre a Dios; hazte honor de dejar a Dios su libertad. Éste es el modo que él ha escogido para darte su Santo Espíritu y es el más bello. Tal vez algún apóstol, el día de Pentecostés, viendo a toda aquella multitud arrepentida dándose golpes de pecho, traspasada por la Palabra de Dios, tal vez, digo,  no había sentido envidia y confusión, pensando que también él todavía no había llorado por haber crucificado a Jesús de Nazaret. San Pablo, que en la predicación era acompañado por la manifestación del Espíritu y de su poder, pide por tres veces ser liberado de su espina en la carne, pero no fue escuchado y tuvo que resignarse a vivir con ella para que se manifestase mejor el poder de Dios (cf 2 Cor 12, 8 s).<br />
En la Renovación Carismática la oración se manifiesta de una forma nueva respecto al pasado: la de la oración en grupo o el grupo de oración. Participando en ellos se comprende lo que quería decir el Apóstol cuando escribe a los Efesios: “llenaos más bien del Espíritu.<br />
Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,18-20). Y de nuevo: “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu” (Ef 6,18). </p>
<p>Nosotros conocemos sólo dos tipos fundamentales de oración: la oración litúrgica y la oración privada. La oración litúrgica es comunitaria, pero no es espontánea; la oración privada es espontánea pero no es comunitaria. Son necesarios momentos en los que se pueda orar espontáneamente, como dicte el Espíritu, pero compartiendo la propia oración con otros, poniendo en común los diversos dones y carismas y edificándose cada uno con el fervor del otro; poniendo en común las diversas “lenguas de fuego” de manera que formen una única llama. Es necesaria, en resumen, una oración que sea espontánea y comunitaria a la vez.<br />
Tenemos un ejemplo magnífico de esta oración “carismática”, espontánea y comunitaria a la vez, en el capítulo cuarto de los Hechos. Pedro y Juan, liberados de la cárcel con la orden de no hablar más en el nombre de Jesús, regresan a la comunidad y ésta se pone a orar. Uno proclama una palabra de la Escritura (“Los reyes y magistrados se han aliado contra el Señor y contra su Ungido”), otro tiene el don de aplicar la palabra a la situación del momento; es como una “sublevación” de fe que da la osadía de pedir “sanaciones, signos y prodigios”. Al final se repite lo que había sucedido en el primer Pentecostés “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” y siguieron predicando a Cristo “con valentía”.<br />
Un don especial a pedir al Espíritu Santo, con ocasión de la renovación y de la unificación de los organismos de servicio, es el que revive la maravilla de aquellos primeros grupos de oración carismáticos en los que casi se respiraba la presencia del Espíritu Santo, y el señorío de Cristo no era una verdad solamente proclamada sino experimentada casi tangiblemente. No olvidemos que el grupo de oración o la oración en grupo es el elemento básico que une entre sí tanto a la realidad de los grupos de oración como la de las fraternidades carismáticas.<br />
Con cada una de las formas de oración mencionadas se puede participar en la cadena de oración en preparación de Pentecostés. A quien ama la oración litúrgica, le sugiero que repita más veces al día, a elegir, una de las siguientes invocaciones al Espíritu Santo que está en uso en la liturgia, sabiendo que se une así a las innumerables filas de creyentes que la han pronunciado antes que nosotros:<br />
“Ven, Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. (A los que todavía les gusta orar con la fórmula original latina: “Veni, Sancte Spiritus, repletuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende”). O bien: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”. O bien: “Ven, Espíritu Creador, visita las almas de tus fieles y llena con tu divina gracia, los corazones que Tú creaste”.<br />
A los hermanos y a las hermanas de lengua inglesa les sugiero que repitan, a solas o en el grupo, las palabras de ese canto que hemos recibido de los hermanos pentecostales y que ha acompañado a millones de creyentes en el momento de recibir el bautismo en el Espíritu Santo (cambiando el singolare “me” por el plural “us”): “Spirit of the living God, fall afresh on me: melt me, mould me, fill me, use me. Spirit of the living God, fall afresh on me”.<br />
En mi libro del comentario al Veni Creator he escrito yo también una invocación al Espíritu Santo. La comparto con mucho gusto en este momento con quien se sienta inspirado:<br />
¡Espíritu Santo, ven!<br />
¡Ven fuerza y dulzura de Dios!<br />
¡Ven tú que eres movimiento y quietud al mismo tiempo!<br />
¡Renueva nuestro valor,<br />
llena nuestra soledad en este mundo,<br />
infúndenos la intimidad con Dios!<br />
Ya no decimos como el profeta: “Ven de los cuatro vientos”,<br />
como si no supiéramos aún de dónde vienes;<br />
nosotros decimos:<br />
¡Ven Espíritu que sales del costado traspasado de Cristo en la cruz!<br />
¡Ven de la boca del Resucitado!<br />
P. Raniero Cantalamessa ofmcap </p>
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		<title>Testimonio</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jul 2018 08:13:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Testimonio</p>
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		<title>«LES OÍMOS PROCLAMAR EN NUESTRAS LENGUAS  LAS GRANDES OBRAS DE DIOS»   - Vigilia ecuménica de Pentecostés con el papa Francisco Roma, Circo Máximo, 3 de junio de 2017</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jun 2017 11:40:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[De los Hechos de los apóstoles, capítulo segundo: Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De los Hechos de los apóstoles, capítulo segundo:<br />
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?». (Hch 2,5-13).<br />
Esta escena se renueva hoy entre nosotros. Hemos venido también nosotros «de todos los pueblos que hay bajo el cielo» y estamos aquí para proclamar juntos «las grandes obras de Dios». Pero hay algo más por descubrir en esta parte del relato de Pentecostés. Desde la antigüedad se entendió que el autor de los Hechos —es decir, ¡en primer lugar, el Espíritu Santo!— con esta insistencia sobre el fenómeno de las lenguas quiso hacernos comprender que en Pentecostés ocurre algo que da la vuelta a lo que sucedió en Babel. El Espíritu transforma el caos lingüístico de Babel en la nueva armonía de las voces. Esto explica porqué el relato de Babel de Génesis 11 se inserta tradicionalmente entre las lecturas bíblicas de la víspera de Pentecostés.<br />
Los constructores de Babel no eran, como se pensaba en un tiempo, los impíos que trataban de desafiar a Dios, una especie de parecido a los titanes de la mitología griega. No, eran hombres piadosos y religiosos. La torre que querían construir era un templo a la divinidad, uno de esos templos en terrazas superpuestas, llamadas ziggurat, de los que quedan ruinas todavía en Mesopotamia.<br />
¿Dónde estaba entonces su pecado? Escuchemos lo que dicen entre ellos al ponerse a la obra: «Dijeron: &#8220;Venid, construyamos una ciudad y una torre, cuya cima toque el cielo, y hagámonos un nombre, para no desperdigarnos sobre toda la tierra”» (Gén 11,4). Martín Lutero hace una observación iluminadora a propósito de estas palabras:<br />
«”Construyamos una ciudad y una torre”: construyamos para nosotros —no para Dios […]. “Hagámonos un nombre”: hagámoslo para nosotros. No se dan prisa en que sea glorificado el nombre de Dios, ellos están preocupados de hacer grande su propio nombre» .<br />
En otras palabras, Dios es instrumentalizado; debe servir a su voluntad de potencia. Pensaban, según la mentalidad del tiempo, que ofreciendo sacrificios desde una altura mayor podían arrancar a la divinidad victorias sobre los pueblos vecinos. He aquí porqué Dios está obligado a confundir sus lenguas y desbaratar su proyecto.<br />
Esto lleva de golpe el acontecimiento de Babel y de sus constructores muy cerca de nosotros. ¡Cuánta parte de las divisiones entre los cristianos era debida al secreto deseo de hacernos un nombre, de elevarnos por encima de los otros, de tratar con Dios desde una posición de superioridad con respecto a los demás! ¡Cuánta parte era debida al deseo de hacerse un nombre, o de hacerlo a su propia Iglesia, más que a Dios! ¡De ahí nuestra Babel!<br />
Pasamos ahora a Pentecostés. También aquí vemos un grupo de hombres, los Apóstoles, que se disponen a construir una torre que va desde la tierra al cielo, la Iglesia. En Babel se hablaba todavía una sola lengua y en un cierto momento ya nadie comprende al otro; aquí todos hablan lenguas diferentes pero todos entienden a los apóstoles. ¿Por qué?<br />
El Espíritu Santo obró en ellos una revolución copernicana. Antes de este momento también los apóstoles estaban preocupados de hacerse un nombre y por eso discutían con frecuencia «quién de entre ellos era el más grande». Ahora el Espíritu Santo los ha descentrado de sí mismos y centrados en Cristo. El corazón de piedra se ha hecho pedazos y en su lugar palpita el «corazón de carne» (Ez 36, 26). Han sido «bautizados en el Espíritu Santo», como había prometido Jesús antes de dejarlos (Hch 1,8), es decir, totalmente inmersos en el océano del amor de Dios derramado sobre ellos (cf. Rom 5,5).<br />
Resplandecen con la gloria de Dios. Su hablar en lenguas diversas se explica también con el hecho de que hablaban con los ojos, con el rostro, con las manos, con el asombro de quién ha visto cosas que no se pueden volver a decir. «Los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandes maravillas de Dios». He aquí porque todos les comprenden: ¡ya no hablan de sí mismos, sino de Dios!<br />
Dios nos llama a realizar en nuestra vida la misma conversión: de nosotros mismos a Dios, desde la pequeña unidad que es nuestra parroquia, nuestro movimiento, nuestra propia Iglesia, a la gran unidad que es la de todo el cuerpo de Cristo, más aún, de toda la humanidad. Es el paso audaz que el papa Francisco está empujando a que hagamos nosotros los católicos y que los representantes de otras Iglesias aquí reunidos muestran que quieren compartir.<br />
Ya san Agustín había puesto en claro que la comunión eclesial se realiza por grados y puede tener diferentes niveles: desde el grado más alto que es la unidad en los sacramentos y en la gracia interior del Espíritu Santo, hasta el grado menos completo que es la unidad solamente interior del Espíritu Santo. San Pablo abrazaba en su comunión «a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor nuestro y de ellos» (1 Cor 1,2). Una fórmula que quizá debemos redescubrir y volver a valorar. Ella se extiende hoy también a nuestros hermanos judíos mesiánicos.<br />
El fenómeno pentecostal y carismático tiene una vocación y una responsabilidad particulares, respecto de la unidad de los cristianos. Su vocación ecuménica resulta aún más evidente, si recordamos lo que sucedió al comienzo de la Iglesia. ¿Cómo hizo el Resucitado para empujar a los Apóstoles a acoger a los paganos en la Iglesia? Dios envió el Espíritu Santo sobre Cornelio y su casa del mismo modo y con las mismas manifestaciones con las que lo había enviado al principio sobre los apóstoles. De modo que a Pedro no le quedó otra que sacar la conclusión: «Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner impedimento a Dios?» (Hch 11,17). El concilio de Jerusalén, Pedro repitió este mismo argumento: «Dios no ha hecho discriminación entre nosotros y ellos» (Hch 15,9).<br />
Ahora hemos visto que se repite ante nuestros ojos este mismo prodigio, a escala, esta vez, mundial. Dios ha derramado su Espíritu Santo sobre millones de creyentes, pertenecientes a casi todas las denominaciones cristianas y, para que no hubiera dudas sobre sus intenciones, lo ha derramado con las mismas manifestaciones, incluida la más singular que es el hablar en lenguas. También a nosotros nos queda sacar la misma conclusión de Pedro: «Pues si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, ¿quiénes somos nosotros para continuar diciendo de otros creyentes cristianos: no pertenecen al cuerpo de Cristo, no son verdaderos discípulos de Cristo?»<br />
* * *<br />
Debemos, sin embargo, ver en qué consiste la vía carismática a la unidad. San Pablo ha trazado a la Iglesia este programa: «Realizar la verdad con la caridad» (Ef 4,15). Lo que debemos hacer no es eludir el problema de la fe y las doctrinas, para encontrarnos unidos en el frente de la acción común de la evangelización y de la caridad. El ecumenismo ha experimentado, en sus inicios, esta vía y ha comprobado su fracaso. Las divisiones surgen muy pronto, inevitablemente, también en el frente de la acción. No debemos sustituir la caridad con la verdad, sino tender a la verdad con la caridad; empezar a amarnos para comprendernos mejor.<br />
Lo extraordinario, sobre esta vía ecuménica basada en el amor, es que ella es posible enseguida, está totalmente abierta delante de nosotros. No podemos «quemar etapas» sobre la doctrina, porque hay diferencias y deben resolverse con paciencia, en los foros apropiados. Sin embargo, podemos quemar las etapas en la caridad, y estar unidos, desde ahora.<br />
Es la única «deuda» que tenemos los unos hacia los otros (Rom 13,8). Las diferencias no pueden ser una razón para no hacerlo. Cristo no nos ha mandado amar sólo a aquellos que piensan como nosotros, que comparten totalmente nuestro credo. Si amáis sólo a esos, nos ha advertido, ¿qué hacéis de especial que no hagan también los paganos? (cf. Mt 5,46).<br />
Nosotros podemos amarnos porque lo que ya nos une es infinitamente más importante que lo que todavía nos divide. Nos une la misma fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; Jesús Señor, verdadero Dios y verdadero hombre; la esperanza común de la vida eterna, el compromiso común por la evangelización, el amor común por el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.<br />
Nos une también otra cosa importante: el sufrimiento común y el martirio común por Cristo. En muchas partes del mundo, los creyentes de las diferentes Iglesias están compartiendo los mismos sufrimientos, soportando el mismo martirio por Cristo. Ellos no son perseguidos y asesinados porque sean católicos, anglicanos, pentecostales u otra cosa, sino porque son «cristianos». A los ojos del mundo somos ya una sola cosa, y es una vergüenza si no lo somos también en la realidad.<br />
¿Cómo hacer, en concreto, para poner en práctica este mensaje de unidad y de amor? Recordemos el himno a la caridad de san Pablo (1 Cor 13,4ss). Cada frase adquiere un significado actual y nuevo, si se aplica al amor entre miembros de las diversas Iglesias cristianas, en las relaciones ecuménicas:<br />
«El amor es paciente&#8230;<br />
el  amor no se engríe&#8230;<br />
El amor no es indecoroso&#8230;<br />
No busca solamente su interés [se sobreentiende: sino que busca el interés también de las otras Iglesias].<br />
No lleva cuentas del mal [se sobreentiende: del mal recibido de otros cristianos, sino más bien del mal hecho a otros cristianos ».<br />
«Dichoso aquel siervo —decía san Francisco de Asís en una de sus Admoniciones— que se alegra del bien que Dios hace por medio de los demás, como si lo hiciera por medio suyo». Nosotros podemos decir: Dichoso aquel cristiano que es capaz de alegrarse del bien que Dios hace por medio de otras Iglesias, así como por el bien que hace por medio de la propia Iglesia.<br />
* * *<br />
El profeta Ageo tiene un oráculo que parece escrito para nosotros en este momento de la historia. El pueblo de Israel acaba de regresar del exilio, pero en lugar de reconstruir juntos la casa de Dios, cada uno se pone a reconstruir y embellecer la propia casa. Dios envía entonces su profeta con un mensaje de reproche:<br />
«¿Y es momento de vivir en casas lujosas mientras que el Templo es una ruina?<br />
Ahora pues, esto dice el Señor del universo:<br />
Pensad bien en vuestra situación. Sembrasteis mucho y recogisteis poco. [....]<br />
Pensad bien en vuestra situación. Subid al monte, traed madera, construid el templo. Me complaceré en él y seré glorificado, dice el Señor» (Ag 1,4-8).</p>
<p>Tenemos que escuchar este reproche como dirigido también a nosotros y arrepentirnos. Los que escucharon el discurso de Pedro el día de Pentecostés “dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos… y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,37s.). Una renovada efusión del Espíritu no será posible sin un movimiento comunitario de arrepentimiento entre los cristianos. Esto será una de las intenciones principales de la oración que haremos a continuación de este momento de anuncio.<br />
Después que el pueblo de Israel se puso juntamente a reconstruir la casa de Dios, el profeta Ageo fue enviado de nuevo, esta vez con un mensaje de aliento y de consuelo:<br />
«Ánimo, pues, Zorobabel –oráculo del Señor–; ánimo también tú, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote. ¡Ánimo gentes todas! –oráculo del Señor–. ¡Adelante, que estoy con vosotros! [...] mi espíritu está en medio de vosotros. ¡No temáis! (Ag 2, 4-5).<br />
La misma palabra de consuelo y aliento está dirigida ahora a nosotros y yo me atrevo a hacerla resonar de nuevo en este lugar, no como una simple cita bíblica, sino como palabra de Dios viva y eficaz que opera ahora y aquí lo que significa: «¡Ánimo, papa Francisco! ¡Valentía jefes y representantes de otras confesiones cristianas! ¡Coraje pueblo todo de Dios, y al trabajo porque yo estoy con vosotros, dice el Señor! Mi Espíritu estará con vosotros».</p>
<p>© de la traducción del original italiano realizada por Pablo Cervera Barranco</p>
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		<title>El primer día después del sábado -  II  DOMINGO DE PASCUA</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Apr 2015 09:05:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hechos 4, 32-35; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31</p>
<p>El fragmento evangélico de este segundo Domingo después de Pascua es el mismo en todos los tres ciclos litúrgicos y en su centro tiene el episodio de Tomás, que no cree si no ve. Habiendo comentado este episodio el año anterior, esta vez, podemos explicar otro tema. La página evangélica nos habla de dos apariciones del Resucitado a los apóstoles en el cenáculo; ambas tenidas “el primer día de la semana”, esto es, inmediatamente después del sábado.<br />
“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”&#8230; A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”.</p>
<p>Es reveladora la insistencia sobre el dato cronológico de estas dos apariciones; manifiesta la intención del evangelista de presentar el encuentro de Jesús con los suyos en el cenáculo como el modelo de la asamblea dominical de la Iglesia.<br />
El Domingo nace con la resurrección de Cristo. Jesús resucita “pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana” (Mateo 28, 1). Aquel mismo día, hacia la tarde, se aparece a los discípulos, reunidos en el cenáculo, y les procura su Espíritu y su paz. Este día para los cristianos tomó el nombre del “día del Señor” y, dado que en latín “Señor” se dice Dominus, el día del Señor (dies Dominica) se llamó Domingo. El primer testimonio de este nuevo nombre se halla en el Apocalipsis, en donde Juan dice haber sido “raptado en éxtasis en el día del Señor”, esto es el Domingo (cfr. Apocalipsis 1, 9). Los creyentes se reúnen en este día; Jesús viene en medio de ellos “con las puertas cerradas”, esto es, no fuera, sino dentro, en la Eucaristía; ofrece a sus discípulos la paz y el Espíritu Santo; en la comunión, los discípulos le tocan, más bien reciben, su cuerpo llagado y resucitado y proclaman su fe en él.<br />
Cuando el cristianismo después de Constantino llega a ser la religión dominante, el Domingo tomó el lugar del Sábado judaico, como día de fiesta también civil, y le da el nombre al primer día de la semana, que hasta entonces se llamaba “día del sol”. (Este nombre se ha conservado en los países anglosajones: en inglés Sunday y en alemán Sonntag significan, en efecto, “día del sol”).<br />
Para los cristianos es en el Domingo cuando ya se aplica el tercer mandamiento de Dios, “santificar las fiestas” (Catecismo de la Iglesia Católica 2168ss.), como:<br />
“Día de descanso completo consagrado al Señor” (Éxodo 31, 15; cfr. Salmo 118, 24).</p>
<p>Santificar el Domingo significa tres cosas: hacer de él un día para Dios, un día para sí mismos y un día para el prójimo.<br />
El Domingo ha de ser, ante todo, un día para el Señor. Imaginemos en alta mar a unos pescadores sobre una barca o a unos navegantes sobre una nave. Durante horas y horas han estado atentos a las redes y a la pesca o a la navegación sin prestar atención a ninguna otra cosa. Llega el momento en que es necesario volver a tomar en mano el timón de la barca, consultar la carta náutica, ver si se está o no en la ruta justa. De lo contrario, existiría el riesgo de terminar contra cualquier otra nave o sobre los escollos o rocas. Así es en la vida. Después de seis días de trabajo, de negocios, de preocupaciones, es necesario detenerse, ver si estamos o no sobre el camino justo, si estamos cumpliendo la finalidad de nuestra vida. El medio ordinario, el más completo y, asimismo, para los creyentes lo más justo para cumplir todo esto es participar en la asamblea dominical, en la Misa. Allí escuchamos la palabra de Jesús, recordamos su muerte y resurrección; comulgando, lo tocamos como Tomás. Damos como una bocanada de oxígeno a nuestra fe. La Misa dominical puede ser, y suele serlo, el momento de la incorporación por excelencia al pueblo o al barrio, el momento en que nos reencontramos, se saluda en un clima de fiesta, en suma, se rompe el anonimato, que tanto deshumaniza la vida de hoy.<br />
El Domingo es, además, como os decía, un día para sí mismos. En su sabiduría el Creador ha establecido que haya un día, en el que el hombre se reencuentre consigo mismo y con su libertad. Que tome conciencia que tiene un cuerpo que reparar, una mente que cultivar, una familia y unos amigos con los que estar. El Domingo no es una especie de norma sobre el tiempo, que Dios impone a los hombres (“Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso en honor de Yahvé, tu Dios: Éxodo 20, 9); es un don concedido al hombre para defender lo que es más precioso en él. Es necesario descubrir la belleza y la necesidad del reposo festivo. La organización del trabajo y las necesidades impelentes de la familia, a veces, pueden justificar que se trabaje en Domingo; pero, esto no debiera llegar a ser la norma y ocupar todos los Domingos y todo el Domingo.<br />
En esta disertación vuelven a entrar, además, el juego y la distracción. El hombre, igualmente, tiene necesidad de esto para romper la fatiga y el estrés. Yo digo que Dios, como todo padre, goza al ver jugar a sus hijos. En el juego hay una sabiduría secreta. Y, en esto, tenemos muchas cosas que aprender de los niños. El juego nos ayuda a no tomarnos demasiado en serio. Encauza nuestro instinto de competir y de sobresalir a través de formas constructivas. Nosotros, hombres de hoy, en verdad ya no estamos en disposición de interrumpir el trabajo con el juego, porque hemos hecho del trabajo nuestro juego. Un juego peligroso, terrible. Hasta la guerra puede llegar a ser como un juego para muchos. Frecuentemente, hemos visto a niños obligados, también ellos, a hacer la auténtica guerra con tantos fusiles ametralladores sobre sus espaldas o entre sus manos. ¡Cuán mejor sería que los mayores aprendiésemos de los pequeños a jugar, más que a enseñar a los pequeños a hacer la guerra!<br />
También, ir al estadio o al campo de fútbol o a las carreras no es malo. Es una forma de distracción colectiva, una forma de socialización. El mal comienza cuando todo esto toma una importancia tal que si un Domingo no hay fútbol muchos se sienten como perdidos y dicen: “¿Qué hago yo ahora!” De este modo, se echa a perder el mismo deporte, porque se le ponen encima esperanzas desproporcionadas, que no se pueden satisfacer. De ahí nace la violencia en los estadios. A veces se ha hecho de aquel momento el vértice, el todo de la semana, y si desilusiona, llega a ser una catástrofe. “No sólo de pan vive el hombre” (Mateo 4, 4), decía Jesús. Hoy diríamos más bien: “No sólo de fútbol vive el hombre”.<br />
¿Y qué decir de la discoteca? Lo que es malo no es el hecho en sí de la discoteca (los jóvenes tienen derecho a escogerse sus pasatiempos, como hacen los mayores); son las formas, que ha tomado: los horarios no naturales y malsanos desde todos los puntos de vista; el consumo de estupefacientes; en suma, la instrumentalización interesada de la diversión de los jóvenes. Quisiera, ahora, dirigir una pregunta a los jóvenes, haciendo una llamada a su corazón: ¿te parece humano y digno de un hijo hacer pagar a tus padres, bajo la forma de noches de insomnio, de angustias y palpitaciones del corazón y (Dios no lo quiera) de lágrimas amargas para toda la vida, por tu diversión a cualquier hora? Piénsalo alguna vez al salir de casa el sábado por la tarde. Un día de mañana, no lejano, te encontrarás tú en la actitud en que se encuentran hoy tus padres: ¿con qué coraje dirás entonces a tus hijos que no vayan a la discoteca y que no permanezcan hasta aquella hora? La expresión “el día después del sábado” de nuestro lenguaje ya no nos recuerda más la idea de la resurrección, de la fiesta y de la alegría, sino la de los muertos en la carretera&#8230; La frase de Jesús parece dirigida a los jóvenes de hoy:<br />
“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Marcos 2, 27).</p>
<p>El sábado es para los jóvenes, para su sana diversión; no, los jóvenes para el sábado; esto es, para ser inmolados por la moda y por los intereses de los “señores del sábado”.<br />
En fin, el Domingo es un día para los demás. Se puede pasar un Domingo aliviando un sufrimiento y llegar a la tarde plenamente satisfechos, enriquecidos. En suma, haber pasado lo que se llama un “hermoso Domingo”. En efecto, no hay mayor alegría que la de sentirse útiles para alguien, la de hacer florecer una sonrisa sobre el rostro de quien por costumbre suele conocer sólo la tristeza. Cada uno de nosotros tiene junto a sí necesidades y sufrimientos, que aliviar. Están los ancianos, las personas solas y las disminuidas. De igual forma, esto es un modo de santificar la fiesta. De cada uno de estos gestos, dice Jesús: “A mí me lo habéis hecho” (cfr. Mateo 25, 35ss.).<br />
Me gusta recordar, a este respecto, un episodio de I promessi sposi. Cuando Lucía viene liberada por el Ignominado, fue llevada a casa del sastre del pueblo. Era Domingo y en un cierto punto de la comida, como acordándose imprevistamente de algo, el sastre se interrumpe. Puso juntos en un plato las viandas, que estaban sobre la mesa, añadió un pan, puso el plato en una servilleta, y habiendo cogido todo esto por las cuatro puntas, dijo a su hijita mayor: “Toma esto”. Le dio en la otra mano un vasito de vino, y añadió: “Ve a casa de María, la viuda; déjale todo esto y dile que es para estar un poco más alegre con sus niños. Pero, de buenas maneras; anda; que no parezca que tú le haces una limosna” (cap. 24). ¡Cuánta humanidad y cuánto sentido cristiano en este gesto, que, ojalá, de formas distintas todos podemos hacer! Eso me hace pensar en un hermoso texto de la Escritura, que antes de marcharnos querríamos leer juntos porque resume un poco todo lo que hemos dicho sobre el Domingo:<br />
“Este día está consagrado a Yahvé vuestro Dios; no estéis tristes ni lloréis”… Díjoles también: “Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría de Yahvé es vuestra fortaleza” (Nehemías 8, 9s.).</p>
<p>¡Que en verdad la alegría del Señor sea vuestra fuerza! y ¡buen Domingo para todos!</p>
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		<title>Hacer Pascua  - DOMINGO DE PASCUA</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Apr 2015 16:47:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hechos 10, 34.37-43; 1 Corintios 5, 6b-8; Juan 20, 1-9 Es Pascua. Hoy todo habla de la Resurrección de Cristo; hasta el mismo sonido festivo de las campanas. Por lo tanto, nuestra explicación del Evangelio puede ser muy breve. En la segunda lectura hemos escuchado estas solemnes palabras de san Pablo: “Quitad la levadura vieja[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hechos 10, 34.37-43; 1 Corintios 5, 6b-8; Juan 20, 1-9</p>
<p>Es Pascua. Hoy todo habla de la Resurrección de Cristo; hasta el mismo sonido festivo de las campanas. Por lo tanto, nuestra explicación del Evangelio puede ser muy breve. En la segunda lectura hemos escuchado estas solemnes palabras de san Pablo:<br />
“Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva&#8230; Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad”.</p>
<p>Pero, ¿qué significa “celebrar la fiesta” o como se dice comúnmente “hacer Pascua”? Pascua significa paso. En verdad para hacer Pascua es necesario, por ello, hacer o dar también nosotros un paso. San Ambrosio dice que Pascua significa pasar “de la culpa al perdón”. En ello hay encerrado un gran mensaje de liberación, que nosotros queremos intentar recoger.<br />
La psicología moderna ha distinguido diciendo que no existe sólo la culpa, entendida como pecado; existen, también, los sentimientos o el complejo de culpa. Éstos son una de las causas más difundidas, que hay en el mundo, de las neurosis, de los estados de ansiedad, de la tristeza y de la violencia. Determinan lo que se llama la “mala conciencia”.<br />
Para muchas personas hacer Pascua podría querer decir precisamente hacer surgir un bonito cambio a este estado, sentirse finalmente libres, nuevas, reconciliadas consigo mismas y con la vida. Los sentimientos de culpa no hacen mal sólo a quien los sufre sino también a los que viven en torno a él. El que no está en paz consigo mismo, que tiene una mala imagen de sí, tiende a proyectar, después, en los demás esta misma imagen; se siente acusado durante todo el tiempo (mientras que él mismo es quien acusa) y llega a ser hasta agresivo. El sentimiento de culpa, contrariamente a cuanto se podría pensar, nunca ha hecho más humilde, pacífico y amable a nadie.<br />
Los sentimientos de culpa pueden ser de dos tipos o géneros bastante distintos. Existen los falsos sentimientos de culpa, esto es, los sentimientos de culpa provocados desde el exterior por la sociedad y por una falsa educación o los causados por una conciencia escrupulosa; y hay verdaderos sentimientos de culpa, esto es, los que han tenido origen por objetivos errados y por pecados cometidos, y se llaman comúnmente remordimientos de conciencia. Frecuentemente, la psicología no tiene en cuenta esta distinción fundamental y pretende combatir los sentimientos de culpa negándolos en bloque. Busca eliminar, junto con el complejo de culpa, asimismo el sentido de pecado.<br />
Es sabido que algunos errores dejan en el alma una señal más profunda que otros y se establecen como verdaderos y propios traumas espirituales. Ello acontece cuando otros nos han procurado un daño grave, económico o moral, a nuestro proceder o cuando la culpa (por ejemplo, un adulterio) ha permanecido secreta y, por lo tanto, nos sentimos falsos e hipócritas. Para algunas mujeres, frecuentemente es un verdadero trauma el recuerdo de un aborto consentido. Una de ellas confesaba al director de una revista católica: “Desde cuando sucedió, no hago más que llorar. Quisiera encontrar la fuerza de acercarme a un confesonario; pero, ¿cómo hago para pedirle perdón a Dios de un pecado, que yo no consigo perdonarme a mí misma?”<br />
Éstos son sentimientos de culpa, que no se quitan, si no es quitando su causa, que es, precisamente, la culpa. Por lo tanto, no sepultándolos en el inconsciente o no pensando en ello, sino sólo mediante un sincero reconocimiento, acompañado por el arrepentimiento y por la confianza en la misericordia de Dios.<br />
La grandeza del mensaje pascual consiste en que no hay sentimiento de culpa, verdadero o falso que sea, o justificado o injustificado, del que no se pueda salir. En nuestro siglo ha sido escrita una novela, titulada El Proceso, por Franz Kafka. En ella se habla de un hombre, un modesto empleado, que un día, sin que nadie sepa por qué, se le arresta, aun cuando puede continuar yendo a su trabajo. Comienza, entonces, una extenuante investigación para llegar a conocer los motivos, las imputaciones, los procedimientos, el jurado. Mas, nadie sabe decirle nada sino que está en curso verdaderamente un proceso contra su cargo. Hasta que un día, arrojados al vacío todos los intentos, vienen a relevarle del trabajo y le conducen a la ejecución. Es la historia simbólica de la humanidad, que lucha hasta la muerte con el sentimiento de una oscura culpa, de la que no consigue liberarse.<br />
En el transcurso de la cuestión se viene a saber que habría tres posibilidades para este hombre: la absolución verdadera, la absolución aparente y el reenvío para más adelante. La absolución aparente y el reenvío para más adelante, sin embargo, no solucionarían nada; servirían sólo para tener en una incertidumbre mortal durante toda la vida al imputado. En la absolución verdadera, por el contrario, “las actas procesales deberían ser totalmente eliminadas, desaparecerían totalmente del procedimiento; no sólo la acusación sino también el proceso y hasta la sentencia vendrían destruidos, todo sería destruido”. Pero, de estas absoluciones verdaderas, tan deseadas, no se sabe siquiera si alguna vez ha existido una. Son sólo voces al respecto y nada más que “bellísimas leyendas”. La obra termina como todas las de este autor: con algo que ya se vislumbra desde lejos; pero, que no hay posibilidad alguna de lograr. Como en ciertos sueños de incubación.<br />
En Pascua, la Iglesia anuncia a los millones de hombres, que se ven representados en aquel imputado, que la absolución verdadera existe, que no es sólo una leyenda, una cosa bellísima, aunque inalcanzable. Jesús ha destruido el documento escrito, “canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la quitó de en medio clavándola en la cruz” (Colosenses 2, 14). Lo ha destruido todo.<br />
“Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8, 1).</p>
<p>¡Ninguna condenación! De ningún género, ni interna ni externa, ¡para los que están o creen en Cristo Jesús! No hay culpa, por grande que sea, que resista a esta “absolución”. Si vuestro corazón os reprende, sabed que Dios es más grande y generoso que vuestro mismo corazón (cfr. 1 Juan 3, 20). “¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros?” (Romanos 8, 33-34).<br />
¡Son palabras una más sublime que la otra las que se escuchan en Pascua! “Dios justifica” significa: que a su respecto hace de nuevo justos y santos, que rehabilita, que reintegra, que proclama una amnistía. Amnistía proviene del griego y significa “ya no recordar más” (tiene el mismo origen que amnesia). Pero, las amnesias humanas son siempre parciales, a mitad. De igual forma, cuando la justicia humana otorga la gracia no olvida; todavía se permanece etiquetado, el certificado de antecedentes penales siempre permanece sucio. No así con respecto a Dios. Cuando él perdona, olvida, cancela, “¡destruirá nuestras culpas y arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados!” (Miqueas 7, 19).<br />
San Pablo decía que el fruto de la Pascua es hacer de nosotros “una masa nueva” (1 Corintios 5, 6), hacernos ázimos de sinceridad y de verdad, esto es, sencillos y sin malicia (ázimo es el pan no fermentado). De esta novedad pascual forma parte, lo sabemos ahora, el don de una conciencia en paz, sin tener ya más remordimientos.<br />
“La sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo” (Hebreos 9, 14).<br />
Por esto, él está en disposición ahora de liberarnos de la “conciencia mala” y darnos la “buena conciencia” (Hebreos 10, 22; 13, 18). Es éste quizás el don más hermoso, que la antigua y venerable fiesta de Pascua tiene para ofrecer al hombre moderno, atormentado (y, como lo hemos visto, no siempre sin motivo) de tantos sentimientos de culpa.</p>
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		<title>Quo vadis, Domine? ¿A dónde vas, Señor?   - DOMINGO DE RAMOS</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Mar 2015 05:18:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Isaías 50, 4-7; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15.47</p>
<p>Conocemos la leyenda del Quo vadis. En Roma se está perfilando la gran persecución de Nerón. Pedro, presionado por los hermanos, hace por alejarse de la ciudad. Mientras huye hacia el sur, a lo largo de la vía Appia, encuentra a Jesús, que va en dirección opuesta. Le pregunta: Quo vadis, Domine? “¿A dónde vas, Señor?” Y Jesús responde: “Voy a Roma a morir de nuevo”. Pedro entiende; vuelve sobre sus pasos y se somete al martirio por Cristo, muriendo crucificado con la cabeza hacia abajo, según la tradición.<br />
La historia del Quo vadis se repite todavía hoy. Jesús va a sufrir y morir de nuevo en cada ciudad y lugar en donde está activa la persecución, el peligro, la muerte. Gracias a Dios, hoy no faltan asimismo discípulos y discípulas valientes, que no huyen de estos lugares, sino que permanecen o vuelven allí, también ellos, a veces, para sufrir con Cristo el mismo martirio.<br />
Pero, la historia del Quo vadis tiene igualmente un significado para nosotros, que no nos encontramos en estas situaciones dramáticas. Cuando Jesús inició su último viaje hacia Jerusalén, que concluiría con la muerte, uno de los apóstoles dijo a los demás, que vacilaban: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Juan 11, 16). Es con este sentimiento en el corazón con el que todo verdadero creyente debiera iniciar la Semana Santa.<br />
El Domingo de Ramos es la única ocasión durante todo el año en la que se escucha por entero el relato evangélico de la Pasión. El dato, que llama más la atención leyendo la Pasión según Marcos (el Evangelio de este año litúrgico), es la importancia dada a la traición de Pedro. Ésta ya había sido anunciada antes por Jesús en la última cena (“Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces”: Mateo 26, 34), y, después, importancia dada a la traición de Pedro. Ésta ya había sido descrita en todo su humillante desarrollo: “No sé ni entiendo qué dices” (Marcos 14, 68); “No sé qué dices” (Mateo 26, 70). “¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!” (Marcos 14, 71; Mateo 26, 72).<br />
Esta insistencia es significativa, porque Marcos era una especie de secretario de Pedro y escribió su Evangelio poniendo juntos los recuerdos e las informaciones, que precisamente le venían de él. Por lo tanto, Pedro mismo ha sido el que ha divulgado la historia de su traición. Ha hecho una especie de confesión pública. Con la alegría del perdón encontrado, a Pedro ya no le ha importado nada su buen nombre y su reputación como cabeza de los apóstoles. Ha querido que nadie de los que, a continuación, hubieren caído como él mismo desesperase del perdón.<br />
Para entender hasta el fondo la historia de la negación de Pedro es necesario leerla en paralelo con la de la traición de Judas. También, ésta fue preanunciada antes por Cristo en el cenáculo y, después, consumada en el huerto de los olivos. De Pedro, se lee que Jesús pasando “lo miró” (Lucas 22, 61); con Judas hizo más aún: le besó (cfr. Lucas 22, 47-48). Pero, el éxito fue bien distinto. Pedro, “saliendo fuera, lloró amargamente” (Mateo 26, 75); Judas, saliendo fuera, “fue y se ahorcó” (Mateo 27, 5).<br />
No es necesario mucho esfuerzo para darse cuenta que estas dos historias no están cerradas o concluidas; continúan, nos afectan de cerca. ¡Cuántas veces nosotros debemos decir también que hemos actuado como Pedro! Nos hemos encontrado en la situación de tener que dar testimonio de nuestras convicciones cristianas y hemos preferido mimetizarnos con los demás para no correr peligros, para no exponernos a nada. Hemos dicho con hechos y con nuestro silencio: “¡Yo no conozco a ese hombre!” (Mateo 26, 72), esto es, a Jesús, del que habláis.<br />
Del mismo modo, pensándolo bien, la historia de Judas no nos es todo lo contrario que extraña. Don Primo Mazzolari tuvo una predicación famosa un Viernes santo sobre “nuestro hermano Judas”, haciendo ver cómo cada uno de nosotros hubiera podido estar ocupando su puesto. Judas vendió a Jesús por treinta denarios: ¿y quién puede decir no haberle traicionado, a veces, incluso por mucho menos? Traiciones, es cierto, menos trágicas que la suya; pero, ellas, siendo verdaderas, además, agravadas por el hecho de que nosotros sabemos quién era Jesús mejor que Judas.<br />
Precisamente, porque las dos historias nos afectan a nosotros de cerca, debemos ver cuál es la diferencia entre una y otra; porque las dos historias, la de Pedro y la de Judas, terminan de una manera muy distinta. Pedro tuvo remordimiento, de lo que había hecho; mas, incluso Judas también tuvo remordimiento, tanto que exclamó: “Pequé entregando sangre inocente” (Mateo 27, 4) y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, pues, la diferencia? En una sola cosa: ¡Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo y Judas no!<br />
La Biblia nos presenta toda una colección de historias paralelas de pecado, que se concluyen de un modo diametralmente distinto. Lo hace para estimularnos a hacer la elección justa. Caín ha matado a Abel (cfr. Génesis 4); pero, también, David ha matado a Urías, el marido de la mujer, que él quería para sí (cfr. 2 Samuel 11). Y, justamente, Caín es maldecido y David honrado. El motivo es siempre el mismo. Caín se ha desesperado; ha pensado que su pecado era demasiado grande para ser perdonado (cfr. Génesis 4, 13). David ha tenido confianza en la misericordia de Dios; ha exclamado: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito limpia mi pecado” (Salmo 51, 3).<br />
De nuevo, sobre el Calvario el mismo tema. Allí hay dos ladrones. Ambos han pecado igualmente y se han manchado de crímenes. Uno, sin embargo, maldice, insulta y muere desesperado; el otro grita: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (Lucas 23, 42) y, de inmediato, oye que él le responde:<br />
“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”  (Lucas 23, 43).<br />
Posiblemente, no haya modo más seguro de penetrar en el fondo de la Pasión que éste: verla como la suprema manifestación de la misericordia de Dios. Hacer Pascua significa, pues, hacer una experiencia personal de la misericordia de Dios en Cristo. Recuerdo que, una vez, meditando sobre la Pasión, casi sin saberlo, se me formó en la mente un pensamiento con una gran claridad: “¡Los que crucificaron a Cristo se han salvado!” Me puse a recapacitar sobre qué pudiese significar un pensamiento tan extraño y llegué a la conclusión de que ello era verdad. Los que crucificaron a Cristo se han salvado, porque Jesús ha orado por ellos. Precisamente, él dijo mientras le clavaban en la cruz:<br />
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).</p>
<p>¿Podemos pensar que el Padre, que en su vida había escuchado “siempre” las plegarias de Jesús, haya dejado caer en el vacío exactamente esta suprema plegaria, hecha con tanta valentía? Es cierto que en este caso permanece no obstante la libertad del hombre de acoger o no la misericordia. De nadie, sin embargo, podemos estar ciertos que haya ido a la perdición o a la condenación, ni siquiera de Judas. Sí; los que crucificaron a Cristo estarán en el paraíso; allí proclaman para siempre hasta dónde ha llegado la misericordia de Dios para con los hombres.<br />
Si nosotros lo intentamos, hay un modo muy sencillo para descubrir la experiencia de la misericordia de Cristo. Una vez, un niño, a quien se le había contado la historia de Judas, dijo con el candor y la sabiduría de los niños: “Judas ha equivocado el árbol al que debía colgarse: ha escogido una higuera”. “¿Y qué debía haber escogido?”, le preguntó extrañada la catequista. “¡Debía haberse colgado al cuello de Jesús!” Tenía razón: si se hubiese colgado al cuello de Jesús para pedirle perdón hoy sería honrado no menos que san Pedro. Nosotros podemos en esta Pascua “colgarnos al cuello de Jesús”. Conocemos el antiguo “precepto” de la Iglesia: “Confesarse al menos una vez al año y comulgar por Pascua florida” (Catecismo de la Iglesia Católica 2042). No es tanto una obligación cuanto un regalo, un ofrecimiento. Muchas personas, que no se confesaban desde hacía años y algunos incluso durante toda la vida, después de la confesión, levantándose, han dicho que había sido la experiencia más bella de su vida. Había caído de su corazón como una gran losa.<br />
Lo sé; no todos están dispuestos en esta Pascua a ir a la iglesia y mucho menos a confesarse. A éstos yo les pediría una cosa mucho más sencilla: la de procurarse un Evangelio y leer por cuenta suya con calma y por entero el relato de la pasión. Para ello, es suficiente menos de media hora. He conocido a una mujer, una intelectual, que se profesaba atea. Un día se le vino encima una de aquellas noticias, que siempre dejan medio muertos: su hija de dieciséis años tenía un tumor en los huesos. La operan. La muchacha vuelve de la sala de operaciones mortificada con tubos, sondas, débil por todas partes. Sufre terriblemente, gime y no quiere oír ninguna palabra de consuelo. La madre, sabiendo que la muchacha era piadosa y religiosa, pensando hacerle una complacencia, le dice: “¿Quieres que te lea alguna cosa del Evangelio?” “Sí, mamá”. “¿Qué quieres?” “Léeme la pasión”. Ella, que nunca había leído un Evangelio, corre a comprar uno; se sienta junto al lecho y comienza a leer. Después de poco tiempo, la hija se duerme; pero, ella en la penumbra continúa leyendo en silencio hasta el final. “¡La hija se dormía, dirá más tarde ella misma, y la madre se despertaba!” Se despertaba de su ateísmo. La lectura de la pasión de Cristo le había cambiado la vida para siempre.<br />
Jesús, os decía yo al comienzo, va a morir místicamente de nuevo por nosotros en esta semana. Digamos, asimismo nosotros, como aquel día dijo el apóstol Tomás: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Juan 11, 16). A morir al pecado para resucitar a una vida nueva en la Pascua.</p>
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		<title>IV  DOMINGO DE CUARESMA</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Mar 2015 10:34:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[2 Crónicas 36, 14-16.19-23; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21 En el Evangelio de este Domingo encontramos, en absoluto, una de las frases más bellas y consoladoras de la Biblia: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan[...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>2 Crónicas 36, 14-16.19-23; Efesios 2, 4-10;<br />
Juan 3, 14-21</p>
<p>En el Evangelio de este Domingo encontramos, en absoluto, una de las frases más bellas y consoladoras de la Biblia:<br />
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.</p>
<p>Este tema del amor de Dios para con nosotros se vuelve a repetir en la segunda lectura:<br />
“Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo”.</p>
<p>Aprovechemos, por lo tanto, esta ocasión para reflexionar algo sobre este tema, que constituye el núcleo de toda la Biblia. “No importa –ha escrito el filósofo Kierkegaard– saber si Dios existe; importa saber si hay amor”. Y la Escritura nos asegura precisamente esto: Dios es amor. Si toda la Biblia, como un libro escrito, mudo, se transformase, por algún milagro, en un libro que habla, en palabra pronunciada, se levantaría de ella un grito más fuerte que el mismo rumor del mar: “¡Dios os ama!”<br />
Para hablarnos de su amor, Dios se ha servido de las experiencias de amor, que vive el hombre en el ámbito natural. Dante dice que en Dios existe, encuadernado en un único volumen, “lo que se desencuaderna por el mundo”. Todos los amores humanos –conyugal, paterno, materno, de amistad– son páginas de un cuaderno o son rescoldo de un incendio, que tiene en Dios su fuente y su plenitud.<br />
De este modo, la Biblia llega a ser indirectamente una escuela de amor. En efecto, si el amor humano sirve como símbolo al amor de Dios, el amor de Dios sirve como modelo al amor humano. Mirando cómo ama Dios, aprendemos cómo debiera amar una madre, cómo debiera amar un padre; cómo debieran amarse entre sí los esposos, los amigos. Han sido escritos tratados y poemas titulados El arte de amar (Ars amandi); pero, la Escritura divina es la única capaz de enseñarnos verdaderamente este arte, si por amor entendemos algo más que el solo amor erótico.<br />
Vayamos, pues, a la escuela del amor de la Biblia. Ante todo, Dios en la Biblia nos habla de su amor a través de la imagen del amor paterno. En el profeta Oseas, por ejemplo, se compara a un padre, que enseña a su hijo a caminar, que lo acerca a su rostro y se inclina para darle de comer (cfr. Oseas 11, 1-4). El amor paterno está pensado como estímulo, como empuje. El padre quiere hacer crecer al hijo, empujándole a dar lo mejor de sí. Por esto, difícilmente un padre alabará en su presencia al hijo incondicionalmente. Tiene miedo de que lo considere ya conseguido y no se esfuerce más. Un rasgo del amor paterno es igualmente la corrección. “El Señor corrige a quien ama, como un padre al hijo predilecto” (Proverbios 3, 12). Pero, un verdadero padre no se pasa todo el tiempo corrigiendo y haciendo observaciones al hijo. Terminaría por desanimarle. Es del mismo modo quien le da libertad y seguridad al hijo, que le hace sentirse protegido en la vida. He aquí por qué Dios se presenta al hombre, a través de toda la revelación, como su “roca y su baluarte”, “su fortaleza cercana siempre en las angustias”.<br />
Otras veces, Dios nos habla con la imagen del amor materno. Dice:<br />
“¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Isaías 49, 15).<br />
El amor de una madre está hecho para proteger, para la compasión y la ternura; es un amor “visceral”. Parte de las fibras más profundas de su ser, allí donde su criatura se ha formado, e invade a toda la persona, haciéndola “estremecerse de compasión”. Cualquier cosa, por cuanto terrible, que haya hecho un hijo, se cambia; la primera reacción de la madre es siempre la de abrirle los brazos y acogerle. Las madres son siempre un poco cómplices de los hijos y frecuentemente deben defenderles e interceder por ellos ante el padre.<br />
Esto es lo que Dios siente por nosotros. “Mi corazón –dice– se conmueve dentro de mí, mi interior se estremece de compasión” (Oseas 11, 8). Y todavía más: “Como una madre consuela a su hijo, así yo te consolaré” (Isaías 66, 13). Se habla siempre de la potencia de Dios, de su fuerza; pero, la Biblia nos habla también de la debilidad de Dios, de una impotencia suya. Es la “debilidad” materna. Él debía castigar y destruir a su pueblo, que es infiel, pero no puede; sus vísceras maternales se lo impiden; él “se conmueve y cede a la compasión” (cfr. Jeremías 31, 20).<br />
El hombre conoce por experiencia otro tipo de amor, el amor esponsal, del que se dice que es “fuerte como la muerte” y cuyos bríos “son ardores de fuego” (cfr. Cantar de los Cantares 8, 6). Y también a este tipo de amor Dios ha hecho recurso para convencernos de su apasionado amor para con nosotros. Todos los términos típicos del amor entre hombre y mujer, comprendido el término “seducción”, se encuentran usados en la Biblia para describir el amor de Dios para con el hombre.<br />
El amor esponsal es fundamentalmente un amor de deseo y de elección. No se elige al propio padre o a la propia madre; pero, cada uno escoge (o al menos debiera poder ser libre para escoger) al propio esposo o a la propia esposa. Un rasgo típico de este amor es la celosía; y en efecto la Escritura afirma frecuentemente que nuestro Dios “es un Dios celoso”. En los esposos terrenos la celosía es índice de debilidad y de inseguridad. El hombre celoso o la mujer celosa teme por sí mismo o por sí misma; tiene miedo de que otra persona más fuerte o más hermosa pueda robarle el corazón de la persona amada. Dios teme; pero, por el hombre, no por sí mismo. Sabe que el hombre fácilmente se arroja a los brazos de los ídolos, de los falsos amores, que son su ruina.<br />
Jesús viniendo a este mundo ha llevado a cumplimiento todas estas formas de amor, paterno, materno, esponsal (¡cuántas veces se ha comparado a un esposo!); pero, ha añadido otra forma: el amor de amistad. Decía a sus discípulos:<br />
“Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan 15, 15).</p>
<p>¿Qué es la amistad? Aquí me dirijo sobre todo a los jóvenes, para los que la amistad es una cosa importante, y frecuentemente también problemática. Los antiguos decían: “La amistad es como tener un alma sola en dos cuerpos”. Puede constituir un vínculo más fuerte que la misma parentela. El parentesco consiste en tener la misma sangre; la amistad en tener los mismos gustos, ideales, intereses. Ésta nace de la confianza, esto es, del hecho de que yo le confío a otro lo que hay de más íntimo y personal en mis pensamientos y experiencias. ¿Queréis descubrir cuáles son vuestros verdaderos amigos y hacer una graduación entre ellos? Intentad recordar cuáles son las experiencias más secretas de vuestra vida, positivas y negativas; observad a quién se las habéis confiado: aquéllos son vuestros verdaderos amigos. Y si hay una cosa en vuestra vida, tan íntima, que la habéis revelado a una persona sola, aquélla es vuestro mayor amigo o amiga; ¡intentad no perderlo o no perderla!<br />
Ahora, Jesús explica que nos llama amigos, porque todo lo que él sabía del Padre suyo celestial nos lo ha dado a conocer, nos lo ha confiado. ¡Nos ha participado los secretos de familia de la Trinidad! Por ejemplo, del hecho de que Dios privilegie a los pequeños y a los pobres, que nos ama como un padre, que nos tiene preparado un lugar. Jesús da a la palabra “amigos” su sentido más pleno.<br />
El amor de Dios es un océano sin orillas y sin fondo. Lo que hemos dicho hasta aquí no es más que una gota. Pero, nos basta. ¿Qué debemos hacer después de haber recordado este amor? Una cosa sencillísima: creer en el amor de Dios, acogerlo; repetir conmovidos con san Juan:<br />
“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Juan 4, 16).</p>
<p>Debemos, sobre todo en esto, imitar a los niños. Ellos no tienen miedo de dejarse amar; cuanto más amor se les da a ellos, más amor se toman, como si fuese la cosa más natural del mundo. Se chapotean dentro felices, como hacen, a veces, cuando su madre les baña en el agua. Jesús ha dicho que es necesario acoger el reino de Dios igual como hacen los niños (cfr. Marcos 10, 15). ¿Y qué es el “reino de Dios” sino su amor?<br />
He dicho que si el amor humano sirve de símbolo al amor de Dios, el amor de Dios sirve de modelo al amor humano. En otras palabras, de Dios aprendemos cómo también nosotros debemos amar. Me limito a señalar dos puntos, en los que deberemos imitar a Dios. Primero, Dios no ha tenido miedo de pecar de debilidad, repitiéndole frecuentemente en la Biblia al hombre: “Yo te amo”, “tú eres precioso a mis ojos”. ¿Por qué hay padres y (menos) madres que no lo dicen nunca a sus hijos? ¿Maridos que no lo dicen nunca a sus mujeres? Muchos jóvenes sufren durante toda la vida por no haber oído dirigírseles nunca, claras y lisas, palabras como estas de quien más las esperaban.<br />
El otro punto tiene algo que ver con la libertad: educar a los hijos en la libertad. Una madre objetaba: “Pero, ¿qué libertad: la de ofender a Dios? ¿Los ejemplos tristísimos en torno a nosotros no nos dicen bastante qué produce la excesiva libertad concedida hoy en día a los jóvenes? Los hijos tienen derecho a tener en nosotros, los padres, ante todo, a maestros de la vida”. El ejemplo de Dios nos puede ayudar también a esclarecer esta duda. Aún amándonos tanto Dios, lo hemos visto, nos deja libres; es más, expresa la cualidad “paterna” de su amor, precisamente dándonos libertad. Y no se puede dudar de que Dios sea igualmente un buen educador.<br />
No se trata simplemente de dar libertad a los hijos, sino de educarles en la libertad. Dar libertad puede llegar a ser permisivismo y entonces se tendría efectivamente razón para permanecer perplejos. Educar en la libertad puede ser, por el contrario, precisamente el modo mejor para reaccionar contra el permisivismo. Significa, en efecto, ayudar a los muchachos a no tener pesadillas sobre las modas, la publicidad, de lo que hacen los demás; a no tener miedo de ser distintos, de ir, según el caso, también contra corriente. A tener en suma la valentía de las propias convicciones y decisiones. Muchas cosas erradas, los jóvenes las hacen porque no son bastante libres, no porque lo son demasiado. Están convencidos que el servicio más bello que se pueda hacer a los jóvenes hoy, por parte de los padres y de los educadores, es precisamente esto: ayudarles a llegar a ser interiormente libres. Libres en este sentido no se nace, sino que se llega a ser.<br />
Que nuestras reflexiones no nos hagan olvidar la afirmación más importante que hemos escuchado hoy: “Dios ha amado tanto al mundo hasta entregar a su propio Hijo unigénito”.</p>
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		<title>Los diez mandamientos  - III  DOMINGO DE CUARESMA</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Mar 2015 08:18:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>suorchiara</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Éxodo 20, 1-17; 1 Corintios 1, 22-25; Marcos 2, 13-25</p>
<p>El Evangelio de hoy, tercer Domingo de Cuaresma, tiene como tema el templo. Jesús purifica el viejo templo, arrojando fuera con un látigo de cuerdas a mercaderes y mercancías; en consecuencia, se presenta a sí mismo como el nuevo templo de Dios, que destruirán los hombres, pero que Dios hará resurgir en tres días.<br />
Esta vez, sin embargo, iniciamos nuestra reflexión por la primera lectura, porque ella contiene un texto importante: el decálogo, los diez mandamientos de Dios. Volvamos a escucharla para refrescar la memoria tal como nos la presenta la versión castellana en este Domingo:</p>
<p>“Yo soy el Señor, tu Dios…<br />
No tendrás otros dioses frente a mí…<br />
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso.<br />
Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.<br />
Fíjate en el sábado para santificarlo…<br />
Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.<br />
No matarás.<br />
No cometerás adulterio.<br />
No robarás.<br />
No darás testimonio falso contra tu prójimo.<br />
No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él”.<br />
El hombre moderno frecuentemente no comprende los mandamientos. Los cambia por prohibiciones arbitrarias de Dios, por límites intolerables puestos en contra de su libertad. Pero, en realidad los mandamientos de Dios son una manifestación de su amor y de su solicitud paternal para con el hombre. “Escucha, Israel; esmérate en practicarlos para que seas feliz” (cfr. Deuteronomio 6, 3; 30, 15 s.): esto, no otra cosa, es la finalidad de los mandamientos.<br />
Estuve una vez en peregrinación en el Monte Sinaí, en donde fueron entregados los diez mandamientos por Dios a Moisés, y pude hacer una observación. En algunos pasos peligrosos de la senda, que lleva a la cumbre, para evitar que alguien distraído o inexperto cayera fuera del camino y se precipitase en el vacío, hay puestas unas señales de peligro, colocadas unas barandillas o puestas unas barreras. La finalidad de los mandamientos no es diferente de esto.<br />
Los mandamientos se pueden comparar asimismo a malecones o a un dique. Todos recuerdan o han oído hablar de lo que sucedió en los años cincuenta del inmediato siglo pasado cuando el Po rompió los malecones en el Polesino, o lo que sucedió en 1963 cuando se rompió el dique del Vajont y poblaciones enteras fueron sumergidas por la avalancha de agua y barro. La comparación no parece exagerada. Nosotros mismos vemos lo que sucede en la sociedad, cuando se quebrantan sistemáticamente ciertos mandamientos, como el de no matar o de no robar…<br />
En la base de los diez mandamientos, Dios estableció su alianza con Israel e hizo de ello un “reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo 19, 6). Después que Moisés hubo referido al pueblo las diez palabras, está escrito que todos respondieron a una sola voz: “Nosotros haremos cuanto ha dicho el Señor” (Éxodo 19, 8). La decisión de querer pertenecer al pueblo de Dios y de entrar en alianza con él, está inscrita por sí misma en el bautismo; pero, hoy nos ofrece la ocasión para decidir personalmente y como adultos de cual de las partes queremos estar.<br />
Jesús ha resumido todos los mandamientos, es más, toda la Biblia, en un único mandamiento, el del amor a Dios y al prójimo. “De estos dos mandamientos –ha dicho– dependen toda la Ley y los Profetas” (Mateo 22, 40). Si yo amo a Dios, no querré tener a otro Dios fuera de él, no nombraré su nombre en vano, esto es, no blasfemaré, y santificaré sus fiestas. Si amo al prójimo, honraré al padre y a la madre, que son mi prójimo más cercano, no robaré, no diré falsos testimonios. Tenía razón san Agustín al decir: “Ama y haz lo que quieras”. Porque si uno ama de verdad, todo lo que hará será para bien. También si echa en cara y corrige será por amor, por el bien del otro.<br />
Desde esta luz se entiende igualmente el Evangelio de hoy. ¿Cómo se explica la escena de Jesús que con palos echa fuera a los mercaderes del templo, que tira por el suelo las mesas de los cambistas y grita: “¡Fuera, fuera de aquí!”, él, por costumbre tan manso y pacífico? Se explica precisamente por el amor, vuelve a entrar en aquel “ama y haz lo que quieras”. Él se mueve por amor para con el Padre celestial, cuyo celo, dice el Evangelio, lo devoraba; pero, asimismo por el amor para con los hombres. Sería necesario saber quiénes eran y qué hacían aquellos cambistas y aquellos vendedores de palomas. La Pascua estaba cercana. Para esta fiesta era costumbre congregarse en Jerusalén judíos y creyentes de todas las partes del mundo en un número a veces de más de dos millones de personas. Cada uno debía pagar la tasa del templo (correspondiente al salario de dos jornadas); pero, se debía pagar solamente en moneda local. Llegando con toda clase de moneda extranjera, había que cambiarla en los pórticos del templo y, por el cambio, los cambistas conseguían sonsacar a aquella pobre gente el equivalente a otra jornada laboral. Lo mismo sucede con los vendedores de palomas. Casi todos los peregrinos querían ofrecer un pequeño o un grande animal como sacrificio para el templo. Las víctimas, sin embargo, debían ser declaradas idóneas por expertos del templo. Si venían adquiridas fuera del templo estas víctimas se declaraban casi con seguridad no idóneas, por lo que era necesario adquirirlas dentro del recinto del templo, pagando hasta tres veces más de su precio normal.<br />
Jesús reacciona, por lo tanto, ante la injusticia cometida contra las gentes sencillas y, más en general, reacciona contra la idea de que era necesario presentarse a Dios con víctimas y ofrendas como si fuera casi necesario pagar su favor. Dios es amor y todo lo que quiere del hombre es que reconozca éste su amor gratuito y le corresponda con la observancia de los mandamientos. Jesús hace suyo el grito de los profetas: “Misericordia quiero, que no sacrificios” (Mateo 9, 13). “La obediencia (a mis mandamientos) vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (cfr. 1 Samuel 15, 22).<br />
Volvamos, ahora, al tema de los mandamientos. Los diez mandamientos vienen observados conjuntamente; no se pueden observar cinco y violar los otros cinco o incluso uno sólo de ellos. He comparado los diez mandamientos a las señales indicadoras a lo largo de la subida al Monte Sinaí, a los malecones de un río y a un dique. Basta remover una de estas señales para precipitarse en el vacío, basta que el río rompa los malecones en un punto determinado para inundarlo todo.<br />
Hay personas que al respecto se han hecho extrañas convicciones. Ciertos hombres de la mafia honran escrupulosamente al padre y a la madre, nunca se permitirían “desear la mujer de otro” y si un hijo blasfema lo reprochan ásperamente; pero, en cuanto a no matar, no decir palabras en falso, no desear los bienes de otro, todo ello es otra cuenta. Deberíamos examinar nuestra vida para ver si también nosotros hacemos algo semejante, esto es, si observamos escrupulosamente algunos mandamientos y alegremente violamos los otros, incluso si no son hasta los mismos que los mafiosos. Nosotros no matamos y no robamos; pero, quizás hablamos en falso, no honramos al padre y a la madre, especialmente si son ancianos y están solos, deseamos la mujer (o el hombre) de otros; o hasta odiamos a alguno, cosa que, para la Escritura, es como matarlo (cfr. 1 Juan 3, 15).<br />
Quisiera llamar la atención en particular sobre uno de los mandamientos, que en algunos ambientes es más frecuentemente transgredido: “No tomar el nombre de Dios en vano”. “En vano” significa sin respeto o, peor, con desprecio, con ira, en suma, blasfemando. En ciertas regiones hay gente que usa la blasfemia como una especie de interposición a las propias palabras, sin tener en cuenta ningún sentimiento de los que escuchan. Muchos jóvenes, después, especialmente si están en compañía, blasfeman repetidamente con la evidente convicción de que así impresionarán más a las muchachas presentes. Pero, un joven, que no tiene más que este medio para impresionar a las muchachas, quiere decir que está sometido al propio mal.<br />
Basta un sencillísimo razonamiento para entender cuánto la blasfemia sea absurda y, digámoslo también, estúpida. O no se cree en Dios y entonces ¿qué significa la blasfemia? ¿Contra quién se dirige? O, si se cree que Dios existe, como ocurre en la mayoría de los casos, entonces la cosa, pensándolo bien, es terrible. Quien blasfema, ¡lo desafía, lo insulta! Cuando una persona blasfema se asemeja a uno que ha sido agarrado por la mano sobre un precipicio y hace de todo para golpear y arañar en los ojos a quien lo agarra, sin pensar que si éste dejase por un instante su presa, él se precipitaría en el vacío.<br />
A veces, se dice: “Es una costumbre, no pensaba; se me ha escapado de la boca, no quería ofender a Dios”. Pero, yo digo: ¿si una persona, cada vez que se encuentra con nosotros, nos insultase en público, excusándose de ello con decir que no lo hace por malicia, sino sólo por costumbre, aceptaríamos aquella excusa? En un tiempo, cuando yo oía blasfemar en torno a mí, me sentía temblar de indignación. Ahora, me viene espontáneo mirar a aquel pobrecillo, especialmente si es un muchacho o un joven, con inmensa piedad y tristeza, y decir dentro de mí: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. O sencillamente digo a quien ha blasfemado, si me lo permiten las circunstancias: “¡Por qué blasfemas! Dios es quizás la única persona en el mundo que te quiere verdaderamente”.<br />
No podemos, sin embargo, pararnos aquí, en la sola amarga denuncia de la realidad de la blasfemia. ¡Es necesario cambiar! Este deber no afecta sólo a los blasfemadores, sino también a la mujer, la novia, el hermano, el padre. Es un deber de caridad el ayudar con dulzura y firmeza al propio cónyuge a corregirse de esta costumbre tan poco honorable, como se hace para cualquier otra mala costumbre. Se emplea tanto celo para convencer a una persona querida a dejar de fumar, diciendo que el humo daña la salud… ¿por qué no hacer otro tanto para convencerla de dejar de blasfemar?<br />
Allí donde tú eres responsable –en casa, en tu oficina, en tu bar, en tu taxi– nadie debe continuar blasfemando impunemente. Si puedes hacer algo y lo toleras por respeto humano es un poco como si blasfemaras asimismo tú. Eres cómplice. Pero, si lo haces con calma y respeto, verás que te estarán agradecidos y, más que perder amigos, los ganarás. He visto escrito en distintos negocios y locales públicos: “En este local no se blasfema”. Es una iniciativa laudable.<br />
Pero, no basta ni siquiera el dejar de blasfemar. El mandamiento de Dios no tiene sólo un contenido negativo sino también positivo. Es necesario, en otras palabras, bendecir, alabar, adorar el nombre de Dios. Jesús, en el Padre Nuestro, nos ha enseñado a decir: “Santificado sea tu nombre”. Esto es: sea respetado, honrado y proclamado santo.<br />
He aquí una sugerencia, que podría ayudar a quienes han crecido con la triste costumbre de la blasfemia y tienen sinceramente la intención de corregirse: repetir, por cada una de las blasfemias que debiese salir inadvertidamente de la boca: “Sea santificado tu nombre” o “Bendito sea Dios”, “Bendito su santo nombre”. O sencillamente: “¡Señor, perdóname y ayúdame a no hacerlo más!”<br />
Recordemos, para concluir, la palabra de Juan que hace de la observancia de todos los mandamientos una cuestión de amor: “En esto consiste el amor, en observar sus mandamientos; y sus mandamientos no son pesados” (1 Juan 5, 3).</p>
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